No sé si esto fue una buena idea. O sea, ya estoy aquí. Vamos a entrar al horno este, pero ya no sé si quiero. Creo que me dejé llevar mucho por Marta. Estúpida Marta con sus estúpidas cosas esotéricas. Estúpida yo, detrás de ella. ¿Por qué siempre ando cuidándola? Ay, me sudan las manos. Tranquilízate, Virginia. No va a pasar nada. Respira. Contrólate. Nada de ataques de pánico con gente que no conoces. Qué vergüenza. A ver, inhala. Hfff. ¡Qué caliente el aire! Exhala. Fuuu. No sabía que iba a estar tan caliente. ¿Y si me quemo? No, no. Todo va a estar bien. Tranquilízate, Vir. Será como una sauna. Eso te dijeron. Respira. No pasa nada. Respira.
—Corazón, ¿vas a entrar con la blusa encima?
—¿Eh? Ah. No sé, lo que tú me digas, Yuri.
—Mejor déjala afuera. Vas a sudar bastante.
—Ok, la dejo.
Me quito la blusa despacio y voy a dejarla con las mochilas de los demás. Siento que me estoy moviendo lento, tal vez aturdida por tanto calor. Todos entraremos con ropa de baño al horno ese. Es lo usual, dicen, porque se suda. Los varones entran con short (felizmente ninguno en truza); las mujeres con el bikini. Todas criadas por las mismas mamás, trajimos un pareo pudoroso para cubrirnos. Yo traje una blusa extra para los hombros, pero con el pareo solo estaré bien.
Me quedo cerca de las mochilas un minuto, lejos de la fogata y las piedras. Por aquí está más fresquito, se respira más fácil. Marta me encuentra la mirada desde detrás del fuego y me mira con una sonrisa pilla. Me pregunta con los pulgares arriba si está todo bien. Le saco el dedo medio. Nos reímos. No creo que le importe si estoy bien. Bah, tengo que cortar esto pronto, no puedo andar cuidando siempre a Marta. Ahora sí porque la está pasando mal…aunque, como dicen las chicas, siempre la está pasando mal… ¡Bueno, Vir, hija, que tú tampoco la estás pasando tan bien ahora!
Tomo una bocanada más de aire fresco antes de volver al sopor. Aire de sierra, de altura, de mate de coca. ¡Qué lindo es por aquí! Con ese cielo prendido de luz. Verde por donde veas. Y el río. Todo tan tranquilo, podríamos quedarnos por aquí a leer, pero ¡no! nosotras dale con meternos a la oscuridad.
—Estamos fatal, Marta —le digo al pararme a su lado. Yuri se acerca a nosotras y nos hace la limpieza antes de entrar al temazcal: una rama de eucalipto que ahuyenta males, unos ojos cerrados que oran por nosotras y que llaman a ancestros que, aparentemente, rondan por ahí. Agüita de Florida a las sienes y tres hojas de coca que se ofrecen al cielo, a la tierra y al corazón.
Marta me toma la mano y empieza a dar saltitos con entusiasmo.
—¡Dale, Vir, no va a pasar nada malo! No te me estreses ahora. Vamos a salir limpias, vas a ver. Intenciona bien, para que todo lo que ya no nos sirve se muera adentro. ¡Nos quiero renovadísimas al salir!
“Intencionar”. No entiendo qué significa intencionar en el mundo de Marta. Reflexionar sobre por qué estoy haciendo esto, me dijo hace un rato. Conectar con lo que me motivó a venir. Pues porque ya nadie te soporta más y ninguna de las chicas quería acompañarte, no le podía decir.
Creo que no tengo mucho que intencionar, por lo menos no tanto como ella. En verdad sí pienso que la está pasando mal, aunque las chicas digan que son huevadas, yo sí me asusté cuando desapareció. Dejó de respondernos, desapareció de redes, nadie daba con ella. Luego su mamá nos contó que se había escapado a una de estas comunidades de hippies “donde fuman y se sientan a ver el río todo el día”, dijo.
—Yo ya no la aguanto más, Virginia querida. Es una malagradecida. Dejándome aquí sola después de…si la encuentras dile que estoy muy resentida con ella. Que ni me pida plata — me encargó su madre.
