Mi marido cumplía cincuenta años y quería celebrarse en grande.
Puse manos a la organización. Llamadas por teléfono a toda hora, mientras él, mi marido, desesperaba. Mi amor, le decía yo, va a salir lindo, estamos trabajando con tiempo, no hay para qué angustiarse. Quiero que venga todo el mundo, el mundo importante, los gerentes, a los que enriquecí con mi talento y trabajo, los actores y actrices, que interpretaron mis palabras y gracias a la poesía de mis diálogos adquirieron fama y plata, sacaron todo lo que mi espíritu pudo darles estos huevones; también la gente del teatro, la Yolanda, el directorio del GAM, los del Teatro Nacional, la Carola, la Patricia, la Ximena, Marce, Valentín, Néstor, Roberto, que vengan también los siúticos del teatro de la Chile, hasta el soberbio del judío y el pelotudo de Gonzalo, sepan que no tengo rencores, todos deben su prestigio a mi pega, decía mi marido, nadie ha dirigido ni va a dirigir sus textos como yo, vengan nomás, yo hago en grande las cosas, que no falte nada, que corra champaña de la viña Viu Manent, vivimos con elegancia y con más elegancia celebraré mis cincuenta; si no, no quiero nada, decía él.
Mi marido escribió guiones para las telenovelas de la tele abierta.
Mi marido dirigía teatro.
Los guiones ya no eran su oficio. No trabajaba en culebrones hacía, por lo menos, dos años. Seguía dirigiendo obras de teatro.
No estábamos casados, pero yo me refería a él como marido. Él me decía Luis. A veces me decía mi amor, me decía corazón, me decía maricona rica —cuando me penetraba—, me decía mongólico —cuando yo no actuaba como él esperaba—. Tenía un carácter arrebatado mi marido. Se enojaba sin aparente motivo y me lanzaba manotazos firmes, con la palma abierta, me quedaba la mejilla roja y me prohibía salir. Van a pensar que te estoy pegando, víctima de pacotilla, decía mi marido.
Quién va a pasear a Vicente, preguntaba yo, tiene que hacer caca, tú sabes cómo caga, no quiero que el departamento quede pasado a mierda. Cállate, respondía mi marido, yegua infeliz. Hasta cuándo tengo que aguantarte, tienes el privilegio de ser mi pareja, de exhibirte a mi lado, crees que cualquier marica va a llegar conmigo al Toro. Yo guardaba silencio. Me acostumbré a aguantar las lágrimas, a mi marido no le gustaba el llanto. Manipulador, me decía, los colas como tú son peores que las mujeres. Sentía desprecio por las mujeres. Los partos, la menstruación, prohibía la mención de estos hechos naturales. Cuando quería desacreditar a algún colega o a un amigo con el que estaba peleado, decía que ellos —los caídos en desgracia frente a él— realizaban cunnilingus cuando las parejas sexuales atravesaban el periodo menstrual. Imagínate si es capaz de hacer esa cochinada, es capaz de cualquier cosa, decía mi marido, y después se reía.
Yo podía aguantar el llanto para no verlo enojado. Me entrené para tragarme las lágrimas. Mi marido le ajustaba el arnés a Vicente y le pasaba cinco mil pesos al conserje que estuviera de turno. Segundo o don Rosalino, o Marcos lo sacaban a dar una vuelta al Santa Lucía y el perro volvía exhausto y se echaba en su cojín y yo me sentía aliviado. Después me daban ganas de bajar a comprar cigarros. Mi marido no me dejaba salir con la cara hinchada. Aunque él no estuviera, yo no iba. Me daba terror encontrármelo en la calle. Tomé la precaución de comprar cartones de cigarros.
