Cuando Pablo Yévenes entró a estudiar Psicología en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, en 2020, se hizo una promesa: antes de terminar la carrera iba a escribir un libro. Se lo había dicho a un solo amigo, Francisco, que conocía su proceso de dejar las drogas.
Durante años la escritura había aparecido de distintas formas en su vida. De niño inventaba tramas para los cómics de Barrabases y guardaba sus cuadernos debajo de la cama, algo que hizo durante un buen tiempo, hasta que su madre, Alma Marcela, falleció. “Cuando murió mi mamá murió también ese cuaderno”, comenta ahora, en una tarde lluviosa en su oficina en Puente Alto.
Retomó el ejercicio de escribir en los centros de rehabilitación por drogadicción, haciendo guiones de obras de teatro. “Siempre estuvo en mí escribir alguna cosa”, afirma.
Pero el tiempo pasó. En 2024, cuando llevaba cuatro años en la universidad, Francisco le recordó aquella promesa:
—Pablo, ¿te acuerdas que una vez tú me dijiste que ibas a escribir un libro antes que terminaras la universidad?
—Sí, me acuerdo.
—Te falta un año.
Esa noche se sentó frente al computador. Escribió tres capítulos, en distintos lugares, con algunas escenas de cada uno. Se quedó hasta las siete u ocho de la mañana. Cuando despertó, revisó el celular. Tenía un mensaje en sus redes sociales de Javier Rodríguez, editor de Penguin Random House.
“Ahí le dije: ‘Mira, espérate, tengo tres capítulos’, y se los mostré… Y empecé con todo esto”, cuenta Pablo, más conocido como Pablito Recupera, mientras señala su primer libro, Psicología callejera, en el que busca explicar qué hay detrás de la adicción, del vacío y de decisiones que no siempre tienen lógica. “¿Cómo te explico qué es ser un pastero? ¿Cómo te explico por qué dejé tirados a mis hijos por un papel de pasta base? ¿Cómo te explico qué se siente al pegarse un pipazo? ¿Cómo te explico las ganas de morir?”, se pregunta en uno de los capítulos.
Durante un año, mientras terminaba su carrera y escribía su tesis sobre Alcohólicos Anónimos y las adicciones, trabajó junto a Javier en el manuscrito. “¿Sabí lo que es estar escribiendo un libro y estar haciendo tu tesis al mismo tiempo? Una locura, una locura, pero la tesis también me dejaba incorporar cuestiones acá po. En la tesis yo definí y concluí muchas cosas”, comenta.
El libro cuenta con explicaciones pedagógicas sobre lo que es la adicción, definida por él como “un grito del alma malinterpretado”, como estas: “Imagina a alguien muerto de sed en medio del desierto. Delirando de calor, ve un espejismo, un oasis. Su cuerpo, angustiado, lo impulsa a beber de esa agua que en realidad, es más arena que otra cosa. La adicción es el oasis, el espejismo. Es el intento biológico, psicológico y desesperado de la persona por saciar una sed que es, en su raíz, espiritual (…) Quienes hemos estado allí sabemos que no se elige el espejismo por gusto (…) No existe lógica que explique el comportamiento de un adicto. El adicto no es un ser débil ni vicioso. Es un buscador espiritual extraviado”.
Pero también interpela directamente a los lectores y usas el tono que lo hizo famoso en redes sociales. “Tú, el adicto que está leyendo esto, ¿hace cuánto que no acas a la plaza a tu hijo? No lo sacas a ningún lado porque estai ocupado. ¿Ocupado en qué, mi guacho? ¿Cómo evades a tu hijo? Con puras mentiras, te da paja, tu hijo te aburre porque no se droga”, se lee en un pasaje.“Te voy a hacer trizas si sigues leyendo, pero ¿querís aprender o no?”, sostiene en otro.
El resultado es una obra en la que aparecen episodios de su vida y críticas a la cultura, las etiquetas y la sociedad en la que vivimos. “Arrancas de la realidad con cada fumada, con cada reel con el que te quedai pegao, con cada comercial que luego materializai comprando la última weaíta de moda. Buena pega la de la publicidad: busca acá afuera, tenemos de todo”, escribe.
También hay vacíos: aquello que Pablo decide no contar todavía, porque, como dice, ya está pensando en escribir un segundo libro. “No puedo tirar toda la carne a la parrilla. El segundo tiene que ser más pulento que el primero”, detalla en esta entrevista.

