La comunidad del sendero solitario 

Como todos los jueves, a eso de las siete y media de la tarde, los miembros de Kali Mandir comienzan a llegar por goteo al departamento de Marín con Vicuña Mackenna donde se reúnen cada semana. Son psicólogos, contadores, técnicos y estudiantes; defensores de la racionalidad del individuo; seguidores de Kali, la diosa hindú de la destrucción y el equilibrio. Son satanistas, luciferinos. Fueron parte del Templo de Satán chileno que intentó obtener reconocimiento legal, pero hoy, alejados de la contienda y de las luces públicas, se concentran en aspectos menos terrenales: expresar su espiritualidad en conjunto y, claro, hacer magia. 

Los recibe Ixo, el dueño de casa, aunque dentro de la organización nadie lo llama por ese nombre. En Kali Mandir, cada frater (“hermano” en latín) puede adoptar como propia la denominación del arquetipo demoníaco con el que sientan mayor afinidad, así que, dentro de estas paredes, el anfitrión no es Ixo, sino Rati, tal como la diosa hinduista del amor, la pasión y el deseo. 

Sea por influencia divina, del cine de terror o por las interpretaciones cristianas sobre Lucifer, es común retratar a los seguidores de Satán como un grupo de enajenados, sedientos de la sangre de doncellas vírgenes, dados a rituales oscuros y sacrificios de animales. Seres tan abyectos como el peor de los demonios, en persecución constante del mal. 

Lo que veo, en cambio, cuando entro a lo de Rati no parece así de llamativo. 

Kali Mandir es una organización joven, de cinco meses de vida, aunque buena parte de sus 20 miembros se conocen desde que integraban el viejo Templo de Satán. Aquí, personas que difícilmente se encontrarían en otro contexto, se congregan en torno a las prácticas espirituales y esotéricas que se conocen, en el mundo del ocultismo, como “el sendero de la mano izquierda”. 

Adoradores no de dioses ni demonios, sino del Yo, buscan liberarse de normas morales, imposiciones religiosas y dogmas de todo tipo, y se inspiran en Lucifer como un símbolo de conocimiento, rebeldía e iluminación individual. 

—Nosotros somos los que generamos la magia de nuestro cambio o erigimos nuestras propias tumbas —resume su líder, sacerdote y fundador, Azazel. 

Él, vestido de un riguroso negro de la capucha a los zapatos, me revela que desde que hizo un voto espiritual con Kali es capaz de percibir cosas que antes le eran invisibles. Al pactar con la deidad, Azazel asumió el compromiso inquebrantable de no beber alcohol ni consumir sustancias que le alteren la conciencia y, sí, lucir exclusivamente prendas negras por el resto de su vida. 

En su cuello lleva un contador de mantras oscuros (un collar pesado, colmado de decenas de pequeñas calaveras blancas), pero es su mente la que lo hace destacar. En un grupo en que todos se reconocen como iguales, nadie niega que Azazel es el guía espiritual kaliferino, el miembro que más conocimientos posee, aquel que adentró a muchos de ellos en las artes oscuras. 

Fue el propio Azazel el que me invitó a la reunión. Pese a formar un grupo selecto, sus puertas están abiertas para interesados y curiosos como yo, escéptico de toda creencia espiritual. 

—Fluye no más, tranqui. Este es un espacio abierto y seguro —me dice Rati, tendiéndome una mano cuando me ve pasearme por el departamento, sin saber dónde ubicarme—. Somos bien diversos, esta es una comunidad bonita. 

Rati pestañea casi con tanta velocidad como con la que habla. Este treintañero espigado, que usa aros con forma de pentagrama y está repleto de tatuajes que solo dejan al descubierto el centro de su rostro, es además de uno de los fundadores de Kali Mandir, su secretario. Como tal, ha sido el principal encargado de aplicar los filtros que separan a quienes pueden unírseles de los que no. 

—Si me dicen que quieren ver al diablo o venderle sus almas, los mando a investigar más. Esos son prejuicios que nos impuso el catolicismo. 

Parte crucial del rol de los voceros del satanismo nacional, cuando han acudido a los medios de comunicación, ha sido desmentir ese tipo de ideas y reemplazarlas por conceptos como “sendero izquierdo” o la “autodeificación del individuo”. 

