Piedad Bonnett (75) luce sencilla y cercana la tarde en que culmina el 14° Festival Gabo, en una Bogotá que deja salir levemente el sol entre las nubes. El encuentro reunió a diversos escritores, periodistas y editores de América Latina para enlazar conversaciones sobre el oficio periodístico y literario actual. La escritora colombiana fue una de las panelistas encargada de dar voz al conversatorio final de esta versión. Al nombrarla, en uno de los salones del Gimnasio Moderno, el moderador afirma que “no necesita presentación”, y el público le da la razón: los aplausos se escuchan a salón lleno.
No es azar que el tema de esta charla sea la de cierre: cómo salirse de las etiquetas impuestas por la industria editorial a la literatura latinoamericana. ¿Qué piden usualmente esas editoriales a las y los autores de la región? “Hay mucho de dar prioridad a que el relato se desarrolle en medio de la selva y del narcotráfico”, contesta en una de sus intervenciones Bonnet, reconocida con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2024. Aquello que mencionan dentro del panel como “exotismo”, que ha envuelto a la literatura latinoamericana como una camisa de fuerza, sostienen, se vuelve el punto de reflexión del que Bonnett es crítica.
Entonces, ¿cómo cambiar esa mirada sobre lo que recurrentenente se busca de los relatos venidos desde acá?
Bueno, primero, esa mirada no es de nosotros. Aunque, a veces, nos construimos así; la política nos construye así y, bueno, a veces, nos queremos vender así. Pues yo no. Esa mirada es europea y norteamericana, y es muy difícil desmontarla porque es muy fácil trabajar con el cliché y tratar de que eso se venda. Eso es puramente comercial. Pero ya tenemos un corpus tan gigantesco para salirnos de eso. Ya es tontería de ellos si persisten en eso.
Estamos en un contexto marcado por el avance de discursos autoritarios y de ultraderecha en distintos países. ¿Qué papel pueden desempeñar la literatura y el periodismo cultural frente a ese escenario?
Ni más ni menos que generar pensamiento crítico. Primero, por supuesto, desde el periodismo, la información y el análisis. La literatura obliga a un ejercicio de imaginación que lleva a plantearse el sentido de muchísimas cosas. Estamos unidos también por el manejo del lenguaje.
El periodismo trabaja de una manera particular, pero Gabo fue las dos cosas. Y hay muchas de sus obras que tienen un entronque importante con el periodismo. Entonces, yo creo que es, llamemos a esto, cultura, una parte de la cultura muy importante en momentos en que el mundo está tendiendo al totalitarismo. Incluso, a un pensamiento anticientífico, como está pasando en los Estados Unidos. Y una subvaloración del saber, porque también hay exceso. Entonces, nosotros somos la resistencia. Y a mí me gusta el término intelectual, que está tan devaluado. Sin embargo, me parece que intelectual es todo aquel que se dedica a pensar una serie de problemas. Entonces, pienso que tanto el periodismo como la literatura están ahí, anclados en eso.
Duelo y creatividad
¡Si os encerrara yo en mis estrofas,
frágiles cosas que sonreís!
Los versos son del poeta colombiano José Asunción Silva, del poema La voz de las cosas. Es el nombre que tomó Bonnet para su último poemario. Para ella fue especialmente significativo encontrar un cuaderno de su hijo Daniel, aun con hojas en blanco, en el que dibujó algunos objetos que le pertenecieron. Revisarlos e intentar desentrañar el lenguaje que emergía de ellos fue una oportunidad para reencontrarse con él después de su suicidio, en 2011. En un diálogo entre el arte y la poesía, Piedad publicó este libro donde atraviesa la ausencia como un motivo literario que reaparece en su obra con nuevas percepciones e interrogantes.
¿Cómo fueron apareciendo estos objetos dentro de la escritura? ¿Qué posibilidades te ofrecía para hablar del duelo?
Pues mira, es un libro con una historia extraña, y el libro, en sí mismo, es una curiosidad, porque esos dibujos que hice yo los hice de una manera amateur. A mí siempre me gustó dibujar. Yo habría podido optar por el arte plástico porque me ha interesado, y además he estado muy vinculada con el arte plástico.
Hice una maestría en teoría en arte de arquitectura. Pero esto fue un ejercicio que yo hice muy íntimo cuando murió Daniel: en un cuaderno que él dejó sentí la tentación de dibujar esos objetos. El lector va a ir entendiendo qué hay ahí, en esos objetos. Y muchos años después los vio mi editora de Alfaguara. Me dijo que le encantaban y que le gustaría publicarlos. Y yo dije: «Bueno, pero los dibujos solos, pues, en una escritora como yo no tienen mucho sentido. Si quieres, le hago unos poemitas». Y fue un ejercicio muy difícil, pero también muy interesante, porque eso venía desde un lugar muy profundo.
¿Cómo literariamente se monta esa memoria de los afectos?
Es que no es muy difícil, porque los objetos permanecen mientras que los seres humanos desaparecen. Entonces, cuando ves, incluso en un museo, los objetos, esto te está remitiendo a un mundo amplísimo. Y, en general, los objetos son bellos en sí mismos, pero además, cuando son íntimos, unos zapatos, un pantalón de pintura, una máscara decorativa, esos objetos hablan. Por eso lo puse así, La voz de las cosas, que es un poema de José Asunción Silva. Pues a cada uno le hablan de una manera diferente. El poema es el que, de alguna manera, pone el énfasis en la ausencia.
