Ilustración de Mara Parra que muestra una niña en una burbuja alumbrando el camino. Ilustra el texto "TOC en primera persona".

Toc en primera persona

Había pasado justo un año de la muerte de mi papá y casi el mismo tiempo de terapia psicológica para enfrentar el duelo. Llegaba a ese primer aniversario con la herida bastante limpia. Me gustaba decir que le había visto los dientes a la muerte y ahora renacía del dolor. Había salido de la emergencia y el impacto de ver morir a mi papá. Estaba en calma, aunque con una cicatriz imborrable. De alta del duelo, pero a punto de comenzar a recorrer el camino por el dark side de mi mente.

Una noche de invierno de 2022 veía televisión con mis hijos y mi pareja. De repente, en esa cama calentita y confortable, con mis amores, un hoyo negro me absorbió con fuerza. Una pregunta que ya conocía me empujó al vacío más aterrador. Si Dios nos creó, ¿quién creó a Dios? Me dieron ganas de vomitar, sudé frío, entré en pánico. Me fui al baño para que los niños no me vieran mal (incluso de eso sentimos culpa las madres). El miedo purgó en mis intestinos. Me miré al espejo y pensé que la única forma de no sentir esa angustia era estando muerta, pero yo no quería morir. Volví a la cama y le dije en secreto a mi marido lo que pasaba en mi cabeza. Inútilmente tomé unas pastillas naturales, hechas a base de melissa, para calmarme los nervios y me obligué a dormir. Él, ingenuamente, intentaba calmarme diciendo que era mejor “no pensar en eso”. Pero no se trataba de querer o no querer hacerlo. La preguntaba llegaba y se instalaba como una intrusa. 

Si Dios nos creó, ¿quién creó a Dios? 
Vacío. Negro. 
Si hubo un Big Bang, ¿quién creó esa primera partícula? 
Vacío. Negro.

Al día siguiente, el miedo había bajado de intensidad, pero sentía muchas voces en mi cabeza. Como si todos los pensamientos e ideas hablaran cada una por su cuenta. Pensamientos rumiantes. Me sentía nerviosa, con dolor de guata y en estado de alerta. No podía sentir otra vez ese miedo. Tenía miedo del miedo. La pregunta daba vueltas en mi cabeza, aunque agazapada entre otras más triviales. Cuando esa tarde bañé a mi hija, supe lo que era la despersonalización. Verse desde afuera. Cuestionarse la realidad. Ella golpeaba el agua con sus manitos y yo sentía que no estaba ahí, que era otra, que hacía correr la cinta de una película. Me dieron náuseas. La niña era feliz en esa agua tibia y con espuma, mientras yo, arrodillada, apenas sostenida en la tina, sentía que nada tenía sentido. Quería explotar en llanto, volvía a ser una niña asustada en la noche, con miedo a perder a su madre, al abandono, a la oscuridad. Seguía cuidando a mi hija mientras chapoteaba esa agua inolvidable, moviendo sus juguetes de plástico. Mientras enjuagaba su pequeño cuerpo, intentaba salvarme de esa pesadilla. Llegar a la orilla. Estaba ahogándome en ideas sin sentido. La saqué del agua y la envolví con la toalla y con mi miedo. Deseaba tanto ser cuidada, pero aún faltaban horas para que llegara mi marido. Cuando él entrara en la casa, me pondría rápido el pijama y me sumergiría en la cama esperando a que la noche me salvara. 

Llamé a mi psicóloga. Le describí el cuadro de la noche anterior y la resaca mental. Concluimos que esa pregunta había quedado dando vueltas desde niña. Me derivó a un médico especialista en salud mental. Fui al día siguiente. Lloré al explicarle mis síntomas, pero creo que los atribuyó más al estrés postraumático de haber perdido a mi papá en la pandemia que a una idea recurrente. Me dio una receta de un antidepresivo y un ansiolítico. No había entendido lo que me pasaba. ¿Me estaba volviendo loca? ¿Y si nadie me entendía? Lloré otra vez. Estaba enferma, y aunque no sabía de qué, tenía claro que estaba relacionado con esa pregunta que me asediaba desde niña. 

