Lo que no nació… ¿Retoñará?

Nunca había querido ser madre. Tampoco me había imaginado alguna vez como tal. Ni siquiera cuando sí quise y emprendimos, con Diego, la búsqueda. Buscamos durante cinco años. Intensamente. 

Durante ese tiempo solo fantaseaba siendo madre de bebés, no tenía el impulso de tantas mujeres de imaginarse a sus hijos ya crecidos. Tampoco me imaginaba siendo madre de un varón. No quería un varón. ¿Es normal querer ser madre solo de un género? 

“Que sea lo que sea pero que sea sanito”, se suele decir. ¿Y si no es sanito? Durante mi larga e infructuosa búsqueda, cuando alguna amiga me anunciaba que estaba embarazada, se me hacía un nudo en las tripas, un nudo que disimulaba mientras daba las felicitaciones correspondientes y que luego desataba con llantos de bronca y culpa. Pero si a los meses me contaba que era un varón, entonces me tranquilizaba porque el varón no era mío. Si era una nena, sentía que me la había quitado. 

No sé por qué las nenas me gustaban más, ¿será que me resultan más creativas, más suaves, más compañeras? Lo cierto es que en mi larga lista de nombres que iba anotando para un futuro hijo, casi no había nombres de varones: Luciana, Mariel, Eleonora, Ileana, Lucía… Me gustaban los nombres que contenían la letra L. Y de varón no había tantos que me parecieran lindos, quizás Leonel, Lucas, Ariel, pero Ariel ya se llamaba mi hermano. De todas maneras, no importaba, a Diego no le gustaba ninguno.

***

—¿Cómo serás como mamá? —me dijo mi propia madre una vez. No lo hizo con maldad, pero su pregunta me irritó. Quizás fue el tono que percibí, como de incredulidad, o el trasfondo de la conversación que ya no recuerdo. Tal vez me molestaba que esa era una pregunta cuya respuesta ni yo misma podía imaginar. 

***

Luego de varias charlas, decidimos empezar a intentarlo. Era mayo de 2014, yo tenía 36 años, Diego 32. Estábamos de viaje en Ecuador. Recuerdo la ilusión que tenía. A nuestro regreso iríamos al médico a hacer los estudios pertinentes y en un par de meses estaría tocándome la panza con una sonrisa y anunciándoselo a mis seres queridos.

Empezá a tomar 1 mg de ácido fólico mientras estés buscando y cuando quedés pasás a 5, me dijo la ginecóloga. 

Al ver mi entusiasmo me bajó de un hondazo: “Mirá que no vas a quedar enseguida, te va a llevar unos meses, eh…”. 

Casi la mando a la mierda, un par de meses se me hacían intolerables de esperar.      

Ahora veo cuánta fe me tenía esa médica.

***

—¡16 miomas te sacamos! —me anunció el cirujano con aire divertido en cuanto recobré lucidez luego de la cirugía.

—¿16?? —me respondió mi ginecóloga con aire horrorizado cuando le conté.

Entré a quirófano para que extirparan un fibroma de 9 cm y se encontraron con varios satélites, de los cuales sacaron 15. Otros tantos, más pequeños y recónditos, quedaron.

—¿Por eso no quedaba embarazada? —pregunté.

—Probablemente —respondió uno.

—No lo creo —respondió la otra. 

Mi médica me recomendó dejar pasar unos meses antes de retomar la búsqueda. Ese momento quedaba a años luz de mi presente amenazado por satélites alimentándose de mi útero. Era septiembre de 2015.

***

Tres meses dicen que hay que esperar para dar la buena nueva. Tres meses o te condenarás a ser la imagen del fracaso. Harás ilusionar y desilusionar a la gente. Quedarás expuesta a la soledad, porque nadie pierde embarazos. Al menos no en las redes sociales.

No habían pasado ni tres horas que ya todo mi mundo lo sabía, mi mamá, mi hermano, mis tíos, mis amigas, mis alumnas de danza. Todos quienes venían esperando con nosotros esa noticia. Dos años después, al fin, estaba embarazada. 

Lo recuerdo a Diego excitado, haciendo todo como alterado, preparando la cena pendiente de las dos rayitas y luego dando la noticia por teléfono a su familia. Tenía tal contentura, que si se hubiera tratado de un gol de Argentinos Juniors la habría descargado en un grito ensordecedor, pero fuera del fútbol era contenida y nerviosa. 

