La Milla, o por qué la cueca nunca muere

Desde los martes de rueda en La Milla, un bar de más de setenta años en pleno corazón de La Vega, hasta su huella en la escena musical chilena actual: un recorrido por cómo la cueca urbana resiste, muta y se cuela por todos lados.

Los músicos y asistentes empiezan a llegar cerca de las seis de la tarde. Por ese horario, en las calles del sector se acumulan restos de frutas y verduras, cajones de madera vacíos, carritos de supermercados, toldos y vendedores que desarman sus puestos tras otra jornada en La Vega. Desde varios metros de distancia se puede oír el repiqueteo del pandero; un dedo arrastrándose sobre el cuero, haciendo vibrar las tachas, acompañado de aplausos, golpeteos en la mesa y las voces que se van trenzando alrededor de una cueca. 

Es el primer martes de septiembre, el mes de las Fiestas Patrias, y hay cueca en el Restaurante La Milla. Pero fue así también durante los martes del resto del invierno, el otoño y el verano. Aquí la cueca no se acomoda a las fiestas, más bien al revés. Antes de las siete están todas las mesas ocupadas. En el salón principal se formó una hilera de mesas, y alrededor de ellas los músicos desatan lo mejor de su repertorio. 

Que vivan las fiestas patrias
las flores de primavera
y los aires dieciocheros 

que juegan con mi bandera

El panorama es diverso, en edad, género y estilos. Desfila un hombre de terno y con boina, frente a él un joven con el pelo decolorado, otro con mohicano. Camisetas de Everton, Magallanes, Colo-Colo, y un hombre y una mujer con pantalones con púas. Esa diversidad conversa con el ambiente de antaño. El Restaurante La Milla, ubicado en el corazón de La Vega, es un diorama vivo del Chile antiguo. En parte por su fundación en 1954, pero también por los botellones de pipeño que se atiborran detrás del mesón, las sillas de metal y madera de color celeste, las trenzas de cabezas de ajo colgando desde el techo, frascos con cebolla en escabeche y una hilera de jarros con preparados de vino blanco y tinto que van desde el borgoña y clery hasta la piña, maracuyá, plátano y kiwi. 

Desde la cocina van saliendo las empanadas de pino, sopaipillas con ají, sandwiches de pernil y arrollado. Los comensales —o bebedores— se acomodan al lado de la barra, y entre la gente, apurado, de un lado a otro, va Juan Guillermo Flores, dueño de La Milla. Hombre macizo, generoso, que viste guayabera y una pulsera de plata con su apodo: Memo. Los martes de cueca en La Milla son para los dueños de casa agotadores pero reconfortantes. Memo preparó 60 botellas de cola de mono, de las cuales venderá 55 esta noche.

Mientras pasan las horas los músicos parecen ir multiplicándose. Los cantores llegan en autos cargados de instrumentos. Al pandero, guitarra y acordeón habituales se suman otros como la flauta traversa y el bajo electroacústico. A esta altura, los asistentes ya están ocupando la vereda y la calle al exterior del local. Lo que ocurre alrededor de la mesa es el canto a la rueda, una dinámica centenaria: una rueda de al menos cuatro cantores, cada uno con su estrofa, buscando el «pito», esa voz aguda y nasal que se impone sobre las demás. Podrían estar así toda la noche, procurando no repetir ninguna canción.

Es una tradición aprendida y heredada de los viejos cuequeros, los “taitas”, los mismos que están en fotografías colgadas en el muro de La Milla, como el Baucha y Pepe Fuentes, en ese mismo boliche por donde pasaron, recuerda Memo, otras voces icónicas de la cueca urbana como Mario Catalán, Rafucho Mardones o Carlos Pollito Navarro. 

El barrio

La Milla en algún momento se llamó Lamilla. Aún se puede leer eso en unas letras desgastadas pintadas en el frontis del restaurante. El nombre hacía referencia a Manuel Lamilla, su fundador, quien había sido matarife de Franklin y jugador de Magallanes, y que se embarcó en esta misión a mediados de los 50, tarea que luego continuaría durante décadas María Auristela Castro, la Tía María. Memo fue su hijo de corazón. 

Antes, en la década del 30, el sector era más bien de un ambiente rural, muy verde, con árboles frutales y gallineros, pero en los años posteriores la zona comenzó a densificarse. Se oficializa allí una cultura popular, explica el historiador urbano y escritor Miguel Laborde: “comienzan los restaurantes, bares, un barrio de recreación popular. El mundo popular que había llegado a las orillas de la ciudad se instala y alcanza su madurez”.

Allí, señala, se podían encontrar diferentes industrias, tanto textil, como de cuero y calzado, con locales administrados por los sindicatos y con fiesta los fines de semana. “Había quintas de recreo donde iban los obreros con sus mejores pintas. Era un ambiente popular, obrero y campesino. Y entretenido para los estudiantes de medicina y derecho de la Universidad de Chile, que estaban cerca. Había algo llamativo en lo prohibido”, dice. 

Las dependencias donde comenzó a funcionar Lamilla, explica Memo, pertenecieron antes a la fábrica de textiles Balut y Benedetto. La vida del restaurante transcurrió en el ecosistema social de La Vega y la Chimba, un área urbana con una larga tradición de mercados, comercio callejero, comida, alcohol y encuentros populares, dice Araucaria Rojas, historiadora e investigadora de música popular chilena. “La música no estaba separada de la vida diaria, sino que surgía en los mismos circuitos por donde circulaban las personas. Hubo cantores formados directamente en La Vega, siendo Mario Catalán Portilla uno de sus referentes más conocidos”, contextualiza Rojas. 