Debía empezar a tomar medicamentos incompatibles con la lactancia. Tendría que destetar a mi hija antes de lo que yo había calculado. Lloré por ella y por mí. ¿Hay algo peor que una mala madre? Me autoflagelaba con los prejuicios que existen en torno a los remedios y la culpa por no ser suficiente para ella. Me resistía. No quería “empastillarme”. Mejor un copete, un pito, yoga, comprarse ropa, relaciones tóxicas, pero no pastillas. ¡Qué estupidez! 

Hice una encuesta rápida entre mis conocidos con tratamientos psiquiátricos. Las respuestas apuntaban todas hacia un sí rotundo: “¡Tómalos, te va a cambiar la vida!”; “¿Si tuvieras diabetes, no tomarías los remedios?”; “¡Hay demasiada desinformación e ignorancia!”; “No te causará dependencia si estás controlada”. “Ojalá todos tuvieran la oportunidad de hacerse buenos tratamientos psiquiátricos”…Lo acepté. Arriba la ciencia. Tomé la bandera. Pedí contactos de psiquiatras hasta dar con uno. Lo llamé y me dio cita al día siguiente. Sentí un poco de calma. Alguien me entendería.

***

Procedí a explicarle: “Hay una pregunta que me hago desde muy chica y que siempre me causó incomodidad. Pero hace una semana me generó pánico. Una sensación de vacío. Un miedo incontrolable”. Mientras yo describía lo que me pasaba desde esa noche de la crisis, él tomaba nota en lo que se convertía en mi primera ficha clínica psiquiátrica. Me escuchaba atento. Cuando me quedé en silencio, me describió con precisión: “Apuesto a que eres perfeccionista, que antes de conectarte me googleaste, que investigaste tus síntomas, que de niña resolvías todo sola, que no dabas problemas, que absorbías lo que pasaba a tu alrededor, que quieres tener el control de las situaciones, que anticipas escenarios, bla bla bla”. Esa era yo. Una neurótica obsesiva con un Trastorno Obsesivo Compulsivo existencial. Un TOC. 

—¿Desde cuándo lo tengo? ¿de guagua? ¿por qué?

—Puede ser que lo hayas desarrollado desde niña, aunque también se han estudiado factores de riesgo genéticos y fisiológicos, temperamentales, ambientales. Ahora, el contenido de tu TOC puede tener relación con algo que escuchaste, alguien que habló sobre este tema, en un momento de estrés e incertidumbre, entonces te colgaste de esta idea como “volador de luces”. Para evadir. Por otra parte, el episodio de crisis reciente se puede deber a que tus niveles de serotonina estén bajos producto de la muerte de tu papá, no es que tengas depresión ni otra cosa. Hay un escenario de mucha incertidumbre, la muerte y la pandemia, por ejemplo, que te gatillan el TOC.

—Claro, también lo sentí muy fuerte cuando fue el terremoto de 2010.

—El TOC se “alimenta” de la incertidumbre. En tu caso, se gatilla la pregunta y tú intentas responderla, pero nunca lo logras. Podrás responderte con fé, con filosofía,  tendrás un poco de paz por un rato, pero la pregunta volverá al día siguiente, y con ella, los síntomas. Lo que te pasó en esta crisis fue más fuerte. Al no tener diagnóstico, la angustia crece, sobre todo en personas como tú, que necesitan comprender todo y sentir control.

—¿Y qué puedo hacer? 

—Medicamentos y terapia. Nos vamos a ver semanalmente hasta que te estabilices. Vamos a ir ajustando las dosis hasta que te sientas mejor y luego, hay que esperar el efecto máximo del antidepresivo, aproximadamente a los tres meses, para retirar, paulatinamente, el ansiolítico. Hay que ir evaluando. Además, la terapia cognitivo-conductual te hará trabajar en tu reacción ante el TOC.

