Patear una mariposa

PATEAR UNA MARIPOSA

–En las mañanas, cuando estoy enojada escucho Motörhead…

–(…)

–…cuando no alcanzo a tomar la micro y tengo que ir a la siguiente parada para tratar de alcanzarla y sé que no voy a llegar.

–Yo escucho Gepe –agrega Elena, por decir algo.

–¿En las mañanas?

–Cuando me sale.

Desde la ventana, se ven las hojas del viejo fresno ir de aquí para allá. Sara piensa que ese árbol debe tener tantas grietas en su tronco como historias pero Elena está segura que no es más que un nido de ratas, como la palmera que está más atrás, que bajo ese cascarón viejo y esa calma aparente vive un hervidero de animalitos saltarines y asquerosos. Pasan pájaros y nubes y los cables se balancean. Cuando da la impresión de que las hojas se van a desprender de la rama, el viento se esfuma y todo vuelve a la calma. Por momentos el ruido de los autos impide que se escuche lo que una de las dos tiene para decir, pero eso no es un problema para la otra. Esos vacíos los completa cada una.

–Una vez quise patear una mariposa –continúa Sara.

–¿Escuchar Motörhead te hace una asesina de mariposas?

–No le di.

Están sentadas en la cama de Elena. Es una cama de una plaza, está deshecha. Hay ropa tirada por todos lados. El velador tiene libros gruesos -que jamás serán leídos- sobre los delgados, el equilibrio se puede perder con un temblor de 3 grados. El cenicero de vidrio vacío pero con restos de cenizas, corona esa montaña frágil y una lámpara negra y metálica enganchada en el costado del mueble que, con certeza, iluminó ese desastre la noche anterior. Elena ordena todo muy rápido. Primero aparta a Sara con un brazo y arregla la cama y con un gesto le indica que se puede volver a sentar. Apila unos libros en algo parecido a una repisa de madera. Para eso debería tener un mueble más sólido pero quizás ese soporte sea algo provisorio. No hay música en ese lugar, piensa Sara, pero después ve pegadas una foto de Raffaella Carrà y otra de Elvis que alteran el blanco de la pared tras una biografía de tapa dura de Serge Gainsbourg. Dobla la ropa y la guarda en su lugar, después cierra las puertas del ropero y deja los zapatos uno al lado del otro. Todo queda funcional y ordenado. 

–Eso fue rápido –se sorprende Sara al ver a Elena de pie con los brazos en la cintura que mira satisfecha el lugar.

–Tengo hambre, ¿quieres algo?

–No, gracias –responde Sara, que revisa los libros apilados que forman una cordillera por toda la extensión de la pared.

–Llévate cualquiera –le indica Elena mientras abre la puerta y desaparece por unos minutos.

Hay de todo, pero la mayoría está en inglés. Sara lo lamenta. Ve La Suprema Soledad de Oscar Hahn y lo aparta. También deja cerca Cuentos, de Donoso y El Banquete, de Platón.

Elena vuelve con unos huevos duros y una variedad de salsas picantes.

–¿Segura que no quieres?

–Segura.

–Te traje agua.

–Eso sí, gracias.

–El Banquete de Platón –revisa Elena y sonríe. –Léeme algo –le pide, mientras se sienta muy cerca de ella en la cama. Vincula su teléfono al parlante y busca una canción para escuchar, le da play a lo primero que encuentra: “Simetría”, de Ases Falsos.

–Ok –se ruboriza un poco y abre el libro al azar y lee en la parte de los andróginos. –“En primer lugar, eran tres los géneros de los hombres, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había también un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre perdura hoy en día…” –da vuelta la página y continúa. –“Más de una vez fue separada la naturaleza humana en dos, añorando cada parte a su propia mitad, se reunía con ella. Se rodeaban con sus brazos, se enlazaban entre sí, deseosos de unirse en una sola naturaleza…”

Elena toma un sorbo de agua y se acerca a Sara, la acaricia y le ordena el pelo. Sube a la música y la besa.

–Qué lindo ver una mariposa. Es tan difícil. Es como ver un arcoíris, no pasa tanto. Es tan…

–¿Efímero?

–Sí, efímero –la besa de nuevo y se aleja un poco.

–Me arrepentí igual, me sentí mal. Al final no le hice nada. Iba caminando rápido y se me cruzó cerca de la cara, diría que me quiso atropellar, entonces intenté darle una patada.

–Que flexible –responde Elena, con una leve sonrisa en los labios.

–Sólo intenté, no puedo levantar tanto la pierna –aclara Sara.

