En 1973, Hernán Henríquez lideraba un proyecto de salud preventiva y comunitaria en la Araucanía cuando fue detenido en su hogar, torturado y ejecutado en la Base Aérea de Maquehue. Su esposa, Ruth Kries, enfrentó al poder militar, al Colegio Médico y a un Estado que durante décadas silenció la verdad. Medio siglo después, la condena tardía del exfiscal militar Alfonso Podlech no devolvió su cuerpo, pero confirmó el crimen. Hoy, su legado se reconstruye en una película impulsada por Ruth y liderada por su hijo menor, Marcelo, quien creció sin recuerdos de su padre, pero con la certeza de que su historia no puede ser olvidada.
“La plaza del hospital”, así le dicen en Temuco. Su nombre oficial es Plaza Dagoberto Godoy, pero casi nadie la nombra así. Está en el centro de la ciudad, rodeada por las avenidas Manuel Montt y Caupolicán que fácilmente resuenan en la memoria colectiva. Los nombres de las calles, de los espacios públicos, construyen recuerdos, pero también olvidos.
Al hospital, muchos lo llaman simplemente “Hospital Regional”. Pero su nombre completo es Hernán Henríquez Aravena. En sus pasillos, entre turnos agotadores y salas de espera repletas, algunos trabajadores y pacientes saben quién fue. Otros, no
Marcelo Henríquez Kries, el menor de los cuatro hijos de Hernán, confiesa que se resignó a conocer a su padre a través de otros. No tiene recuerdos propios. Su imagen está hecha de relatos ajenos, de fotografías en blanco y negro, de historias que le contaron.
Corrían los años 1960, Hernán Henríquez estudiaba Medicina en la Universidad de Concepción. Ahí conoció a Ruth Kries Saavedra, con quien compartía la certeza de que esa carrera debía estar al servicio del pueblo. Se casaron cuando ella estaba en cuarto año y juntos comenzaron a construir una familia. Primero llegaron Hernán y Paula.
En 1969 se fueron a Angol, donde Hernán trabajó como médico general de zona en el hospital local. Recorrió los campos atendiendo a pacientes. Luego se trasladaron a Temuco. En 1970, con Salvador Allende electo presidente, nació su tercer hijo, Daniel. En 1973, en el año del golpe militar encabezado por el dictador Augusto Pinochet, llegó el hijo menor, Marcelo.
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Hernán era hijo de profesores, vivió con estabilidad económica. Había estudiado en lo que hoy es el Liceo Pablo Neruda en Temuco y también pasó parte de su infancia en Pitrufquén. Creció con la certeza de que la salud era más que la ausencia de enfermedad, era un derecho.
—Si yo tengo acceso, los demás también deberían —repetía.
El sentido de la justicia lo movilizaba.
Durante el gobierno de Salvador Allende, la salud se convirtió en una prioridad. Se mejoró el equipamiento de los hospitales, se establecieron medidas como la entrega del medio litro de leche diario y se ampliaron los programas de alimentación escolar. Según documenta la publicación de Ciper Salud durante la UP: participación democrática y sistema universal, las campañas sanitarias impulsadas entonces —que incorporaban activamente a la población en la prevención de enfermedades infecto-contagiosas— explican logros tan significativos como la disminución de la mortalidad general y la reducción de la mortalidad infantil.
Aquella política no solo buscaba curar enfermedades, sino elevar las condiciones de vida de los sectores más empobrecidos. En ese contexto social e histórico, Hernán Henríquez asumió un rol clave: en 1972 ganó un concurso público para convertirse en jefe zonal de salud en las provincias de Malleco y Cautín. Desde ese cargo, lideró un modelo sanitario pionero que, por primera vez, llevó la salud a los campos, a las zonas cordilleranas. A los lugares donde antes no había llegado nadie.
Coordinó un equipo de médicos, enfermeras, dentistas, asistentes sociales y trabajadores que crearon más de 50 postas rurales e implementaron un programa de formación de monitores comunitarios para poblaciones campesinas y mapuche.
—Hay que salir del hospital —decía.
