“O el sudor de la gorda que aliña el pino de las empanadas con la charcha suelta del antebrazo, mientras limpia los mocos de la guagua que se raja llorando al compás de la huifa y la payasá. Más bien del merengue y la salsa que reemplazaron el aburrido baile nacional” – Pedro Lemebel.
“Cambien esta supina rotería”, me dijeron una vez. Le había puesto play a “Salsas para un país agrio”, una fina curatoría de salsas que construí en Spotify con mis precarios conocimientos sobre este género que habla de los barrios bajos y de guapos, de la religión, el amor, la vida y la muerte. La salsa llegó tarde a mi vida, con los vientos de Willie Colón y los poemas de Rubén Blades. Cuando escuché por primera vez “Plástico” no lo podía creer: la amalgama entre la complejidad melódica y la crudeza lírica de estos sonidos me provocó la misma dicha que una composición de George Gershwin o Leonard Bernstein.
Le empecé a prestar oído a esos sones regidos por la clave, el código genético de la salsa, un patrón rítmico de cinco golpes que se repiten en dos compases, es decir, un sonido asimétrico; ¿y esto se puede bailar?, pensaba hace una década. Por su sofisticación, inferí que no la conocía en detalle porque debía habitar en salones con abolengo. Pero no.
Mi empresa salsera no me llevó a pomposos teatros ni a conservatorios de música —donde históricamente los géneros populares han sido desdeñados — sino a ferias libres y poblaciones levantadas en las periferias de Santiago. Al compás de los gritos de los vendedores que ofrecían los nobles ingredientes para preparar un pebre —la única salsa que bailamos los chilenos— en la feria de Varas Mena, en San Miguel, conocí a Héctor Lavoe, el cantante de los cantantes, y a Willie Colón, cuya muerte me golpeó profundamente, al igual que la atomización de este género en nuestro país austral.
“Se me fue mucha gente, yaaaa”
“En Chile no se escuchaba salsa”, me dijo en una ocasión Felipe Molina, un taxista peruano que me lleva a cualquier confín del mundo cuando estoy travestido de periodista de reporteo diario. Para Felipe, quien suma varios lustros en Santiago, la migración venezolana y colombiana expandió este género y, naturalmente, su comunidad peruana, país donde la salsa es una liturgia y filmaron una serie surrealista en la que fantasean peripecias de Lavoe en su visita en 1986 al país con presidentes itinerantes.
En cambio, en Chile, invitamos a Willie Colón al Festival de Viña del Mar en 1994 para perturbarlo con chiflidos; a los cinco minutos del arranque de su presentación los solos de trompetas creaban contrapuntos con los alaridos del “El monstruo” que vociferaba “chao, chao”. El icónico trombonista transmitió nerviosismo cuando interpretó la ecléctica “El gran varón”, su gran cierre, y desapareció de la Quinta Vergara sin despedirse, como un fantasma humillado, apenas a la media hora de su show. En 2015, la salsa tuvo otra oportunidad en Viña del Mar con el venezolano Óscar D’León. “Me veía que nunca iba a participar, pensé que el género salsa no tenía cabida”, dijo en la rueda de prensa tras las preguntas inquisidoras sobre el “fracaso” de Colón en ese mismo escenario dos décadas antes. Su show que cerró la última jornada del certamen se podría considerar un éxito, pero apareció en escena a las 2:40 de la mañana, frente a un escaso público y el corte televisivo antes que terminara su repertorio. “Se me fue mucha gente, yaaa”, lanzó el escarmentado D’Leon en el arranque de su presentación bañada con salsa y compases de jazz de su eximia banda que no lograron activar a los ateridos asistentes. “El público no estaba preparado para tanta dureza”, dice un comentario en su presentación en YouTube.
Este género es baile, fiesta, celebración, pero también honestidad, desilusión y miseria; la gran crónica latinoamericana. “Si tu marido te pega/dale golpes tú también/si no puedes con la mano/éntrale con un sartén” o “en los barrios de guapos no se vive tranquilo/mide bien tus palabras o no vales ni un kilo/
camina pa’lante no mires para el’lao”.