A las semanas, Marta apareció en mi casa. No habló del tema con su vieja, pero sí de todas las vainas holísticas en las que se había metido.
—Para sanar, Vir, encontrar mi highest-self —me dijo. Mi madre debe pasar por su proceso y yo por el mío. Y nos soltaba unos nombres en hindú, en inglés, en tribal que significaban todo para ella y nada para nosotras. Horas de cháchara sobre un tercer ojo, un chakra en la garganta y unos registros akáshicos que contenían el cosmos. Soundhealing, constelaciones, carta astral. Todo lo que hacía Marta era tan incorpóreo que, obviamente, comenzó a ayunar. Está llena de humo, soltaban nuestras amigas, cuidado se te esfuma entre el palo santo, me encargaban entre risas.
Al final se metió a meditar con una tal Jane que la ayudó a bajar a la tierra un poco. Fue esa chica la que le comentó sobre este temazcal en el Valle y, por no querer venir sola, me pidió que la acompañara. Tal vez debí decirle que no, Dios sabe que esto no es para nada lo mío, pero me cuesta.
–¿Tú ya sabes qué vas a intencionar? —le pregunté mientras Yuri soplaba rezos y agua de Florida al resto.
–¡Por supuesto, Vir! –me dijo– una nueva vida. ¡Una vida completamente distinta a la que tengo hoy! Nuevo propósito. Nuevos proyectos. Nueva Marta. ¡Quiero que todo lo que ya no me ayuda desaparezca! ¡Todo lo que no está alineado conmigo, afuera! Necesito esto para encontrar mi misión.
Le brillaba la mirada. Estaba contenta. Estoy segura de que en ese momento, Marta estaba cien por ciento convencida de que metiéndose al horno ese lograría cambiar su vida para mejor. Y no voy a mentir, me creí su entusiasmo. Si alguna cosa mágica podía mejorarme un cachito de vida, no iba a decir que no. Pero lo que nos pasó luego dista mucho de lo que, en este momento, mientras nos arrodillamos para entrar al temazcal, esperamos que sucediera. Yo, por lo menos, ya no me recuerdo así.
Incluido Yuri, somos ocho personas las que entraremos. Cuatro mujeres y cuatro varones. Dos de las mujeres están menstruando. Dos de los varones acaban de perder a su madre.
—Yanantin —dijo uno en quechua, refiriéndose a la complementariedad de opuestos, al balance del encuentro. Hombre/mujer. Vida/muerte. Luz/oscuridad. Un equilibrio casi armado, pienso. Como un work-life balance mágico.
Ya parada cerca del temazcal, puedo apreciarlo mejor. El domo está hecho de adobe, ladrillo y piedra volcánica, y no tiene más que dos accesos de aire: la puerta por donde entraremos, que simboliza el canal de parto, y una pequeña chimenea en la parte superior. Primero entraremos nosotros y después las piedras volcánicas recalentadas en el fogón. Piedras abuelas las llaman porque han observado el paso del tiempo en la tierra. Porque nos conectan con todas las formas de espíritus en la tierra.
Bueno, Vir, tranquila, ya es momento de entrar, ya te hicieron la limpia y todo, así que no retrases la ceremonia.
Nos ponemos a gatas como Yuri indica, ya que debemos entrar agachados. Por respeto al lugar, avanzamos mirando al suelo a través de esa puerta minúscula, casi arrastrados. Con Marta nos sentamos al lado opuesto de la entrada, mientras el resto del grupo ingresa. Las paredes de la cúpula parecen estar hechas de barro solidificado, tienen textura y las hormigas caminan por allí. Aún está frío adentro. En el centro tiene cavado un hoyo en donde reposarán las piedras volcánicas calientes y, en el techo, el agujero de la chimenea por donde en algún momento, no sé muy bien en cuál, saldrá todo el humo con nuestras impurezas mezcladas. El único acceso que la luz tiene al recinto es esa pequeña puerta que acabamos de cruzar, y que los ayudantes de Yuri cerrarán luego de meter las piedras.