Lo recuerda Ruth desde Alemania, donde vive en el exilio desde 1973. En videollamadas, con voz orgullosa, rememora sus pasos. Hernán iba a las universidades a buscar estudiantes de Medicina, los convenció de que fueran a trabajar a Malleco y Cautín. Creía en la medicina preventiva, en atender antes de que el daño fuera irreversible. No todos podían trasladarse a un hospital. No había transporte. No había dinero. Había muertes evitables: complicaciones por sarampión, diarreas fatales, madres que morían en el parto.
El compromiso de Hernán con la salud pública le costó la vida.
Pero antes fueron felices. Así lo recuerda Ruth Kries Saavedra, médico pediatra. “Todo era más simple. Los niños y nuestras familias estaban sanas. Los conflictos eran cosas pequeñas”, dice, como si evocara una escena lejana pero intacta.

Los días giraban entre el hospital y la crianza. Los fines de semana eran para el voluntariado, para paseos al parque o al cerro Ñielol. El tiempo transcurría sin mayores urgencias. Por las noches, muchas veces dormían con los niños en la cama. “Había uno que se hacía pipí, pero no lo voy a nombrar”, ríe Ruth, atesorando un secreto familiar.
El tercero, Daniel, tenía su propia forma de nombrar a su padre. No le decía “papá”. Le decía “vida”, escuchaba a Ruth decirle “mi vida” y así lo adoptó. Su forma de llamarlo lo decía todo.
Salud bajo amenaza
— No solo había huelgas, había boicot hacia el trabajo— dice Ruth Kries.
—¿Obstaculizaban la atención médica?
—Claro, hacían lo posible por entorpecerla, mientras seguían trabajando en sus consultas privadas. Pero había colegas de derecha que sí iban a trabajar, que cumplían con moral y ética.
Ruth Kries se refiere al rol del Colegio Médico durante los años previos al golpe de Estado de 1973. Cincuenta años después, la misma institución presentó su Informe Comisión Verdad y Memoria en el Aula Magna de la Universidad de Chile. Fue un acto de reparación tardía. El entonces presidente de la asociación, Patricio Meza, pidió perdón en nombre del gremio por su complicidad en la persecución y abandono de profesionales de la salud.
El informe reconoce la labor de Ruth Kries, quien desde Alemania impulsó reuniones y envió cartas a los presidentes del gremio, Enrique Paris e Izkia Siches, exigiendo que se investigaran las vulneraciones sufridas por el equipo de salud rural en la región de La Araucanía.
El documento es categórico: el 11 de septiembre de 1973, mientras la democracia se derrumbaba bajo el estruendo de los aviones Hawker Hunter en La Moneda, el Colegio Médico de Chile recibía con alivio la llegada de la dictadura. “Al menos durante el primer periodo (1973-1976), el Colegio Médico colaboró proactivamente con la dictadura civil y militar”.
Horas después del golpe, la directiva emitió una declaración pública llamando a la normalización de los servicios de salud y poniéndose a disposición del nuevo régimen.
El investigador Martín Correa, en su libro La revancha. Golpe en la Araucanía (Ceibo Ediciones, 2023), documenta cómo la reconfiguración política, social y sanitaria del país afectó con especial crudeza en tierra mapuche, el Wallmapu. El historiador sostiene que la derecha y un sector importante de la Democracia Cristiana veían con alarma que el poder se les escapaba de las manos. “El proyecto de la Unidad Popular levanta y lleva a cabo una medicina enfocada en la salud preventiva, comunitaria, educativa, popular, y esto necesariamente afectó los intereses –y el bolsillo- del gremio de la salud, encabezado por el Colegio Médico, un organismo de clase, que llevaba largo tiempo en paro y conspirando contra el proyecto de salubridad”, explica Correa en una entrevista con Interferencia.
El Bando N°11 de la dictadura ordenó la presentación de funcionarios de la salud al Regimiento Tucapel de Temuco. Entre ellos, el doctor Hernán Henríquez Aravena.
La última mirada
La mañana del 11 de septiembre comenzó como cualquier otra. Cuando los trabajadores llegaron, militares y miembros del Colegio Médico ya habían tomado el control del recinto. En cuestión de horas fueron exonerados, despedidos por razones políticas. El hospital pasó a manos de los militares. Ruth Kries, que había comenzado su especialidad en pediatría en Freire, recuerda a su jefe, Pedro Pastor, con afecto. Esa mañana recibieron la noticia: había un golpe de Estado.
