No fue un libro buscado.
Dicen que a veces, cuando se es escritor, una idea irrumpe con tal fuerza que desplaza –o más bien, arrasa con– todo lo demás. La historia toma el control, los personajes se imponen y ya no queda alternativa. Hay que dejarse poseer, ser poseído.
Algo de eso ocurrió con Luna Miguel (35) e Incensurable, su nueva obra, que acaba de llegar a Chile. “Es un libro que fue tomando forma él solito y que literalmente me encerró. Dejé todo lo que estaba haciendo: tiré una novela que estaba escribiendo a la basura, dejé de escribir poesía durante mucho tiempo, dejé también las investigaciones sobre otros temas que tenía entre manos y me senté con esto porque me vino la idea”, comenta.
Mientras investigaba sobre Vladimir Nabokov, Lolita y sus posibles lecturas en el presente y el futuro, la escritora se imaginó a una filósofa (Lectrice Santos) en una conferencia sobre el placer y la censura. “Se me vino una ficción en la que Lolita está censurada y pensé: ‘No puedo hacer otra cosa más que escribir”, recuerda Luna Miguel, reconocida como una de las voces más destacadas de la literatura española contemporánea.
Desde ese momento, lo que empezó como una exploración ensayística de esa conferencia imaginada, se desplazó hacia la ficción, o más bien hacia un territorio híbrido, donde ambas formas conviven y se tensionan. Es que en el libro creado por Luna Miguel –considerado uno de los diez mejores de narrativa en español de 2025 por El Cultural– es prácticamente imposible leer Lolita y casi nadie ha oído hablar de Nabokov. Peor: la propia Lectrice termina siendo expulsada de la conferencia a la que la invitaron y termina conversando frenéticamente hasta altas horas de la madrugada con un pequeño grupo de estudiantes fieles a su soliloquio.
La propia narradora tenía claro que esa situación podría ocurrir: “El relato de esta censura podría perturbar a alguien ahí fuera, y tal vez poner a las inscritas a este curso en un aprieto. No se rían, no bromeo. Hoy les voy a contar una historia que pocas se atreverían a susurrar. Algunas de ustedes querrán marcharse: ahí tienen la puerta”, dice en su conferencia.
No solo Lectrice puso la voz, el cuerpo y la palabra. También Luna Miguel lo hizo.
—Dices que se te cruzó una voz y, a su vez, los géneros. ¿Qué dirías que gatilló este libro?
—Evidentemente el haber representado en un teatro El Coloquio de las Quiltras con Lina Meruane me hizo decirme a mí misma que el ensayismo también podía ser oral, es decir, que el ensayo, que el pensamiento, que la filosofía también podía ser performática.
Además, comenta, junto a su editor Raúl Ascencio, hablaban de obras que mezclan ficción y ensayo, y Luna le dijo que ya era tiempo del “ensayismo mágico”: “Fue a partir de ahí que también me decidí a que Incensurable tenía que ser, sí o sí, una ficción”.
—Con lo que comentas pienso en cómo antiguamente se llegaba al conocimiento poniéndose en un escenario y haciendo un ejercicio de preguntarse constantemente. Como Sócrates…
—Primero el cuerpo y luego la palabra, eso me gusta. Siempre hablamos en política y en activismo de poner el cuerpo, pues ¿qué significa poner el cuerpo también en la escritura? En este caso, haber puesto el cuerpo con Lina, haber puesto el cuerpo también en una performance que hice que se llamaba La muerte de la lectora, donde estuve 48 horas seguidas leyendo, el hecho de haberme cansado, de haber sudado, de haber pensado en la lectura en ese espacio, era como el paso previo a la escritura, y eso me gusta.
—Además, tanto la lectura como la escritura son muy corporales. Casi siempre se tiene esa visión de que quienes leemos o escribimos estamos tranquilos en un rincón, pero en realidad todo pasa por nuestro cuerpo, todo se procesa…
—Sí, y en la escritura también. Hay un libro que me resultó muy gracioso aquí en España, Aprende a escribir, de Álvaro Colomer. Son entrevistas a escritores sobre sus métodos de escritura, y casi todos son una cosa muy mental y muy limpia, en la que parece que el cuerpo no participa nunca y a él le hacía gracia porque yo fui la única que le dije algo corporal y le hablé de la importancia de ir a escribir masturbada, es decir, haberte masturbado antes de ir a escribir. Evidentemente, era una exageración, yo no lo hago todos los días, pero me resultó interesante porque el periodista me decía que, normalmente, cuando un escritor se pone a hablar de su proceso de escritura, se le olvida lo importante que es el cuerpo, lo que pasa dentro, y también los torbellinos corporales que nos pueden ayudar también a aligerar las ideas de alguna manera.
