Detrás de Rojo Carmín: El duelo como motor

Seis años después del accidente fatal de su hijo, Luz María Ramírez revela las irregularidades del proceso judicial que liberó en búsqueda de la verdad. Una lucha de David versus Goliat que culminó con la creación de la Fundación TOMI y la promoción de una ley que garantice la independencia en investigaciones de accidentes aéreos. Aquí, el relato de la autora detrás del libro.

Tomi murió la mañana del 17 de enero de 2020, cuando el sol empezaba a calentar la ciudad de Santiago. Había diecinueve grados Celsius, vientos de un nudo y un cielo sin nubes. Condiciones perfectas para volar. Tomi —o Tommy, o Tomás, o Tomás Jesús Gutierrez Ramírez— se presentó en el hangar a las siete con cincuenta. Antes de llegar al Aeródromo La Victoria, en Chacabuco, se engulló dos panes con queso derretido y se tomó un vaso de leche chocolatada, espesa y fría. A sus 19 años, más de un metro noventa y cinco y un cuerpo forjado por el deporte, su hambre era voraz y no conseguía despertar hasta comer algo dulce. Especialmente ese día, en que iba a volar junto a José Aldunce, su instructor favorito de la escuela privada Aeroinnova.

Lejos, a esa hora, Luz María y Manuel buscaban un sitio para almorzar en París. Viajaron por negocios; ambos eran ingenieros y  colegas de trabajo. Pero ese viaje no debió ser; no, al menos, en esa fecha. Enero era el mes en que se instalaban en Pucón, en el sur; mientras sus hijos nadaban en el lago y ellos trabajaban en sus computadores. Salieron del hotel, y el plomo cielo parisino les recordó lo mucho que deseaban estar en otra parte.   

Se conocieron en la Universidad de Santiago, cuando él usó toda la galantería que un universitario de los años ochenta podía tener y le regaló una manzana. El truco funcionó: a ella, rubia, atleta, analítica, le encantó el gesto. Lo demás fue cuestión de tiempo. Mientras terminaba sus estudios, Luz María quedó embarazada de Valentina y luego vino Javier. Los jóvenes estaban dichosos. Querían tener más hijos, pero sólo cuando dejaron de intentarlo nació Tomás y, al año siguiente, Sofía. La familia estaba completa. 

Los cuatro niños crecieron rápido, jugando al aire libre, corriendo por el patio, en el barro, sobre la copa de los damascos. Luz María y Manuel formaron una empresa y pasaban gran parte del tiempo en ella; debían costear esa casa donde cada uno tenía su pieza, la educación de primer nivel que sus hijos recibían y las vacaciones en Pucón. Bajo ese ritmo, intenso, exigente, donde la coca cola light y la cafeína era consumida a deshora en litros interminables, no sabían lo felices que eran. 

A las ocho con cincuenta y seis de Santiago, o más bien, a las doce del día en París, Luz María levantó la vista y apuntó hacia el avión que sobrevolaba sus cabezas, en medio de un claro de luz que abrió de golpe: 

—¡Ahí va Tomi! —exclamó, al mismo tiempo que Manuel. Se sonrieron. Y, al igual que todas las parejas que con los años empiezan a parecerse, sus sonrisas se volvieron reflejo la una de la otra: amplias, con dos hileras de dientes brillantes y ordenados. 

Entraron a un restaurante libanés, cautivados por el perfume de cada plato. Encontraron una mesa y organizaron la próxima reunión con los clientes y los abogados. Sería breve, ejecutiva: pronto estarían de nuevo en Chile. En medio del postre, el teléfono de Manuel comenzó a vibrar. Lo tomó y le mostró a Luz María la pantalla: era un socio de Aeroinnova. De inmediato, una boa constrictora le estranguló el estómago. Se quedó sin aire. El corazón le latió en los oídos. Se odió a sí misma por estar sentada ahí, lejos. No debió haber viajado, lo supo antes de abordar y ahora su intuición le golpeaba en el rostro. 

Manuel atendió la llamada y apretó los labios. Pálido y con los ojos muy abiertos, repitió la misma pregunta: 

—¿Estás seguro? ¿Estás seguro? 

***

Lo que sigue está narrado en Rojo Carmín, el cual será lanzado este 15 de abril en la Universidad Andrés Bello. En él Luz María detalla el accidente de su hijo y la posterior batalla judicial que liberó por casi seis años contra la escuela privada de aviación, Aeroinnova. “Jamás imaginé que después de perderlo físicamente, tendría que verlo morir una y otra vez en la indiferencia, la mentira y la corrupción”, relata en sus primeros capítulos. 

Terminaron la llamada y regresaron en el primer vuelo que encontraron. Tomados de la mano, lloraron despacio, para no despertar a los demás pasajeros.  El trayecto duró catorce horas; para Luz María, más de cien años. Con las luces del avión apagadas, repasó obsesivamente su último encuentro con Tomi. Hacía apenas una semana estaban en su pieza, sobre la cama matrimonial. Ella doblaba la ropa mientras su hijo le hablaba. Y le hablaba y le hablaba y no paraba de hablarle; era su costumbre. 

