Durante décadas, escribió y reescribió sus memorias como si en ello se jugara la posibilidad de pensar una vida completa. Feminista, visitadora social y narradora obsesiva, en esas páginas conviven el asesinato de su padre en Bolivia, la pérdida de sus hermanas, la pobreza, el hambre, los animales heridos, las mujeres solas, el trabajo social y la crianza de sus cuatro hijos —Isaac y Humberto Maturana Romecín y Claudia y Alexis Mayorga Romecín—. A más de veinte años de su muerte, los textos de Olga Romecín, una de las mentes más singulares de su época, llega al Archivo Nacional.
Cuando nadie la veía, Olga Romecín encendía la lámpara y corregía. “Me relató”. Tachaba, pensaba un momento y reemplazaba la expresión por “me contó”. Cambiaba las comillas por guiones. Reordenaba la información. Una y otra y otra vez. Todas las que fueran necesarias para quedarse, para ganar, de alguna manera, la partida a la muerte.
Vivía en el primer piso de la casa que le había pasado su hijo Humberto, en José Manuel Infante 3023. Aunque tenía tres dormitorios en el piso de arriba, no le gustaba subir escaleras y prefería dormir en el living, donde tenía tablones sostenidos por ladrillos que funcionaban como biblioteca, una cocinilla, su máquina de escribir traída de Estados Unidos, lápices BIC azules comprados de a veinte, crucigramas y cajas repletas de cuadernos donde escribía y reescribía.
Un párrafo completo desplazado. Al margen, una observación: “¡No!”. Más abajo: “Profundizar”. Después: “Eliminar”.
Sus memorias fueron trabajadas durante décadas con una rigurosidad que desarma cualquier idea de escritura amateur o meramente testimonial. Y aunque nunca pudo publicarlas, desde enero de este 2026 están a disposición del público en el Archivo Nacional, como parte del fondo Olga Myriam Romecín Lezaeta (la “Goga”). En tres cajas del archivo Mujeres y Género, se encuentran 1,8 metros lineales de documentos, con fotografías familiares, recortes de prensa, dibujos y, claro, decenas de borradores de construcción autobiográfica.
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Olga entendió tempranamente el poder de las palabras. Y que hay algunas que son inflamables.
Aunque nació en Curepto, Chile, el 14 de septiembre de 1903, creció en Bolivia, donde su padre, Isaac Romecín Calderón, ejerció como director general de salubridad del gobierno y fue candidato a la presidencia del país. Su papá creía en la igualdad, una palabra que alimentó el acérrimo rechazo de distintos grupos políticos en un país todavía marcado por un sistema de exclusión social y dominación terrateniente sobre la población indígena. Fue tanto el odio que sus ideas generaron, que su casa en La Paz fue invadida, lo asesinaron, y sus hijas se perdieron.
También a través de las palabras Olga fue rescatada:
“La esposa del malogrado doctor, doña Silas Lezaeta, en completo agotamiento emocional, fue salvada y protegida por el prestigioso abogado don Bernardino Alvarez Daza, amigo de la familia, quien le proporcionó asilo y ayuda médica. De las hijas del matrimonio, tres niñas (seis meses, tres y cuatro años), nada se ha sabido… Las niñas tienen cabello rubio y ojos azules”, especificaba la nota distribuida entre los misioneros católicos que se aventuraban en plena selva boliviana. Así encontraron a Goga en frente al lago Titicaca, donde era cuidada por Aminta Mamani, su querida nana aymará, y la llevaron a Chile. Sus hermanas se perdieron para siempre, pero ella nunca se olvidó de lo ocurrido.
—Cuando se la traen a Chile, ella llega a las monjas francesas donde la pasó súper mal. ¡Ella había visto morir a su padre! Todos estos recuerdos, toda esta historia la afectó mucho. No hablaba, tenía mucho miedo, se hacía pipí, lloraba… —comenta Claudia Mayorga Romecín (83), la única de sus cuatro hijos que sigue viva.



Pese a los traumas, con el tiempo no dejó de contar todo lo que le había ocurrido.
—Siempre contaba las historias de Bolivia. Era muy buena para narrar, para dar imágenes, era un regalo escucharla —dice Daria Garbisú Mayorga, su nieta.