—Hace poco, en Chile, Camila Sosa Villada dijo que todos sus libros los escribía desnuda y bajo el efecto de alguna sustancia.
–Dicen que Balzac también bebía café y se masturbaba antes de sentarse a escribir, por lo tanto, hay que copiar a Balzac y a Camila Sosa Villada.
“Perfectamente limpias”
—En el libro, Lectrice habla de censura y acaba siendo censurada. ¿Nos hemos vuelto más conservadores como sociedad y, de cierta forma, esto está inmiscuyéndose en la literatura?
—Sí. Creo que, incluso, va de la mano. Yo creo que en el arte también somos más conservadores, no a nivel temático, pero sí a nivel estético y lingüístico. Aquí en España, a nivel del lenguaje, podríamos decir que la mayoría de las novelas que se publican al año son perfectamente limpias, comprensibles, no hay una búsqueda de la fealdad, incluso en la escritura, hay como una especie de “la comprensión por encima de todo, cuanta más gente pueda entender esta frase, mejor”. Hemos dado tanto porque todo sea absolutamente transparente, que hemos quitado cualquier capa de dificultad, cuando sabemos que el arte, muchas veces si nos emociona, es porque hemos sido capaces de encontrar esa capa de sentido no tan evidente. Hay gente haciendo cosas muy espectaculares desde los márgenes, pero sí que me da la sensación de que el conservadurismo de nuestras sociedades se cuela en nuestras escrituras.
—¿Podríamos decir que hay una censura previa, cuando antes pensábamos en censuras posteriores a la publicación?
—Eso es. Hay una autocensura también y una pre-censura, es decir, prefiero escribir limpio, prefiero escribir para ser comprendida, prefiero escribir ahorrando frases confusas para que nadie me las saque de contexto, que escribir algo mínimamente complicado, mínimamente juguetón, mínimamente cancelable, porque entonces tengo miedo a ser cancelado. Entonces yo creo que nos hemos hecho muchas veces flaco favor a nosotras mismas, borrando palabras complejas, borrando escenas ambiguas y borrando también nuevas capas de sentido para eso, para dar una imagen limpia de nuestro propio pensamiento, y eso es muy triste porque lo que estamos haciendo es como rebajarnos a algo que no sabemos realmente qué es.
—¿Qué pasa con los lectores en ese contexto?
—Yo confío mucho más en el lector, y en el lector amplio, confío mucho más en que el lector amplio puede llegar a tener un gusto y una capacidad también de entender cosas complejas, y cosas raras, y cosas feas y cosas sangrientas de la literatura. Por eso me gustan autoras como Camila Sosa Villada, que apuesta por una escritura desnuda y que apuesta por ser ella misma, en vez de tener que cumplir con las exigencias de cualquier cosa. Precisamente, una Camila Sosa Villada que es tan conocida, que es tan célebre su escritura, podría caer en la cosa, en las ruedas de escribir otra vez lo mismo y otra vez lo mismo y depurarse a sí misma, y depurar su lenguaje, y ser cada vez más accesible y más accesible y más comprensible y, al contrario, sigue manteniendo su esencia.
Luna Miguel destaca que no solo los escritores se han autocensurado, sino también toda la industria, incluyendo los editores. “Todos, todos, todos, pero si nos lanzamos al riesgo y al juego, ahí es donde empiezan a pasar cosas interesantes y ahí es donde nacen voces disidentes, y ahí es donde vemos la diferencia, y ahí es donde podemos celebrar la diferencia también. Si homogeneizamos, todo va a ser igual, incluso nosotros mismos vamos a ser iguales y creo que estamos cada vez más abiertos, o deberíamos estar cada vez más abiertos, a la diferencia”.
—¿Es posible saltarnos la pre censura y reflexionar, justamente, sobre lo que estás planteando?