—Nunca jamás pensamos que algo así podía suceder —dice Ruth.
Quien los despidió, en nombre del Colegio Médico, fue Antonio Baquerizo Mattar. Hasta ese momento, no tenía un cargo en el servicio de salud. El nuevo orden lo imponía la fuerza.
El 12 de septiembre, Hernán Henríquez se presentó voluntariamente ante la Fiscalía Militar. Creía que no tenía nada que temer. “No he hecho nada malo”, repetía. Lo dejaron bajo arresto domiciliario. Afuera de su casa, militares armados vigilaban día y noche. Controlaban las visitas. Allanaban sin aviso.
—Tienes que irte, Hernán, por favor, escapa —le rogaba Ruth.
Pero él se negaba. “¿Por qué habría de huir? No tengo nada que esconder”, respondía. Ruth creyó lo mismo. Para ella, Hernán era sinónimo de bondad y rectitud. “Nadie podría hacerle daño”, pensaba. Pero la dictadura no entendía de justicia.
Con el tiempo, la violencia se hizo evidente. Hernán nunca le contó a Ruth que lo torturaban. Lo supo después, por otros que compartieron prisión con él.
El 21 de septiembre volvieron a allanar la casa de la familia Henríquez Kries. Hernán estaba en pantalón y camisa, sacándose el reloj cuando escucharon el frenazo de la camioneta en la calle. Miró a Ruth. Se quedó pálido.
—Recuerdo esa mirada —dice ella, como si aún la tuviera frente a frente.
No recuerda si alcanzó a ponerse los zapatos. Solo escuchaba los gritos desde el primer piso. Marcelo, el menor, con apenas siete meses de vida, estaba con ella. Los otros hijos no. Ya habían visto a su padre ser detenido antes. Esta vez, estaban con una amiga.
Ruth bajó corriendo con Marcelo en brazos. Los militares ya habían abierto la puerta y sujetaban a Hernán. Uno de ellos la apuntó con una metralleta.
—Vi cómo lo tiraban a la camioneta. Me quedé en la calle. Algunos vecinos salieron a acompañarme.
Fue la última vez que lo vio. Hernán estaba a punto de cumplir 37 años.
***
Ruth no perdía la esperanza. Todos los días acudía a distintos sitios buscando a su esposo. Cada vez que preguntaba, recibía una mentira distinta. Que se había fugado. Que se había ido con otra mujer. Que no insistiera. Que no lo buscara más. La dictadura tejía un entramado de falsedades diseñado para desmoralizar a quienes exigían la verdad.
Pero Ruth nunca dejó de buscar.
En la madrugada del 4 al 5 de octubre de 1973, soñó con Hernán.
—Me llamaba desesperado… Yo supe. Lo mataron. Hasta ese día no creía que fueran capaces.
Según el Informe Rettig, Hernán Henríquez Aravena fue ejecutado el 2 de octubre de 1973 en la Base Aérea de Maquehue, junto a Alejandro Flores Rivera, trabajador del Hospital Regional de Temuco y presidente regional de la Federación Nacional de Trabajadores de la Salud (FENATS). Ambos eran militantes del Partido Comunista.
El 5 de octubre, la dictadura emitió el Bando N°9 con su versión oficial:
"Ante el intento de fuga planificado por Alejandro Flores Rivera en complicidad con Hernán Henríquez Aravena, mientras se encontraban detenidos en el Cuartel del Grupo N°3 de Helicópteros y en connivencia con individuos que desde el exterior trataron de ayudarlos, fueron eliminados por la Guardia. Los demás sujetos huyeron sin obtenerse bajas. Estos elementos extremistas fueron enterrados".
No hubo fuga. No hubo resistencia. Solo hubo dos hombres desarmados, asesinados en la oscuridad de un cuartel militar. La dictadura no solo mató, sino que quiso borrar los rastros.
“No hay derecho a la tumba”
Después de saber que Hernán había sido asesinado, Ruth Kries caminó con determinación hasta la Dirección del Servicio de Salud. Tenía rabia.