Su gemela, Polín, coincide.
—Con los sillones armábamos unas camas y ella nos leía durante horas. Nos sentábamos a escucharla y era demasiado entretenido: ella sacaba sus escritos y contaba sus recuerdos, sus vivencias.
Se volvió un hábito que hasta hoy, a sus 51 años, las hermanas recuerdan: llegar a la casa de su abuela y pedir que les leyera. Que les contara cómo era vivir a los márgenes de ese lago a 3.800 metros sobre el nivel del mar. Sobre cómo de sus aguas emergieron Manco Cápac y Mama Ocllo para fundar el Imperio Inca. Sobre los muchos comerciantes que pasaban por ahí tras la Guerra del Pacífico. Y lo principal: sobre su forma de ver el mundo.
Olga era una rebelde para su época. De chica usaba una culebra de cinturón para evitar que la tocaran. Adulta, se casó y separó dos veces: primero de Alejandro Maturana y luego del escritor Wilfredo Mayorga, y crió a sus cuatro hijos —Isaac (“Draco) y Humberto (Chicho) Maturana Romecín, y Claudia y Alexis Mayorga Romecín— a punta de trabajos mal pagados, turnos eternos y una imaginación feroz para sobrevivir.
Estudió Servicio Social y Educación Física preescolar en la Universidad de Chile. Más tarde se especializó en Sociología en Estados Unidos. Trabajó en el Hospital San Agustín de Valparaíso, en el juzgados de menores y fue visitadora jefa del departamento de lucha antivenérea del Ministerio de Salubridad entre 1939 y 1945, un logro del cual estaba particularmente orgullosa. “Me parece importante que una mujer haya impulsado la campaña antivenérea cuando nadie se ocupaba de eso. Tuve que dar una conferencia entre 52 médicos y cuando terminé me felicitaron”, dijo en una entrevista a Punto Final a finales de la década de 1980.
Aun así, era una época en que ser mujer profesional significaba ganar poco y demostrar constantemente que se tenía derecho a ocupar un espacio. Es lo que cuenta en el capítulo Era una visitadora social y era una mujer, una serie de conversaciones autobiográficas con su tortuga: “La profesión de visitadora social, aunque de carácter universitaria, era una carrera nueva y no estaba aún considerada como tal en los estatutos de la administración pública. Teníamos un sueldo muy pequeño, inferior al de un ascensorista. La asistente social soltera escasamente subsistía, se comprende entonces que la sobrevivencia se tornaba casi heroica para aquellas que tenían familias que proteger”.
En ese apartado, cuenta las muchas veces que estuvo sin empleo: “Ningún ingreso económico… Tenía mi casita, era cierto, pero ¿qué comeriamos? No tenía trabajo ni sabía cómo obtenerlo. Hay que vivir esta angustia para comprenderla. Huye el sueño, el cuerpo está cansado, las pulsaciones aceleradas…. Parece que hubiese una opresión sobre el pecho. Se mira, se busca en todas las direcciones y no se vislumbran soluciones”.
—Siempre sus relatos eran un ejemplo de cómo el ser humano se puede ir haciendo fuerte con las circunstancias que le tocan vivir. Yo creo que, con sus textos, quería dejar un legado y había algo que las mujeres nunca podemos perder esta fuerza interior frente a los distintos desafíos —comenta Daría.
—No escribía desde la derrota —dice la antropóloga Surimana Pérez, del Archivo Mujeres y Género— Siempre aparecía una voluntad de sobreponerse.
—Cuando leí sus memorias, yo lloraba a morir —recuerda, también, Vilma Tapia Anaya (65), desde Cochabamba—. Todas eran historias muy especiales, algunas muy tristes, pero siempre tenían el desenlace en un gesto humano de solidaridad y de compasión por el otro que ella veía, daba o recibía. Cuando la leía, pensaba: “Aquí ha nacido la biología del amor de su hijo. Su hijo ha recibido de ella todo este legado”.
La poeta boliviana había dejado todo en su país para participar de un curso de Humberto Maturana en el Instituto de Terapia Cognitiva, en 1998. Allí, en uno de los recreos, el biólogo se le acercó y le dijo, como a la pasada:
—¿Sabes? Mi mamá es medio boliviana.