—Pero Tomito, quédate callado un rato y baja el volumen. ¡No escucho mis pensamientos, no sé que estoy echando en la maleta!

—¡Ay, mamá! —le respondió, con una risa que resonó en el primer piso. Tomi cargó el auto con el equipaje de sus padres y antes de que se fueran, les dio a cada uno un abrazo exagerado; era, también, su costumbre. El apretón duró minutos. Fue tan largo que incluso, sentado ya en el auto, Manuel le comentó a Luz María: 

—Qué raro, me sentí abrazado por un ángel.

Apenas aterrizaron en Santiago se dirigieron a su casa, que, en pleno verano, se sentía fría e inhóspita. Se encontraron con sus hijas Valentina y Sofía, que habían vuelto de Pucón en cuánto supieron del accidente, y con Javier, el único que llegó al Aeródromo antes de que el Servicio Médico Legal retirara los restos. Vio el avión —lo que quedaba de él tras la caída de tres mil pies de altura— negro, quemado. Cubiertos por una lona naranja, estaban los dos cuerpos calcinados. Javier intentó hablar con los socios de Aeroinnova que se reunieron en una oficina, pero no lo dejaron entrar. 

El 31 de enero, quince días después, recibieron las cenizas de Tomi en una caja hecha con madera de cerezos. Manejaron hasta Pucón, al terreno que Luz María y Manuel habían comprado para construir una casa, a solo un kilómetro del departamento que ya ocupaban. Allí, Luz María tenía un jardín con rododendros y helechos. Un pequeño santuario donde su tribu se reuniría a contar historias, en torno al fuego. En ese pedazo de tierra, debajo de las camelias y las fucsias, habían enterrado a Zoraida, la pastora afgana que los acompañó por dieciséis años. Esa vez, Tomi agarró a Luz María de los hombros y la miró fijo a los ojos: 

—Si me pasa algo, quiero que me dejes aquí. 

—¡No me digas eso! La, la, la…  —Luz María se tapó los oídos con las palmas. 

—Ponme atención, —Tomi insistió, con una seriedad que su madre nunca había visto— quiero que me entierres aquí, aunque sea ilegal.

Así lo hizo. Así lo hicieron.

Con la ayuda de un monje budista que vivía cerca, Luz María, Manuel y sus hijos recitaron mantras durante cuarenta y nueve días para acompañar a Tomi en su tránsito por el bardo; un estado en donde, según la tradición tibetana, el difunto rompe con el ciclo de la reencarnación y el sufrimiento. Susurraron su nombre para guiarlo. Le recordaron que no tuviera miedo, que no se aferrara a ellos. Que Tomi volara, libre.

A mediados de febrero, mientras cargaba bolsas con mercadería, un amigo interceptó a Luz María. Tenía que contarle una noticia importante: se había enterado que los temporeros que cosechaban en las parcelas alrededor del Aeródromo el día del accidente, habían visto el avión quemándose en el aire. Y Aeroinnova tenía guardado un video, grabado desde el hangar. Esa información cambiaba toda la historia sobre la muerte de su hijo. Al escucharla, se congeló. Soltó las bolsas y los frascos estallaron.

—¡El Tomi se venía quemando, mi guaguita se venía quemando!   

***

Tomi volvió a morir, según Luz María, el 8 de marzo. Ese día, en las oficinas de Aeroinnova, le mostraron la grabación de la nave cayendo durante catorce segundos. Una estela de humo se levantaba en el cielo. Uno de los socios de la escuela dijo que Tomi planeaba suicidarse. O que, tal vez, se peleó con José, el instructor, y perdió el control del mando. 

—Pero no se preocupen, no le vamos a cobrar la reposición del avión —le aclaró.

Entonces lo ignoraba, pero en ese exacto momento Luz María y su familia comenzaban a hundirse en una espiral de irregularidades que durante años le impediría saber qué fue lo que realmente pasó. El silencio de Aeroinnova y de la DGAC sería absoluto. En paralelo, la pandemia del coronavirus se esparcería por todo el globo, la oficina que había fundado se marchitaría y nada, absolutamente nada, volvería a ser como antes. Cuando sus empleados quisieron celebrarle su cumpleaños en mayo, en una videollamada, ella apareció con un pijama roto, el pelo enmarañado. Hacía meses que no dormía. 

—Perdonen, pero no tengo ánimos de nada.

En esos catorce segundos, ¿su hijo sufrió de dolor? La imagen la perseguía y solo podía llorar. Leía manuales de aviación, informes técnicos; buscaba alguna pista en los cuadernos de Tomi. A mediados de 2020 contrató a peritos privados para que revisaran los antecedentes del accidente, y fue solo cuando la experta en tanatología, la doctora Carmen Cerda, conectó los cabos sueltos de las autopsias que volvió a conciliar el sueño.