En el ámbito de lo cotidiano y lo doméstico hay relatos que de lo íntimo pueden hacerse una lectura universal. Tú lo has explorado en La voz de las cosas sobre el duelo por el suicidio de tu hijo. ¿Qué valor y simbolismo van tomando los objetos como detonantes para tu escritura?
No, mira, los dibujos no. Una cosa más bien aleatoria. Porque ese fue el orden en que fui llegando. Luego le di un mínimo de estructura, por razones de equilibrio, no sé. Y con la editorial, al final, hicimos pequeños cambios. Y los poemas, como a cada objeto le corresponde un poema, tienen una lógica y un rigor ya adentro. Pero no es más que eso, no tiene una idea más allá, porque el libro pretende ser una cosa sencilla, humilde hasta cierto punto, pero con una poesía que no sea, digamos, el objeto por el objeto. No es que el objeto sea ilustración del poema, ni el poema sea una descripción del objeto. No, hay otra dimensión.
¿Cuál fue el sentido que quisiste darle en esa relación?
Con el poema quise hacer una cosa muy poderosa con el lenguaje. Ambigua y oscura, pero de todas maneras que comunique una cosa muy importante, que es el dolor y una reflexión sobre el destino.
No un dolor estancado, sino que es un dolor que sale de ahí para crear y para movilizar…
Lo que pasa es que, si el dolor no se mueve, se vuelve patológico y te domina. Pero, como digo a veces en mis charlas, un duelo es una oportunidad de reestructurarse, de hacerse preguntas esenciales, de examinar tus creencias, de afirmar algunas cosas que estaban en ti. En fin, es en ese sentido que un duelo puede producir algo. Y la belleza, digamos, no está solamente en la literatura, sino que tú puedes hacer, un jardín, un álbum de fotos hermoso, puedes hacer una fundación, no sé, cosas así.
Sí, es muy sutil esta visión sobre la belleza vista desde la fragilidad y vulnerabilidad.
En relación a tu escritura, marcada por la memoria y la ausencia. ¿En algún momento te ha provocado algún temor escribir desde la nostalgia?
A mí no me da miedo. Lo único que me dio miedo era no estar a la altura de la memoria de Daniel. O, de pronto, hacerle daño a alguien. Digamos, incluso a los que le hicieron daño a él. No quería convertir el libro en una oportunidad de venganza. Lo que me dio miedo es que, de pronto, mis hijas sintieran que estaba pasando un límite de lo íntimo, y ahí uno tiene que poner el freno y saber qué dice y qué no dice.
¿El temor fue más bien por las otras personas más que tú abriéndote?
Sí, no, yo no. Porque yo tengo mucha experiencia en la literatura. Yo tenía sesenta años cuando Daniel murió y había enseñado mucho; mis estudiantes habían tenido talleres de escritura. Entonces, sabía cómo tener las riendas. Ahora, un libro siempre te da miedo: fallar; no tener el ritmo; no tener la fuerza; irte por el lado que no es; hacer una cosa desarticulada. La creación siempre te da miedo. Pero, digamos, como un miedo a enfrentarme con una cosa íntima. Ahora tengo ese libro, que es uno de los últimos, que se llama La mujer incierta, que son unas memorias a partir del cuerpo. Entonces, eso necesita cierto coraje. Pero no me da miedo, la verdad.
Y ahora cuando tuviste el libro completo en tus manos y dijiste ya, este proyecto está acá, ¿qué sentiste?
Mira, yo pensé que había terminado el ciclo de Daniel con mi libro Los habitados, de poemas sobre el duelo, la enfermedad mental y el suicidio. Apareció esto como una cosa aleatoria. Me pareció curioso que saliera a la luz esa otra faceta mía del dibujo. Tengo unos lectores muy fieles y muy amorosos. Me pareció que era un pequeño regalo para ellos. No he dicho mucho que ese libro es sobre Daniel. O sea, eso no lo dije a la prensa cuando lo saqué. La gente va a adivinarlo apenas lo vea.
Hay señales…
Sí, pero pues no me quiero perpetuar en eso. Ya tengo otros libros más allá de Lo que no tiene nombre. Pero siempre regresas al duelo, ¿no? A un duelo siempre se regresa porque uno está siempre recordándolo.
Y desde la literatura hay una potencia que te empuja a la creación, ¿no?
Los escritores tenemos esa pulsión de que lo que nos conmueve, nos duele o nos encanta nos lleva a la escritura. Y el poder del duelo es una cosa que, si no lo sacas, te asfixia, para un escritor por lo menos.
*CRÉDITO DE PORTADA: PENGUIN RANDOM HOUSE.






1 comentario en “Piedad Bonnett, escritora: “El poder del duelo es una cosa que, si no lo sacas, te asfixia””
El duelo perpetúa la memoria y la ausencia y hay días donde la creación se vuelve erótica y días donde te desgarra el corazón; y aun así sigue siendo duelo, ambivalente.