—Ustedes son culpables de la muerte de Hernán —les dijo sin temblar—. Los milicos tienen las armas, pero matan a quienes les ordenan. Ustedes son unos criminales. Y eso lo creo hasta el día de hoy.
Quiso despedirse. Quiso verlo por última vez. Pero la respuesta que recibió de Podlech, el fiscal militar de la región, fue:
—No hay derecho a la tumba para los enemigos de la patria.
No hubo más palabras. No hubo un cuerpo. Solo un vacío que hasta hoy, más de cinco décadas después, persiste.
—Es muy difícil —admite Ruth—. Vives con eso como un paréntesis, porque está presente siempre. Pero con mis hijos no hablamos de ello. Cada uno hace su proceso. Desarrollas trucos para poder seguir, como llenarse de trabajo. Y luchas contra la injusticia.
La detuvieron poco después de haber interpelado a sus colegas médicos. Sintió miedo. No por ella, sino por sus hijos. El oficial de carabineros le dijo que era una “viuda peligrosa” porque nunca se iba a quedar callada.
—Estos cabros no pueden quedarse sin mamá también. Era mi responsabilidad. Había que seguir viviendo. No era valentía, era responsabilidad.
Buscó refugio en la Embajada Alemana. Se asiló con sus cuatro hijos. Luego vino el exilio. Alemania Federal. El desarraigo. La distancia.
No es de fechas, pero casi siempre regresa a Chile en septiembre o en octubre. A Temuco. A recordar. A movilizar. A impedir el olvido. A corregir el relato, porque todavía escucha los mismos susurros de siempre: «Algo habrá hecho», «era comunista», «dé vuelta la página, no sea vengativa».
—Todo me cuesta cuando estoy en Chile —confiesa—, pero me sobrepongo para hacer cosas.
En el juicio contra los asesinos de Hernán, Ruth insistió en que esto debía verse como lo que realmente fue: un crimen contra un equipo de trabajo. No solo mataron a Hernán. También asesinaron a Jecar Nehgme, Gastón Elgueta, Arturo Hillerns, Eduardo González, entre otros funcionarios.
No fue casualidad. La Caravana de la Muerte dejó una huella en Temuco, en la Base Aérea de Maquehue, donde estuvo Arellano Stark. Pero la historia oficial lo minimizó.
En 2023, Daniel Henríquez, el tercer hijo de Hernán y Ruth, envió una carta pública al Tribunal Constitucional, denunciando la demora en la causa judicial de su padre. Apareció en el medio Resumen, y en ella escribió:
"Nunca nos entregaron el cuerpo de mi padre. Si usted puede tener en cuenta el tremendo dolor que soportamos desde hace 50 años, sabiendo además que las víctimas sobrevivientes van partiendo sin saber 'dónde están' y sin obtener un mínimo de justicia, considere que un día deberá justificar su actuación frente a sus pares y el mundo".
En marzo de 2024, la Corte Suprema finalmente ratificó la condena contra Alfonso Podlech Michaud, exfiscal militar, como responsable del asesinato de Hernán Henríquez Aravena. Doce años de presidio por homicidio calificado en carácter de lesa humanidad.
No era su único crimen. Podlech tenía un historial documentado de homicidios, torturas y desapariciones durante la dictadura.
—Este fallo es importante para la región —explicó el abogado querellante Nelson Caucoto. Militares y aviadores sembraron el terror en La Araucanía. El Regimiento Tucapel y la Base Aérea de Maquehue fueron centros de tortura, exterminio y sufrimiento.
El homenaje del hospital
Para Hernán, salir del hospital era una necesidad, le recordaba que la medicina no debía quedar confinada entre paredes blancas, sino desplegarse allí donde estuvieran las personas. Creía también que el sur necesitaba formar a sus propios médicos.
Por eso Ruth ha insistido ante la Universidad de La Frontera que la Facultad de Medicina no puede comprenderse sin el impulso de Hernán. Cuando pidió ese reconocimiento, le solicitaron documentos. Ella fue clara: en los años sesenta y setenta no todo quedaba registrado en papeles. Muchas veces, lo que ponía en marcha las cosas era la voluntad. La urgencia de hacer.
