Ni siquiera su continuado tránsito, este estado perpetuo de paso: todo tipo de signos, afectos, mensajes, de lo que sea
como el rostro monstruoso de la libertad, este eslalon de abismos
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Una disposición a la calma que se organiza con una retardación de los procesos mentales y con una relajación corporal desde donde fluyen imágenes relativas a una armonía con la tierra, así los bosques (y siempre, siempre robledos de los que obtiene un inclasificable placer por la humedad de la tierra, la claridad gris de los cielos o los escasísimos rayos solares), y también relativas a los océanos (y siempre, siempre el Atlántico), gran parte de la línea de costa: arenales, dunas, aves marinas pero también —a medio camino entre la superficie de las aguas y la profundidad de las fosas abisales—imágenes de inmersión que la llevan invariablemente a su doble placentario, que en los meses de su propia gestación le permitió desarrollar los órganos precisos para lo que ella identifica como «origen»: la pasión de caminar y el lenguaje. A veces en estas navegaciones visualiza a sus hijas y a través de este chorro acuático entra en laminación con todas las fuerzas nutritivas de la especie, por eso la enunciación repite siempre, siempre un ritmo // sanguíneo
tiempo, o de cualquiera, o de nadie // un alto consumo de palabras
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Sucede justo en este paso de peatones cuando, después de decidir caminar desde la parada de autobús hasta el hotel, se da cuenta de que debe hacerlo cargando con el equipaje; y al ducharse el agua la agasaja con rizos preciosos y al terminar de acicalarse para una primera cita se diría que no solo se arregló sino que está mucho más guapa que en su juventud, y pronto camina por las avenidas como si nunca, nunca se hubiera ausentado y se da cuenta de lo mucho que le gustaría que con ella estuviera Antón Lopo, ahora que ella es la protagonista de novela más feliz del mundo y no piensa marearse en absoluto
—¿y después?
—Marta y Publio llegaron, pero Marcelo tuvo que ir a defender la frontera austro-húngara
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Según pasaban los años —dijo—la necesidad de comunicación oral se veía sustituida por una proliferación automática de síntomas corporales: lagunas, vértigo, desorientación, desinterés por lo que ella misma comentaba, o incluso por un habla como la de quien, sintiéndose violentada, se ve en el impulso de hablar y en ese esfuerzo emite palabras cercanas a una lengua de la locura y también por un protocolo escritural inconcluso siempre que de alcanzar un término no es este por placer sino por agotamiento o cansancio y que en esta retirada de la voz sentía un acercamiento progresivo a la vaporización de la presencia o el rumbo definitivo hacia un acabamiento o la noción de muerte
(…) curiosamente y aunque la razón de sus vagabundeos era justo la proximidad a ciertas obras de arte, estas casi nunca le habían producido emoción alguna (la recuerdo en Viena impasible frente a la Batalla entre Alejandro y Darío en Issos de Altdorfer). No fue nunca una experiencia de la pintura de Cézanne lo que la estremeció, sino la visión directa de la montaña de Santa Victoria y el esfuerzo del pintor frente a esa montaña y frente al lienzo y Cézanne una y otra vez caminando bajo la luz abrasadora en la montaña y ese último encuentro del pintor con la montaña y el síncope final. La montaña y la contemplación directa de la montaña en un amanecer, desde una gasolinera en la autopista de diez carriles, en la Provenza, hacia Marsella o Mónaco
el delirio es público y son tres: un fotógrafo, un pintor y un escritor mayor. Descalza y con sueño pregunto qué hacen allí los tres; el pintor me pone una manta sobre los hombros, yo enlazo mis brazos alrededor de su cuello en un gesto de sumisión infantil-erótica y me lleva de vuelta al lecho. Hacia las tres comemos; en ese intervalo, el fotógrafo ha tenido tiempo de explicarle al escritor que la relación del pintor conmigo es fruto de una pa-sión violenta e inadmisible que tuvo como episodio central un intento de asesinato, no obstante, persistíamos en vernos en un estado de agotamiento y extenuación amparado por una especie de demencia o retirada de la razón
la abstracción, como usted sabe —prosigue el fotógrafo—no admite ser representada. Esto es lo que ella implica para él: un estado de inteligencia inconcebible, un estado actual de los signos
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Las losas de mármol naranja del campo de aviación en el país en el que apenas llueve
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Para alguien tan difícil de asir, la ilusión de la pertenencia corporal, aun por breves instantes, resultaba gratificante
le hubiera gustado dedicar gran parte de la vida al cultivo del placer, de ahí la idea de fundar, siguiendo el modelo de los monjes de Ménilmontant, de los falansterios fourieristas o de la ciudad Nueva armonía, burdeles o harenes utópico-revolucionarios donde una comunidad de mujeres y varones alcanzasen por voluntad propia el ideal de una fratría de los cuerpos
en general, las escenas eróticas que imaginaba tenían origen en estas Weltanschauung, como los amoríos con un aristócrata inglés (era presentada en una jaula circense y dorada con lazos de regalo) o con un caballero del XV en Bravante (ergástulo, esplendor fisiológico, ropa desgarrada, tiniebla)
encontró banales y superfluos los juicios de alguna gente sobre Sade; en su opinión, la obra literaria del marqués (uno de sus autores de cabecera) solo podía ser comprendida como un inventario más o como un intento por parte del escritor de hacer soportable la oscura noche del mundo
la suya era una inteligencia feroz, de acumulación lenta (por distracción, falta de atención y pereza) y ávida ante el lenguaje. Era capaz de anticipar el combate amoroso por la respuesta ante un texto, detectaba a la perfección con qué autor/a sería posible y, de ser así, quién le ganaría, por quién sería vencida y ante quién se rendiría. Delante de un cuerpo o delante de una escritura ficcional, la suya era una reacción idéntica, de tal modo que podría decirse que no distinguía entre el cuerpo y la escritura
Cecilia, voz: cúpula-Imperio (toda una vida en las barricadas)
*Este texto es un fragmento del libro Hordas de escritura, publicado en Chile por falso azufre, y que le valió a Chus Pato el Premio de la Crítica en 2009, se sitúa en un territorio híbrido entre el ensayo, la narración, la exploración poética y la reflexión crítica. La obra examina la práctica de la escritura no como una técnica disciplinada, sino como un impulso, un exceso y una comunidad. A través de sus páginas, la autora se interroga sobre el origen de la necesidad de escribir, evitando tonos académicos para ofrecer una prosa que piensa mientras avanza.





