Le preguntarían el por qué de semejante decisión y ella no sabría qué contestar, a pesar de tener razones de sobra: económicas, románticas, hormonales (a veces no podía ni consigo misma), sociales, ¿Ha visto las noticias últimamente, señor? ¿Le parece que necesito más motivos? Físicas. Jesús. Se pondría gigante. Tras el parto de su hermana menor, su mamá evitaba dar del cuerpo y se sentaba raro, como de lado. Ella le preguntó por qué y su mamá le explicó que un bebé es mucho más grande que el huequito por el que tiene que salir, entonces lo rasga. Visualizó la vulva en primerísimo plano, el pelo viscoso del bebé, la piel deshilachándose como un pedazo de tela, el hilo de sangre, y con eso tuvo. No necesitó ver videos de partos para entender que no atravesaría nueve meses de padecimiento para acabar con una costura entre el ano y la vagina y un bebé llorón.
Recordaba a su mamá sentada en la cama consolando a la niña, intentando aliviar su malestar con supositorios y ramitas de cebolla larga. La bebé no toleraba la leche, no daba del cuerpo, no dormía. Solo lloraba con la barriga templada, batiendo las ancas como una rana rabiosa. Lloraba y ella no veía la hora de que creciera. Cuando creció, sin embargo, lloraba por otras cosas y ella tenía que cuidarla; perderse las salidas a la plazoleta, a montar cicla, al parque. Si la niña se caía de la cama le pegaban a ella; si jugando con su hermano la despertaban, les pegaban; si se escapaba, les pegaban. ¡Los hijos eran un pésimo negocio! Exigían demasiado y a cambio solo daban problemas. Ella quería salir, ir y venir sin obstáculos; no dedicarle su vida a un problema sin solución. Si un día se sentía incapaz de pararse de la cama, no tendría que fingir interés por la charla sin sentido de su hijo durante el desayuno. En la vida quería, al menos, poder deprimirse en paz.
Aún sentía el hormigueo de la moto en las piernas cuando entró a la sala de espera. Era bonita, colorida. Había aire acondicionado, un televisor pantalla plana, dispensadores de agua fría. Se notaban los esfuerzos por incentivar la planificación familiar. Huelga decir que no estaban funcionando. Tomó un turno, A11, y se sentó en la punta de una silla a ordenar sus razones. ¿Por dónde empezar? Hubiera querido que él se quedara a acompañarla. Imposible. Tenía algo que hacer con su novia. Con su mujer. Ella era la novia.
La noche en que empezó todo, ella estaba tirada en el colchón escuchando a Silvio padecer sus soledades comunistas, llorando, porque el llanto era inevitable por esos días, un mal extendido: después del trabajo todos se echaban a mirar el techo durante horas con una profunda sensación de injusticia en el corazón: Dios, ¿por qué no nací en Europa? Cuando vio su mensaje, una invitación insolente a hacer algo tranquilo, no sé, tomar cerveza, da igual, pensó que bueno, mal no le vendría hablar con alguien, y una hora después se lo dijo: Puta tenía unas ganas enormes de charlar con alguien. Comentaron cosas irrelevantes mirándose a los ojos, otras más serias mirándose los pies y unas fundamentales mirando el techo.
También hicieron el amor. Cinco veces.
Con todo, al otro día se despidieron sin mayor pompa. Él se fue a recibir a su novia que regresaba de viaje, y ella se quedó acostada sobre la baldosa fría, mirando la cortina inflarse y desinflarse encima de ella mientras el sol le cosquilleaba los pies. Lo cierto es que él quería mucho a su novia; ella también le tenía aprecio, le parecía hermosa, inteligente. Ambos estaban de acuerdo en que merecía otra persona, personas como ellos no merecía nadie. Repasó la noche con una mezcla de euforia y vergüenza. ¿Cinco veces? Qué barbaridad. Y ni una sola con condón. Mierda. Imaginó su vida con un hijo, un hijo de cualquiera. Vio un niño sonriéndole e inmediatamente o simultáneamente, un feto tirado en un tacho de basura. Se acarició el vientre o más bien el estómago, y lloró.
¡A11!
