Antofagasta está en Marte

Antofagasta no solo es importante por los grandes proyectos mineros que existen, o por los cielos más oscuros que albergan los telescopios más importantes del mundo. No. Antofagasta también es importante porque su desierto guarda la memoria del Universo.

Muy cerca de allí existe un lugar que fue descrito hace dos décadas como el límite seco de la vida: es tan árido que apenas pueden crecer organismos. En específico, la zona de Yungay, ubicada a la altura del observatorio Paranal en pleno desierto de Atacama, ha sido estudiada por largo tiempo como un lugar análogo a Marte. Tanto el paisaje, las formaciones rocosas y la química del suelo lo hacen ser el lugar más parecido a Marte en la Tierra. El paisaje es vasto, la mirada se pierde en el horizonte o choca con la Cordillera de Domeyko o la de Los Andes, sus superficies lisas se han adornado de grandes rocas, vestigios de antiguas erupciones volcánicas. El desierto de Atacama ha sido un lugar que ha llamado la atención científica desde hace siglos, además de su evidente sequedad, existen los depósitos  más grandes del mundo de nitrato de sodio (salitre), cuya explotación fue la fuente económica de Chile de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En estas superficies de rocas, sedimentos y arcillas, es posible encontrar también compuestos de perclorato, los cuales son oxidantes, siendo otro factor limitante de la vida en estos ambientes.

Estos trabajos han sido mayormente realizados en el área por investigadores extranjeros de instituciones como la NASA. Algunos de ellos han sido colaboraciones con investigadores locales con la finalidad de probar distintos instrumentos (cámaras, motores, sensores, etc.) y los vehículos no tripulados (rovers) antes de que sean enviados en misiones a Marte. Los estudios iniciales sobre la presencia de vida microscópica en la zona hiperárida el desierto de Atacama datan de la década de los 60, donde investigadores del Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA cultivaron bacterias desde muestras de suelos. Lo que parecía inerte, en realidad no lo era. La vida microbiana presente en el desierto de Atacama ha sido investigada en las últimas dos décadas demostrando una baja concentración y una diversidad altamente adaptada a las condiciones extremas, ejemplo de ello es el fenómeno del desierto florido que ocurre más hacia el sur. Cuando raramente llueve, estas bacterias que se encuentran en formas de esporas se activan, creciendo y promoviendo los ciclos biogeoquímicos del suelo, es decir, transformando los elementos químicos para dejarlos disponibles para las semillas de plantas que germinarán y llenarán con flores estas vastedades.

Esta zona tiene mucha historia, Yungay era una estación de trenes que conectaba las oficinas salitreras del cantón de Aguas Blancas con Antofagasta. Vestigio de esa época son los restos de basura (botellas, latas, maderas, zapatos quemados por el sol), el cementerio y otras señales de bullente vida pasada. En el desierto los cuerpos, los objetos y las huellas se quedan suspendidas en el tiempo. Es tanta la radiación y la sequedad que casi no hay procesos fermentativos que degraden la materia orgánica y lo inorgánico queda tal cual fue dejado. La foto del pasado se pone más amarilla con el paso del tiempo, pero siempre está ahí.

El suelo de esta parte del desierto es arcilloso y tiene altas concentraciones de sal como la sal de mesa (cloruro de sodio), además de yeso, nitratos y otros compuestos. Esta mezcla reacciona de forma particular ante la humedad y el agua, generando estructuras evaporíticas muy peculiares. En esa zona el sol es implacable durante el día: si no se usa gafas de sol, bloqueador solar y gorro, es posible que en algunos minutos una persona sufra de insolación, quemaduras en la piel y desmayo, además de deshidratación. En la noche, el frío cala los huesos llegando las temperaturas hasta -10° C en invierno. En las partes altas del desierto (Altiplano), las temperaturas más bajas pueden llegar a -30° C. Estos bruscos cambios de temperatura, junto con la geología del lugar, el viento, la alta radiación solar y la camanchaca (neblina costera) tienen efectos en el relieve y la superficie del suelo. Se forman las “flores del desierto”, que son estructuras evaporíticas de halitas (la sal que se evapora) donde internamente se pueden encontrar cianobacterias que hacen fotosíntesis. Es decir, hay vida dentro de las rocas de sal.

Los ambientes extremos de la Tierra son claves para entender cómo la vida se desarrolla, se establece y adapta a las condiciones más hostiles posibles. Esto es fundamental para entender los límites de la vida en nuestro planeta y trazar los lineamientos para responder una de las preguntas más fascinantes de la humanidad: ¿Existe vida en otros planetas o cuerpos celestes?