Igual que el día en que fuimos a conocer a nuestro sobrino cuando nació, siete años después. Ese día él iba delante de mí, apurado, ansioso, con la bolsa del regalo del hijo de su hermana en una mano. Yo no podía seguirle los pasos. No quería. 

Lo vi cargar a su sobrino con una mirada y una ternura desconocidas por mí hasta ese momento, y no podía dejar de sentirme afuera de esa unión, de ese sentimiento. Sentí miedo, celos.

***

¿Y ahora qué? Entré en pánico cuando supe que había quedado embarazada.  

Pido gancho. ¿Qué va a ser de mi vida con un hijo? ¿De mi independencia? ¿Y si se enferma? ¿Y si se muere? No podría soportarlo. Tengo miedo de vivir el resto de mi vida con miedo. ¿Qué hice? Al final, si cogías sin protección te podías embarazar posta. No quiero jugar más.

—¡Pará! ¡Todavía falta! —le respondí a una tía que me hablaba por teléfono de los negocios donde podía comprar ropa de bebé.

—¡Nueve meses no son nada! Cuando te quieras acordar ya va a estar ahí, tenés que empezar a pensar en la ropa, en la cuna…  

—En lo único que puedo pensar ahora es en los ingredientes que tengo que poner en esta cacerola —la interrumpí, mientras revolvía un guiso para la cena.

No había pensado en cuna, ni ropa, ni escuela, ni futuro alguno. Solo había comprado un librito que les hablaba a las nenas sobre la llegada de la menstruación. Fue en una preventa, venían dos al precio de uno. Uno sería para mi hija. 

***

De a poco, el pánico del principio dio lugar a la ilusión. Mis pechos estaban exultantes. Contaba los días que faltaban para la primera ecografía, el 12 de septiembre de 2016. La noche del día anterior bailé en una presentación en público con el grupo musical de unos amigos que hacían músicas del Mediterráneo. Cual espectadora, me veo bailando al ritmo de la guitarra, del tamburello y el acordeón, sonriente, deleitándome con las ondulaciones de mi cuerpo, ostentando mi vientre que era naturalmente abultado pero esta vez no hacía esfuerzo por ocultar.

La maternidad te ha dulcificado, me dijo suavemente una amiga que recitaba sus poesías en el mismo espectáculo.     

¿Cuánta de esa dulzura traía conmigo? 

¿Cuánta nació ese día?

¿Cuánta quedó en el camino?

***

Llegó el día de la primera ecografía. Diego y yo estábamos nerviosos pero ilusionados. Yo tenía mucha ansiedad por saber, y a la vez un temor que no podía explicar. Al rato de estar esperando nuestro turno llegó una pareja, la chica lloraba y su compañero la consolaba, visiblemente incómodo. Yo no entendía bien qué le pasaba, si estaba triste, si le dolía algo. El hombre se levantó a hablar con la secretaria para pedirle si los podían atender de una vez.

—¿No ves toda la gente que hay? —respondió de mala manera.

Por momentos la chica parecía calmarse hasta que rompía nuevamente en llanto. El hombre volvió a hablar con la secretaria, quien esta vez llamó por interno al médico, fastidiada. 

—No sé, llora… Está angustiada… —respondía a las preguntas del doctor con tono despectivo, fuerte. 

Finalmente, el médico los hizo pasar. Yo bufé para mis adentros, no soportaba la espera y esa chica me iba a hacer esperar aún más.

Cuando la pareja salió del consultorio la chica ya no lloraba. Tampoco sonreía.

Un rato después nos llamó a nosotros.

—El saco gestacional está, pero el embrión no —dijo el médico sin anestesia, hasta con fastidio. Yo no entendía a qué se refería— Hay que esperar y hacer otra en una semana, pero… Si no se ve hasta ahora… 

—¿Pero esto qué significa? —le pregunté, desconcertada.

—Que el embrión no se desarrolló. 

—¿Cómo que no se desarrolló? 

—Mirá, esto es normal, lo veo todos los días. 

¿Y a mí qué me importa? ¡Que no me pase a mí! ¿Sabés hace cuánto venimos buscando?, pensé. Con rabia. 