Al revisar la historia institucional publicada en la página web de la Ufro, una frase coincide con su relato: “En 1970, se da un gran salto con la determinación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile de crear la carrera de Medicina en Temuco”. Años más tarde, en 1981, ya en plena dictadura, un decreto fusionó las sedes regionales de las universidades capitalinas, dando origen a las actuales universidades regionales. Así nació oficialmente la Ufro. Pero para Ruth, y para quienes conocieron a Hernán, la historia había comenzado mucho antes
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El 3 de octubre de 2003, en la conmemoración del Día del Hospital, una deuda histórica fue asumida. El hospital de Temuco fue bautizado con el nombre de Doctor Hernán Henríquez Aravena. La iniciativa nació de un grupo de médicos que recolectaron firmas.
—Fue importante porque abrió la puerta para que otros recintos de salud llevaran los nombres de quienes sufrieron lo mismo que Hernán —dice Ruth.
Se refiere a otros profesionales de la salud que aún permanecen desaparecidos. Como el doctor Arturo Hillerns Larrañaga, cuyo nombre hoy lleva el hospital de Puerto Saavedra. O el doctor Eduardo González Galeno, director del Hospital de Cunco, de quien aún no hay rastros.

Diez años después, en 2013, el Hospital Hernán Henríquez de Temuco inauguró un memorial en honor a Alejandro Flores Rivera, el expresidente de la FENATS Cautín, también detenido y desaparecido por la dictadura.
—Que el hospital lleve su nombre es algo muy merecido —dice Ruth—. Es una de las cosas más importantes. Porque ahí vive el espíritu de Hernán. Y eso impide el olvido.
Para ella, este homenaje no es solo un acto de justicia. Es un mensaje para las nuevas generaciones.
—La salud no es una mercancía. Es un derecho. Eso fue lo que defendió Hernán. Y por eso lo mataron.
La memoria de un hijo sin recuerdos
Marcelo Henríquez tenía apenas siete meses cuando su padre, Hernán Henríquez Aravena, fue secuestrado por militares en la casa familiar de Temuco. Era el único de la familia que estaba allí, pero era demasiado pequeño para recordar. No guarda imágenes de los uniformes ni de los gritos. Tampoco el sonido de la camioneta frenando en seco frente a su hogar.
Tenía tres años cuando, mientras jugaba con sus hermanos mayores, señaló a su abuelo materno con la inocencia de quien aún no conoce el peso de las ausencias.
—Papá —dijo.
—No es papá, es el abuelo —le corrigieron.
Ese día supo que había tenido un padre. Que lo habían matado. Aunque todavía no comprendía lo que significaba la muerte.
—Los recuerdos son nulos —dice hoy—. Es doloroso.
La biografía de Hernán comenzó a tomar forma después, como un rompecabezas armado con relatos, fotografías y documentos. Supo que su padre había sido un médico comprometido con la salud pública y que esa convicción le costó la vida.
Marcelo y su hermano Daniel crecieron en Alemania, en el exilio. Entre 1989 y 2000 vivieron en Chile, una década marcada por el silencio y la falta de gestos de reparación. Cuando Augusto Pinochet fue liberado en Londres —bajo la promesa de ser juzgado en su país—, decidieron regresar a Alemania.
Por eso, cuando en 2003 el Hospital Regional de Temuco fue rebautizado con el nombre de su padre, el gesto le provocó sentimientos encontrados.
—Era una obligación moral —dice Marcelo—. Me satisface en parte, porque lo tienen que nombrar muchas veces, incluso sus asesinos. Pero el reconocimiento llegó tarde. Para mi madre significó mucho, sobre todo por el esfuerzo de sus colegas y de la doctora Antonieta Montesinos.
Aun así, la memoria, para él, sigue siendo incompleta. Nadie ha explicado con claridad quién fue su padre. No basta con que un hospital lleve su nombre. Faltan calles, bibliotecas, espacios públicos que recuerden también a otros profesionales asesinados o desaparecidos, como Alejandro Flores Rivera, Jecar Nehgme Cornejo y Gastón Elgueta.
