De la llegada del rewe

El camino de tierra no llega a ser muy largo, pero con las ansias de llegar el tramo me arrastra. De lejos escucho las kaskahuillas (1) y los cantos. Pareciera que el polvo vuela con el danzar de los cuerpos, tengo la impresión de haber llegado antes del final. Y es así, pues detrás del tractor puedo ver a mis pu lamgnen (2) dando la vuelta alrededor del canelo. Es frondoso el verde pálido que se pega al madero como una segunda piel, a mi parecer resalta aún más la lejana naturaleza que ha de parar en la urbe. 

Una de mis lamgnen me mira, me hace el gesto de incluirme en el ayekan (3). Aún tengo nervios, mi cuerpo no tiene el ritmo intrínseco del viento sonoro, aun así, saludo de beso y comienzo la vuelta. El longko (4) me saluda, sonrío a los demás y pienso que son rostros dulces. Incluso así el azúcar se derrite en los afafán (5) que con fuerza remecen nuestro alrededor. Los golpes del kultrun marcan el latir de mi corazón, me siento una con todo lo que sucede. 

Luego de ello comienzan los discursos, habla el longko, el werken (6), el kona (7), las papay (8), las lamgnen. Cada uno va relatando una historia a ojos profundos. Cuentan que viajaron a Nueva Imperial en busca del mamül (9), donde les recibieron estupendamente en el lof (10) y comieron una cazuela de campo exquisita. Pude imaginar el aroma de aquello tan único con solo escucharles. En ello, llega mi ñaña (11), a mi lado se posiciona y me pasa una kaskahuilla, me siento feliz teniendo el peso en mi mano derecha.

Entre las palabras, una de las papay me pide presentarme. Mi mapudungun básico fluye nervioso en el aire, mi voz se agudiza y digo mi nombre. Hablo de la pérdida de mi padre, que soy escritora y profesora, que tengo veintitrés años y que ese día les llevé un queque casero con cobertura de chocolate. Las exclamaciones de goce resurgen a mi satisfacción. Así se da el término y pasamos a comer dentro de la ruka (12), donde ya el fuego calentaba la tetera y mis lamgnen se preparaban para amasar sopaipillas.

Es en eso, en ayudar a llevar leña, hacerme la trenza con el chapetu (13), repartir el queque en trozos de toalla nova, donde siento la calma habitar mi cuerpo. Me siento a un lado de la papay, me inspira confianza y respeto, tanto que quiero conocerla e inconscientemente me inclino a su cuerpo, ella sonríe, me conversa y hablamos del viaje, de las caminatas a orillas del río donde fue a mojar sus piernas, que paseó por el cementerio donde está su abuela materna y que durmió en el camino plácidamente. Yo le comento de la familia de mi papá, de mi abuelo mapuche que se fue a perder por el cerro, que aún busco a otros familiares y que mi apellido significa antorcha en llamas. 

Y, así, entre las sopaipillas, la mermelada de mora casera, el queque, el muday (14) (que con ahínco le convido a la tierra y luego bebo torpemente, mojando mi barbilla y mi kupam (15)) me inundo de todas las voces. Es cálido el beso en la mejilla, la mirada a los ojos que me muestra la sutileza del conocernos. Hablamos de aves, de ratones, de las caminatas, del río, de la machi, del longko, de todo y de nada. 

Repentinamente la papay me ofrece mate, su propia hierba con harto lawen (16), acepto rápidamente y, aun sabiendo que me quemaría, bebo el agua hirviendo mojando mi boca en un ardor que me adormece. <chaltumay (17) papay>. Me mira de reojo y vuelve a servir el mate, le echa azúcar y se estira para alcanzar el termo. Al tenerlo listo me pregunta < ¿Me dijiste gracias porque no quieres más?>. Le digo que le dije gracias porque me había dado de su mate, <dame las gracias cuando ya no quieras más>. Así bebo continuamente, atenta a la conversación y al ardor del agua hirviendo. Con cada sorbida se ponen tiernos el interior de mis labios y no puedo parar de aceptar, lo quiero hacer hasta aburrirme. No pasa mucho tiempo cuando ya le vuelvo a decir <ahora sí, chaltumay papay> y me sonríe. 