Vivíamos entre Santiago y Valparaíso. En el puerto, teníamos una casa gracias a los años fecundos. Era una compartimentación de una antigua casona en Cerro Alegre y mi marido compró un tercio en acuerdo con dos personas más y la dividieron y ellos —la Cota y Amador— exigieron y empujaron los contratos que firmaron los tres para dejar todo claro y dividido. Teníamos una terracita donde planté una buganvilla fucsia y un ave del paraíso generoso, en un macetero comprado en Pomaire un fin de semana próximo a nuestros primeros días de relación. Por eso me gustaba: redondo, profundo, sin excesos en su diseño, salvo un dintel como único detalle en el borde, una remembranza de la felicidad absoluta.
Para la víspera del cumpleaños cincuenta de mi marido, llevábamos cuatro años juntos. Yo era un joven ingeniero comercial que profesaba la fe. Conocí a mi marido cuando él tenía cuarenta y seis y yo veintiocho. Asistía al Salón los jueves en la tarde y cada domingo, a las nueve y media de la mañana. Las ceremonias duraban hasta las doce. Era Testigo de Jehová y sentía deseo por hombres y me masturbaba seguido pensando en Daniel, un muchacho de mi edad a quien conocía desde los nueve años, es decir, a partir del periodo de mi vida cuando nos fuimos a vivir a La Reina, con mis padres, mi hermana mayor y mi hermano chico. Mi hermana grande se llama Constanza y no era Testigo. Mi hermano chico se llama Octavio y asistía a las ceremonias con terno, cuando era un niño de siete años. Sentíamos odio profundo hacia los católicos y los evangélicos. Cenábamos y después leíamos la Biblia y también teníamos que responder preguntas sobre ¡Despertad! y La Atalaya. En la casa estaban por todas partes, era obligación leer cada número completo, sacar las ideas generales, recordar datos específicos. Cumplía con mi deber, pero a escondidas veía televisión. Me gustaban las telenovelas y me preguntaba cómo los actores y actrices memorizaban y creaban esas historias tan extensas. Nadie sabía que yo veía telenovelas. En mi curso —el séptimo básico de British Royal School— me apodaban “canuto” y, en los recreos, sin adultos cerca, “testículo de Jehová”. Una vez me fui a los combos con Aceituno. Rodrigo Aceituno iba dos cursos más arriba, sus compañeros y los más grandes le temían. Tenía ojos achinados, con una pátina nebulosa que configuraba una mirada malévola, como la de alguien que siempre está elucubrando desgracias para el resto. Era el más hábil y violento de su curso. Mi papá decía que nadie podía faltarme el respeto, menos a nuestra religión. Aceituno me dejó inconsciente. Quedó condicional y después lo echaron, luego de otra pelea. Yo, antes de desvanecerme, me sentí excitado por sus golpes. Cada contacto de sus puños con mi piel, la angustia, el sabor de la sangre y el ardor, todo eso reveló un placer inesperado y feliz.
Los guiones ya no eran su oficio. No trabajaba en culebrones hacía, por lo menos, dos años. Seguía dirigiendo obras de teatro.