Esta crónica de tradición oral tiene como sostén la sofisticación sonora de los músicos de salsa, una especie de camerata mixta cuyos intérpretes no están ataviados de un traje de gala guiados por una batuta, sino con una guayabera que persigue un vaso de whisky. La sofisticación se puede aquilatar en su estructura musical, pero también en su cruce con la música clásica. “La salsa siempre ha estado estrechamente ligada con la mal llamada música clásica, docta, culta. Son muchos los músicos de este género que tuvieron formación clásica y ocuparon piezas en sus obras. Por ejemplo, los salseros Richie Ray y Bobby Cruz tienen obras abiertamente dedicadas a compositores clásicos o que ocupan piezas de este estilo. Como «Sonido bestial» que atropella con sabor en su arranque con el «Estudio revolucionario opus 10, número 12” de Frédéric Chopin —aunque ninguna como la versión de Claudio Arrau—, y al rato presenta un puente con el “Preludio en Do sostenido menor, opus 3, número 2” de Rachmaninoff. También tienen una canción que se llama «Mi amigo Juan» llena de referencias a obras de Bach. Bueno, muchos otros salseros ocupan piezas clásicas, como el mítico Grupo Niche o Enrique Lynch y su Conjunto”. Este párrafo va en comillas porque me autocité un correo que una vez mandé, con algo de ironía, a la radio Beethoven para un podcast sobre el cruce de lo cotidiano y clásico que leyeron íntegramente. Por espacio no agregué —ni ellos agregaron— la salsa “Nabucodonosor” de Ray y Cruz que usa la Quinta Sinfonía de Beethoven o “La murga” de Colón y Lavoe, una canción que termina con una referencia al jazzista Miles Davis, dos géneros que por antonomasia dialogan entre sí.
La salsa es nuestro jazz
Sobre el género sincopado, en el club de jazz Thelonious de Bellavista, en Santiago, un virtuoso baterista me solía decir: “Chávez, estás loco”, cuando le planteaba que la música clásica en el hemisferio norte es el folclor para el hemisferio sur —aunque habría que considerar a América Central y el Caribe en la parte sureña—, porque ambos sostienen el patrimonio cultural y la herencia de estos territorios, aunque uno con tradición escrita y otra oral; a su vez, continuaba —yo, al baterista—, que el jazz es nuestra salsa porque es la simbiosis de la improvisación, virtuosismo y la expresión de la calle, con la salvedad de que el jazz finalmente se aburguesó. “No estás tan loco”, al rato argumentaba ese percusionista, aunque nunca lo pude convencer de que John Coltrane escuchaba Black Sabbath —aunque las fechas no coincidieran—.
Perfectamente la salsa podría estar en el escaparate de algún instituto de musicología —que durante el último tiempo le ha prestado mayor interés a la música popular— y, como si fuera insuficiente, también ¡se baila! Pero todo este imaginario no ha sido suficiente en Chile, donde esta música en clave ha entrado como un riego a goteo y sólo nos hemos familiarizado con las canciones de teleseries como “Talento de televisión” de Colón o la etapa más pop de Celia Cruz con “La vida es un carnaval”, que está más cerca de la latinidad agringada de Gloria Estefan que la época de oro de la Fania Records, la casa discográfica que alojó a los mayores exponentes de la salsa. Jamás escucharemos en Chile la primera ópera-salsa original “Maestra vida” de Ruben Blades en el Teatro Municipal, aunque uno de los compositores más prolíficos en el país en la última década, el chileno-venezolano Miguel Farías, y que ha estrenado en este escenario óperas como “El cristo de Elqui”, tuvo varias bandas de salsa en su juventud y pretérito miembro fundador de la cumbianchera agrupación Tomo como Rey. Más que por Chile, este gusto rezuma por su sangre venezolana, diría el taxista peruano Felipe Molina.
