Marcela Mardones, condenada por el caso Jaime Guzmán: “La escritura en la cárcel salva vidas”

Escribir dentro de la cárcel, los cinco años y medio que permaneció privada de libertad, le “salvó la vida” – dice– y “fue fundamental” para sobrevivir separada de sus hijos y soportar la reclusión. Marcela Mardones Rojas, exintegrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) y condenada a 10 años de cárcel por su participación en el asesinato del exsenador de la UDI Jaime Guzmán el 1 de abril de 1991, cuando Chile ya estaba en democracia, acaba de publicar su primer libro Prisionera, breves relatos de encierro (Editorial Nunca Más, 2026).

Su debut literario es una recopilación de más de 40 microcuentos, de  pluma ágil, pero sobrecogedora y honesta, que escribió desde la celda donde cumplió condena entre 2017 y 2022, cuando salió en libertad condicional. La exfrentista narra la silenciada experiencia carcelaria de las mujeres en Chile y desvela una de sus facetas más desconocidas. 

– Yo siempre escribí diarios de vida, desde cabra chica. Así empecé y nunca paré. Siempre tuve cuadernos: mientras estuve clandestina en Chile, el tiempo de autoexilio y en la cárcel, obviamente, seguí con eso. Escribía cartas, pero también tenía mi libreta y cuando la llenaba, pedía otra y seguía escribiendo.

El trabajo de Mardones (Santiago, 1966) se divide en seis “módulos”, cada uno de los cuales refleja las etapas de su condena: desde la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago, un centro masculino donde pasó 11 meses; hasta el Centro Penitenciario Femenino de Santiago, en la comuna de San Joaquín, donde llegó después y escribió textos como “Majestuosa y blanca”, que le valieron el reconocimiento en concursos literarios dentro del penal:

Ay cordillera, cordillerita.

Te vi cada día de la primera mitad de mi vida, cada mañana a través de la ventana.

Me viste niña feliz, adolescente jipi, madre prematura, estudiante rebelde.

Después ya no te vi, ya no me viste madre desgarrada, mujer desterrada, triste, desarmada. No me viste otra y otra vez madre, otra vez luz, ni cuando por huérfana de padre decidí por fin volver a verte.

Hoy, en el amor renacida y por amor retornada, desde mi patio a ti, coronada de púas, reina cordillera, cordillera Cristo, ya te veo, ya me ves, entre rejas mas libre, te respiro otra vez, mi amada cordillera, mi cordillerita. 

Prisionera, que ya fue presentado en la Furia del Libro 2025, en el Parque Cultural de Valparaíso y hace unas semanas en el Sitio de Memoria Estadio Nacional, desdibuja a la exmilitante para perfilar a una narradora de márgenes y muros. Sin ánimo de mirar al pasado, pero consciente de que no podrá eludir explicarse sobre su paso por el Frente, el exilio y la cárcel, destapa el nuevo camino que, desde su encierro, empezó a recorrer de la mano de la literatura. 

“Me dijeron ‘hay que mojarse’”

Mardones entró al Frente, que por aquella época ya se había escindido del Partido Comunista y operaba como grupo armado autónomo, “bien tarde”, “ya casi en democracia, democracia entre comillas”, precisa al arrancar una extensa conversación en una cafetería del centro de Santiago. Nunca antes había militado, pero “sabía qué pasaba” en plena dictadura de Augusto Pinochet y recuerda cómo le marcaron casos “emblemáticos” como el de los hermanos Vergara Toledo –militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) asesinados por Carabineros– y la matanza de Corpus Christi, que dejó a 12 frentistas muertos a manos del régimen.

–Esos dos momentos me removieron hasta el punto de pensar que no podía hacer mi vida como si nada estuviera pasando. No podía. Pero tampoco veía una forma para intervenir o participar.

–¿Qué le hizo cambiar de idea?

–Al ingresar a la universidad, a los 21 años, empecé a ir a todas las asambleas, quería saber, quería escuchar, quería participar en cualquier protesta, marcha o manifestación, pero nunca fui de tener esa militancia de estudiar, todo siempre fue muy intuitivo.

A pesar de que en esa época tenía un hijo de dos años –fue madre por primera vez con 19 de una primera pareja– nunca interrumpió su actividad política: dejaba al pequeño en el jardín temprano, se iba a la universidad y volvía a buscarlo. 

–En mi candidez, creí que podía mantener todo bajo control, hacer todo lo que se me pedía, sin poner en riesgo ni perjudicar a mi hijo, que él iba a ser intocable. Pero no fue así.

Cuando en 1988 Chile votó la continuidad de la dictadura en un plebiscito convocado por el propio Pinochet, tal y como establecía la Constitución del régimen, Mardones presintió que el nuevo escenario sería poco alentador.