Y se fue a servir un café.
—Yo quedé con el impacto de la información, me acerqué a él y le dije que necesitaba conocer a su mamá, y él sin adelantarme nada de cómo era ella, me dijo que iba a llevarme el primer día que hubiera sol.

Aunque no pudo acompañarla, el primer día de sol Vilma se trasladó a José Manuel Infante 3023. Nunca se olvidó de ese momento.
—Me emociona mucho hablar de ella. Había una complicidad, un pacto entre las dos, fue muy amable. La experiencia tanto con Maturana como con ella han sido fundamentales para mi vida, para mi modo de ver la vida. Conocer a esa mujer era como conocer a un país extraordinario, un paisaje maravilloso, pocos seres de su intensidad he conocido en mi vida… Tenía una inteligencia asombrosa, era muy delgada, tenía una agilidad y una memoria extraordinarias, todo estaba en perfecto orden.
En ese momento, Olga tenía 95 años.
***
Existe una fuerza misteriosa, una mano benigna, una pequeña luz que guía, protege e ilumina mi vida. Se hace presente en los momentos más difíciles, inesperadamente, cuando parece que la angustia, o la pobreza, o las necesidades del hogar no tendrían solución. Al correr de las narraciones se verá claramente que si no me hubiese sido por esas ayudas bondadosas que llamo Protección Divina, habríamos sido destruidos en un miserable tugurio y (no se rían), roídos por el hambre y las enfermedades. De nada habrían servido todos mis esfuerzos si en los momentos críticos hubiese carecido de esa inesperada y oportuna protección. No juzguen, ya que los elementos conjugados en mi vida son y fueron en la vida de los de mi época difíciles de evaluar por ustedes con la mentalidad y condiciones socio-económicas de hoy. Distintas posiciones en el espacio, en la historia, son diferentes corrientes que marcan y movilizan reacciones, criterios y costumbres.
(…)
Tortuguita querida… Déjame llorar… Pero tú no te aflijas, no escuches mis sollozos. Es tonto llorar por algo que acaeció hace ya tantos años… Un día al regresar a mi hogar lo encontré vacía. Y ahí estaba yo, en una casa vacía, sin mis niños, otra vez sin mis niños, solo mi cama y mis libros, mi cami y mis… NADA MÁS… No más risas… No…
Fragmentos del capítulo GRATITUD, de las memorias de Goga.
***
Olga solía decir que la línea de la mano le llegaba a la muñeca. Pero lo cierto es su vida su desbordaba cualquier línea, incluso si esta bajara hasta el codo, subiera a los hombros y luego siguiera la gravedad hasta sus pies y más allá, porque, recuerda Claudia:
—Para hacerse respetar ella ponía el pie sobre la silla o sobre cualquier otra cosa, como diciendo ‘¿Qué cosa? ¿Qué pasa? ¿Qué es esto?’. Era chiquitita, me llegaba al hombro, pero se hacía respetar.
Incluso en los periodos más duros, parecía incapaz de resignarse. Cuando faltaba el dinero, inventaba estrategias: bailó en intermedios de cine mudo en Valparaíso con su amigo Fernando Rojas, hizo “pololitos” y robó arroz para repartirlo entre mendigos.
—Mi mamá era mi mamá… A veces nos contaba cuentos, a veces creaba la realidad, la creaba, porque tú puedes crear la realidad.
—¿En qué sentido?
—En vez de encontrar lo malo de algo, podía encontrar lo bueno. No es adaptarla, es ¿para qué vas a vivir algo que puede ser bueno pensando que es malo? Es no tener una predisposición, es no andar a la pata coja, usar las dos patas. Eso me enseñó mi mamá, a usar las dos patas —destaca Claudia.
“Cuando mi madre se enojaba conmigo, me decía ‘gitana como su padre’. ¿Por qué lo decía? ¿Era solo enojo? Agregaba: ‘trotamundo como él, nada material le preocupa, siempre se las arregla sin nada’. ¿Qué quería decir?”, escribió Goga en sus memorias.