Cuando salimos del consultorio no llorábamos. Tampoco sonreíamos.

***

Diego y yo nos pusimos en pausa. Pusimos nuestra ilusión en pausa, nuestras emociones, nuestras preguntas. Pasada la semana sugerida, nos hicimos la ecografía en otro lugar, donde tuviéramos la chance de que nos recibiera alguien más amoroso. 

—¡Ahí está el embrión! Pero está muy chiquito y no se puede ver el latido —según el doctor de turno, esto explicaba por qué antes no se había visto—. Tiene menos semanas de las que suponíamos. Esperemos diez días más y estoy seguro de que vamos a tener buenas noticias. 

El médico me sonreía, confiado, pero yo ya sabía. Sabía que ese embrión tenía más semanas de las que aparentaba. Yo sabía cuándo había quedado embarazada, fue un día de agosto. Yo sabía que no iba a haber buenas noticias.

***

No llegamos a los diez días sugeridos. La tercera ecografía fue de urgencia porque había empezado con pérdidas. El informe describía un saco gestacional con bordes irregulares conteniendo un embrión todavía más pequeño que el de la ecografía anterior. El embrión se estaba disolviendo. 

El informe rezaba: Diagnóstico HMYR. Huevo Muerto y Retenido. 

La médica de guardia no soportó mi llanto y me mandó a dar vuelta la página. Con fastidio. 

***

Que me despida, me dijo una alumna de danza, la primera persona que conocí que había pasado por lo mismo. 

Los dolores me atormentaban desde hacía cuatro días, mi útero hacía contracciones infructuosas. Nunca había sentido algo parecido. Nunca había sentido tal dolor. Se me ocurrió que así, un poco más fuerte quizás, debían ser los dolores del parto. Pedí licencia en el trabajo y me quedé en mi casa esa semana, esperando el momento que no llegaba. 

Decidí hacer el ritual. Le prendí una vela para despedirme de él. Lo imaginé, lo personifiqué al fin. En masculino. 

Diego solo podía acompañarme en el dolor, estar al lado mío, agarrándome la mano, haciéndome masajes en la cintura, haciendo las compras, la comida, lavando los platos. Soportando mis aullidos en posición fetal, acostada boca arriba, en cuclillas. 

En un momento del cuarto día, el dolor se intensificó y decidí ir al baño. Me senté en el inodoro. No sabía si iba a vomitar, si iba a cagar o si me iba a desmayar. Finalmente lo sentí venir y bajé la cabeza para mirar. Asomó algo como si fuera un pedazo de hígado. Salía lentamente, con dificultad. Diego escuchaba mis gemidos desde afuera. Esperaba. Desde hacía cuatro días esperaba. Hasta que eliminé el bodoque entero. Los quejidos fueron mutando en exclamaciones de desahogo. El alivio fue inmediato, inmenso. Débilmente, jadeando, le avisé a Diego que ya estaba, que se había terminado. Me quedé un rato sentada con el torso hacia las rodillas y la cabeza gacha aquietando mi respiración. Al rato me levanté, lentamente, y me di vuelta hacia el inodoro. Me quedé mirando por unos segundos, quería escarbar, verlo, pero decidí no hacerlo. Sin piedad, apreté el botón. 

Dos años de búsqueda se fueron ante mis ojos, instantáneamente.

La ilusión permaneció aferrada a mí, herida, agazapada.

***

Podía poner el cuerpo una y otra vez, pero mi cabeza y mi corazón ya no disponían de fuerzas. Sentía el deseo en el cuerpo. Quería tenerlo en la panza, sentir sus patadas, cargarlo a upa, abrazarlo, amamantarlo. La ilusión que se renovaba con cada ovulación iba perdiendo las mismas fuerzas que perdían mis óvulos año tras año. No podía esperar más para ser madre. No podía soportar más la esperanza y el desengaño consecutivos, constantes. Era mayo de 2018. Me estaba desmoralizando. 

Diego entendió. Aceptó lo que me pasaba. Aceptó avanzar hacia una nueva etapa.

Para obtener refuerzos, empecé a hacer terapia.

***

Como quien te muestra un catálogo de cosméticos con las promociones del mes, la doctora me extendió una carpeta con los diferentes procedimientos de fertilización asistida. 