—¿Cómo funcionan esos remedios?

—Te recetaré Paroxetina y Clotiazepam, el primero es un antidepresivo, del grupo de inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), llegará a su máximo efecto a los 3 meses, por eso es necesario que también tomes el clotiazepam, que es un ansiolítico, porque te ayudará con los síntomas de manera inmediata. 

—¿Y si me genera adicción?

—Con supervisión y por un tiempo limitado, eso no pasará.

—¿Y si me hace dormir todo el día?

—La dosis no te hará dormir, te hará sentir tranquila y rendirás mejor en tus actividades.

—¿Y tiene efectos secundarios?

—Muy pocos y solo las primeras semanas.

—¿Y cuándo nos veremos de nuevo?

—Semanalmente hasta que estabilices.

—¿Te puedo escribir por whatsapp e ir preguntando?

—Por supuesto.

—Me siento mejor conociendo el diagnóstico y siento que hablamos el mismo idioma.

—La pregunta, que es el contenido de tu TOC, es muy humana y normal. Desde los inicios de la historia, nos hemos preguntado por el origen. La literatura, la filosofía, las ciencias exactas la han abordado. El problema no es el contenido, es la angustia asociada.

—Entiendo…Y claro, yo sé que todos se lo han preguntado, pero no entiendo por qué el resto de las personas no se aterran de pensar que están a la deriva en el universo…

—Es como la muerte. Todos vamos a morir, pero no pensamos todo el día en eso ¿cierto? Vamos a ir aprendiendo a quitarle importancia a la pregunta, a entender que es un pensamiento más, que no tiene poder y no te define. Cuando te sientas mejor, podrás entender más y ver qué lo gatilla. La parte buena de un obsesivo es que somos estructurados, aplicados y metódicos. Eso significa que serás una “buena paciente”, en términos de que te informarás, aprenderás, serás meticulosa con los remedios, etc.

Trastorno Obsesivo Compulsivo existencial: buscar.

TOC existencial síntomas: buscar.

TOC existencial diagnóstico: buscar.

TOC existencial causas: buscar.

Paroxetina: Buscar. Efectos secundarios: buscar

Clonazepam: buscar.

***

Los meses pasaron. El fantasma de la muerte ya no me atormentaba. Estar flotando en un universo en expansión tampoco. Si había sido un dios o un Big Bang, me daba lo mismo. Estaba aprendiendo a vivir aquí y ahora. Conecté con mi cuerpo y me cuidé en todos los aspectos. Seguí con terapia psicológica. Mi mente se aclaró tal como me advirtió el psiquiatra. Sin ideas intrusivas me concentraba mejor. Me decidí a escribir. Participé de talleres literarios, devoré libros, volví a estudiar en la universidad. Reconecté con mis pasiones. Encontré la belleza en cada rincón, en los ojos de mis hijos, sobre todo. En mis mascotas y paisajes. Me había convertido en una versión mejorada. Encontré a mi padre en otras formas y expresiones. Los límites de mis creencias se hicieron elásticos y sentí su presencia. A veces lloraba al escuchar su voz en videos, pero la calma volvía. Convertí la pena en fuerza. Me decidí a luchar por la escritura. A poner atención en quienes estaban a mi lado. La vida seguía y quería disfrutarla. 