Las dificultades no le impidieron ayudar a los demás: su vida entera parece organizada alrededor de una voluntad feroz de sostener a otros, niños sin hogar, animales heridos, mujeres pobres, personas mayores abandonadas. “Tengo planes, debo luchar hasta el final y por lo que siempre luché… No he vivido para mí, sino para los demás. Yo voy a seguir activa hasta que me muera. A mí que no me hablen de los abuelitos y la tercera edad. ¡Nada señor! Yo soy una vieja loca, siempre optimista. A veces llamo a mis nietos y les digo: ‘Mira, tengo una idea, una nueva idea, ¡ven a ayudarme, que con esta sí que nos vamos a hacer ricos!’”, dijo al Dominical en mayo de 1988.
Se autodenominaba feminista e integró el Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile entre 1935 y 1953, junto a Elena Caffarena, María Marchant y Olga Poblete. En ese período, presentó a la Federación Chilena de Instituciones Femeninas (FECHIF, creada para luchar por los derechos políticos de las mujeres), entonces presidida por la escritora Amanda Labarca, un trabajo aprobado unánimemente: cómo hacer ineludible los pagos de pensión alimenticia a menores, “desarrollando al mismo tiempo una consciencia de responsabilidad en el hombre y de derecho en la mujer”.
El ser mujer era un aspecto sobre el cual tenía mucha conciencia. En una versión aparentemente más actualizada del capítulo Era una visitadora social y era una mujer, Olga explicó el título así:
Estas historias llevan amarradas, entrelazadas, líneas descriptivas que se marcarán a veces paralelas, a veces aisladas o alternadas, según sea necesario para la claridad y secuencia de los hechos. Hay periodos en los cuales la narración graficará el aspecto médico social; otros, las angustias de la joven y su lucha por defender su hogar del cual es la fuerza y sostén (la mujer) y sobrevivir además, como un ser total. Así, estas dos historias atadas, unidas en una totalidad inseparable, harán de esta parte de la autobiografía un todo de lucha, esfuerzo y vida.


Humberto Maturana decía con frecuencia que había crecido en un hogar feminista. Y aunque la palabra podía sonar extraña en boca de un científico nacido en 1928, en la casa de Olga tenía una traducción concreta:
—Éramos los Romecines —recuerda Claudia—. Así nos educó mi madre. La palabra Romecín era palabra de honor para todos. Ella nunca aguantó mucho el yugo masculino de esa época cuando éramos algo así como unas pequeñas esclavitas sin sexo, punto. Y bueno, se reveló.
Ese rechazo a la obediencia no era abstracto, más bien se manifestaba en la cotidianeidad. Al inscribir a su única hija en el registro civil, lo hizo con el sexo masculino: Wilfred Mayorga Romecín. “Ella era coherente frente a sus historias”, comenta Claudia.
—La Goguita tenía una forma bien masculina también, y eso era muy mal visto en la época. Ella siempre andaba de pantalón, con alpargatas, de camisa y, en ese tiempo, las mujeres todas estaban con trajes de dos piezas, recién salidas de la peluquería, con las uñas pintadas…. La imagen de ella era muy poco validada culturalmente. Ella rompió muchos esquemas y eso también tiene un costo —afirma Daría—. Recién ahora hay un movimiento que valida a los seres humanos desde otro lugar, no desde la apariencia. En el fondo, lo que ella hacía era de adentro para afuera, no desde su imagen, sino desde lo que ella era como ser humano, como persona.
—Tenía una personalidad muy fuerte, pero no desde la dureza —añade Polín—. Era una persona profundamente afectuosa, muy divertida, muy creativa. Había algo en ella que hacía que todo pareciera posible.
Olga podía entrar a una sala llena de médicos hombres sin bajar la voz. Podía llegar a una reunión familiar y discutir con la misma intensidad sobre Nietzsche, Esquilo y Aristófanes, o los dibujos de Gustave Doré en La divina comedia. O sobre la escritura sagrada en Popol Vuh, el Chilam Balan, la Biblia y decir que respetaba todas las religiones, pero no era de ninguna. También podía divorciarse de su marido y seguir siendo su amiga, en una época en la cual las exparejas eran casi enemigas.