“Creemos que la ignorancia debe ser disipada y [buscamos] que los creyentes en la Biblia la estudien como corresponde. Porque cuando llegan diciendo que somos malos porque Satán es malo, yo les digo: ‘A ver, mencióname todas las maldades que ha hecho Satán según la Biblia’, y se quedan sin argumentos”, señaló Azazel a la flamante dupla de animadores del matinal televisivo más visto. 

Esa entrevista de 12 minutos, aún disponible en YouTube, culminó con el presentador bendiciéndolo con un dejo de ironía, expurgando de la pantalla esa semilla de perfidia que el representante del Maligno quería instalar haciendo el signo de los cuernos con su mano siniestra. 

Los comentarios destacados en el video son lapidarios con la labor pedagógica que se autoimpusieron los satanistas:

“La profecía de las escrituras es clara ,,,”. 

“a lo bueno llaman malo y a lo malo bueno”.

“No será el agua potable de Santiago que tiene alguna weá? Este país cada vez peor shuuu, lo que viene uffff”. 

Tal vez es por ese tipo de reacciones que ya no quieren saber nada del tema. Están abiertos a recibir invitados a sus reuniones o responder preguntas desprejuiciadas, pero no quieren volver a recibir ese tipo de exposición. Nada se gana con eso, dicen, esto se trata de espiritualidad. 

—Nos tomamos el tiempo de conocer a las personas que quieren entrar antes de integrarlos. Hemos rechazado a algunos que tienen evidentes perturbaciones mentales o no quieren entregarnos sus antecedentes. No queremos vernos enfrentados a algún tipo de acción judicial más adelante porque alguno de los miembros se creía el Gran Satán de Hollywood y terminó desviviendo a alguien. 

Los filtros de entrada son claros. Solo se admiten creyentes en la magia, que no rechacen a las diversidades sexuales, no tengan antecedentes de violencia intrafamiliar ni le hayan hecho daño alguno a niños, niñas y adolescentes. 

* * * 

El 30 de julio de 2024, los líderes del Templo de Satán de Chile presentaron ante el Ministerio de Justicia su acta constitutiva, con el fin de convertirse en la primera iglesia satánica latinoamericana reconocida legalmente como asociación religiosa. Querían hacer historia, al igual que la larga lista de disidentes de quienes se sentían herederos, desde Martín Lutero hasta el fundador de la primera Iglesia de Satán, Anton LaVey. 

En su escrito, agregaron como parte de sus principios filosóficos una serie de libros satanistas como La biblia satánica y La biblia del adversario. 

“Esto no es un devaneo o un dislate: es el resultado de muchos años de trabajo coordinado”, afirmaron en un comunicado. “Con este registro pretendemos diferenciarnos de conventículos y cultos no reconocidos que, con sus prácticas y acciones, dañan la imagen de las tradiciones paganas en lo general y del satanismo en lo particular”. 

Entonces vinieron las entrevistas, las críticas abiertas de parte de diputados, confrontaciones públicas con las diversas confesiones religiosas de Chile y, finalmente, el 13 de diciembre, el rechazo del registro de la organización por contrariar el orden público y jurídico vigente.

En su resolución, el Ministerio de Justicia manifestó haber analizado los textos que componen la doctrina satánica y destacó una serie de párrafos alarmantes. Así asomaron, mayúsculos y ruidosos, los pecados del satanismo universal: proclamar la legitimidad de la autotutela, no descartar la existencia de algún sacrificio humano, promover la manipulación de las voluntades a través de la magia, reconocer la existencia de rituales sexuales y de destrucción. 

No, la ley no podría aceptar nada de eso. 

Y mientras diputados y autoridades católicas, ortodoxas, anglicanas, evangélicas, pentecostales, judías e islámicas respiraban aliviadas, al interior del Templo se produjo una disputa entre los que deseaban apelar a la resolución y aquellos que preferían pasar página y concentrarse en su desarrollo espiritual. 

No hubo acuerdo, sino un cisma. Al rechazo del reconocimiento legal del Templo de Satán le siguió inmediatamente su disolución. 

—Comprobamos que en Chile no existe libertad de culto plena. Las mafias religiosas integran solamente a algunos —reflexiona Azazel—. ¿Para qué seguir con algo que en realidad no necesitamos? Si quieren seguir con el jet set, frente a las cámaras, allá ustedes. 

Apenas unos días después, Azazel fundó Kali Mandir desde las cenizas del templo caído. Pensó en Kali Ma, una exintegrante de la organización disuelta que utilizaba nada menos que el arquetipo de la diosa de la destrucción, y la invitó a ocupar la presidencia del nuevo grupo: “Kali Ma, sabes que este es tu lugar”. 