—Empiezas el libro haciendo énfasis en que en los espacios de rehabilitación por drogas siempre te piden definirte con tu nombre y el reconocimiento, o etiqueta, de que eres adicto. Hoy, ¿cómo te defines?
—Yo soy un creador de contenido. Tú hables bien o hables mal de mí, yo ya gané porque yo soy un creador de contenido. Me da lo mismo lo que tú quieras decir, ¿cachai? Yo tengo bien claras mis cosas.
—Me llama la atención tu lógica, porque es una mentalidad empresarial o publicitaria, pero finalmente los mensajes que estás instalando quizás te hubiesen salvado a ti mismo cuando adolescente…
—Claro. Es que yo siento que todos mis mensajes son constructivos y dentro de todo eso que incluso tiene que ver con la política también yo le mando el mensaje constructivo a la sociedad, ¿cachai? Nunca dejo de hacer eso, pero como Julianno Sosa, por ejemplo, el cantante de trap, él dice, “hermano, yo me hice millonario por la canción que menos quiero en mi vida, que es Cochinae, esa canción no me representa para nada. Y yo tengo que vender. Tiro esa canción y te hago siete canciones resilientes, pero te aseguro que estas siete canciones no me las vais a escuchar más que esta cuestión”…
—¿No puede funcionar como un caballo de Troya?
—Básicamente es lo mismo que me pasa a mí, o sea, yo te estoy hablando de profundidades de la infancia, hermano, y me están escuchando las pelás que le devuelva a otro loco, ¿cachai? Conozco el juego, no se trata de arrogancia, sino que ya llevo seis años haciendo esto…
—Pese a eso, tengo entendido que a tu libro le ha ido bastante bien. ¿Cómo ha sido la repercusión de tu libro? ¿Te ha sorprendido?
—En parte sí. Ayer me llaman por teléfono y me dicen, mira, hermano, el libro en la cárcel, ¿cachai? El libro está adentro, lo mandan a pedir los cabros. Estoy haciéndole leer a personas que probablemente nunca han leído. De hecho, muchos de mis comentarios dicen, “hace cualquier tiempo que no leía un libro”, o “yo nunca leí un libro hasta que apareció este libro”. Y este libro yo no lo escribí tanto para que lo leyera, sino que como para que tú escribieras tus propios libros. Esa era la función de esto. Mientras más recorrido tenga, a mí me hace mucho más que la venta de los libros, a mí lo que me hace sentido es donde fuera a pegar. Que esté en la cárcel, que esté en las manos de un caballero que nunca ha leído un libro, que se le antoje a un cabro joven de 18 años agarrar un libro, no como el que me imponen en el colegio. Yo soy rapero desde cabro chico, pero sé que esas cosas que dicen sobre mí, que soy flaite y todo, son los puntos que hacen que este libro se venda más. Sin embargo, para mí eso tampoco me interesa porque hice que el cabro se leyera el libro.
—En línea con lo que dices: estamos en una sociedad que tiende a establecer etiquetas. ¿Cómo podemos derribarlas?
—Creo que con ontología, con lo que habla el libro. Sacarme las capas culturales. Hoy día tengo muchas ideas preconcebidas de sobre cómo son las cosas. Al final nunca fue el problema la muerte de mi mamá, el problema era el concepto que yo tenía sobre la muerte, que era un concepto sobre duelo y pérdida. Si el concepto de muerte no fuese duelo, sino que fuera algo que yo celebro, sería distinto. La cultura me genera un peso gigantesco con todas sus formas narrativas, símbolos y significados. La palabra muerte me patea la cabeza, la palabra problema me patea la cabeza. Yo sé ocupar la narrativa, si voy aprendiendo a usar la narrativa, sé qué palabras van a mover qué cosas y qué no. Entonces yo ahora categoricemos a las personas, trabajemos en la división de cada uno de ellos, patologicémosla, sobrediagnostiquémosla y mantengámosla dentro de este sistema… Entonces yo voy a llegar por un pito de marihuana donde el psiquiatra y el psiquiatra me va a decir, qué mal fumando marihuana, no, ¿cómo se te ocurre? Toma, llévate unas pastillas de clonazepam.
—Eso en términos de salud mental, pero ¿cómo eliminar las etiquetas de orden cotidiano, que te pueden pasar a ti, a mi, a cualquier persona, en cualquier situación?