“Mayorga escribía, a veces estrenaba. Escribía largas horas en la noche, vivía sus sueños que quería hacer realidad. Cultísimo, encantador a veces, luchaba arduamente para sacar adelante sus anhelos en el campo literario. Cuando estrenaba había alegría, era generoso, y el dinero se iba rápidamente en ropas, zapatos, comidas. Merece todo mi respeto. Nuestro divorcio no quita méritos a su personalidad. Además, yo no me sentía incómoda al llevar todo el peso del hogar. Había hecho un trato con mi marido: yo trabajaría diez años, duramente, mientras él escribía, suponíamos que, al término de este periodo él estaría ya económicamente firme. Después él me apoyaría para mi ingreso a la Escuela de Medicina”, se lee en sus memorias.
Entre los archivos de su fondo, también hay decenas de cartas. En una de ellas, datada en 1967, Mayorga le dice: “Tú, Olga, que eres mosquetero, caballero andante y gentil, lo entiendes. Acaso seas el único ser que me loetiende… Si tú, TÚ no las entiendes, entonces quiere decir que este mundo es una mierda”.
***
No me gustan los encierros, detesto los ascensores, tampoco soy feliz en los aviones, y a pesar de mis numerosos viajes, muchos de ellos por el aire, prefiero los barcos donde puedo dejar mis ojos acariciar el horizonte… El aire penetra en mis pulmones, abraza mi estructura. No me agradan los departamentos ni los corredores pequeños, pero amo las cumbres y el andinismo y las excursiones de altura con mi visión que se alarga, pero mi pie que se afirma sobre la tierra madre.
***
Mientras vivía en Estados Unidos, abogó por el derecho de las personas migrantes. Creó centros de entretenimiento a jóvenes de habla hispana, generó programas de traductores en los hospitales donde concurrían enfermos de habla extranjera (“para los problemas psiquiátricos, atención en los hospitales con la asistencia de enfermeros y médicos de habla hispana, importante por la diferencia en los valores culturales”, apuntó en sus memorias) y creó un programa de lengua de señas en español en una escuela para sordos, lo que le permitió que hijos de personas migrantes se comunicaran con sus padres, incluso cuando estos no poseían dominio del inglés. Gracias a esas labores, fue considerada ciudadana ilustre y recibió una pensión estadounidense hasta su fallecimiento, el 9 de octubre de 2003.
Para la antropóloga Marcela Morales, funcionaria del Archivo Nacional y quien viajó a Pucón en octubre de 2024 junto a Emma De Ramón para rescatar toda la documentación guardada por Claudia, organizarla y ponerla a disposición de la ciudadanía, lo que más sorprende en Olga es justamente eso: la multiplicidad de sus inquietudes.



—Había una cierta libertad en ella, una libertad creativa de sus intereses, la voluntad de hacer cosas, una búsqueda que quizás da muy bien cuenta de lo que significa ser una mujer o lo que significaba ser una mujer transformadora en una época en que tenía imperativos, como por ejemplo, la maternidad, la casa, los hijos. Eso se refleja en el propio desorden de la donación, esas múltiples aristas… Es muy interesante porque seguramente todas esas búsquedas, de alguna manera, expresan cómo se resiste frente a la dominación de unos modelos de ser mujer, como que su creatividad es desbordante —afirma.
Más allá de los borradores de sus memorias, entre sus pertenencias entregadas al Archivo Nacional están una revista del MEMCH; apuntes de Noam Chomsky; nombres de dioses griegos y romanos; cerámicas; decenas de dibujos suyos; crucigramas; un mecanografiado de Biology of self-consciousness de Humberto Maturana; obras de teatro hechas por los familiares, como “El zorro bribon”, de Alexis Mayorga cuando tenía 10 años; un destacado a una entrevista a Humberto en la que se le pregunta cuál es la definición del amor y él contestó “es la aceptación mutua entre dos seres que se encuentran porque poseen estructuras complementarias. Un fenómeno biológico que requiere de una emoción básica. Todos los seres humanos somos hijos del amor” y una revista Mujer, de La Tercera (1998), que la destacaba en portada como un “símbolo de lucha”.