El desapego chileno con la salsa se puede elucubrar a partir de nuestra distancia con la pertenencia de lo latino —el 70 por ciento de los consultados en la Encuesta Bicentenario 2025 dijo que Chile es “muy diferente” al resto de América Latina—; aires de superioridad frente a las miserias de la región —que nosotros también adolecemos—; imposibilidad de bailarla; inclinación por los productos culturales anglosajones y un sinfín de tesis que le corresponde a la musicología analizarla cuando despierte de la modorra clásica. Pero en mi experiencia —personal— tardía y profana, y a partir de unos regados grupos focales que realicé para evitar aberraciones en este artículo, decir que la salsa en Chile no se escucha sería un ominoso error: siempre ha tenido su público, como el jazz o el tango, y su presencia es mayor en las clases bajas —como arranca este artículo, reproducirla en la cota mil puede provocar desaires—; paradójicamente, de quienes se piensa prejuiciosamente que poseen menor capital cultural, están escuchando y bailando sones que cruzan la música clásica y el jazz, géneros históricamente elitizados. Disfrutar a Richie Ray en La Granja es similar a oír un concierto de piano en el Teatro Municipal.
La salsa también fue potenciada por los exiliados que retornaron en las postrimerías de la dictadura, quienes tuvieron un grupo en Santiago que se hacía llamar “Club de salsa de Chile”. En las poblaciones del Santiago como La Legua o San Gregorio —conocida como la cuna de la salsa en Chile— también han proliferado bandas de salsas armadas por inmigrantes con pasado —o presente— carcelario, haciéndole honor a las letras de este género, quienes desperdigaron discos de salsa en las cárceles locales, entre ellos los del “romántico de la salsa” Maelo Ruiz. También, los espacios para bailarla han existido: desde la icónica “Maestra vida” hasta un extinto bar-salsoteca en el paradero 1 de Gran Avenida, que era embellecido con un mural de Frankie Ruiz y Héctor Lavoe en su fachada, y que yo veía cada vez que cruzaba Santiago Sur en bicicleta.
Giolito es la salsa
Indudablemente la salsa se ha escuchado en Chile, pero no genera el fervor de otros sonidos tropicales como la cumbia que está presente desde la cuna. Aunque hasta estas líneas me he referido a su audiencia, en materia de producción la salsa también suma un cuerpo interesante. Sonora Palacios reversionó “El día de mi suerte” de Lavoe para el disco “Los fabulosos” en 1975, aunque le cambiaron el nombre por “El día de mi muerte”; de un mensaje esperanzador a un fatalismo influenciado presumiblemente por la dictadura —en las reediciones aparece extrañamente con el nombre original de la canción—. También, Giolito y su Combo grabó una retahíla de salsas famosas (recomiendo la versión de Ligia Elena original de Blades) e incluso registró un disco con dedicación exclusiva llamado “Giolito es la salsa” en 1974, aunque en su última entrevista antes de morir, José Arturo Giolito confesó que este disco “fue un fracaso rotundo” porque “no lo entendieron” en su época. También se suman Pachuco y la Cubanacán o Humberto Lozán con Lalo Sánchez y su salsa Canela, siendo Sánchez el icónico cantante de la excelsa orquesta Huambaly. “Llama la atención que ninguna de las interpretaciones salseras de todas estas agrupaciones e intérpretes, no tuvieran el respaldo ni la difusión de los medios de comunicación en la década del 70”, argumenta el académico Emanuel Ramírez Jaramillo en sus pesquisas académicas, quien comenta que ello se debió por las tribulaciones políticas de este periodo en Chile.
Aún en dictadura, en 1988 De Kiruza incluyó en su sello homónimo la mejor salsa cocinada en Chile llamada “Paseo ahumada”, una canción que toma la lógica de la crónica latinoamericana para hablar de un vendedor de dólares en este transitado paseo peatonal; nuestro Pedro Navaja. O el poeta y músico Mauricio Redolés, quien se burló del anticomunismo en Chile con “Salsa de Chile” en su icónica placa “Química (de la lucha de clases)” de 1991. Redolés fue un exiliado por lo que su gusto por la salsa la adquirió por exportación o por su instalación permanente tras el retorno a Chile en el Barrio Yungay, una zona multicultural.