Después de eso solo nos queda conversar. Ordenamos todo para irnos, recojo las servilletas con migas y las hago bolitas dejándolas en una bolsa de plástico, con confianza se las paso a una lamgnen que en silencio las saca y las arroja al fuego. Me doy la vuelta y está mi ñaña sentada con sus kaskahuillas de mango azul, a su lado una lamgnen le muestra la suya de mango rosado, ambas hechas por el mismo regtrafe (18). Añoro tener unas así, la ñaña dice que mandarlas a hacer para una hace que sean únicas, que incluso el sonido cambia, como si supiera que le pertenece a cada alma. La papay anuncia que se hará ayekan, estoy a un lado del longko que, con la trutruka (19), entona frente al fuego. La papay comienza con el kultrún (20) y le siguen las kaskahuillas y las pifilcas (21). Inconscientemente mi cuerpo quiere saltar al ritmo, pero mis pies se mantienen a ras de tierra. Dura dos veces, entre tanto nos miramos a los ojos y sonreímos. No sé qué estarán pensando, pero yo me siento completa y profunda. 

Al terminar comienzan a irse en autos, primero cuatro y luego otros cuatro. La papay se despide y me dice que le alegra haberme visto, que vuelva a venir, con el corazón le digo que sí, que se cuide y que nos veremos. Me despido de otras lamgnen deseándoles buena semana, todas nos besamos las mejillas y nos abrazamos en un apretón corto y tibio. 

Al esperar que nos vengan a buscar nos ponemos a conversar con mi ñaña. Hablamos de sus viajes al sur, al Alto Bio Bio. Me cuenta de enormes lugares nativos donde la mano humana no ha perturbado la tierra. <Es hacerse camino al andar>. Me muestra videos y hablamos de experiencias cercanas a la muerte. Me transmite paz aun cuando nos contamos historias desesperantes. Incluso me emociona, llego a sentir un picor en mi nariz y se lo comento, ambas reímos ante mi sensibilidad. Es poco lo que hablamos para todo lo que queremos decir, pero en vísperas de la despedida decidimos tomar nuestras cosas. Ya al salir me ofrece muday, que con gusto acepto pues siempre es bueno tener en la casa, más cuando todavía no lo sé hacer. Me lo sirve en una botella que ella misma lava mientras me conversa, su jarra de greda es pesada y a pesar de ello la toma como si nada. Nos despedimos de los últimos que quedaban y nos subimos al auto.

Allí nos dejaron en un paradero por Portales, cerca de la feria a la que yo iba de niña. Tomamos la primera micro que nos dijo que iba a la Plaza, y me senté. Pude notar ciertas miradas, cierta curiosidad al tukuluwun y nuestras palabras que, sin perder gracia, repetíamos con la ch arrastrada. Mi ñaña me acompaña solo dos paraderos y se baja, quedo sola con mi bolso. Es en poco tiempo que llego a la Plaza, tomo otra micro y llego a mi casa. 

Ese mismo día tuve un pewma (22) hermoso. Era de noche, solo el fuego iluminaba la ruka y todos los lamgnen estaban allí conversando. Mi mamá se paseaba con una libertad cómoda entre las personas, comiendo y riendo de anécdotas que le contaban. Yo hablaba con el presidente del lof, estábamos muy interesados en el tema de la memoria y recuerdo sus palabras <unas vidas se recuerdan más que otras>. No tuve mucho tiempo para reflexionar cuando una lamgnen le dice a mi mamá que venga, la siento pasar a mi lado y su cabello rubio parece dorado con la luz cálida del fuego. 