Mi marido deseaba celebrar en grande sus cincuenta. Arrendó el centro de eventos más costoso del puerto, una casona refaccionada empotrada en el cerro Concepción, con azotea al aire libre y vista al mar. En las noches era para quedarse tomando vino, fumando, pensando en tantas cosas, sintiendo las ventiscas salinas. Maravillarse frente a la oscuridad estrellada y a la eternidad del océano. Nosotros conocíamos el Hotel Boutique La República porque pasamos un Año Nuevo allí. Nuestro primer fin de año juntos. Mi marido me llevó a cenar y descorchamos una botella de espumante de doscientos mil pesos y bailamos hasta la salida del sol. Esa noche descubrí que mi marido jalaba cocaína, pero decidí callarme. Para qué iba a arruinar esa noche vieja, si antes llegó el postre —mousse de arándano con trufas—coronado con un anillo de compromiso. Me estaba ofreciendo matrimonio, me pregunté, y de inmediato comprendí que no: mi marido despotricaba contra el matrimonio. Era solo un símbolo de unión, un grueso anillo de oro con un pequeño diamante. Yo era importante para él. Sentí un vaivén. Me ocurría a mí, Valparaíso no temblaba, era la emoción. Mi marido entabló amistad con Javier Zalaquett, el dueño de La República. Lo deleitó con las historias tras bambalinas de los años dorados de la televisión. Los noventa, la década del dos mil. Hice millonarios a estos huevones, gracias a mi pluma pudieron construir esa catedral que está a los pies del San Cristóbal. Ahora no es una catedral, es un mausoleo sin muertos, es una cáscara, un espejismo de la grandeza, decía mi marido. No hay tiempos de mayor gloria en este país que la década del noventa. Cuándo ha visto la chusma tanta cultura, tanta creatividad por todas partes. Yo tengo en mis manos la solución para volver a los noventa, el problema es que no quieren pagar. Porque mi talento cuesta caro. Hablaba mi marido del dinero que ganaba en sus mejores años, los viajes, las compras, sus parejas. Yo me culeé a los maricones más importantes de este país. Hasta saqué del clóset a un par de locas que antes le rezaban a Santa Teresita de Los Andes. Mi amor, le dije yo. Qué, me miró, sin comprender. Qué va a pensar la gente. Se quedó en silencio, con la mirada clavada en mis ojos, sin pestañear, sus pequeñas bolitas azules paralizadas —sus ojos tan próximos a las sienes, era difícil intuir el lenguaje de sus pensamientos en esas diminutas esferas—, después una leve sonrisa, y al final: Qué te has creído, mierda. De dónde saliste tú, canuta prostituida. No fui capaz de responder. Javier Zalaquett desvío la mirada, se puso de pie y pidió un par de negronis para nuestra mesa, cortesía de la casa. Una hinchazón invisible se asentó en el centro de mi pecho. No dije nada más. Esbocé una sonrisa tibia, quise que se pareciera a la suya, apuré sorbos de chardonay. Aunque él ya no trabajaba en la televisión, mandó descorchar cinco esa noche. Mi marido se ponía grosero cuando tomaba. Y cuando tomaba le daban ganas de jalar cocaína. Tenía siempre bolsitas transparentes guardadas en su billetera cuando íbamos a cenar o a alguna fiesta, y en su neceser durante los viajes. Cuando me atreví a preguntarle por qué en todo momento tenía coca, me dio vuelta la cara —el dorso de su mano me sorprendió con fuerza en el impacto con mi mejilla derecha, provocando que girara la cabeza con agresiva rapidez— de un cachetazo y me prohibió volver a meterme en sus cosas. Aprende a comportarte, me dijo, pareces una vieja paca. Esa noche nos quedamos hasta tarde. Yo quería irme a dormir. Mi marido estaba encantado con la atención que le daban Zalaquett y su pareja, una mujer hermosa, de unos veinticinco, pelo negro y crecido hasta los hombros; recuerdo sus ojos maquillados con pintura cyan sobre los párpados.
Nos hicimos asiduos de La República, comíamos allí, a mi marido y a mí nos conocían los mozos, los cocineros, los barman, sabían qué servirnos, cómo agasajar a mi marido, los ostiones y la cantidad de aliño precisa, la botella de chardonay en baldes atiborrados de hielo.
Decía mi marido que las familias religiosas tenían olor a encierro, a humedad. Hediondez, están pasados a hediondez ustedes, expelen algo asqueroso, entre pata, mierda, cuerpo viejo, no sé, decía, repugnantes, además de homofóbicos y básicos. Pero tú crees en la Virgen del Carmen, le dije. Es distinto, respondió, no compares a la Virgen con las estupideces que han inventado ustedes. Los mormones son polígamos, los puros hombres, porque las mujeres están destinadas al servicio de los machos. Yo no era mormón, aclaré, él respondió que todas las sectas eran iguales: mormones, testigos de Jehová, evangélicos, pentecostales. Puros enfermos, dijo.