—Sigo insistiendo que tiene que ver con lo cultural, con el hecho de que yo voy categorizando a las personas y a cada persona le tengo una descripción. Sin embargo, todavía no me acerco a conversar con el flaite y de repente ver que tiene un corazón mucho más bonito del que yo creía. Y me daría cuenta que a lo mejor es una persona súper amorosa y que solamente es su forma de vestir y que cubre una fachada detrás. Cada personaje cubre una fachada, incluso en sus propias formas de vestir. Yo veo detrás de tu ropa. Es una moda, no me dice nada de la otra persona. Pero claro, como yo lo tengo significado culturalmente y le tengo conceptos a cada uno…
—Pero los cambios culturales se demoran en ocurrir… Mientras tanto, ¿qué hacemos?
—Ahí yo lo veo súper difícil. Porque al final tengo que entender que todas estas narrativas que están adentro de tu cerebro se hacen a través de la repetición del acto. Tú, tú, tú, tú, repetir, repetir, repetir, repetir. Cuando yo, para quitar el hábito malo, por decirlo así, y colocar un hábito bueno, tengo que hacer las repeticiones que hice con el hábito malo. Si hice 350 veces esto en forma mala, y el hábito que va a reemplazar a este tendría que ser hecho los mismos 350 y más que eso, el doble incluso, para que la balanza cambie…
—Hacerlo es particularmente complejo en contextos como el actual, cuando desde los propios gobiernos se incentiva la fractura por sobre la unión. ¿Qué pasa ahí?
—Es que ahí está el tema, no existe una posibilidad que algo así llegue a pasar, incluso si pasara podría llegar a ser utópico. No es real, hay que ser honesto, el sistema no está para hacernos bien a nosotros, el gobierno no está para, no sé, llevar tus necesidades adelante. No están las cosas hechas como para que nosotros podamos vernos como comunidad y empáticos. Entonces todo lo contrario, mientras más te proponga inseguridad, menos vas a querer hablar con el vecino. Entonces rompo la comunidad por completo y genero una sociedad bastante individualista. Donde ya la empatía, si yo soy individualista, la empatía ya se pudre. Me importa un comino que hayan atropellado a alguien, me importa un comino que te falte un pedazo de pan. Es un sistema punitivo, todo el rato estamos con el castigo. ¿Por qué yo no genero vínculo con los cabros en el colegio? Porque todo lo que hace el colegio es establecer normas, y si yo te miro jerárquicamente, yo no genero vínculo contigo, ¿cachai? Te miro para arriba incluso.
—Y Chile es una sociedad muy jerárquica, por lo demás.
—Muy. Mira, un cabro está en situación de calle, y esto es real, lo vi en Chillán. Lo conversaba yo a los chicos, fui a darles unas charlas para hablar de estos temas. Gente que trabaja en el Ministerio del Desarrollo. Entonces el cabro está durmiendo en la calle y llegan estos tipos del ministerio con un chaleco. Yo despierto, te veo ese chaleco, me asusto al tiro: “este weón me viene a wear, me quiere llevar detenido, me va a sacarme de aquí, que me voy a poner ruco, que tengo todo cochino, algo me viene a decir”. No es vínculo afectivo. Si el weón te dice sácate la institución, sácate la chaqueta y acércate, te aseguro que ahí recién te voy a escuchar, porque si no me está institucionalizando encima. ¡Loco, yo vivo en la calle y vienes con la institución encima! Si estoy en la calle es porque la institución me hizo mierda, loco, es porque el Estado me hizo daño, ¿cachai?
—¿Contra qué luchamos entonces?
—Luchamos contra esta máquina que finalmente hace que el ser humano se construya en algo que está muy lejos de lo que debería ser. Entonces le vamos a pasar las ideas preconcebidas, le vamos a pasarle hartos consumos, les vamos a generar ideas. Por ejemplo, ellos saben que están los siete pecados capitales, que son todos tus talones de Aquiles. Por esas siete cuestiones yo derrito al ser humano. Pásale pereza a este weón, y ¿cómo va a abrazar esa pereza? La va a amar a cagarse. Pásale lujuria, pásale lujuria y se va a volver loco con la lujuria. Pásale gula y se va a volver loco con la gula. Son cosas que yo sé por dónde tropieza este tipo. Estos siete pecados los trae en el cuerpo y se derrite por ellos. La cosa es fomentárselos y se derretirá. Entonces, por ejemplo, en pereza te confundo, ¿vale? Te voy a generar una casita con aire acondicionado, bien calentita, muy confortable. Te vas a querer quedarte adentro porque afuera hace frío y está inseguro. Te voy a mandarte la pega para dentro de la casa para que no tengas que salir para afuera, y tú me vas a pedirme hasta las comidas por internet.