Aunque a Polín le parece “hermoso” que el material de su abuela esté en el Archivo Nacional, no niega que se sintió incómoda cuando supo que se lo habían llevado:
—Creo que faltan cosas por hacer, de hecho, igual me pasaron cosas, era como: “Mamá, ¿les diste todo? ¿no dejaste nada para nosotras?”. Ahí me enfrenté un poco a ella (Claudia), entiendo que nadie quiere tener un baúl con cosas que podían estar en una biblioteca, también era un poco su forma de agradecer o de cerrar una deuda, quizás, pero me encantaría tener mi archivo personal de la Goga.
Polín lo dice sentada en la mesa de la cocina de su departamento, desde donde se alcanza a ver un altar con fotos de su abuela cuando joven. A menudo habla sobre ella con su hijo Raimundo (13). Le cuenta sobre sus memorias y también sus extravagancias: que solo comía pollo, miel, avena, leche, galletas de agua, plátano, quesillo y chocolate (especialmente los que recibía de sus hijos); que se iba a acostar temprano, como a las seis de la tarde, y se despertaba a las cuatro de la mañana, hacía puzzles, se dormía de nuevo, y luego se ponía a escribir; que proyectaba películas en V8 con imágenes de su vida en Estados Unidos. Polín tiene ganas de atesorar todo eso y, quizás, mostrarles un día a sus propios nietos quién fue su abuela.


Claudia lo ve de forma distinta.
—Para mí es como bien obvio, bien normal. Yo estuve con ella, yo la amé y era mi madre, me dio la vida y no me dio una vida cualquiera, me dio la capacidad de entender lo que está sucediendo a mi alrededor hoy día. Ella era una persona extraordinaria, como una personalidad extraordinaria, con un carácter… ¿Qué haces con eso? No te pertenece.
—Cuando dice “no te pertenece”, ¿es porque le pertenece al mundo?
—Es una pregunta trascendental. Yo creo que somos lo que hacemos y lo que recuperamos, es parte de la humanidad, pero cuando ya no estoy ahí, ya no soy parte de la humanidad…. Tú desapareces, tu madre, yo desaparezco, ¿qué queda en nuestra historia? ¿Qué es lo que nos forma, qué es lo que recordamos genéticamente, qué es lo que hacemos, qué es lo que queda si nuestra historia desaparece? No queda nada si no escribes, si no la pones, si no la das… Eso es lo que ella hacía, en general, ver lo bello. La vida sigue, mi amor.
***
Tengo que estudiar mucho. Una madre tiene tanto que saber, debe tener una cultura tan vasta si es que quiere ser por muchos años la conductora y confidente de sus hijos…
***
No hay consenso entre quienes la conocieron sobre si quería o no publicar sus textos. Claudia cree que no, que escribir era parte de un ejercicio casi profesional de su mamá, como visitadora social, y luego como esposa, acompañando a Wilfredo, y como madre, creando obras para entretener a sus hijos. Daría coincide:
—Esos relatos eran móviles, ella siempre iba agregando cosas nuevas. Aparte, pese a todo, ella siempre se mantenía muy humilde. Entonces, no sé si lo escribía pensando que alguna vez se tenía que publicar, sino que lo hacía porque sentía que estaba haciendo algo que era importante para ella, para que en la familia no se perdieran todas estas hazañas.
Polín discrepa. Para ella, las memorias de su abuela deberían haberse convertido en un libro y esa es una “gran deuda familiar” con Goga.
—Ella quería, su sueño era que le publicaran sus cosas y fue un sueño totalmente incumplido. Lo encuentro muy injusto porque yo era su fiel oyente y que esto nunca fuese publicado es algo que no lograba, ni logro, entender.
Desde su especialidad, Surimana, del Archivo Mujeres y Género, también cree que había un afán de publicación, lo cual dialoga “con muchos intelectuales del siglo XX, quienes se dedicaban a la producción de sus memorias cuando ya eran mayores”, como el exsecretario del Partido Comunista Luis Corvalán o la reedición de la autobiografía de su padre, Blas Caffarena Chiozza, hecha por Elena Caffarena.



—Se nota que Olga Romecín trabajó esas memorias: los borradores tienen tachas, correcciones y se puede ver que era una persona bien autoexigente, que intentaba lograr una pulcritud en la escritura. Yo no creo que sea solamente para tenerlo ella o resguardarlo con su familia, sino que hay una intención narrativa y comunicativa, por decirlo, de que eso quedara como lo más legible posible, con la intención de que otras personas lo leyeran —afirma Surimana.
Vilma sí recuerda bien una búsqueda por publicación. Dice que cuando Olga se enteró de que era escritora y que su padre, Edwin Tapia, entonces era director del periódico Opinión, le dijo: “Tú tienes que terminarlo y editar todo esto”.
—Pero eran cajas y cajas de textos y no estaban hechos como para un periódico, eran más bien para libros. En esos ocho meses que estuve en Chile, Olga me hizo leer sus escritos, me escuchaba como si fuera también la primera vez que estaba escuchando las historias, muy serena, moviendo su cabecita, sintiendo todo lo que yo decía…

Goga rechazaba la idea de la “tercera edad” como una etapa de inutilidad o resignación. Para ella, incluso esas palabras podían volverse una forma de encierro. Defendía lo que llamaba “la edad de oro”: el tiempo en que la experiencia y el conocimiento podían desplegarse con mayor libertad. Así lo escribió:
VEGETAR no es vivir
y nuestros años de dar
de trabajar
de aprender
¿dónde y para qué?
y grité.
Y prometí transformar mi grito en protestas escritas… en acción… en actividad de cooperación para volver risas las soledades del alma. ¡VEGETAR NO ES VIVIR!
Vi a cientos de mayores debatiéndose en una sociedad que no los valora, que ignora sus capacidades, sus especialidades, mayores que a su vez disimulan su decepción con una aparente aceptación de la actual realidad, o que realmente fueron acondicionados desde siempre para la resignación y la inutilidad de la tercera edad y el olvido de sus potencialidades.
Vi a una sociedad que absorbida en el vivir lo presente no advierte que pronto integrará aquel grupo que se aleja con pasos lentos y resignados, rodeados de incomprensión, compadecidos, mutilados de sus posibilidades.
Vi a cientos y miles de jóvenes, en una sociedad en la que reinan, los vi con ojos preparados para no ver y con mentes educadas para ignorar los valores de oro”.
¿Dónde están los grupos de mayores, músicos, que comenzaron sus aprendizajes después de los 60? ¿Dónde los expositores, organizadores, los actores y los teatros dirigidos por mayores?
En el mismo texto una pregunta que, quizás, responde a cualquier otra inquietud:
¿Dónde están las editoriales que publican solo autores inéditos mayores? ¿Por qué escribir poemas a los 16 o los 18 y no a los 70 o más?
***
La fuerza de mi decisión para sacar adelante mi familia como mis debilidades, fracasos y errores, los narraré tal como vayan llegando mi recuerdo. Así pues, háganme el regalo de leer estas páginas. Es un pedido. Gracias. Adiós.
El regalo tardó décadas, pero finalmente llegó.
*ILUTRACIÓN DE PATO VERA
*FOTOGRAFÍAS DEL ARCHIVO FAMILIAR DISPONIBLE EN EL ARCHIVO NACIONAL DE CHILE.






18 comentarios en “El último regalo de Olga Romecín”
Me parece sensacional este mini resumen de la vida de Olga Romecin , ha sido un personaje real, no de ficción que empezó a ver la vida con dolor y acondicionó su ser a los bemoles de su existir, con lo cual pudo proyectar la crianza de sus hijos y las labores de visitadora social, hoy trabajadora social. Sus experiencias de vida están cimentadas en la cultura milenaria de los andes meridionales que moldearon su vida , fundamentada en sus propios textos escritos que nos llevan a entender la existencia con optimismo y esperanza. Ella como trabajadora social recoge de primera mano toda información y la muestra con respeto , dolor y sabiduría del humor. Su libro será un best seller estimulante y ejempladizador.
Quiero leer esos escritos, con este artículo ya tengo una imagen de ella. Una imagen de sus espacios. Quiero saber más!!!
Es como si se abriera una ventana en el tiempo!!!
❣️
Maravilloso descubrimiento de una mujer excepcional! Hsy q publicar sus memorias; es el mínimo homenaje que le debemos.
Gracias, gracias por darnos a conocer a una mujer tan importante para las actuales y futuras generaciones, la familia seguirá viviendo a través de sus escritos y sentirá el cariño y respeto de quienes leemos su historia. Tuve la suerte de conocer a «Goga», el año 1988, coincidimos en un concurso literario, organizado por la Editorial Cantalao y Eugenia Neves, el acto de premiación fue en la SECH, Sociedad de Escritores de Chile, fuimos varios días a unos ensayos que se hicieron, porque se integró literatura y otras expresiones artísticas. Luego fuimos publicadas en la revista Femmpress, junio, julio, agosto de 1988, de difusión latinoamericana. También existe una larga entrevista que le hicieron en la Revista Paula, en el aniversario por los 30 años, yo la tenía pero la perdí. Tal vez esté en la Biblioteca Nacional. O en archivos de la revista. Saludos.
Querida Amanda,
Gracias por seguir el hilo de estos archivos hasta lograr este artículo. Sin duda nos dejas con ganas se leer más, de conocer a la Goga, de entender los origenes del Doc (Maturana).
Entiendo a la nieta que quería guardar algo de estos recuerdos y agradezco a la hija la generosidad de entender la grandeza de Olga.
Mujeres que inspiran.
Que gran aporte de Goga a nuestra sociedad. Una mujer pequeña pero con energías y fuerzas increíbles para sobrevivir en un mundo hostil, creando su propia realidad que le dió las fuerzas para avanzar aún con tantas carencias y sobreponiendose a todo. Un espíritu libre y maravilloso.
Gracias por publicar su historia y su legado.
Excelente artículo; como hija de una trabajadora social de gran sensibilidad y vocación, pude percibir muchas semejanzas con mi madre.
¡ Qué capacidad de resiliencia!
Humberto Maturana tuvo la mejor escuela, a través de su valiosa madre, más relevante que su formación académica; la educación a través de su visión e inquietudes y seguro que mucho que no conocemos, lo formó e inspiró.
Maravillosa mujer, muy adelantada a su época. Su experiencia de vida y su forma de vivirla, me impacta. Nos muestra una senda positiva y creativa de sobrellevar los últimos años. Me emociona. Gracias Goga.
Gracias por haberme permitido viajar en el tiempo con esta historia alusinante, a través de una mujer maravillosa que no se rindió, que transformó en esperanza lo vivido.
Que orgullo tener una mujer así en nuestra historia, que lujo ser parte de su familia y tener la posibilidad de terminar lo que ella comenzó, desde la mirada mas moderna seria un gran libro!
Como Asistente social, feminista y madre nos muestra que la sociedad esta marcada por grandes dolores, carencias y desigualdades que solo cambiaran cuando la consciencia cambie.
Que emocionante la vida de Goga gracias por habernos dado la posibilidad de conocer parte de su maravillosa vida
Ahora entiendo la inteligencia del Dr Maturana fue creada por esta fabulosa madre
Muchas gracias por este interesante artículo y por este medio conocer un poco más de Olga, tremenda e interesante mujer, gracias.
Gracias por permitir conocer a Olga, su vida, anhelos, amor y su agudeza. Quiero leer ese libro pronto. Un abrazo para todas las Olgas del mundo que pavimentadas nuestro camino y futuro.
Gracias por mostrarnos tan valioso material…desconocìa su vida e historia tan interesante…
Què ejemplo de mujer!!!!
Sería un gran aporte leer algún día en un libro sus memorias, espero estar viva para ello.
Gracias por el artículo, me sentí identificada por su acpecto, y manera de pensar.Ojalá publíquen , sus memorias, sería interesante.
Muchas gracias por compartir tan potente historia de esta mujer que a pesar de lo vivido desde la niñez fue capaz de escribir sus relatos, memorias, historias y eso forjó un gran temple en sus hijos y descendencia,madre de
Humberto Maturana.Esperamos su libro o de lo contrario consultaré si está disponible en la Biblioteca Nacional digitalizado.