Algunos autores plantean que el punto bisagra de la salsa en Chile fue cuando Celia Cruz visitó el país con olor a militares y toque de queda en 1981. Don Francisco aprovechó la ocasión y la llevó a Sábado Gigante. En la pantalla chica la presentaron como una exponente de la música tropical, no de la salsa, y en la entrevista Cruz afirmó que no había visitado Chile porque “no la habían invitado”. Además, intentó explicarle a la tiesa audiencia de qué se trata estos sonidos y la diferencia entre el merengue y la salsa. “Sí, es distinta, tiene otro ritmo”. Varias décadas después, Cruz triunfó en el Festival de Viña del Mar del año 2000, con el oligofrénico “reinado” incluido, con un repertorio pop-tropical, suavizado para el obtuso público de la Quinta Vergara y así evadir abucheos como los que recibió su acólito Willie Colón. A su vez, otro alimentador de este género fue el animador Enrique Maluenda, quien tras una estadía en Puerto Rico retornó a Chile con una batería de vinilos de salsa que no circulaban en nuestro país, para difundirlos en los medios locales en los años setenta; entre sus programas destacó “Esto es salsa”, en radio Agricultura, que, según el conductor, “seguramente nadie lo escuchó, no lo entendían”, pero llamó la atención de un selecto grupo de músicos chilenos.
Chile avinagró la salsa
Afirmar que la salsa no se escucha en Chile es una sentencia ominosa, al igual que la inconexión entre nuestro país y los sonidos latinos, porque el reguetón entró con fuerza en el arranque del nuevo milenio y se repite como un mantra incomprobable, pero convincente, que Santiago es la capital de este género. Aunque en la producción internacional la salsa no consideró a Chile entre sus ingredientes —“Plástico” de Blades y Colón es un homenaje a la latinidad que al final menciona a casi toda América Latina y el Caribe menos… a Chile—, el reguetón y posterior trap sí vio en nuestro país una sustancia para aumentar su sabor. Sin escarbar, Pablo Chill-E, el mayor exponente del trap chileno, colaboró en la canción “Hablemos mañana” del disco “YHLQMDLG” de Bad Bunny, el artista latino más importante del mundo en la actualidad, y reversionó “Gitana” de Willie Colón, un extraño guiño de Chile a este género. Aunque el conejo malo es uno de los favoritos entre los jóvenes chilenos, pareciera que los expertos siguen desdeñando los sones del caribe porque en una entrevista en TVN, los periodistas Pablo Márquez y Davor Djuranovic le preguntaron a Marcianeke, otro actor relevante del trap local, quién era su máximo exponente. Al segundo respondió Ñengo Flow, considerado uno de los padres del reguetón y el trap. Los periodistas insistieron y al no escuchar la respuesta que buscaban, le retrucaron con “¿y los Beatles?”, para largar carcajadas porque Marcianeke aseguró que sí y que le encantaría tocar con los británicos. Los periodistas expelieron ese tufo de pedantería que lanza el chileno cuando suenan sonidos latinos que no le resultan familiares ¿Menospreciarían también a Bad Bunny? quien gracias a su último disco hizo, finalmente, bailar salsa a los chilenos con la reversión de una canción de “El gran combo de Puerto Rico” y la incombustible “Baile inolvidable”, un poema-homenaje a la salsa. Al parecer, ahora sí se bailan estos ritmos desde la periferia hasta la cota mil —o, al menos, lo baila el hijo o hija del desdeñador, porque los acordes de Marc Anthony intentaron subir, pero se apunaron—.
La Victoria P —que con el silencio se marchó sin contestar— me solía decir que mi gusto por la salsa era como la tesis doctoral de un antropólogo europeo, un fetiche fenomenológico, y que nunca la bailé mientras mi familia veía en televisión Sábado gigante en la década de 1990. Y, es cierto, pero también es verdad que es imposible que un género tan rico en el amplio sentido deje indiferente a alguien que se arroga la melomanía. Sin embargo, la exploración de la salsa en Chile por los diferentes avatares expuesto en estos párrafos siempre quedará corto en comparación a, sin ir más lejos, Perú. Definitivamente Chile no mató a la salsa, pero sí la avinagró.






1 comentario en “Willie, eres una supina rotería”
Belleza de crónica. Descarnada y real.
Abrazos al escritor