–Ganó el no (a Pinochet), pero podía ver que no iba a haber ningún cambio. El Frente decidió seguir y así fue como me involucré. Después todos los hechos sucedieron muy rápido. Literalmente, me dijeron ‘hay que mojarse’. 

Y así lo relata en el texto ‘Militancia’, que abre el libro: 

Hay que mojarse, me dijeron allá por fines de los 80.

Y me mojé.

Y me ahogué.

“Era la última rueda del carro”

Cuarta hija de seis hermanos, Marcela Mardones admite que no vivió la miseria “en carne propia” porque su familia “era de clase media, no tenía problemas y tampoco familiares perseguidos o desaparecidos por el golpe”.

Recuerda con detalle que, durante las protestas contra la dictadura, en los últimos años, iba con sus hermanos chicos a las marchas que pasaban frente a su casa, en la avenida Vicuña Mackenna, todos “casi a pata pelá, en hawaianas” hasta llegar a la población La Legua.

Su ingreso al Frente se produjo de la mano del exlíder frentista Raúl Escobar Poblete, conocido como «Comandante Emilio», a quien conoció en la adolescencia y que más tarde se convirtió en su pareja, con la que tuvo otros dos hijos en México. 

–A través de este pololo que tenía (Escobar), que en ese tiempo ya había entrado al Frente, empecé a ir a la cárcel a visitar a los presos políticos del (fallido) atentado a Pinochet (el 7 de septiembre de 1986 en el Cajón del Maipo). No hacía un gran trabajo político, solo iba a conversar, pero a partir de esas visitas, me invitaron a participar en la Juventud Patriótica, haciendo panfletos, carteles y ese tipo de cosas. 

–¿Te gustó trabajar en la propaganda? 

–Más que me gustara o no me gustara, yo quería hacer algo.

Después de un breve paso por las Juventudes frentistas, “muy rápido” ascendió a la organización como “ayudista”. Fue el inicio de Ximena, el nombre que adoptó durante la etapa como militante. También se hizo llamar “Soledad”, pero durante la década de clandestinidad en México fue conocida como Patricia Fernández.  

La tarde del lunes 1 de abril de hace 35 años, afuera del Campus Oriente de la Universidad Católica, en la comuna capitalina de Ñuñoa, Guzmán recibió varios disparos mientras abandonaba el recinto arriba de su auto, manejado por su chofer, y tras dictar su última clase de Derecho Constitucional.

Mardones, que en su declaración admitió haber visto cómo “dos hombres le dispararon”,

siempre ha negado haber sido autora del homicidio y ha mantenido que, pese a haber prestado colaboración, desconocía las intenciones contra el senador tanto de Escobar, condenado en Chile a 18 años por ser uno de los autores materiales del asesinato de Guzmán, como de Ricardo Palma Salamanca –“El Negro”–, que vive como asilado político en Francia pese a haber sido condenado por la justicia chilena a dos cadenas perpetuas. 

–Yo era la última rueda del carro, no tenía ninguna posibilidad de nada.

“Desde que me fui, ya nada tuvo sentido”

Sin otra opción que elegir –dice–, tras el homicidio de Guzmán tuvo que dejar a su pequeño, que entonces tenía 7 años, con el padre, de quien ya se había separado, y pasar a la clandestinidad con Escobar.  

–¿Era consciente de lo que implicaba vivir de forma clandestina?

–El gran cambio en la vida fue ese, más que el exilio. Estuve un año clandestina en Chile antes de salir del país y viví lo típico de las series, como estacionar cerca y mirar a mi hijo pasar. No podía correr el riesgo de verle, por un lado, por la organización, porque cualquier cosa que uno hiciera podía perjudicar a todos. Y, por el otro, porque los hijos son los puntos más débiles y, por más democracia que hubiese, si te tomaban y te torturaban –que siguió sucediendo–, una de las técnicas era tomar a los hijos. Esa posibilidad fue la que me hizo ser tan radical a pesar del dolor, del desgarro y de todo.

–¿Dimensionó lo que significaba eso?

–Nunca tuve la opción de (elegir) mi hijo o la lucha. Eso no funciona así. Te implicas, de pronto estás ya totalmente involucrado y, cuando te das cuenta, ya no tienes opción. Eso es duro. Lo tuve que dejar, pero para mí era dejarlo a salvo.

Los hijos de esta generación de militantes del Frente –opina– han mantenido “relaciones muy difíciles” con sus progenitores porque “para estos niños y niñas hubo un abandono”, “sintieron que sus padres y sus madres no estuvieron y que prefirieron o hicieron otra cosa antes que (estar con) ellos”. Hoy son ya adultos y “pueden entender o empatizar”, pero “el daño como niños se mantiene”, reflexiona.