La de baja complejidad es la inseminación artificial, pero por tu edad no tendría sentido hacerla, pasaríamos directo a la fecundación in vitro. Si esto no funciona, tenemos la ovodonación, decía con su voz chillona. 

La ovodonación era mi límite. Como antes lo había sido la fertilización asistida.  

***

“Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia”.

La estampita pegada en la recepción del centro de fertilidad me parecía ofensiva. Yo no aceptaba nada. ¿Si no, para qué estábamos ahí?

Bebés recién nacidos, niños de uno, dos, tres años, mellizos y no. Cientos de fotos de bebés logrados en laboratorio empapelaban las paredes del consultorio como una promesa, un contrato sin firmar, una obligación de no fracasar. 

Un santuario intimidatorio. ¿Cómo irnos de acá sin dejar la nuestra? 

¿Alguna vez se preguntan qué sienten los que las vemos y nunca lo lograremos?

***

Luego de unos diez días de estimulación ovárica llegó la punción folicular para extraer los óvulos maduros. Nos habían recomendado no congelarlos ya que el procedimiento podía alterar su calidad. Mientras yo iba al quirófano, Diego tenía que ir al baño a extraer su muestra de esperma para que pudieran hacer la fecundación en el laboratorio ese mismo día. Cuando desperté de la anestesia supe que él no lo había logrado.

—Tu marido está muy angustiado —me dijo la doctora. 

Pero yo no lo vi, y no pude siquiera imaginarlo. Solo pensaba en que mis ya pobres óvulos deberían ser congelados para poder utilizarlos más adelante, una vez que obtuviéramos la muestra de semen.

Cuando llegamos a casa se lo reclamé. Poco tiempo después, Diego empezó terapia.

Todavía no me perdono haber sido tan ciega y tan insensible a lo que Diego estaba pasando. 

***

 “El cuerpo lo pone la mujer”, se dice con frecuencia, pero no se dice que el hombre también. Y sufre. 

Le recomendaron llevar preparada la muestra de esperma para ser congelada y utilizada cuando volvieran a punzar mis óvulos, una vez terminada la siguiente estimulación, pero le estaba costando. 

Yo lo ayudaba. Intentábamos una y otra vez, pero no funcionaba. Mis manos no eran suficientes. Tampoco mis besos ni mis caricias. Le relataba historias eróticas al oído, iban ingresando personajes, mujeres siempre, algunas participaban, otras sólo miraban. Hasta que él daba por terminado el intento del día. Entonces yo echaba a todo el mundo afuera hasta la próxima prueba, y quedábamos nuevamente solos él y yo.

Él y yo y nuestra desesperación.      

***

En la sala de espera del centro de fertilidad había parejas y algunas mujeres solas. De esas mujeres, una había perdido varios embarazos, uno de ellos a los ocho meses de gestación, y otras dos habían sido operadas varias veces de endometriosis. Algunas de ellas no tenían compañero. La que había perdido el embarazo de ocho meses contó que el que era su marido la había dejado por otra y había tenido hijos con ella. 

Yo estaba con Diego, había pasado por una miomectomía múltiple y había perdido un embarazo. Estaba dispuesta a arriesgarme a sufrir otro aborto natural, no estaba dispuesta a pasar por otra cirugía. 

Me recuerdo escuchándolas y preguntándome cómo podían soportar tanto. 

¿Dónde estaba nuestro límite?

***

En Argentina, según la ley 26.862, las arcas de las entidades de medicina prepaga, obras sociales y del sistema de salud público, deben soportar cuatro intentos anuales de reproducción asistida de baja complejidad y tres intentos de alta complejidad por vida, por mujer adulta. 

¿Cuántos intentos puede aguantar un cuerpo? ¿Cuántos soporta nuestra mente?  

¿Cuántos, un corazón? 

Concédete la sabiduría para darte cuenta. A tiempo.

***

De unos nueve óvulos aspirados, solo cinco eran potencialmente aptos, que además, congelados, iban a perder parte de la poca calidad que ya tenían. La médica nos recomendó esperar los tres meses que exige la ley para realizar otro tratamiento, y así contar con más óvulos a la hora de la fecundación. No quise escuchar. No podían pedirme que siguiera esperando.