Esa ausencia lo llevó a impulsar Un fulgor que no se apaga, un documental que reconstruye la historia del programa de salud que lideró Hernán. El proyecto nació, sobre todo, por insistencia de su madre, quien ha sostenido el esfuerzo con recursos propios: ayudó a financiar los viajes de Marcelo —desde Alemania— y del codirector Ricardo von Mühlenbrock, radicado en Argentina. La película se encuentra en etapa de posproducción, un proceso más lento de lo esperado. En gran parte, porque es un esfuerzo familiar.
La historia tiene tristes ecos de Aún estoy aquí, la primera película brasileña en ganar un Oscar, que narra la vida de Eunice Paiva, una mujer que, tras la desaparición de su esposo a manos de la dictadura, debió reconstruirse mientras criaba a sus cinco hijos. Vidas quebradas por el terrorismo de Estado.
—No me ha quedado otra que conocerlo a través de otras personas —admite Marcelo—. Es doloroso.
Le gustaría ver imágenes en movimiento de su padre, oír su voz. Pero a Hernán le arrebataron la vida… y también su cuerpo.
—Me encantaría tener registros audiovisuales —dice—. Sé que Televisión Nacional de Chile hizo un reportaje sobre el programa de salud. Lo sé porque apareció en un diario de la época. Estoy en búsqueda de ello.
“Solo el hombre permanece en el fulgor de la obra de sus manos. Yo creo que eso deja Hernán, y también sus compañeros: un fulgor que no se apaga, que enciende y crece”, dice el doctor Juan Carlos Concha Gutiérrez en la película. Cirujano de profesión y exministro de Salud durante el gobierno de Salvador Allende, su testimonio condensa el legado de una generación que soñó con transformar la salud pública desde sus cimientos. Fue responsable de la implementación de una de las medidas más emblemáticas del programa de la Unidad Popular: la distribución del medio litro de leche diario por niño. El doctor Juan Carlos Concha falleció en enero de 2025, a los 91 años.
Hacer esta película, asegura Marcelo, es su forma de acercarse a un padre al que nunca pudo conocer, pero cuya huella ha marcado su vida. Es también un acto de justicia, un intento por reconstruir una historia que fue silenciada por la impunidad.
Uno de los hallazgos es la recuperación y digitalización de obras audiovisuales que retratan ese momento, y que permanecieron guardadas por más de cincuenta años en la Cineteca Nacional. Películas como El Renacer de un Hombre (1973) y Cautín ¡Primer Paso! (1971) aportan imágenes y sonidos que enriquecen y profundizan el relato. A ello se suma una serie de fotografías captadas por Juan Maino Canales, fotógrafo chileno y militante del MAPU, detenido desaparecido por agentes de la dictadura el 26 de mayo de 1976.
—La idea del documental tiene que ver justamente con eso —dice—: contar quiénes fueron, qué hicieron, y por qué sus nombres no pueden quedar en el olvido.






7 comentarios en “Cuando no hay derecho a la tumba”
Hermoso trabajo.
Gracias por esto!
Hermoso trabajo, conocí a Hernán desde niña, no solo porque era primo hermano de mi madre Elena Henriquez, sino que tambien era muy amigo de mi padre Luis Caupolican Calfuquir Villalon, detenido desaparecido en Pitrufquén, administrador del Hospital de Pitrufquen, dirigente Fenats y de la CUT, quien desde su trinchera sindical igualmente impulsaba la salud rural, idea que maduró con Hernán, junto a quien vi reunidos en varias ocasiones. La amistad se gestó desde muy temprano, cuando junto al tío Valentín, padre de Hernán, concertaban salidas a pescar en Allipen, en ese entonces era muy joven, después los vi muchas veces reunidos en nuestra casa de Pitrufquen. Recuerdo a mi padre luchando por llevar los rayos x al hospital de Pitrufquén, de lo cual se sentía muy orgulloso. A mi padre, a mi madre y hermanos los detuvieron en septiembre de 1973, una vez en libertad mi madre se encontraba con el tío Valentín a «escondidas», ella pensaba en «Hernancito», así le decía a su primo menor; su muerte fue un duro y doloroso golpe a nuestra familia, nos dio una idea de lo que podía pasar con mi padre, de que la dictadura no iba a trepidar en aniquilar a los dirigentes sociales y es verdad, el Colegio Médico de entonces fue cómplice de estas atrocidades. El tío Valentín siguió visitando a mis hermanos en la cárcel, era una pena andante, sufrimos lo indecible…y hasta el día de hoy…nunca entregaron el cuerpo de Hernancito, tampoco el de mi padre…
Que valiente su relato. Toda mi admiración para su familia y la de don Hernán. El valor de la convicción y la lealtad a sus principios debieron pagarlo con un precio muy alto. Pero créame que aún en estos tiempos, existimos personas que nos mantenemos en pie gracias a relatos como este. En búsqueda siempre de la justicia he igualdad social.