* * * 

El departamento que nos recibe está en la frontera entre dos comunas. “De la cocina para allá es Santiago, de la cocina para acá es Providencia”, bromea Rati. Azazel se ríe, pero apunta que eso no es una coincidencia, sino una manifestación del equilibrio que Kali les proporciona. 

Mientras los fratres deciden quienes saldrán a comprar pisco, el olor a tabaco e incienso se empieza a tornar ineludible. El living, antes vacío y oscuro, comienza a llenarse de comensales y a iluminarse tenuemente con una lámpara de papel china que proporciona el anfitrión. 

—Pensé que alumbraba más —se disculpa. 

—¿Y pa qué querí eso? Si nosotros vivimos en oscuridad —dice el sacerdote, provocando las risas de sus compañeros. 

Azazel cubre casi por completo la mesa de centro con una manta oscura, que contiene el dibujo de un pentagrama blanco. Entonces saca de su maleta una serie de artefactos que trajo desde su altar personal y que pone sobre la manta, junto al collar de calaveras que llevaba en su cuello: el hueso de un animal, vasijas forradas con aluminio y dos velas negras que prenderá cuando sea el momento. 

El resto aprovecha de socializar. Algunos comparten un trago, otros picotean papas fritas. Rati reproduce de fondo música electrónica instrumental. Se pasan el dato de un gitano que hace buenos tatuajes de Kali. Relatan experiencias recientes en que han sido visitados por espíritus, lo que al parecer es frecuente. La mayor del grupo, Laura, que está aprendiendo a moverse con tacones luego de transicionar, sale a fumarse un pucho con Jonathan, la más reciente incorporación luciferina. 

En el intertanto, logro conocer a José (o Kali Bhairava), un flaco refinado, de camisa negra, pelo corto y afeitado perfecto. Con un acento venezolano implacable, que se resiste a siete años de residencia en Chile, me cuenta que en este grupo encontró aquello que estuvo buscando sin éxito en su paso por el cristianismo neocatecumenal: la oportunidad de estudiar bajo sus términos, mirar más allá de lo evidente y entender más sobre sí mismo. 

Kali Ma, la joven presidenta, es la última en llegar. El ritual no iba a empezar sin ella. Vestida con ropa deportiva oscura, ocupa unas trenzas largas por las que Rati la compara con Alanis Morissette, aunque a ella se le escapa esa referencia. 

Como tantos de sus compañeros, desde pequeña Kali Ma sintió la necesidad de conocer qué hay más allá de la muerte. Era una niña que quería hacer brujería, pero no sabía cómo. Asistió a misas católicas, conoció a los Opus Dei, compartió con los Hare Krishna y recibió en su casa a los mormones. Pero nada. Hasta que dio con una transmisión en vivo de Azazel por TikTok y se sintió llamada: “Es que es un tipo brillante, sabe de todo. La gente le hacía preguntas del Corán, de la Torá o de la Biblia, y él respondía con una precisión impresionante hasta para mi mamá, que fue testigo de Jehová por 37 años”. 

Muchos de los integrantes de Kali Mandir pasaron antes por alguna religión establecida. En el grupo hay desertores del judaísmo, el catolicismo y el protestantismo. Por eso no extraña que en sus redes sociales hagan un llamado a sus seguidores a hacer la apostasía. 

Pero asumir en público la vocación satanista no siempre es fácil ni deja indemnes a los luciferinos. Muchos han vivido tensiones y quiebres familiares, especialmente cuando vienen de familias donde la religión es un asunto severo, intransable. 

—Por mucho tiempo guardé mis velas y mis calaveras para sembrar unas semillas de armonía por amor a mi familia, porque ellos no lo iban a hacer por mí. Ahora intento ser yo mismo, pero evitando discusiones con quienes no están preparados para entenderme —relata Jonathan en voz alta, orgulloso de haber dado un paso al satanismo después de años de duda—. 

—No sirve de nada pelear —acota José, el venezolano—. No hay una verdad absoluta, todos tienen su visión. Podemos mantener una sana convivencia: ellos con sus religiones, nosotros desde el sendero izquierdo. 

Dos horas después de la citación, luego de haber compartido y conversado latamente, Azazel prende las velas que había dejado sobre la mesa adornada, se pone su túnica negra ceremonial, se pinta el entrecejo con una sustancia roja, y nos recuerda a lo que vinimos. 

—¿Comencemos? 