—Tener unos óvulos más es mejor que tener cinco ovulitos de mierda congelados —insistió.

La médica no dijo “de mierda”. Lo hizo el diminutivo que ocupó. Y su tono.

***

De tres fecundados, la médica me transfirió al útero el único embrión que tenía una chance un poco más que inexistente de prosperar.

—Listo nena, embarazate —me dijo cuando terminó el procedimiento. 

Y me dio una palmadita en el hombro antes de dejar el quirófano.

***

Durante los días de la llamada “betaespera” (el período entre la transferencia de embriones y el análisis de sangre que mide la hormona beta-hCG para saber si el embrión se implantó) miraba videos en YouTube de mujeres que descargaban su ansiedad grabando sus procedimientos mientras otras la descargábamos mirándolos. 

Una española le había puesto las palabras justas a lo que yo venía sintiendo: “la progesterona es muy puñetera”. Te hincha, te hace doler el vientre y las tetas, te la introducís en la vagina y aunque tratás de retenerla con todas tus fuerzas se te termina cayendo casi entera en forma de chicle masticado. En los comentarios, muchas decían que, al igual que yo, tenían todos los síntomas de un embarazo, y cómo negarlo, si nuestros pechos explotaban las remeras y nuestros vientres parecía que iban a reventar. 

El día en que tendríamos el resultado de la beta-hCG nos encontramos con Diego en la Plaza Congreso a la hora del almuerzo. Juntos llamamos a la médica.

—Llamame en 15 que te averiguo en el laboratorio.

Pasados los 15, supe el resultado en cuanto escuché su voz.

***

—Hacé todo, Lau, que al final vale la pena —me decían mujeres que lo habían logrado a fuerza de ¿cuánto? sufrimiento. 

¿Qué final? ¿Cuánta pena?

***

En noviembre de 2018, emprendimos un segundo tratamiento. Diariamente, Diego preparaba las jeringas con las hormonas y yo me las inyectaba en la panza, que iba llenándose de colores morados que con los días mutaban a amarillo, como un paisaje otoñal. 

Lo soportaba. Ya no pensaba en los posibles resultados sino en que esa sería la última vez que lo haría. 

Lo decía en voz alta, a medida que la aguja entraba. 

Esta es la última vez que lo hago.

***

Había llorado toda la tarde, sin motivo aparente. En dos días tendría que sacarme sangre para saber si alguno de los embriones apenas aptos había prendido. No quería volver a pasar por eso nunca más.      

Esa noche me vino. 

***

En ayunas, sin anestesia, sin textos que adviertan que la publicación puede contener imágenes sensibles, el Facebook muestra fotos de mujeres comparando el tamaño de su bebé en gestación con el de una fruta. 

Las felices y exitosas que comparten sus ecografías obstétricas pasados los tres meses del período de prueba. 

Las que lo cuentan sin ser explícitas y nos mandan a adivinar. 

Las que anuncian que hay corazoncitos latiendo viajando por el universo como un meteorito directo a mi corazón lleno de impactos. 

Las que no les cuesta nada, o sí, pero no te lo cuentan. 

La que habría sido, si hubiera vuelto a quedar embarazada.  

***

Tímidamente, el fantasma de la ovodonación golpeó a mi puerta. Esta vez no abrí.

***

Tiempo después, una nueva ecografía transvaginal mostraba, otra vez, mi útero lleno de miomas, uno acercándose ya a tamaño quirúrgico. Yo quería tener hijos y lo único que sacaban de mi útero eran fibromas. 

—Si tienen que volver a operarme por esto mejor que me saquen el útero de una vez. —le dije a mi ginecóloga, enojada. 

—Y sí, Lau… —me respondió, seriamente.

Me la quedé mirando. ¿Qué me dice esta hija de puta? 

***

Mi mirada estaba apagada desde hacía un tiempo, unos dos años quizás. Un día cualquiera con la vista perdida en la ventana de un bar, me di cuenta de que nunca me repuse de aquella pérdida, y empecé a pensar en los costos de la lucha por quedar embarazada. Amigas con las que ya no podía relacionarme porque estaban hartas de escucharme o porque yo no podía soportar sus maternidades; amigas que me decían que con mi actitud no estaba propiciando un hogar a donde quisiera arribar un hijo; amigas que pensaban que quizás en el fondo yo no lo deseaba, o que el que no lo deseaba era Diego. Personas que irrumpían mi calma momentánea preguntándome sobre lo que ya no tenía deseos de hablar.