—La zona de confort…
—Te voy a meterte en una zona de confort que para ti va a ser ideal. Estoy lleno de privilegios. Finalmente, puros privilegios que te están haciendo cagarte, te tienen ahí encerrado en una pereza funcional, donde realmente no hago nada mucho, si estoy todo el rato sentado. Mando a comprar la comida por internet, me transformo en un gran consumidor de todo, todo lo consumo. Entonces, al final la propuesta está en el sistema, uno agarra esa propuesta la hace propia y estamos en lo que estamos.
—Es lo que dices en el libro, de que el sistema te invita a llenarte para “ser feliz”…
—Exactamente. Cobro chico, polola, casa, auto, viaje. Cuando vayan los viajes te van a preguntar, te dicen, ¿estás feliz o no estás feliz? ¿Qué te falta? No, es que me falta esto y esto…
—Dejando de lado lo que el mundo exige. ¿Cuán importante es el espacio privado para una persona que está pasando por una adicción?
—Probablemente la familia no lo es todo. Si yo tuve a mi familia para todo y con la familia, y aún así con la familia no pude nada… Yo diría que al final de cuentas al adicto lo que le queda hacer es generar un cambio de hábito y de forma de vivir súper grande, donde yo empiezo a meterme en lo que son todas las herramientas que entregó Diosito para que nosotros tuviéramos, podríamos canalizar: deporte, arte, pintar, dibujar, cantar, correr, saltar. La creatividad por sobre todas las cosas. Todos somos tremendamente creativos. El no explorar nuestra creatividad es lo que nos hace más esclavos de todo. Entonces voy a buscar pega, y cuando esté en la pega, el loco me va a decirme lo que yo tengo que hacer. Y el hecho de no poder explorar y explotar esa creatividad a mí me reprime un montón, porque por algo a nosotros nos pusieron arte. En la pintura están todas las palabras que le faltan al lenguaje para poder explicar lo que yo siento. O sea, a mí el lenguaje queda corto cuando yo quiero explicar mi dolor…
—En ese sentido, ¿cómo ves la situación para las personas que tienen adicciones en Chile hoy? Pienso, por ejemplo, en que muchos de los recortes realizados por el gobierno incluyen programas relacionados con la salud mental, las drogadicciones, el alcoholismo e, incluso, áreas que incentivan la creatividad como las que mencionas…
—Mira, el que SENDA (el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcoholes) sea parte del Ministerio del Interior y Seguridad Pública ya me está mostrando qué es lo que el sistema quiere hacer conmigo. ¿Por qué no en el Ministerio de Salud? El Estado no está ni ahí con ayudarte. A partir del momento en que SENDA está en el Ministerio del Interior y Seguridad Pública es porque lo único que quiere el Estado es normar con respecto a las drogas. La lógica es: yo no quiero recuperarte, porque si quisiera recuperarte agarraría SENDA y haría que perteneciera al Ministerio de Salud. Si está en el de Seguridad es porque sobre la droga lo único que yo tengo es algo punitivo, algo de castigo, algo de obligación, etcétera, etcétera, etcétera. Entonces, ya partiendo de la base de que el Estado no está ni ahí con ayudarte, me toca hacer mi trabajo. O sea, el Estado afuera no ayuda mucho, ok, me toca hacer mi trabajo. Y cuando me toca hacer mi trabajo, tengo un problema que es la adicción. Y ahí tienes que saber tanto de tu adicción como un diabético sabe de su diabetes.
—Finalmente, ¿dónde queda la esperanza entonces?
—En mis hijos.
—¿Por qué?
—Porque creo que son las únicas cosas que realmente puedo velar porque así sea. La sociedad se me arranca de las manos, por mucho que sea psicólogo. No me puedo meterme tanto en lo que pasa con el personaje que tengo al frente porque ni siquiera sé por qué viene. De repente viene porque la mamá lo manda y yo no me voy a hacerme tira mi profesión porque hay una persona al frente que no viene aquí porque quiera cambiar. Entonces yo velo hoy día porque mientras mis cuatro cabros chicos me salgan sin problemas de adicciones, o si se pegan una consumida, que no lleguen a lo que yo llegué, yo gané. Ahora, con lo que hago con el libro: el que llegó al libro, lo compró, y no lo compró por moda, por sacarse una foto, sino que lo compró porque el loco sí realmente anda buscando una recuperación, ahí yo gané también.