Desde la ventana, un poco más allá, se ve a un grupo de personas, tres mujeres y dos hombres. Algunos elongan brazos y piernas, otros estiran la columna. Uno de los hombres es el que dirige la sesión de entrenamiento. Sara quiere escuchar otra cosa y le pregunta a Elena qué le gustaría.

–Cualquier cosa –le responde y le pasa su teléfono. Sara quiere encontrar alguna canción acorde al momento pero Elena no se dará cuenta de su intención. Puede notar que el profesor se quiere ir pronto. Se da cuenta porque apura los ejercicios. Elena mira las hojas del árbol viejo que ignoran al viento, rellena un bong, lo enciende y después de una larga fumada se lo pasa a Sara que se arregla el pelo y lo acomoda detrás de la oreja mientras aún busca qué escuchar.

–Yo creo que si una mariposa intenta atropellarme la mato. –dice Elena de la nada. – Aunque después me sentiría pésimo. Cuando hice la primera comunión y había que confesarse, le dije al cura que a veces mataba muchas hormigas por diversión y que una vez maté un caracol con sal y destruí con un martillo un teléfono, de esos con tapita, porque estaba malo.

Mientras Elena habla, Sara ubica la mano libre en su muslo y la mira. La deja en el mismo lugar hasta que la postura se vuelve incómoda, entonces la desliza y la deja descansar entre sus piernas. Siente cómo se acelera el corazón. Quiere seguir escuchando pero también quiere que se calle para poder besarla otra vez.

–¿Qué dijo el cura? –pregunta Sara.

–Me dio una penitencia –responde Elena, que mira de reojo la mano curiosa. Estira el brazo y cierra la ventana.

–¿Te sentiste culpable?

–No. Pero obedecí y recé. Fui absuelta de pecados.

Están sentadas una al lado de la otra. Cuando por fin hace una pausa, Sara la besa y al mismo tiempo la empuja despacio hasta recostarla. Explora con suavidad y sin apuro. La piel le parece más suave de lo habitual, piensa que se podría hundir en ella, quedarse ahí todo el día. Siente adormecida parte de la frente y recuerda esa sensación. Sabe que ahora va agudizar el tacto, que sus dedos no se van a detener.

Sara abre los ojos. Calcula que durmió 1 o 2 minutos, quizás menos y piensa en la cama recién hecha, piensa en que Elena no dejará rastro del alboroto. Recuerda los libros apilados, del cenicero. Mira de reojo el velador y sólo ve los libros pequeños sobre él. No sabe si Elena, que está apoyada sobre ella,  está dormida o no. Le acaricia el pelo y enseguida se incorpora. Abren la ventana para fumar. Elena busca en un cajón otro encendedor.

–No me gusta la religión católica. Nada.

–No es mala. Armando Uribe decía, en una entrevista, que era una religión genial porque existe la promesa máxima de la resurrección de la carne. En el cielo hay dos cuerpos de carne: El de Jesús y el de la Virgen, ¡En el cielo! Tener vida eterna y además

¡en el paraíso! Esa es la promesa. ¡Perfecto! –dice Elena.

–¿ Y lo de no cometer pecados? Súper difícil.

–Sí, pero siempre te puedes confesar y el cura te perdona. Fácil.

–Parece una fantasía increíble.

–Es altamente poético.

–Bueno, sí.

–Yo fundaría mi propia religión, sería: matas una hormiga, te vas al infierno en el acto. Cagaste. Perdón, ya, pero olvido nunca.

Es tarde. Sara revisa su teléfono. Hay mensajes y llamadas perdidas de Manuel.

–Muy extremo. Ningún Dios dictaría esas leyes.

–Yo sí. Y el del Antiguo Testamento. Matas dos, te vas al infierno 2.0, que es peor. Doble de fuego, doble de castigo, y así. Y hablo sólo de hormigas, no te he dicho nada de matar una mariposa.

–Ni le pegué.

–Aunque no le pegues. Si tienes la intención de hacerlo te vas igual. Full Kantiano. Kant puede ser el Dios. Nada de Mill, chao Utilitarismo. La intención importa. 

–No le pegué, sólo lo intenté.

–Por eso. Kant piensa que estabas mal. Mill piensa que le importa un pico, porque no afectó a nadie al final. Es bacán Kant. Pero es imposible vivir con sus reglas. Imposible. 

Sara mira fijo a Elena. Busca la cajetilla y se lleva un cigarro a la boca. Su teléfono no deja de vibrar. 

–Imposibilísimo –continúa Elena que le sostiene la mirada a Sara y sonríe y le acerca fuego.

Afuera, ya no hay nadie. La clase terminó. Algunas hojas del árbol viejo, se desprenden de las ramas y vuelan sin rumbo. 

*ILUSTRACIÓN DE PATO VERA.

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