—Hay muchos tipos de pre censura que tienen que ver con cuestiones muy íntimas, por ejemplo, ¿cuántas escritoras escritoras han dejado de presentarse a un premio para que su pareja, escritor, no se sienta menos, para que primero lo gane él? Eso es una censura íntima. ¿Cuántas veces –y esto yo misma lo he hecho– no hemos anunciado traducciones de nuestros libros o publicaciones en el extranjero, o entrevistas chulas que hemos hecho, para que nuestra pareja no se enfade o no se crea menos escritor que nosotras? ¿Cuántas veces hemos ocultado o no hemos dado la entrevista en ese sitio determinado, en esa revista o en ese canal de televisión, porque no queremos que, como tiene tanta visibilidad, los padres del colegio al que van nuestros hijos escuchen nuestras chorradas y nuestras historias sobre masturbarse antes de escribir?
—Una censura que viene desde un lugar más personal…
—Es decir, hay mucha censura íntima que tiene que ver con una vergüenza de cómo te va a ver la sociedad, no como escritora, sino como madre o escritor, como individuo. Siempre hablamos de esta cosa de “hay que separar el artista de la obra” y, en verdad, separar el artista de la obra es nefasto, porque cuando nosotras mismas nos separamos de nuestra obra, descubrimos que somos pulgas, que no somos nada, al contrario, no podemos hacer nada. Yo creo que hay que tomar las armas, en ese sentido, y no me gusta mucho la palabra “valentía”, porque creo que muchas veces se machaca demasiado, pero quizás sí hay que sentirse una misma valiente y empezar a borrar esos pequeños dolores de cabeza que nos llevan a no hacer lo que en verdad queremos hacer como autoras y a no decir lo que en verdad queremos decir.
—Una vez que una obra sale publicada: ¿Puede haber algo bueno en la censura? En La palabra mágica, por ejemplo, Isabel Allende dijo que sintió casi como un homenaje que algunas partes de Estados Unidos censuraran su libro.
—No sé si es bueno o malo, pero la censura también puede provocar ese orgullo de haber tocado una tecla que es importante para la sociedad en que nos ha tocado vivir. La censura, de por sí, no creo que sea buena en ningún caso. Lo que sí demuestra es que esos libros están tocando una tecla importante para lo que viene y ahí es donde debemos empezar a trabajar. Es decir, si en Argentina se prohíbe que en las escuelas se tenga acceso a libros en los que aparecen escenas de violencia sexual o se habla de violencia sexual, aquí hay un tema que va a ser importantísimo: no estamos dejando que haya educación sexual, en general, en el país. Si en España se intenta censurar una obra en la que el tema de fondo es algo que tenga que ver con la monarquía, pues eso a lo mejor demuestra que hay un tema de conversación pendiente. Entonces, más que algo bueno, creo que es algo que toca una fibra sensible y esa fibra sensible es en la que seguramente vamos a tener que centrarnos en los próximos años. Creo que cuando se intenta censurar libros es porque tocan una tecla de algo que no hemos resuelto como sociedad.
“Siempre descubro algo nuevo”
Al igual que en el ejercicio de escribir, también leer puede poseernos. Algunos libros cambian con nosotros, envejecen a nuestro lado y revelan nuevas capas cada vez que volvemos a ellos. Lolita es uno de esos libros para Luna Miguel: desde hace más de veinte años vuelve a él cada diciembre. También vuelve a menudo a Pura pasión, de Annie Ernaux, o a los diarios de Alejandra Pizarnik.
–¿Qué ha pasado contigo o qué ha cambiado desde la primera vez que leíste esa obra en particular? ¿Por qué volver a los textos que sí nos llamaron la atención en alguna oportunidad o que se nos hizo imposible de leer en alguna oportunidad?
—Supongo que tiene que ver con querer seguir descubriendo. Hay algunas cosas ahí que me hacen pensar en mi adolescencia y en cómo los leí cuando era más joven y que me llevan a un lugar confortable, me recuerdan por qué quiero ser escritora. Esa adolescencia me regresa a la cabeza. Por otro lado, también me gusta esa sensación que me da la relectura de mis clásicos preferidos. Me gusta la sensación de que siempre descubro algo nuevo, nunca termino un libro.