Es suave el despertar que tengo, donde en completa oscuridad abro los ojos. Las únicas palabras que recuerdo son de la voz de mi lamgnen. <Hay vidas que se recuerdan más que otras>. Es un susurro tibio en mi oído, lo único que puede sentir en mi cuerpo es la huella onírica de un sabio, que me entrega la encarnación de un mensaje con la insistencia de permanecer. Tal cual siempre será un pewma, como aquel que tuve con mi trariwe (23) de vibrantes colores tejidos, de azul, verde y rojo entrelazados sobre mi abdomen flácido y protegido. De esos el que más resplandece tiene la herencia que se irguió en la figura ancha de mi papá, donde sus manos morenas, aún resplandecientes por el sol, me abrazaron arrullándome como una niña, como la niña que él recuerda antes de haber partido. Y allí, fue su tacto el resabio del sueño, más no su voz engrosada por la vejez que poco a poco comienzo a olvidar. 

Los siguientes días repito como una poesía, como un canto u oración. <Hay vidas que se recuerdan más que otras>. Un verso que me acariciaba la oreja y movía mis cabellos con el viento frío del otoño. En esos momentos la profundidad de mi mente me cuestiona, y creo que, si hay vidas que recuerdo más que otras, pues en mi papá tengo un montón de memorias combinadas que no se alojan en vidas pasajeras. Yo tengo muertos latentes, pero ninguno como él. Tal así que me visita, o yo le obligo a aparecer a través de las aguas, y es el abrigo de mis noches al llorar, el espejo de mis decires rabiosos, mi oyente eterno de ideas, mi ambivalente memoria de lo que fue el querer. Más no es solo su cuerpo y difuso rostro el que se presenta, es la amalgama de cada historia relatada que evoca una población construida en dictadura, las calles de un gran Santiago ochentero, de la imposibilidad de un sueño, y de crecer siendo él. Si recuerdo su vida más que cualquier otra es porque aún tengo su voz en el hilo de mi pensamiento, porque no ha muerto cuando de mí nace y revive a cada que lo comparto siendo lo que él fue. Y así afirmo que hay vidas que se recuerdan más que otras, y no hablo de jerarquías del amor pues no creo en ellas. Supongo que lo que nos toca el corazón es variable y no necesita explicación. Al igual que el río que baña a la papay al sur de este país, esa estela fluye lejos de mí, se separa tal cual las hojas caídas y se sumerge en el mundo de aquellos que se fueron, al que yo llegaré cuando sea tiempo. Por mientras, soñaré, caminaré y escucharé todo como siempre he hecho, con estos nuevos ojos que en meses posteriores creeré perder.

Glosario de términos del mapudungun utilizados en este texto:

1) Kaskahuilla: Instrumento de percusión mapuche.

2) Lamgnen: Hermano o hermana. Este uso se ha dado recientemente para tratarse de manera fraternal entre mapuches sin ser familia.

3) Ayekan: Instancia colectiva y musical que se utiliza para brindar ánimo.

4) Longko: Líder de la comunidad mapuche.

5) Afafán: Grito mapuche

6) Werken: Mensajero y consejero del longko y su comunidad.

7) Kona: “Soldado” mapuche.

8) Papay: Mujer mayor, mujer con mucha sabiduría.

9) Mamül: Madero, tronco.

10) Lof: Comunidad mapuche.

11) Ñaña: Término cariñoso hacia una mujer.

12) Ruka: Casa mapuche.

13) Chapetu: Adorno mapuche para el cabello.

14) Muday: Bebida fermentada de trigo.

15) Kupam: Prenda de vestir femenina que cubre el torso y los muslos.

16) Lawen: Remedio mapuche, consiste en hierbas y plantas.

17) Chaltumay: Gracias.

18) Regtrafe: Orfebre.

19) Trutruka: Instrumento de viento mapuche.

20) Kultrún: Instrumento de percusión mapuche.

21) Pifilcas: Pifilcas.

22) Pewma: Sueño.

23) Trariwe: Cinturón textil mapuche que se coloca en la cintura.

1 comentario en “De la llegada del rewe”

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