Por aquí, dijeron desde el pasillo. Solo al fondo alumbraban un par de luces; todo lo demás estaba en penumbras, fresco. Avanzó confundida. Buenas tardes le dijo al médico que llevaba un bata blanca y tecleaba con los índices buscando las letras. Le alargó su identificación y él siguió tecleando. Varios minutos después le dijo que había una cita disponible en un par de meses. ¿Con sicología? No, para la operación, respondió él mirándola al fin. Una semana antes viene, se hace los exámenes rutinarios y si no está embarazada y los resultados salen bien, se opera en la fecha que acabo de asignarle. ¿Y ya? Y ya. ¿Tengo que pagar? Eso averígüelo en recepción. Que tenga buen día. Volvió a su tecleo. ¿Qué tanto tecleaba?
En recepción una señorita mala clase le informó que a los estratos bajos su entidad promotora de salud les cubría la cirugía. Bueno, al parecer eso era todo. Solo tendría que cuidarse de no quedar embarazada durante los próximos meses. Lo lograría. Sería una espera angustiante, pero lo lograría. ¿Qué tan difícil podía ser? Tenía condones.
Aparcado en el andén de la entrada principal estaba el carrito de las frutas. Olía a miel y sonaba a salsa y a zumbido de avispas. Le sabía la boca a mango maduro, pero solo le alcanzaba para un coco. Lo compró y se sentó en el andén a masticarlo. El trámite había tardado quince minutos y él debía recogerla en una hora. Para matar tiempo se puso a contar embarazadas. Últimamente las veía por todas partes con sus carpeticas plásticas y sus caras largas. Caminaban como regañadas, a veces junto a una mujer que empujaba un coche o llevaba de la mano a un párvulo. Una embarazada por minuto. Le dolía la mandíbula de mascar coco. Miró otra vez la hora y pensó que el tiempo también andaba como preñada. Decidió que no iba a esperar a nadie y se devolvió en bus.
Los resultados fueron positivos. No estaba en cinta, no tenía anemia (ni clamidia). ¡Nada de relaciones sexuales esta semana! ¿Entendido? Y es indispensable presentarse con un acompañante el día de la cirugía. ¿Qué? Nadie aceptaría de buen grado hacerle semejante favor a una aparecida. Esos eran asuntos familiares y su familia vivía lejos. Su mejor amiga estaba en México y él no podía acompañarla porque tenía algo con su mujer. Pedir ese tipo de ayuda era un descaro. Oye, María, ¿será que tú puedes acompañarme el jueves a la clínica? Es que me voy a ligar las trompas y me pidieron llevar un acompañante. Tendríamos que estar allá a las cinco de la mañana. Tú me esperarías mientras me entran a preoperatorio y después volverías por mí finalizando la tarde (silencio incómodo). ¡Claro, Marica! Yo te acompaño, y te hago un caldo de papa. Ella no hacía favores. Carecía de vocación altruista. Por eso, al ver a María sentada en la madrugada sintió una enorme gratitud, y en un arranque de emotividad la abrazó. A María no pareció molestarle. De hecho charló alegremente con ella hasta verla desaparecer tras la puerta del preoperatorio. Eso sí, se despidió con gesto apurado, feliz de al fin poder marcharse.