Recordé imágenes de mi marido antes de conocerlo: cuando apareció en el balcón de La Moneda, de la mano de su pareja, el director de una fundación cultural importante por aquellos años, ambos junto a la Presidenta. Representaban los nuevos tiempos, el cambio en la mente de este país, el abrazo de las mujeres con los homosexuales. Y lo que le hiciste a la Marcia, quise preguntarle, y a Piero Cruz Montt. Qué me dices sobre ellos. No pronuncié palabra. Trataba de guardar silencio. Hablaba menos y menos, yo. Las historias estaban ahí, grabadas en la piedra del tiempo gracias a los hechos de hace quince, diez, veinte años atrás. Marcia, actriz y dramaturga, a quien le prohibía salir a la hora de almuerzo para amamantar a su hijo de cinco meses, obligada a cumplir horario de oficina —la obsesión de mi marido— cuando su trabajo estaba listo a las doce del día. Los quiero a todos aquí, pronunciaba, es su deber, para eso se les paga, si quieres alimentar a tu familia, primero cumple con tu deber. Piero, novelista y guionista, quien le enseñó a mi marido a escribir para la televisión, y el consejo que le permitió fortuna: no tengas pudor con los culebrones, nos pagan para que la gente llore y después ría a carcajadas, esto es grueso y es ágil. Piero transformó a mi marido en el más importante y mejor pagado, y mi marido exigió que lo echaran cuando supo que se había contagiado. No puedo compartir el mismo espacio con ese viejo cochino, dijo, no quiero a maricones sidosos cerca de mí, y movió lo necesario en las planas ejecutivas para sacarse de encima a Piero. En el barrio, alguna vez, lo vimos paseando junto a su pareja que lo llevaba del brazo, y Piero, raquítico y lento, se ayudaba con un bastón para desplazarse. Mi marido cruzaba la calle para no topárselo, murmurando groserías, diciendo: cuándo se va a morir este viejo maricón, cuándo, Virgen mía.
Mi marido interpretó como un augurio virtuoso que su cumpleaños cincuenta cayera un sábado de noviembre. El mismo día iba a celebrar, aprovechando el clima amable del puerto en plena primavera. Arrendó el República íntegro, con todas las habitaciones reservadas para los invitados. El gasto, a esa altura, sobrepasaba las dos cuentas corrientes de mi marido y la mía. Estábamos endeudados con todas las tarjetas de crédito y, para solventar el cumpleaños, tuvimos que pedir créditos de consumo. Como mi salud comercial era mucho más íntegra que la suya, pude solicitar tres veces más dinero que él. Contratamos una banda que tocaba música de los ochenta: INXS, Simply Mind, Roxette, Japan, The Cure, Depeche Mode, XTC, Ultravox. Nunca cumbia, tampoco un puro DJ, él quería exhibir recursos, demostrar despliegue, enrostrarles su buen gusto, mi gusto exquisito, y qué mejor que llevar músicos para tocar en vivo. Cóctel, cena, postres, barra abierta de todos los tragos imaginables. Trasnochábamos para organizar y coordinar. Las invitaciones las mandamos a diseñar e imprimir con un mes de antelación, con una inversión de cinco millones.
Mi marido deseaba celebrar en grande sus cincuenta.