Entran las primeras abuelas cargadas con una pala desde el fogón de afuera hasta el hoyo del centro. El ambiente empieza a calentar. Respiro hondo antes de que el sauna comience. En verdad no está tan mal, la cúpula me está transmitiendo paz. Todo tan compacto. Silencioso. Hasta se siente acogedor. Sonrío. ¡Ya estamos aquí, Vir, así que vamos a hacerlo de buena gana! Esto será como una sauna natural, nada más…
—Amiga, tú tranquila, ¿ok? —me suelta Marta de pronto— si en algún momento se te dificulta respirar, ya sabes, pico al suelo, ¿sí? ¿Verdad, Yuri? Pico al suelo era, ¿no? —pregunta y su voz retumba de forma circular mientras me toma del antebrazo con mano sudorosa. Raro: aún no hace calor para que esté sudando.
—Sí, nariz al suelo. El vapor se va hacia arriba, así que abajo el aire no estará tan caliente –responde Yuri sin mirarnos mientras recibe una nueva pala de piedras.– Pero todo va a estar bien, corazones. Estemos tranquilos.
—Sí, sí, tranquilos todos. ¡Tranquilos todos! Viste Virginia, todo bien. Todo va a estar bien. No pasa nada, Vir.
Giro la cabeza para verla. De aquella Marta que proclamaba “habitar la experiencia” no queda rastro. Solo veo a una niña palideciendo porque se le acaba de quitar lo canchero. Bah, las chicas tenían razón, está llena de humo. Hasta aquí llegas de buena gente, Virginia. Despabila.
Terminan de entrar las últimas piedras de esta primera tanda y el ambiente ya se siente bastante caliente. Pronto cerrarán la puerta y quedaremos a oscuras, y así como esta tanda de piedras volcánicas, entrarán tres más. Más piedras, más calor, más sombra, más purga sudorosa.
Marta me coge del brazo. Creo que me salgo, Vir, no me estoy sintiendo bien, me susurra indecisa al ver que la puerta está por cerrarse.
Vaya que soy tonta, eh. Toda la vida es lo mismo con Marta y yo, toda la vida caigo. Se le mete una idea y necesita que todos participen en ella. Que esto te va a cambiar la vida, que pruébalo conmigo, que vayamos a este lugar. Se afirma en su deseo tanto que es obvio que el universo se lo tiene que dar, cómo no se lo daría, con esa carita de niña mimada, de centro del cosmos, de pobre de mí, obvio que todo le debe ser dado, y luego se lo damos, y luego ya no lo quiere, que es too much dice, que en verdad no está alineado a su camino de vida y que la concha de la hermana.
Marta intenta levantarse. La tiro del brazo hacia abajo.
—Sienta el culo, Marta Padilla. Tú nos metiste en esto. No me vengas a joder ahora y trágate la mierda.
El último hilo de luz entra por la puerta directo en los ojos de una Marta que me mira con… ¿mm? ¿Qué es ese brillo? ¿Sorpresa? ¿Miedo? Terror. ¿Por qué terror, Marta? ¿Por qué me miras así? Si hay que estar tranquilos, ¿no? Todo va a estar bien.
La entrada se cierra y nos quedamos en completa oscuridad. Río. No recuerdo la última vez que tuve los ojos tan abiertos y entregados a un vacío tan denso. No se ve absolutamente nada. ¡Qué maravilla es esto!
—Vamos a empezar —proclama la voz de Yuri y escucho que algo se zambulle en una vasija con agua. Luego, un estruendo se mete por mis poros. ¡Ccchhhsssttt! Son las piedras abuelas que chillan mientras reciben el agua que Yuri les vierte. Cada gota de agua las pinta de un rojo encendido y las despierta para que nos ayuden a purgar. Vapor furioso sale de ellas hacia arriba, hacia los lados, hacia nosotros. Otro chorro de agua y más rojo prendido sobre ellas, y rojo prendido en mis púpilas, y rojo prendido sobre las lágrimas de una Marta que ahoga el arrepentimiento.
Uno de los varones empieza a cantar. Yuri lo sigue. Todos lo seguimos. Mi cuerpo se mueve solo con los cánticos. Me siento bien. ¡Qué bien se siente esto! Repito los rezos que no sé qué significan. Grito cuando me piden gritar. Lloro cuando me piden llorar. Nadie me ve reír, solo las piedras abuelas me observan. Ya no sé si tengo los ojos cerrados o abiertos, pero no tengo miedo. Somos la oscuridad y yo, fusionadas, abrazadas, en éxtasis, jalándole el brazo a Marta para que se quede sentada, para que absorba las sombras que la llaman.