Y lo ejemplifica: “Hace poco yo estaba en Alicante dando una charla sobre los otros personajes femeninos en Lolita, todas las mujeres que aparecen alrededor de Humbert y de Lolita y que no son Lolita, para ver también cómo las trata. Yo nunca había leído el libro solo enfocándome en analizar el personaje de Charlotte, por ejemplo. Y claro, es una mujer que tiene mi edad, de hecho, es ligeramente más joven que yo ahora mismo, y ahora es el espejo que yo tengo también delante, una mujer que vive sola con su hijo, etc. y yo pensaba: ‘Si no es porque tenía que dar esta charla, nunca jamás me habría fijado en cada detalle, en cómo bebe, cómo se ríe, por qué está enamorada de Humbert. Lo estoy releyendo por no sé qué número de vez y siento que hay algo que desconozco todavía’. Es como una relación amorosa: volver siempre a algunos de tus libros favoritos”.
—Me recuerda un estudio que muestra que cuando volvemos a una serie que ya conocemos, ya no estamos en estado de alerta, lo que nos permite observarla de otra manera.
—Sí, es interesante. Precisamente con las series lo llaman como las series confort esto de volver una y otra vez a Friends, ¿cuántas veces habré visto Friends? ¿cuántas veces habré visto ciertos capítulos de One Piece? Pues, ¿por qué no tener, en cierto sentido, nuestros libros confort?
—Antes hablabas de la censura desde una posición de escritora, aunque no solo los escritores se pre-censuran. También los lectores lo hacen, por ejemplo, eligiendo no leer una obra por estereotipos. Lectrice habla mucho de eso en tu libro, al decir, por ejemplo, “las lectoras existimos y, con nosotras, nuestra moral y nuestros juicios”. ¿Qué pasa con eso?
—Hace poco me invitaron a dar una charla con influencers literarias, es decir y, al final, no la di. Por un lado me quedé tranquila porque pensé “les voy a caer muy mal por lo que voy a decir ahora mismo”, pero por otro lado pensé “qué pena, porque me hubiese gustado hablar con ellas de qué estamos haciendo con lo que mostramos”… Es decir, por qué mostramos el libro que favorece el algoritmo, en vez del libro que nos gustaría leer, por qué todas las portadas que ponemos son bonitas, por qué no sale ninguna fea, por qué no hay clásicos escritos por hombres entre los miles de libros o decenas de libros que subimos al día y sí hay muchos libros escritos por mujeres que a lo mejor ni hemos leído, simplemente los hemos mostrado porque es lo que queda.

—Las apariencias…
—¡Sí! Se ha hablado mucho del hombre performativo, pero nosotras también somos muy performativas en lo que mostramos, las escritoras, las lectoras, todas, porque queremos quedar bien. Al fin y al cabo, queremos que parezca bonito lo que estamos leyendo, queremos que la lectura se vea como algo hermoso y no lo es, también es muy desagradable, muy duro, muy difícil, muy caro. Hay que limpiar el polvo de los libros, hay que leer muchas cosas que no nos gustan para descubrir las que nos gustan. Entonces, estamos en un momento en todo tiene que gustarnos porque sí, parece que todo lo que leamos, todo es obligatorio que nos guste y, una de las cosas que me apetecía mostrar con Incensurable es que ese camino no siempre es de “esto hermoso, esto me gusta”, para aprender hay que aprender también lo que nos desagrada.
—En uno de sus libros, Juan Villoro defiende el derecho a leer libros malos. Dice que es esencial para aprender a distinguir la calidad de las obras…
—Y no tienen por qué ser malos tampoco, simplemente pueden ser difíciles. Es decir, Madame Bovary es muy difícil de leer, pero, a lo mejor, cuando uno la lea descubrirá muchísimas cosas sobre la escritura de mujeres que siguió después de la publicación de ese libro. A lo mejor leer a Safo. No es tan fácil como parece, por mucho que parezca que sean versos pequeños, he llegado a ver reseñas de Goodreads de una estrella a Safo porque “no se entiende” y es como… Bueno ok, no se entiende, y quizás no está ni siquiera completo el pobrecito poema, no nos ha llegado completo.