Aprendí una sexualidad calculada y sometida a la procreación: un esperma contenido por no más de tres días antes de la ovulación era más efectivo, y una postura boca arriba con las piernas levantadas era más conveniente para que los espermatozoides entraran mejor. Diego ya no osaba proponerme un sexo espontáneo, y no porque no lo deseara.

Ya no recordaba cómo éramos nosotros dos antes de este proyecto. Solo podía ver que ahora éramos una pareja atravesada por la frustración y la tristeza recurrente. Una vida entera girando en torno a ginecólogos, a especialistas en fertilidad, a estudios y procedimientos médicos, a un embarazo que se resistía a llegar, a la sombra de un hijo que no existía. Las fechas de futuros viajes, los destinos más o menos peligrosos para visitar, los riesgos de enfermarme, de resfriarme siquiera, las precauciones extremas. Todo, mi existencia entera, estaba meticulosamente calculada, agendada y sometida a la posibilidad de que estuviera embarazada. 

Yo solo quería llevar una vida normal y me la pasaba entre estudios y médicos. Ya ni con mi psicóloga quería hablar. 

¿Cuánto más estaba dispuesta a perder? ¿Qué quedaría al final del camino? 

Diego y yo éramos la prioridad, lo teníamos claro. Nosotros éramos la familia, una familia de dos, nuestra. No nos dejábamos llevar por las convencionalidades de la familia tipo con hijos. No nos hacía falta nada.  

Si en algún momento llegábamos a lograrlo, ¿qué podría resultar de algo que había requerido tanto sufrimiento? 

Ningún hijo no existente valía semejante amargura.

A fines de 2018, Diego y yo decidimos abandonar el proyecto. A principios de 2019 abandonamos nuestras terapias. Poco tiempo después cerré mi cuenta de Facebook.

***

¿Algún día se terminará este deseo que me queda en el cuerpo? ¿Cuándo?

***

La lluvia atravesando mi cuerpo y el olor a tierra húmeda me despiertan.

Como un árbol que reverdece, comienzo a rehacerme lentamente. 

Me observo asombrada. Me recorro con mis brazos-ramas, que emergen ondulantes y firmes.

Mi cabellera se extiende en una copa frondosa que me envuelve y se eleva al cielo. 

Descubro el espacio, me desperezo.

Mis piernas me levantan, fuertes. Doy mis primeros pasos, cautelosos. Mis pies suenan como un bombo grave contra la tierra. 

Siento el canto de pájaros entonando nuevas melodías. Comienzo a bailar.

Giro y giro con mis brazos-ramas extendidos, hago volar a las hojas que caen de mi cabeza.

Celebro mi cuerpo, fiel, compañero. Celebro mi vida.

¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a ser si no soy madre?

Es julio de 2019. Despido mis 41 años. Bailando.

*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA.

4 comentarios en “Lo que no nació… ¿Retoñará?”

  1. Que relato tan hermoso, poético, auténtico y realista. Gracias por poner sobre la mesa una experiencia tan profunda y transformadora como la vida misma. Me hacía falta leer algo así, la cara invisible de una búsqueda que para muchas parece solo un cuento de hadas.

  2. Pase por 7 pérdidas, dos de ellas de las de 13 semanas. Un ectopico, 5 legrados, un aborto natural en casa. ( sin querer decir que lo que has pasado sea poco !!! ) Me costó 10 años decir BASTA. 10 años intentándolo. Lo digo y parece una eternidad.
    Lo que mi cuerpo pasó no tiene comparación con lo Que miMente sufrió. Mucha gente quedó en el camino.
    Pero fue para bien. Lo que una aprende y crece es inmenso… sé que soy mejor persona por todo lo vivido.
    Gracias por compartir y hacernos sentir acompañadas .

  3. Es difícil poner en palabras la falta de empatía que se siente en ámbitos médicos. Para ellos (algunos, no todos) es un día mas en el trabajo. Para una su vida entera.
    Gracias por compartir algo tan tuyo.

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