La decisión de abandonar el país la tomaron varios integrantes del FPMR tras el asesinato de Guzmán, en un camping de Colliguay, en la región de Valparaíso. Después de un breve paso por Argentina, finalmente, Marcela Mardones se estableció junto con Escobar en México, en San Miguel de Allende, una localidad turística del estado de Guanajuato, en el altiplano central, donde vivió más de dos décadas como Patricia Fernández García.

–¿A qué se dedicó en México?

–Hice de todo: aprendí masajes, manejé transporte escolar, hice de intermediaria con apicultores, de todo. 

–¿Qué rescataría de ese período?

–Te tienes que armar la vida porque si no te mueres. Yo escribía y tengo cuadernos de esa época, pero te vuelves un poco loco, en los mecanismos de defensa hay mucho de locura porque, si no, es imposible. Por ejemplo, al principio pensaba que nunca volvería a tener un hijo, que si no estaba con ese hijo, no estaba con ningún otro y siempre me preocupé de evitar embarazos. No era una posibilidad. Me engrupí para seguir en los procesos de discusión interna de la organización porque creía que todo aquello tenía que valer la pena, que dejar a mi hijo era un sacrificio que había hecho yo y también él por todos los niños. Pero, en el fondo, desde que me fui, ya  nada tuvo sentido. 

–¿Por qué llegó a eso?

Como organización no teníamos de qué agarrarnos y los que eran amigos se hicieron enemigos, entonces ¿cómo te vuelves a parar en el mundo fuera del país, sin una orgánica que realmente te pueda sustentar, sin poder estar con tus hijos y pensando, además, que para cualquiera de nosotros lo que nos esperaba en Chile eran cadenas perpetuas? 

–¿Hubo un duelo en ti por dejar atrás a Marcela o a Ximena?

–No, para nada. La Ximena me produce resquemor. A la Patricia Fernández, la amo, fui yo misma.

–¿Cómo construyó esa nueva identidad?

–Yo no sentía que estuviese mintiendo. Mi historia era la misma, solo cambiaba mi nombre y el lugar donde había nacido. Mi familia en vez de vivir en Chile, vivía en Uruguay, pero todo lo demás que contaba sobre mí era yo; lo que mis amigas conocían de mí era yo. Cuando tuve que contar la verdad a los hijos que nacieron allá, a sus once o doce años, sabía que era complejo, que se iban a remover, pero mi hija aún me recuerda cómo se lo explicamos: ‘No importa el nombre que tengamos. Tu papá y yo somos los que tú conoces, con los que te despiertas todos los días, los que te llevan al colegio. Si nos llamamos así o asá, si en realidad nacimos allá o acá, no tiene ninguna importancia’. 

“Volver a Chile es la cárcel”

La primera vez que Marcela Mardones se planteó regresar a Chile fue tras su ruptura con Raúl Escobar, en 2011. “Antes de eso –cuenta– iba a permanecer en el exilio para siempre porque él (Escobar) tenía mucho peor pronóstico de condena que yo y nunca iba a volver; no era una opción, no quería separarlo de sus hijos”.

Luego, la muerte de cáncer de su padre, en 2014, de quien no se pudo despedir, la empujó a dar el paso definitivo: “Volver a Chile es ir a la cárcel, pero me iré con mis hijos”, pensó.

Durante los siguientes años, preparó su regreso definitivo, que había programado para septiembre de 2017, pero la inesperada detención de Escobar en México a principios de junio de ese año, precipitó su viaje.

–Cuando me llega la información de que está detenido, digo ‘hay que irse ya’, porque en cuanto supieran su identidad iban a saber la mía, me agarrarían y ahí sí que mis hijos…heavy. 

Su intención, dice, era llegar a Chile y entregarse, “convencida” de que, si colaboraba con la Justicia, “la libertad sería casi inmediata”, porque eso le había asegurado el juez Mario Carroza a su abogado, quien había averiguado posibles escenarios.

El periplo de su viaje a Chile, durante el cual en México se conoció su identidad, lo relata en su libro: después de 26 años de “autoexilio”, navegó en un catamarán turístico “por el mismo lago por el que había partido, el 9 de junio de 2017. Cruzó cuatro fronteras en 10 días “esperando en cada una ser atrapada” porque ya era requerida por la Interpol.

Fue detenida al desembarcar del ferry, en el bus que debía llevarla hasta Puerto Varas.  

– Todavía, aun pensando en entregarme, cuando me preguntaron mi nombre, yo respondí Patricia Fernández. Ahí debí haber dicho ‘Marcela Mardones, me vengo a entregar’, pero no pude.