Así seguimos largo rato hasta que la puerta vuelve a abrirse. No quiero que se abra más, no necesito luz en este momento, no quiero nada de allá afuera. Pero se abren y entran más piedras abuelas recién salidas del fuego. Siento algo liberador en estar así encerrada con las abuelas. Gritan las edades de la tierra con cada toque de agua y me espantan la energía del pecho que, del susto, se va de mí, se me escapa del cuerpo y logro ver en la oscuridad que no tiene adónde parar. Intenta entrar en las piedras. Se quema. Se sale de allí. No puede volver a mí. No me encuentra más. No me encontrará más. ¿Se ahoga en el vapor? Se condensa en el techo. Nadie más ve las energías que se acumulan en el techo.
Arriba, desde afuera, la chimenea se abre. Por la pequeña rendija del techo cae un halo de luz minúsculo y nos dibuja a todos del color de la brasa y dibuja el humo blanco, rojo, negro encima de nuestras cabezas. Lo veo. Hay algo encima de las piedras. Sostengo la respiración. ¿Qué es? ¿Vapor? Se parece a mí, y a los hombres sin madre, y a las chicas menstruantes, y a Yuri. ¿Nadie más lo ve? A mi derecha escucho un grito que intenta salir de Marta y el vapor que la silencia, que se le mete por la boca y ahoga sus oídos. Los hombres empiezan a cantar más fuerte y las piedras chillan y chillan mientras Yuri vierte sobre ellas toda el agua que queda. Sale demasiado humo. No veo nada. No puedo respirar. Pico al suelo. Aquí abajo hay menos vapor.
Con la cabeza baja, volteo hacia el cuerpo de Marta. ¿Dónde está?
— ¡PUERTA! —grita Yuri y desde fuera las puertas se abren, la chimenea se abre, y el vapor comienza a salir, pero Marta está allí en medio del humo. Es decir, Marta está…cómo puede… ¿cómo quedó dentro? La veo levitar encima de las abuelas, todos la vemos, y al mismo tiempo no es ella. Su cuerpo no está. Volteo a donde se encontraba sentada hace un momento y sigue sin estar.
—Yanantin —balbucea Yuri extendiendo ambas manos al aire, tocando a Marta con la piel.
Ya no la veo. Ni a mi costado ni en el humo. Creo que se fue por la chimenea. El vapor ya se disipó y Marta, el rostro de Marta, su cuerpo en aquel recinto, ya no está.
Empezamos a salir a gatas y, muy lento, pasamos por el canal de parto para renacer en nuestra condición humana. Volvemos limpios al mundo. Me paro como puedo y encuentro a todos observando el techo del recinto, hacia la chimenea desde donde el humo y Marta salieron.
La veo. La podría reconocer en cualquiera de sus formas.
—Amigos, ayúdenme a bajarla.
Yuri se sube al techo del recinto y carga a Marta con ambas manos. Uno de los hombres que perdió a su madre espera abajo, listo para recibirla con una pala.
—No, corazón, con ella no necesitamos pala. Agárrala con las manos que no está caliente.
El hombre la agarra, asistido por otros, y la cargan, despacio y en silencio, sosteniendo con cuidado esa textura volcánica. La depositan donde antes se encontraban las piedras abuelas al fuego. Su nueva forma.
Yuri me sostiene de los hombros, pero no me quiere mirar. Siento en ese agarre todas las cosas que me quiere decir. Que lo siente mucho, que ahora Marta está en una nueva misión.
—Ayudará a otros como nosotros a purgar sus sombras, —musita al fin—a eliminar del cuerpo todo lo que ya no les sirve y a alinearse…con…su camino de vida… pero Virginia, ¿estás bien?… No no, Virginia, corazón, esto no es para reír…
Entre risas ahogadas le digo que no me puedo detener, que se lo tomó literal la estúpida, que no era para que de verdad se esfumara. Ay amiga, qué tontas.
Me acerco a Marta y la abrazo entre risas y llanto. Ninguno de estos nos ganó en intencionar.
*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA






1 comentario en “La cuestión de intencionar”
No vi venir lo de Marta convirtiéndose en piedra. Reí hasta el último diálogo. ¡Qué gran relato!