“Me da la sensación de que tenemos mucho miedo por las apariencias, mucho miedo de no hacer cosas bonitas, de que no sean bonitos nuestros actos, ni siquiera para nosotros mismos, sino para los demás y mucho miedo de perder el tiempo, es decir, si un libro no me gusta, esto perdiendo el tiempo… si un libro es difícil, estoy perdiendo el tiempo y no, para nada, lo mismo con una película, lo mismo con una exposición de arte”, agrega.
—Con relación a eso, ¿qué dirías que perdemos entonces al no leer o no consumir esas cosas que nos incomodan o nos perturban o se nos hacen difíciles, como Safo?
—Creo que muchas veces perdemos la capacidad de saber por qué algo no nos gusta verdaderamente. Es decir, podemos perder incluso la posibilidad de modular nuestro gusto, de variar nuestro gusto, de descubrir cosas nuevas. Si solo comemos chocolate el resto de nuestra vida, nos perderemos una amplia gama de sabores. Con el mundo de los sabores lo podemos ver mejor, de niños como que tenemos muy claro que hay tres o cuatro cosas que no nos gustan y que nunca nos van a gustar, y poco a poco nuestro paladar se va acostumbrando a otras cosas, pero primero hay que probarla y yo creo que así es en la lectura también: si no probamos nada, si solo vamos a lo que ya sabemos que una vez nos gustó, también yo creo que muchas veces tenemos miedo a que algo que amamos mucho nos deje de gustar y por eso no vemos otro animé, por eso no escuchamos otros grupo de música, porque tememos perder el placer de lo ya conocido. Quizás hay que ser un poco poliamoroso en el gusto, no pasa nada, no se va a enfadar con nosotros ni el chocolate, ni Nabokov, ni Metallica, si escuchamos, leemos o probamos otra cosa.
—En un momento de tu libro, la narradora dice: “No busques la moral, sino la belleza”. Más allá de Lolita, ¿en qué otras obras dirías que no deberíamos buscar la moral?
—Supongo que todo libro que retrate el erotismo, la literatura erótica escrita por mujeres o el sexo en la literatura en general. Muchas veces la gente se siente insultada por quien escribe erotismo o por quien escribe escenas sexuales y pensamos que no está bien que haya sexo en la literatura. Los grandes retos a los que me he enfrentado cuando se me ha criticado en exceso, ha viralizado alguna frase mía descontextualizada, siempre tiene que ver con el sexo, tiene que ver con sinónimos de la palabra polla, o siempre tiene que ver con pequeñas escenas que tengan en el trasfondo una cuestión que trabaje, qué sé yo, el poliamor o las relaciones abiertas. Me da la sensación que tiene que ver con un miedo al disfrute ajeno bestial y con una visión del sexo todavía súper moralizante. No somos capaces de leer el sexo sin sentir pudor. Y no entiendo por qué, o sí que entiendo, pero me gustaría que no fuera así, y es una de mis grandes obsesiones: ¿Qué pasa con el sexo cuando está escrito?, ¿por qué lo odiamos tanto?, ¿por qué nos da tanta risa?, ¿por qué decimos que eso no es literatura?
—Finalmente, entendiendo que empezamos la conversación con la idea de que primero debe venir el cuerpo y luego la palabra: ¿Dónde están hoy tu cuerpo y tu palabra? ¿En qué proyectos estás?
—(Se ríe). ¡Uau! Pues no tengo ni idea, no sé qué estoy haciendo, estoy escribiendo mucha poesía. Estoy muy metida en el mundo nabokoviano, desde finales del año pasado y principios de 2026 he leído mucha poesía. Estoy muy metida con la poesía rusa, muchísima Marina Tsvetáieva, también su teatro, también su narrativa, muchísima Anna Ajmátova, mucho Mayakovsky… He estado muy metida con la poesía rusa y eso me ha llevado a mí misma a volver a escribir poesía. Estoy escribiendo poesía y mi cuerpo necesita volver a escribir ensayo, pero todavía no está preparado. Estamos hablando de Incensurable, es un libro que terminé en enero del año pasado, entonces para mí ha pasado ya mucho tiempo, pero sigue en mí. Todavía tengo el cuerpo un poco en Lectrice, pero quiero salir de ella porque necesito cosas nuevas.
FOTOGRAFÍA DE PORTADA POR LAURA ROSAL.