El ser humano es el más cruel de los animales, los animales salvajes matan para alimentarse pero los que apoyaban a la dictadura mataban personas por tener pensamientos distintos
Mis recuerdos .
Conocí personalmente al dr Hernan Henriqyez .Participè en algunos programas de salud que el dirigía en la IX región. Un profesional calido, eficiente con un concepto de salud integrador ,,
,..Una persona admirable.
Trabajé con el Dr Hillerns
en Pto Saavedra , y luego participé en sus reuniones de su prograna de Salud Rural que encabezaba
.Conocí y trabajé en programas intetersciplinarios de la Dirección zonal. con Jecar.Nehgme, gran profesional .
Todos grandes profesionales.,con una visión de salud diferente , innovadora, con un engoque interdisciplinario cuyo centro era la participacion de la comunidad
Fui detenida el 16 de septiembre y como lo manifesté posteriormente, en una declaración a la Cruz Roja en Madrid , fui testigo durante mi detención.
ver el deplorable estado fisico , con grilletes en los pies y esposas en las manos al.Dr Hernan Henriquez , a quien vi en la Fiscslja Militar. Fue la única vez que lo vi
Trate de acercarme a el y, me pidió nombrando mi nombre que no lo hiciera
También recuerdo que el 15 de septiembre de 1973 .me aviso un funcionario del Hospital de Pto Saavedra que ubicará al Df Hillerns y que le dijera qué latifundistas lo buscaban y de. encontrarlo , lo matarian.Fui a su domicilio esa misma mañana, y el me refirió que se irían a la mañana siguiente, y que contaban con autorización de la Fiscal
Son recuerdos imborrables de personas admirables que tuve el honor de conocerlos y trabajar con ellos
Conocí personalmente a tres de los profesionales que fueron asesinados en dictadura pertenecientes a la Dirección Zonal de la IX región
DR Hernan Henriqyez.trabaje , con el trabajé en algunos programas de Salud Rural que el implememtó en ka zona
Un gran profesional, cercano, con un gran sentido de trabajo en equipo, en el cual la comunidad era parte de el.
El 16 de septiembre fui detenida , y en una de las vece que fui lkevada
a interrogatorio a la Fiscalia Militar , lo vi tremendamente deteriorado, con grilletes en los pies y esposas en kas manos. Intente acercarme a el , a pesar de estar custodiada por un soldado , y me llamo por mi nombre , diciendome que no lo hiciera. Fue la única vez que lo vi .
Este testimonio lo entregué a la Cruz Roja en Madrid , en su oportunidad .
Dr Arturo Hillerns .Trabajé con el trabajé en Puerto Saavedra .Una persona transparente, entregado sl servicio de ka comunidad.
El día 15 de Septiembre , me informo un funcionario del Hospital de Puerto Saavedra , que lo ubicara , .dado que tenía información. que algunos latifundistas de la zona, habrán manifestado que lo buscarían y matarian
Me dijo, hoy fui a la Fiscalua y me dieron autorización para salir de ka zona. Me iré temprano mañana .La madrugada del 16 fue ejecutado
Jecar Neghme , Educador Sanitario , excelente amigo, profesional entregado a sus funciones y causa
Todos ellios miembros del equipo de Salud Rural dependiente de la Dirección zonal liderada por el Dr Hernán Henriquez .Profesionales por excelencia, con una visión de salud unnovafora, holistica .en que fl centro de la atención era la comunidad y coon un gran . sentido de Justicia Social.
Un honor de haber trabajado gon ellos y gratitud por todo lo aprendido