“Cuando recibí la sentencia, me temblaron las patas”

De la Cárcel de Alta Seguridad recuerda todos los detalles: los cuatro edificios, con cuatro pisos cada uno y cuatro patios al centro. Su celda de dos por dos, con una cama, una repisa y una mesa –todo de cemento–, y una ducha, lavamanos y baño, “todo ahí”. 

–Querían que confesara, que les confirmara cosas. Sin embargo, aunque no tenía información para perjudicar a nadie, no les iba a decir nada.

Durante muchos meses, Mardones creyó “la fantasía” de que en poco tiempo le darían la libertad, “de que solo iba a estar ahí unos meses”. 

–¿Qué sintió cuando llegó su condena?

–Me fui a la cresta. Me dieron diez años sin asco. Cuando recibí la sentencia, ahí sí me temblaron las patas.

–¿Qué fue lo peor?

–La cárcel en sí –el encierro, la comida, el frío, el agua helada para ducharse, limpiar baños– me daba lo mismo, no me afectaba; para mí el drama era no poder estar con mis hijos, principalmente mi hija, que entonces era chica. Ese era mi dolor.

En una charla cada vez más relajada y honesta, es solo al hablar de sus hijos que no puede evitar la emoción. También en su libro les dedica varios textos:

Llora todo lo que necesites porque no estoy contigo cada día.

Llora, pero debes saber que aquí estoy para ti con tanto amor que traspaso muros, rejas y distancias para llegar hasta ti y te abrazo. Te abrazo negrita.

Sí, tienes mamá, amor, sí me tienes aquí. Así es que llora no más mi pequeña, llora tranquila.

–¿Recibió malos tratos en la cárcel?

–No directamente, pero sí uno que otro hostigamiento. Las jefaturas me negaban los beneficios, que era lo peor que me podían hacer, por ejemplo, negarme la salida dominical. Yo tenía muy buena conducta porque cualquier cosa la iban a usar en mi contra, pero aún con ninguna falla me hacían eso.

–¿Cómo lo sobrellevó?

–Meditaba, tenía ya un camino espiritual y pude gracias a lo que llevaba trabajado por años en la labor humanitaria de la Fundación Mexicana René May, que me tenía súper fortalecida interiormente. El tiempo que estuve aislada, llegué a meditar seis horas al día y el resto del tiempo escribía.

Durante los años de reclusión participó en distintos talleres: hizo telar, orfebrería, teatro y, su favorito, literatura, impartido por Paulina Vergara, editora de su libro, que llegó a ser “terapéutico” para ella.  

–Yo, a la Paulina, le digo que ella salva vidas allá adentro con lo que hace –dice con el convencimiento de quien sabe bien de lo que habla. 

Su obra recoge muchas de las historias vividas y escuchadas de sus compañeras de sección, entre los muros de esta cárcel. Habla de “relaciones de poder”; de “privilegios” de exmilitares condenadas por crímenes de lesa humanidad que “tenían una sección especial para ellas”; y de una relación que fue cada vez más “humana” con las funcionarias de prisión.

– A veces las mujeres me empezaban a contar cosas y yo les decía –aunque en ese momento, realmente, no me la creía– ‘déjame escribirlo porque de todo esto voy a escribir un libro’. Y algunas se explayaban mientras yo tomaba notas.

La escritura la acompañó en la espera para su anhelada salida, tantas veces soñada también en sus textos:

[…]

(Cuando salga de aquí)

Miraré por última vez los muros que

dejarán por fin de limitarme.

Caminaré tranquila unas cuadras

antes de tomar la micro hacia la

casa de mis hijos y llegaré sin aviso,

con paltas y unas marraquetas

a poner la tetera y prepararles

el desayuno.

“Mi rol hoy es sembrar”

A un mes de la investidura del ultraderechista José Antonio Kast, discípulo y admirador de Jaime Guzmán (y de Pinochet), Marcela Mardones se pregunta “qué hemos hecho” para que, a estas alturas, el poder en Chile esté en manos de la extrema derecha. Sin embargo, reflexiona, “estamos dentro de un panorama mundial que pone todas las condiciones para eso”.

La exfrentista, que  proyecta su futuro “a través de la escritura y la labor humanitaria”, quiere creer que Kast, que el 1 de abril asistió a los actos conmemorativos del 35º aniversario de la muerte de Guzmán, “no va a poder hacer tanto como dice” y pronostica que “se vienen cuatro años de resistencia” con el mandato recién inaugurado.

–La vorágine de la política seguirá, pero mi grano de arena hoy está enfocado en las próximas generaciones. Mi rol es sembrar y sembrar para que los seres humanos seamos incapaces de volver a cometer atrocidades ni tolerar que se cometan. Esa es, para mí, la esperanza en la humanidad. 

*FOTO DE PORTADA DE BRUNO SAVELLI.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido