Dahlia de la Cerda, escritora: “Confío en que la literatura puede hacer cosas que las campañas punitivistas no consiguen”

En su tercer libro, «Medea me cantó un corrido», la escritora mexicana no buscó reinterpretar el mito de Medea —la figura clásica de la tragedia griega que se venga de su esposo, Jasón—, sino que “tropicalizarlo”: llevarla al contexto de su país y hacerla hablar con la lengua del barrio, del corrido, del duelo y de la rabia.

«Mi papá llegaba muy cansado de trabajar y había días que sí salía a buscarme a la calle y otros que de plano le valía. Y mi mamá bien equis, de vez en cuando me mandaba Whats de que onde andas, jalando jefa, y no hacía paros porque le daba su buena feria. Obvio ella sospechaba, pero igual le valía verga. Vendiendo vapes y gomitas cannábicas me iba bien, pero me creí el corrido».

¿Cuántos jóvenes se «creen el corrido»? O, más bien, ¿qué historia hay detrás de creérselo? Leer a Dahlia de la Cerda es abrir una puerta hacia una realidad sin edulcorantes, narrada con una honestidad implacable: la violencia que se disemina en la vida de personajes cuya existencia ha sido atravesada por el narcotráfico.

Medea me cantó un corrido es el tercer libro de la escritora mexicana que llega a lectores chilenos gracias a Puya Editora. Ya en sus títulos anteriores, Perras de Reserva (2022) y Desde los zulos (2023), De la Cerda había construido una narrativa desde las periferias y la resistencia, una literatura que, en sus propias palabras, da cuenta de «problemas barrializados»: mujeres enfrentadas a la violencia machista, adolescentes seducidos por la promesa de una vida de lujos a cambio de poner su vida al servicio de los carteles, y escenas donde lo cotidiano, lo doméstico y lo íntimo revelan las marcas de esa violencia.

¿Cómo se construyen esas historias? ¿Qué desenlaces hay para quienes las habitan? Para Dahlia de la Cerda, nacida en Aguascalientes, con formación en Filosofía y activista feminista, la literatura también es una forma de disputar ese contexto y de hacerle frente.

En este libro retratas personajes cuyas vidas están atravesadas por el narco, aunque cada uno se relaciona con ese mundo de maneras distintas. Sin embargo, la novela evita una mirada moralizante. Escribes: “Todos somos culpables, todos somos inocentes”. ¿Qué posibilidades narrativas te abrió abordarlo desde esa complejidad?

Lo planteo desde el contexto mexicano, que es extremadamente complejo. Hoy ya no podemos hablar únicamente de narcotráfico. El propio presidente Gustavo Petro empezó a utilizar el término “organizaciones multicrimen” porque estos grupos han diversificado sus actividades y están presentes prácticamente en todos los ámbitos de la vida económica y social.

Todos, de una u otra forma, hemos estado vinculados con esa realidad, muchas veces sin saberlo. Puede ser cuando compras mercancía robada en un tianguis sin conocer su origen. Cuando consumes sustancias psicoactivas. Pero también cuando compras un limón, un aguacate o un pollo, porque en muchas regiones estos grupos ya controlan o extorsionan cadenas completas de producción y distribución. También está el tema del reclutamiento forzado. Sabemos que México vive una crisis de desapariciones y que miles de niñas, niños y adolescentes están en riesgo de ser reclutados por estas organizaciones. Sin embargo, muchas veces como sociedad preferimos mirar hacia otro lado. Las madres buscadoras y los colectivos que denuncian esta realidad suelen ser ignorados o incluso atacados, mientras que buena parte de la conversación pública termina reducida a culpar exclusivamente a quienes consumen drogas.

A mí me interesaba cuestionar esa simplificación. La violencia no se explica únicamente por el consumo de sustancias. También está sostenida por el racismo, el clasismo, la desigualdad, la precarización y muchas otras formas de violencia estructural. Por eso en la novela aparece esa idea de que todos somos culpables y todos somos inocentes. No significa que todas las personas tengan la misma responsabilidad. Significa que vivimos dentro de una estructura de la que nadie está completamente fuera. Todos participamos de ella de maneras distintas y, al mismo tiempo, todos somos víctimas de esa misma estructura. Esa complejidad era la que me interesaba explorar desde la literatura.

Al momento de escribir sobre el narcotráfico y sus efectos cotidianos, ¿qué aspectos te interesaba iluminar? ¿Cuáles fueron las preguntas o insistencias que guiaron la construcción de tu novela?

A mí me interesaba iluminar a las personas que viven alrededor de las organizaciones multicrimen. Y cuando hablo de personas no me refiero solamente a quienes forman parte de ellas. Me refiero también a las víctimas, a quienes ejercen violencia y a quienes, de manera directa o indirecta, se benefician de un sistema que existe gracias a la prohibición de las sustancias.

En esta novela, en particular, me interesaba hablar del reclutamiento de niñas, niños y adolescentes. Creo que detrás de ese fenómeno hay algo más profundo que pocas veces discutimos. Hay abandono, desigualdad y una enorme falta de cuidado hacia las niñeces y las juventudes. La pregunta que guió toda la escritura fue muy sencilla: ¿qué podemos hacer para que esos niños y adolescentes no terminen siendo reclutados por el crimen organizado?

He trabajado durante muchos años con adolescencias y constantemente veo lo vulnerables que son. Por eso creo que la respuesta no puede limitarse a una política pública que entregue una beca. Eso puede ayudar, pero no basta. También necesitan cariño. Necesitan ternura. Necesitan vínculos afectivos, personas que crean en ellos y figuras de representación.

Aunque Medea me cantó un corrido habla de violencia y de las consecuencias del crimen organizado, en el fondo es una novela que apuesta por el cuidado colectivo. Mi insistencia siempre fue la misma. ¿Cómo construimos una sociedad donde ningún niño y ningún adolescente vea en el crimen organizado su única posibilidad de futuro?

La protagonista Medea es una mujer que acompaña a otras mujeres atravesadas por la pérdida vinculada a la maternidad. Es una figura que sostiene, que ayuda a transitar el duelo. ¿Qué te interesaba explorar a través de esta figura de cuidados?

En realidad, Medea me cantó un corrido comenzó siendo otro libro. Mi intención era escribir diez historias sobre mujeres y personas con capacidad de gestar que abortaban en contextos muy distintos. Eran historias que yo había conocido a través de mi trabajo como activista. No eran producto de la investigación ni de la imaginación. Eran experiencias reales.

Eso me planteó un problema ético. Yo no podía utilizar esas historias sin el consentimiento de las personas que las habían vivido. Conseguí algunas autorizaciones, pero no todas. Entonces tuve que replantear el proyecto. Una de las historias que más me marcó fue la de una adolescente que quería interrumpir su embarazo porque su novio había desaparecido. Su familia ya sabía que probablemente estaba muerto y lo único que esperaba encontrar era un cuerpo, un hueso o alguna prenda para poder despedirse de él. Ella quería seguir buscándolo y no quería traer al mundo a un hijo en medio de esa violencia. Esa historia me hizo mover el centro de la novela. Dejé de preguntarme por el aborto y empecé a preguntarme qué pasa con todas las personas que rodean una desaparición.

Ahí apareció Medea como una mujer que cuida. Pero ese cuidado no nace porque sea una heroína ni porque quiera redimirse de una forma sencilla. Nace porque entiende que reparar el daño también implica hacerse responsable de otras personas.

Para mí esa era una idea muy importante. Si queremos pensar en la pacificación de un país como México tenemos que hablar de reparación del daño. Medea hizo un daño enorme: mató a sus hijos y también le arrebató a Jasón la posibilidad de despedirse de ellos. En mi novela ella intenta reparar una parte de ese daño cuidando a otras personas y ayudando a una madre a encontrar a su hijo.

En Medea dialogan la mitología clásica y problemáticas contemporáneas. ¿Te interesa pensar esta reescritura como una forma de construir personajes y relatos contrahegemónicos?

La verdad es que yo tenía una relación muy conflictiva con los clásicos. Estudié Filosofía y sentía que siempre había que regresar a los griegos. Cuando por fin llegué a la literatura contemporánea pensé que ya no iba a tener que volver a leer a Platón, a Heráclito o a Parménides. Pero no. Resultó que también desde la literatura había que volver a ellos.

Con el tiempo hice las paces con esa idea. Entendí que seguimos regresando a los clásicos porque siguen siendo una forma de pensar el presente. Incluso hoy utilizo a Aristóteles y a Sócrates como parte de la base teórica de mis talleres de escritura. Pero con Medea yo no quería hacer una reinterpretación del mito. Tampoco quería modernizarlo. Lo que quería era tropicalizarlo. Necesitaba traer a Medea al contexto mexicano porque su figura me resultaba muy útil para pensar un problema muy nuestro.

Yo necesitaba una mala madre. Y Medea es probablemente una de las malas madres más conocidas de la literatura. No solamente mata a sus hijos. También se lleva sus cuerpos. En un país como México, donde hay más de doscientas mil personas desaparecidas y miles de familias siguen buscando a sus hijos, a sus hijas, a sus hermanos o a sus padres, esa decisión adquiría un significado completamente distinto.

Lo que hice fue conservar a la misma Medea. Comete los mismos errores. Recorre prácticamente el mismo camino. El único lugar donde decidí intervenir fue en la reparación del daño. Me interesaba preguntarme qué pasaría si esa Medea llegara al México contemporáneo y entendiera que reparar el daño también implica cuidar a otras personas y ayudar a una madre a encontrar a su hijo.

¿Confías en que la literatura, o en general la cultura, puede resonar más en las juventudes enfrentadas a esta realidad del narcotráfico que las campañas punitivistas? ¿Qué piensas al respecto?

Sí. Yo sí confío en que la literatura y la cultura pueden hacer cosas que las campañas punitivistas no consiguen. Mi libro se ha convertido, sin que yo lo planeara, en una especie de caballo de Troya. Hoy lo trabajan sobre todo en secundarias y preparatorias de contextos de alta marginación. También en centros penitenciarios y en centros para adolescentes en conflicto con la ley. Ahí los profesores utilizan la novela para hablar de reclutamiento, de violencia y de las decisiones que toman los jóvenes.

Es muy emocionante porque constantemente me mandan dibujos, cartas y reflexiones de los estudiantes. En una prisión de hombres incluso me invitaron a conversar con el círculo de lectura, aunque al final no fue posible porque era un centro de alta seguridad y no podían garantizar mi seguridad. En un centro para adolescentes también me invitaron, pero ahí la dirección decidió que yo no era una buena influencia. En las cárceles de mujeres, en cambio, ha sido mucho más sencillo entrar y conversar con ellas.

Una de las experiencias que más me marcó fue en la Comuna 13 de Medellín. Los estudiantes me recibieron con un salón lleno de gatitos negros porque sabían que me gustan. Había Coca-Cola bien fría porque sabían que me encanta. Todas las chicas iban peinadas con trenzas como Medea. Al terminar la charla un muchacho se acercó para decirme que le habían ofrecido trabajar como narcomenudista y que, después de leer la novela, decidió rechazar la propuesta porque no quería creerse el corrido.

Hace apenas unos días estuve en una secundaria de México donde organizaron una campaña llamada “Me creí el corrido”. A partir del libro discutieron la narcocultura y reflexionaron sobre la diferencia entre consumir una ficción y querer convertir esa ficción en un proyecto de vida. Los propios estudiantes decían que las canciones hablan de dinero, de camionetas y de lujos, pero casi nunca de la precariedad, del hambre o de la violencia que también forman parte de esa realidad.

Esas experiencias me hacen pensar que la literatura no cambia un país por sí sola. Pero sí puede cambiar la conversación. Puede ofrecer otras preguntas. Puede hacer que un adolescente se detenga un momento antes de tomar una decisión. Y cuando eso ocurre, la literatura ya hizo algo muy importante.

Has sido víctima de violencia digital debido a tus intervenciones públicas y a tus posiciones frente a la ultraderecha y los derechos de las mujeres. ¿Cuál ha sido tu antídoto contra esa arremetida machista y continuar con la resistencia?

Mi antídoto ha sido pelear. Yo soy muy peleonera. Nunca he sabido responder de otra manera. Creo que hay una expectativa de cómo debe comportarse una buena víctima. Debe guardar silencio. Debe ignorar el acoso. Debe responder con elegancia. Yo no hago nada de eso. Si alguien me agrede, yo me defiendo. Lo aprendí desde muy niña y es algo que no sé hacer de otra manera.

Lo curioso es que el acoso en sí casi nunca es lo que más me duele. Que me digan que soy una mala escritora. Que hago apología del narcotráfico. Que me llamen mata bebés o que me insulten. Eso no es lo más difícil. Lo más difícil es que cuando me defiendo muchas personas deciden que la agresora soy yo. Existe una expectativa de que las mujeres recibamos la violencia con dignidad y en silencio. Cuando no lo hacemos dejamos de ser consideradas buenas víctimas.

Yo también utilizo mecanismos legales. En este momento tengo denuncias penales por discriminación y por acoso digital. También inicié procedimientos ante las instituciones correspondientes y estoy en proceso de ingresar al Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas. Sin embargo, muchas veces he sentido más revictimización que protección. Me han dicho que si no quiero recibir violencia simplemente abandone las redes sociales. Me parece una respuesta profundamente injusta porque el problema no es que yo exista en internet. El problema es que hay personas que consideran legítimo organizar campañas de odio e incitar a la violencia contra una mujer.

También he tenido que aprender a poner límites. Hay días en que simplemente no entro a X. No porque me hayan vencido. Sino porque también necesito descansar. Y luego está mi vida. Mi esposo. Mi mamá. Mis amigas. Mis gatos. Mi barrio. Siempre hay un problema concreto que resolver. Hay un gato abandonado. Hay una vecina que necesita ayuda. Hay una gotera. Hay una adolescente que necesita acompañamiento. Hay algo que hacer.

A veces, bromeo diciendo que el tercer mundo me salvó de la violencia digital. Pero hay algo de verdad en eso. Mi vida está tan llena de personas reales y de problemas reales que internet nunca ha conseguido convertirse en el centro de mi existencia. Creo que esa ha sido mi forma de resistir.

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