Los ocho miembros de Kali Mandir que acudieron a la cita se sientan alrededor de esa mesa, ya sea en el suelo o sobre la alfombra que normalmente usan en sus rituales y que hoy está enrollada cilíndricamente, a modo de sillón improvisado. 

Ahora es cuando Azazel, amo y señor del acto mágico, se luce. El sacerdote domina los tiempos del ritual y la atención de los kaliferinos. Les pide conectarse con la luz y extender sus manos hacia el fuego de las velas. Con el índice en dirección al fuego, cada uno dibuja en el aire la forma del arquetipo con el que se siente identificado, ese que suelen usar como nombre dentro de la comunidad. 

—Ahora sostendremos ese sigilo. Esa es la llave con la que entro al plano espiritual, que me conecta con mi propio arquitecto y con la magia —explica el líder y todos parecen entender. 

Repiten el ejercicio, pero esta vez dibujando el arquetipo con una varita que se van pasando de mano en mano. 

Desde afuera se cuelan reguetones y el ruido perenne del tránsito, pero al interior del departamento de Rati solo hay espacio para la concentración. Los luciferinos mueven la vara con los ojos cerrados, sintiendo el calor abrasante del fuego de las velas que crece, irradia e ilumina la zona. Con una determinación envidiable, están lidiando con fuerzas que no siento ni entiendo. 

Cuando todos lo hacen, conectados ya con su mago interior, el sacerdote saca el tarot para que lean con su tercer ojo qué nos quieren decir las cartas. 

—¿Y si leemos al periodista? —propone Azazel dirigiendo hacia mí su mirada. 

* * * 

Llega la hora en que me retiro y los dejo seguir con su velada.

Mientras pido un radiotaxi, miro a esta brigada de negro que seguirá compartiendo bebidas y experiencias hasta la madrugada. Están ávidos de absorber conocimiento acerca de todo lo que nos rodea. Eso los mantendrá unidos y atareados. 

Aquí encontraron un espacio de libertad individual, un refugio alejado de los dogmas tradicionales, de estereotipos satánicos y juicios familiares. 

Intentaron que los entendieran en el exterior, pero ese es un camino largo que requiere tiempo recorrer. Se arrepintieron, decidieron evitar esa lucha y hoy se ven satisfechos, congregados un día por semana en un lugar donde la magia es real, donde todos están convencidos de que es así. 

—El sendero izquierdo es un sendero solitario, que requiere mucho estudio individual —me dice Kali Ma—. Por ende, disfrutarlo en comunidad es maravilloso. 

El próximo jueves efectuarán un ritual complejo, en el que todos vestirán sus túnicas negras, desplegarán la alfombra sobre la que hoy se sentaron e intentarán llevar la magia aún más lejos. Como todas las semanas, la cita es a eso de las siete y media de la tarde, en el departamento donde Kali manifiesta su equilibrio. 

Sí, leyeron las cartas que escogí del tarot y sus interpretaciones fueron bastante razonables, sino acertadas. Terminaron la lectura convencidos de que habían aprendido muchísimo de mí, y tal vez no están tan errados. 

Parte de mí sabe que esa percepción puede explicarse racionalmente. La lectura de cartas ofrece afirmaciones vagas y generales, aplicables casi a cualquiera; y los tarotistas suelen observar el lenguaje corporal y las reacciones del consultante, conscientemente o no, para ajustar sus interpretaciones. 

Otra parte de mí es capaz de apreciar el arte en el ejercicio de mirar tres cartas escogidas por azar, ordenarlas mentalmente y darles un sentido. Esa parte comprende la fascinación que los satanistas deben sentir al verse capaces de entender mejor el mundo gracias a su conexión mágica. 

Cuando me voy, Kali Ma me agradece jocosamente por ir a la secta y ofrecerme como tributo para su siguiente sacrificio. Azazel, en tanto, valora que haya aceptado su invitación a la junta y dice: 

—Algunos llegan escépticos y después terminan creyendo en la magia. Se van dando cuenta de que hay cosas que no tienen explicación, que no pueden ser racionales. Terminan volviendo la semana siguiente.

Me extiende la mano para despedirse, pero en vez de decirme adiós o buenas noches, señala: “Bienvenido”.

*Este texto fue finalista de la segunda edición del Premio Nuevas Plumas y puede ser encontrado en el libro homónimo de Berrinche Ediciones, con otras 14 crónicas.

*ILUSTRACIÓN DE PATO VERA

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