La única forma de descubrir vida en otros lugares del Universo es entendiendo qué es la vida o manejando una definición operacional de ella. Generalmente se entiende que la vida es la organización de elementos que forman la célula. Existe una amplia discusión sobre el origen de la vida y en qué momento “algo” puede ser descrito como vivo o no, lo que sí es claro es que la molécula de ADN presente en el núcleo de la célula eucarionte (animales, plantas, protistas) o en el citoplasma de la célula procarionte (bacteria, arqueas) es necesaria para la mantención y reproducción de las especies. En esta molécula se encuentra la información para la mantención de la misma especie y su variabilidad determina su evolución y adaptación en el tiempo. Existen múltiples caminos y preguntas, mientras más conocemos la Tierra, su diversidad, dinámicas y excepcionalidades, mejor entendemos cómo podría ser la vida fuera de nuestro planeta.

Es por ello que la Astrobiología surge como un área donde es necesario que confluyan la Astronomía, Química, Biología, Antropología, Filosofía y otras disciplinas. La vida debe ser pensada desde varios ángulos. Un astrónomo daría las bases para especificar qué parte del Universo observar, un químico podría describir las señales espectrales de los elementos que se pueden obtener desde las atmósferas de exoplanetas, los biólogos pueden aportar con el conocimiento de cómo la vida florece hasta en las condiciones más extremas en la Tierra, los antropólogos se pondrían a pensar y entender cómo nos enfrentamos a la búsqueda de vida en el Universo siendo humanos, el filósofo podría aportar con miradas amplias sobre qué es la vida y cómo ha sido pensada en distintas civilizaciones.

Además, es necesario democratizar el conocimiento, incluir el ancestral y los múltiples saberes de la humanidad, lo cual, sin duda, ayudará a abrir nuevas preguntas y encontrar nuevas respuestas.

Un astrónomo -por sí solo- con su telescopio no podrá descubrir vida, pero sí podrá aproximarse a entender la composición de las atmósferas de exoplanetas o las claves de la formación del Universo. Un microbiólogo podrá reconocer microorganismos que son capaces de vivir a altas o bajas temperaturas, convirtiéndolos en modelos de estudio para cuando el ser humano pueda acceder a lugares como estos en el Universo.

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Desde las misiones Viking (1975) se ha mostrado el suelo de Marte como carente de vida, seco y con escasa materia orgánica, además de la presencia de compuestos oxidantes que harían aún más difícil el establecimiento de seres vivos como los conocemos en la Tierra. Hacia finales de los 90 se enviaron  distintos rovers a Marte con la finalidad de estudiar la geología del planeta, la posible presencia de agua y de vida pasada.

Actualmente están en funcionamiento los rovers Curiosity (2012) y Perseverance (2021). Este último es el más avanzado y busca indicios de vida microbiana además de tomar muestras de suelos para poder enviarlas a la Tierra. Ese momento será épico. Quizás en unas décadas más podamos tener alta certeza de la existencia actual o pasada de vida microbiana en Marte.

El rover Curiosity ha podido determinar la presencia de moléculas orgánicas en los suelos de Marte. Durante este mes, el Curiosity estuvo transitando por un cráter el cual tiene estructuras superficiales similares a las escamas de los peces o polígonos de desecación, que se forman por evaporación de agua. Los científicos a cargo de estas observaciones bautizaron a este cráter como “Antofagasta” por la similitud del paisaje con esta zona marciana.

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Existen distintos textos, películas y series que muestran que Marte es el próximo destino del ser humano. Sin embargo, en la Tierra, en nuestro amado planeta, están las piezas fundamentales para poder entender las señales e información que se recibirá en el futuro. Por tanto, si no se protegen los ecosistemas extremos se está también perdiendo el diccionario de la vida que la Tierra ha creado por miles de millones de años.

Hace dos décadas pude compartir con estudiantes del Liceo B-13 de Antofagasta que junto con su entusiasta profesor Iván Castillo, hicieron el proyecto científico escolar “Yungay, Marte en la Tierra”, pudiendo cultivar bacterias desde esa zona. Los escolares trabajaron cerca de un año en un laboratorio de la Universidad de Antofagasta y en su Liceo cultivando bacterias del suelo, pudiendo identificarlas genéticamente. Con estos resultados pudieron participar en ferias científicas y prepararse como jóvenes científicos. Es muy importante acercar directamente la ciencia a los niños y jóvenes ya que es una forma de aprender desde la naturaleza, profundizando en distintas áreas.

Ahora, es posible que el cráter “Antofagasta” en Marte ayude a ampliar la mirada sobre la búsqueda de vida. Por tanto, es crucial preservar esta zona como patrimonio astrobiológico de la humanidad.

Si se encuentra vida en Marte, ya sea por rovers o por los grandes telescopios del norte de Chile, esta posiblemente será microbiana y se parecerá a la del desierto de Atacama. Chile posee todas las herramientas para afirmar que tenemos un mismo origen con el Universo y que la vida viaja por las estrellas.

FOTOGRAFÍAS DE CRISTINA DORADOR

3 comentarios en “Antofagasta está en Marte”

  1. Victor Orellana

    Es un orgullo para Chile contar con una joven científica tan profesionalmente preparada y al mismo tiempo tan socialmente comprometida como Cristina Dorador.

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