Qué hago, invito a la Toti, me preguntó una noche que salimos a cenar al Boragó. La Toti fue su jefa, la que le permitió tomarse un año sabático, con goce total de sueldo, para que pudiera despejar la cabeza y renovarse. Pero mi marido, en lugar de viajar a Barcelona, como prometió, se quedó en Santiago y aceptó un contrato suculento con la competencia. Mi marido estaba escondido en nuestro propio departamento, solo se movilizaba en Uber, el Alfa Romeo quedó en el estacionamiento, cubierto con una funda, porque pensaba que alguien del canal podía llegar a bajar al estacionamiento —cómo, cuándo— y reconocer que el auto estaba en funcionamiento. Tuvimos las cortinas cerradas durante seis meses. Una continuista vio a mi marido en la cafetería, le sacó una foto y se la mandó a la Toti. Lo demandaron y perdimos el juicio. Tuvimos que pagar las costas, cancelaron su contrato nuevo, quedó en el aire. Empezó a tomar pisco puro después del desayuno. Sacaba a pasear a Vicente y se arrancaba a alguna cantina del barrio Mapocho-Bandera. Volvía a la hora de almuerzo, borracho, con la mirada perdida y el aliento imposible, en una mezcolanza de vinagre de cerveza y destilado. Una tarde me golpeó —un combo en la nariz— y después me pidió disculpas, llorando. No voy a volver a tomar, dijo. Llamó a la Toti, descubrió que tenía bloqueado su número, llamó a la Paulita, la secretaria de la Toti, ella mintió, mi marido se quebró, rogó por la Toti, la Paulita lo comunicó con ella, la Toti expresó: no puedo creer que tengas el descaro de llamar, sinvergüenza, fresco de raja. Mi marido se disculpó, expresó después: Nos necesitamos, no abandonemos el éxito que tenemos por delante. La Toti: Estás curado. Dios mío, qué vergüenza, pobrecito Luis, que tiene que aguantarte así. Mi marido: No estoy curado, ese huevón no es nada sin mí. La Toti: No vuelvas a llamar nunca más, por favor, hazte ese bien, y cortó la llamada. Yo escuchaba desde nuestra habitación, a través del teléfono fijo que estaba sobre el velador suyo, mientras creía distinguir formas humanas en el boscaje del Santa Lucía. El rostro de mi padre, el rostro de don Jaime, el Anciano del Salón, el rostro de mi hermana atravesando la resaca un domingo de 1991. Mi marido se quedó con el auricular pegado al rostro. Lloró. Se ahogaba y a continuación recuperaba el aliento. Me quedé allí, me eché en la cama, lo escuché salir y a Vicente ladrarle para que lo llevara. Pero mi marido no lo llevó. Asomado en la ventana, lo seguí con la mirada. Esperó un taxi en Santa Lucía, casi en la esquina con Merced. Miraba el celular, escribía mensajes, se asomaba hacia José Miguel de la Barra, hasta que un viejo Nissan Centra se detuvo y mi marido subió. El Centra se perdió por Santa Lucía, hacia el paso bajo nivel. Yo conocía ese vehículo. Era don Fabián, el guatón Fabi, el dealer de mi marido y de tantos otros trabajadores audiovisuales de la televisión.
Invita a la Toti, le respondí, que vaya con el viejo ese que se pinchó, el millonario que le arrienda los yates, a ver si logra sacarlo a bailar. Mi marido me dio un beso en los labios.
Pasó un mes. Llegó la noche del cumpleaños. Mientras nos vestíamos con nuestros esmoquin, me preguntó si creía que la Toti iba a venir. Claro que va a venir, mi amor, quién va a querer perderse tus cincuenta. La invitación citaba a las 20:00 hrs., a las 22:00 había llegado el primo Manuel y dos vestuaristas que alguna vez trabajaron con mi marido. Él se perdía cada diez minutos en el baño, salía eufórico, nervioso. El guitarrista de la banda —se encargaba también de toda la burocracia extra musical— se acercó a preguntarme si empezaban el show. Tenemos recién seis invitados, cómo se les ocurre que van a empezar a tocar. Mi marido tenía la frente perlada de sudor y se apretaba las narices con insistencia. A las 23:40 teníamos solo diecisiete invitados presentes. Le dije a mi marido que tuviera calma, que la gente ahora llegaba tarde a las fiestas. En ese momento se acercó Javier Zalaquett y, dirigiéndose a mi marido, pronunció:
Está bajo el rating, Carlitos.