Las sesiones con el psiquiatra se fueron espaciando hasta agendarlas mes por medio. Seguía hablando con mi terapeuta, me fui comprendiendo más, a la niña que fui y a los escenarios que pudieron marcarme. Todo fue aprendizaje. Comprenderme con un TOC existencial era mucho más que entender la obsesión y cómo frenarla, se trataba de comprender mi estructura de personalidad, mi rigidez, la forma en la que había vivido hasta esa crisis. Aprendí a perdonarme y a entender por qué fui como fui. Supe que mis “mañas”, enojos, rabietas e inestabilidades eran producto del ambiente en el que crecí, de las formas que tuvieron mis figuras de apego, de los miedos que sentí. Y eso me quitaba una mochila de encima. Todo eso explicaba cómo el TOC había sido un mecanismo que necesité cuando era demasiado pequeña para afrontar lo que pasaba a mi alrededor. Si en la terapia de acompañamiento al duelo “le había visto los dientes a la muerte”, en la terapia por el TOC había reconocido a los monstruos de mi infancia y los había reducido como una Cazafantasmas. El bonus track de los aprendizajes me lo grabé a fuego: si tenía que tomar antidepresivos para siempre, lo haría sin dudar. 

***

Han pasado casi tres años desde esa primera sesión con el psiquiatra. Ya no tomo Paroxetina, pero sí Sertralina. Los ansiolíticos duraron tres meses y nunca sufrí un síntoma de dependencia. Tengo una receta de Ravotril en caso de SOS, pero nunca he abusado. He tenido otras crisis, pero del uno al diez, han sido un tres. Sé perfectamente qué situaciones me estresan, incomodan y desestabilizan, y  también sé cómo proceder. La pregunta a veces vuelve, pero sé que es solo eso, una pregunta, una idea, un pensamiento. El médico me dijo que lo mío es leve. Que hay casos muy duros, donde la insistencia de las obsesiones y las compulsiones son inhabilitantes, e incluso, mortales. 

Me siento mejor conociendo el diagnóstico y siento que hablamos el mismo idioma.

Puedo hacer mi vida normal. Mi caso es “suave” y se  ha tratado de episodios espaciados en el tiempo. He cumplido con el tratamiento al pie de la letra, he estudiado y por eso, en parte, escribo este texto. También para desprivatizar mi experiencia y ponerla al servicio de la tarea por informar sobre salud mental. El TOC no es un chiste ni un cumplido. Las obsesiones no son divertidas ni las compulsiones son algo que uno quiera hacer. No se trata de ser muy ordenado, ni exagerado, ni perfecto. Por el contrario, suele ser muy angustiante e incapacitante.

Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM5), el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), se caracteriza por la presencia de obsesiones y compulsiones. Señala que “las obsesiones pueden ser pensamientos, impulsos o imágenes recurrentes y persistentes que se experimentan como intrusivos y no deseados, mientras que las compulsiones son conductas repetitivas o actos mentales que un individuo se siente impulsado a realizar en respuesta a una obsesión o de acuerdo con reglas que deben aplicarse rígidamente”.

Destaco lo siguiente:

Las obsesiones no son placenteras ni se experimentan como voluntarias: son intrusivas y no deseadas, y causan malestar o ansiedad en la mayoría de los individuos. El individuo intenta ignorar o suprimir estas obsesiones (p. ej., evitando los factores desencadenantes o mediante la supresión del pensamiento) o neutralizarlas con otro pensamiento o acción (p. ej., la realización de una compulsión). Las compulsiones (o rituales) son conductas (p. ej., el lavado, la comprobación) o actos mentales (p. ej., contar, repetir palabras en silencio) de carácter repetitivo que el individuo se siente impulsado a realizar en respuesta a una obsesión o de acuerdo con unas normas que se deben aplicar de manera rígida. La mayoría de los individuos con TOC tiene tanto obsesiones como compulsiones. 

***

En el momento que termino este texto pienso en lo bien que me siento. Quizás esa pregunta vuelva cada tanto, cada vez que mi vida o el mundo tambaleen. En una pérdida o en un temblor. Cuando me falte el sueño o me pase de copas. Cuando la vida esté cuesta arriba. Seguiré armando las maletas con tiempo e identificando las vías de escape en lugares cerrados, tratando de controlar algo. Probablemente seguiré observando a mis hijos para ver si heredaron algo de este trastorno y, también, para darles lo que yo no tuve. Porque no se puede controlar lo que nos pasa, pero sí se puede decidir qué hacer.

*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA

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