 El documento describía el interior de los cuerpos de un tono rojo carmín. Cuando el oxígeno disminuye, la sangre se vuelve más intensa, semioscura. La doctora le explicó que, en esos catorce segundos, Tomi y José respiraron humo mientras el oxígeno se agotaba al interior de la cabina. Tomi perdió la conciencia antes de que el incendio los consumiera.

Esa hipótesis, la de fuego en vuelo, impulsó a Luz María a llevar el caso hasta las últimas instancias. Consiguió una audiencia con el director de la DGAC y denunció más de siete infracciones en su investigación. En 2022 se matriculó en un diplomado sobre Investigación de Incidentes y Accidentes Aéreos, y tras la primera clase, inscribió también a Manuel. Juntos, se volvieron expertos y encontraron un nuevo propósito: promover el cumplimiento de las normas aeronáuticas a través de la Fundación TOMI (Truth, Observance, Make, Involve). Esta busca fortalecer el ecosistema aeronáutico, mejorando los estándares operacionales, de seguridad y de acceso a la información durante las investigaciones internas. A través de ella, Luz María y Manuel han guiado a dos familias chilenas en los pasos a seguir luego de que parientes suyos sufrieran accidentes aéreos fatales.

Sin embargo, el costo a pagar —literalmente— fue muy alto. Las demandas contra Aeroinnova terminaron por mermar su economía. Los bancos le quitaron el departamento en el sur, la casa en Santiago, la oficina y el terreno donde descansaba su hijo. En 2024 se mudaron a Talca. Encontraron una casa luminosa, con un patio grande, y la llenaron de amuletos budistas. Luz María se trajo sus plantas de Pucón, los rododendros, los helechos, incluso el muérdago que Tomi trajo, una tarde, al terreno de la futura casa que nunca llegaron a construir. Los instaló en fila, en el jardín de la entrada. Allí, justo donde el sol pegaba sus rayos oblicuos, enterró también la cajita de madera de cerezo. Luz María infló sus pulmones de aire fresco. 

—Ahora sí, puedo escribir.  

Durante casi un año, Luz María escribió con urgencia sobre la muerte de su hijo. Lo que sus palabras revelaban, en realidad, era su propia historia en busca de justicia. Acostumbrada a su redacción ingenieril, el texto parecía un telegrama: verborreico, inconexo. Sin parar, tecleaba los hechos que repasaba en su cabeza. Desde las ocho de la mañana, en pijama, se sentaba en la terraza, en un trance. Solo el picaflor que pasaba por las tardes lograba distraerla del computador, y seguía hasta las doce de la noche. Cuando al fin creyó haberlo terminado, se lo pasó a Manuel. 

—Quiero que lo leas, ¡pero no que lo corrijas! —le ordenó, dibujando una sonrisa con sus labios pintados de rojo y sus mejillas teñidas de rosado.

En Talca empezaron a vivir otro ritmo. El tiempo les alcanzaba para cocinar, sentir el sol sobre la piel, cuidar el jardín, pasear a los perros. Luz María siguió gestionando sus audiencias con la DGAC —a través de la Fundación TOMI— para impulsar un proyecto de ley que independice la investigación aeronáutica en accidentes aéreos y que no sea el mismo organismo que certifica a las escuelas de aviación el que las fiscalice. Como Fundación, habían expuesto por dos años consecutivos en la FIDAE como especialistas en seguridad en vuelo. Pero, quizás, su mayor logro, había sido ayudar a dos familias a navegar por la burocracia judicial después de perder a sus seres queridos en un accidente aéreo.

***

Tomi regresó, en las páginas de un libro, el último día del verano de 2026. El caluroso sol se despedía de la capital. Su intensa luz se cubría por nubes blancas, grises y celestes. El cielo se cerraba, despacio, anticipando el cambio de estación. 

Antes de manejar hasta Santiago desde Talca, para buscar las copias de su escrito, Luz María se maquilló y se vistió de negro elegante. Al salir de la casa, miró el muérdago de Tomi. Recordó lo que una vez, antes de meterse al lago con sus hermanos, le comentó en Pucón. 

—Mamá, ¿te has dado cuenta que los mejores momentos no cuestan nada?  

Estacionada afuera del colegio donde su hijo había estudiado, abrió las cajas donde guardaba los ejemplares de Rojo Carmín. La acuarela de la portada y el cielo de esa mañana, curiosamente, coincidían. Tomó una copia y el retrato de Tomi se desplegó frente a ella. Vio su sonrisa, amplia, con dientes brillantes y ordenados. No pudo distinguir si era la suya o la de Manuel. 

Qué importaba. Era la de ambos; era la de Tomi.

*FOTOGRAFÍAS DE EDUARDO ARENAS, DE MIGRAR PHOTO, PARA REVISTA ABISMO.

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