Mi marido esbozó una sonrisa y partió caminando a paso rápido. Lo seguí, él aceleraba más. Carlos, le dije, para dónde vas. Nadie se va a reír de Carlos Varela, dijo. Salió de la casona, se subió al Alfa Romeo, partió derrapando y luego cubrió a velocidad creciente las curvas. Hice parar dos taxis, ninguno se detuvo. Pedí un Uber, pero la aplicación se demoraba en ofrecerme un vehículo. Corrí, entonces, subí a tranco presuroso las escaleras y callejones empinados de Valparaíso. Salté rejas de terrazas privadas, recibí la mordida de un perro en el muslo izquierdo, me rasmillé. Mientras avanzaba, casi sin aliento, a través de las bajadas y subidas porteñas, entre los meados, la basura desperdigada y las plastas de mierda fresca, se me vino a la cabeza el fin de semana de la Asamblea de Los testigos de Jehová, realizada en el Estadio Nacional, en 1991 o 1992, no tengo recuerdos claros. Sí sé que fue en la ceremonia de bautismo, en una de las muchas piscinas armables que estaban ordenadas en toda la cancha del estadio. Sábado y domingo ardientes de verano, venta de colaciones oficiales en bolsas de papel kraft, sánguches redondos de queso y jamón, una cajita de jugo —tibio—, un durazno. Familias completas descansando sobre mantas cuadriculadas, los hombres de impecable terno y corbata, las mujeres con largos vestidos de flores. Cerca nuestro estaban los Saldías, ellos también iban al Salón de calle Clorinda Willshaw. Mi padre admiraba y odiaba a Rodolfo Saldías. Él había hecho reciente fortuna con un centro de lavado industrial de vehículos. En meses abrió sucursales, compró una parcela en San Francisco de Mostazal. Fuimos invitados junto a otras familias hermanas. Estábamos admirados, mi padre casi no habló. Para la asamblea se ubicaron al lado nuestro, parecidos al resto, y ahí estaba Renata Saldías, cuyos pechos enormes cautivaban a todos los muchachos del Salón, salvo a mí. Recordé, mientras perdía el aliento en la sinuosidad de Valparaíso, algo que estaba perdido en mi memoria. Aquella jornada en la parcela de los Saldías, la casa patronal, como la llamaba Rodolfo, y hacia atrás, los cientos de manzanos, rebosantes de frutos rojos, brillantes al sol de la tarde. La mayoría de los niños y adolescentes se bañaban en la piscina después de almuerzo. Preferí caminar a través de los árboles, protegido de la temperatura alta gracias al ramaje espeso. Los pies se hundían en la tierra blanda. A lo lejos, divisé la caballeriza, aunque yo no sabía qué era, solo sentí atracción por esa casucha extensa, con tablas oscurecidas por las lluvias y los rayos furibundos del sol. Alrededor estaba plagado de bosta seca, subía de ella una hediondez tenue, mimetizada con los aromas del entorno. Las paredes, hechas de tablas clavadas, dejaban en la fachada orificios de diversas formas, todos cubiertos con telarañas y mugre. Me acerqué y, usando una rama seca de aromo, limpié una abertura astillada. La rama salió con la espesa telaraña envuelta en uno de sus extremos. Miré por allí. De rodillas, con la espalda apoyada contra una estructura de palos viejos que alguna vez formaron una puerta, estaba Renata, a torso desnudo. Vi por primera vez sus tetas grandes, blancas, brillantes como faros en esa semioscuridad. De pie, frente a ella, estaba Daniel. Tenía los pantalones abajo y el pene entre las tetas de Renata. Con los ojos cerrados, temblando, se movía lento, frotándose, poseído por no sé qué fuerza invisible. La tarde en la caballeriza se hizo una con la Asamblea. Los Saldías y más allá los Castro, la familia de Daniel, en la manta contigua, compartiendo la merienda, y yo disponiéndome al bautizo junto a cientos de hermanos.
Carlos, murmuré.
¿Dónde estás?
*ILUSTRACIÓN DE PATO VERA.