En la segunda sala de espera, las futuras esterilizadas demostraron que el latino no puede con la soledad en un espacio público: ¿Vos cuántos hijos tenés?, le preguntó una sentada a su derecha. Ella no quería hablar. ¿De qué iba a hablar con una desconocida? Ninguno, respondió aclarándose la garganta y removiéndose en la silla. ¿Ninguno? ¿Y cuántos años tenés? Veintidós. ¡Veintidós!, exclamó la mujer a su izquierda, ¿Y te vas a operar tan jovencita y sin nada de hijos? Sí, respondió ella apenada. ¡Estás loca!, ¿cómo te vas a operar tan jovencita. ¿Y entonces el día que te casés y tu marido quiera un hijo?, dijo otra de la fila de adelante, volteándose descaradamente. Uno no sabe las vueltas que da la vida. Qué tal y más adelante te dé por ser mamá. Bueno, no había forma de saberlo, concedió, siempre quedaba la opción de adoptar, de fecundarse in vitro. ¿In qué? preguntó alguien. O sea, de hacerse una inseminación artificial, de meter el espermatozoide dentro del útero de manera asistida. Ah… Pero esa es mucha vuelta y debe de valer esta vida y la otra, comentó una nueva participante. Todas estuvieron de acuerdo. Bueno, sí, pero si tengo la plata para hacerlo, eso querrá decir que estoy bien acomodada para recibir un hijo. Ah no, mamita, es que si uno se pone a esperar a tener la vida solucionada para tener hijos… ahí muere. Hubo murmullos aprobatorios. Los muchachitos traen su pan debajo del brazo, dijeron desde la fila de atrás. Sí, sí, respaldaron todas. Uno se bandea, además un hijo siempre es una bendición. Sí, sí, asintieron todas. Claro… Una bendición… Ustedes se ven muy bendecidas ahí, con la pobreza asomándoseles en la ropa y en las greñas, y se veían muy bendecidas allá afuera con tres y cuatro pelaitos enredados entre las patas, y sus maridos sí que tenían el aura bendecida, se les veía en la sonrisa de oreja a oreja que llevaban, y sus mamás, bendecidísimas con cada oportunidad de criarles otro muchacho, ¿no? Como ustedes ya se tiraron la vida entonces quieren que las demás se la tiren también. No sabiendo uno que pagarían lo que fuera por volver a empezar y mandar sus bendiciones a la mierda… Quiso decirles, pero mejor apretó los labios y forzó una sonrisa decorosa.
Poco después la hicieron pasar a una sala contigua llena de camillas. Todo era pálido y olía a enfermo. Le entregaron una bata hospitalaria, y antes de ponérsela ella miró su ombligo por última vez. El día anterior le había tomado una foto para recordar cómo era antes de la operación. Con lo mal que cicatrizaba, seguro quedaría deforme. Hasta ese momento no había sentido nervios, solo ansias de vivir sin preguntarse cada mes si le vendría la regla. Pero acostada en la camilla se imaginó despertando a un dolor insoportable o, peor aún, no despertando nunca. Habló con Dios o más bien le habló a Dios, porque él no respondió, y logró relajarse un poco. En un ratico te pasan al quirófano, le dijo la enfermera mientras le canalizaba una vena. Ella apartó la mirada, creyó que la aguja no cabría. No te preocupes que no duele. Era mentirosa pero empática, saludaba a todo el mundo con una sonrisa y les arropaba los pies a las mujeres inconscientes. Una enfermera de verdad, pensó.
Al momento de entregar el celular, él no le había escrito. Asumió que dormía. El reloj marcaba las nueve y media.
¿Lista?
Cerró los ojos para no ver las fosas nasales de los enfermeros ni las luces brillantes del pasillo. Le gustó la sensación de ser transportada en camilla. Iba rápido, era divertido. Bueno, empezamos, dijo un tapabocas azul, como pronunciando las palabras mágicas que la adormecieron.
Al despertar supo exactamente dónde estaba. Le sabía la boca a enfermo. Imaginó que se veía como aquel ex que había intentado suicidarse con ansiolíticos: amarilla y desfalleciente. El vientre le dolía un poco. Lo tanteó con delicadeza. Estaba muy inflamada. Temía haber quedado igual. Confiar en la cirugía y después descubrir que no le habían hecho nada. Se rumoreaban historias así. También circulaban tragedias de mujeres que quedaban embarazadas ya viejas porque las trompas volvían a unirse con los años. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de confiar?
María le sostuvo la puerta del taxi. En el apartamento la ayudó a cambiarse y a tirarse en el colchón. Marica, esto es muy bajito, ¿cómo vas a pararte? No podés hacer fuerza. Le preparó un caldo de papa y al despedirse se ofreció nuevamente a ayudarla en lo que fuera. Ella se lo agradeció de corazón. Sin embargo, cuando se fue, la invadió el alivio de la soledad. Revisó el celular, ignorando los mensajes de sus padres y de su mejor amiga, para ir directamente al chat en el que él le decía a las dos de la tarde: ¿Cómo te fue? Y después a las cuatro y diez: Hoy no puedo ir a verte. Y después a las cinco y media: Mañana te llamo, ¿sí?