Ese tipo de cueca, nombrada con los años como centrina, chilenera o brava, que se cantaba en La Vega y también en otros lugares como los alrededores de la Estación Central, el Matadero y el Puerto de Valparaíso, fue alimentada por hombres curtidos en los conventillos y en la bohemia urbana, con letras que hablaban de vivencias en la ciudad, trabajos, desamores y también duelos a cuchillos y códigos del coa. Uno de sus mayores hitos fue en 1967, cuando Los Chileneros, un grupo compuesto por Hernán Núñez (el Nano), Luis Araneda (el Baucha), Raúl Lizama (el Perico) y Eduardo Mesías (Chico Mesías) llevaron esa experiencia barrial al vinilo, con la grabación del disco La Cueca Centrina. 

Más allá de aquella grabación, que abrió la puerta al estudio para otros cuequeros de los mismos ambientes, la cueca urbana siempre corrió en un carril paralelo a otra cueca, más ligada al campo y al huaso, con arpa, chamanto y espuelas. La cueca brava continuaría en ejercicio, cómo no, pero fuera del marco oficial. Para los años noventa, tras el fin de la dictadura, ocurriría una apertura musical que revalorizaría a los taitas, esos cuequeros de antaño. Un precedente en eso fue la grabación del MTV Unplugged de Los Tres, dedicado a Roberto Parra Sandoval. Contemporáneo a eso, una serie de grupos de jóvenes cuequeros comenzaría a encontrar en hombres como Nano Núñez, el Baucha o el Perico una fuente de inspiración, experiencia y sabiduría. Para el 2000, ese mismo trío participaría de la asunción del Presidente Ricardo Lagos. Por entonces surgían grupos y exponentes jóvenes como Los Tricolores, Los Santiaguinos, Los Trukeros, Daniel Muñoz y Torito Alfaro. 

A mediados del 2003 “si uno quería ir a la Vega y el Baucha no estaba en el mismo Tirso de Molina, podía pillarlo en Lamilla”, dice Felipe Solís, sociólogo, investigador y fundador de la Fonoteca Nacional de Chile. El Baucha, cuenta Solís, se levantaba temprano en la mañana y se iba a La Vega, almorzaba y pasaba el día allí. “Ahí le llegaban las pegas. Si alguien quería contratarlo, entrevistarlo, conocerlo, iba para allá. No tenía celular, ir a su casa era más complicado, entonces era como el típico lugar para verlo”, añade. 

Esa antigua relación entre comercio, trabajo y canto explica que, cuando la cueca urbana se revitalizó en los años 1990 y 2000, lugares como Lamilla aparecieran como puntos de encuentro naturales, dice Araucaria Rojas. “No eran simples escenarios para presentar música, sino lugares donde se podía beber, conversar, bailar, formar lotes y eventualmente improvisar una rueda, recuperando formas de sociabilidad asociadas a los antiguos cantores. En ese sentido, Lamilla heredó parte de una sociabilidad cuequera que ya pertenecía al territorio de La Vega mucho antes de que el propio bar se convirtiera en referente de la nueva escena”, menciona.

Con el correr de los años, el local comenzó a convertirse en un lugar emblemático de esa nueva generación de cuequeros del siglo XXI. Por entonces atendía el local María Auristela Castro, conocida como la Tía María. Esa estética de otro tiempo fue también una atracción para productoras. Allí Chico Trujillo grabó el video de “Loca”, uno de sus mayores hits, y una fotografía de la Tía María con el actor Benjamín Vicuña vestido de terno blanco da cuenta de las grabaciones que se realizaron allí de la serie Huaiquimán y Tolosa. 

María era una mujer alta, de pelo rizado y corto y de carácter fuerte. Le gustaba que hubiera cuequeros, música en vivo sonando mientras la gente estaba sentada en el local. Memo trabajaba entonces en la Cámara de Comercio. “De la Cámara me venía para acá, y de repente iba a repartir las empanadas. La ayudaba el tiempo que podía”, recuerda. Las maestras de la cocina, como todos los viernes, dejaban el pino listo para el día siguiente. Un viernes Memo recibió en el trabajo una llamada de su hermana. “Gordo, murió la abuela. Vente al tiro”. 

“Llegué acá y la alcancé a abrazar. Me había pedido que por favor, cuando ella falleciera, quería tres cosas”. Uno, que la vistieran de novia. Dos, que le cantaran cueca mientras la velaban en el local. Y tres, que preparara una olla con pollo, tres garrafas de pipeño y se las regalara a la gente del Pasaje Rosas, un sector icónico de la bohemia de La Vega. 

“Recorrimos San Diego buscando vestido de novia y todo eso que ella quería. No alcancé a ir a dejar la olla con pollo y pipeño porque ya no quedaba gente, la mayoría de los curaitos ya no estaban. Acá le cantaron cueca, bailaron. Después la paseamos por La Vega”, dice Memo. Luego de la muerte de María, en 2017, el local estuvo cerrado por años. “Yo a veces me venía del trabajo, me sentaba aquí, prendía la tele, me tomaba una cerveza y me ponía a llorar. Yo no pensaba echar a andar el local”, cuenta Memo. La gente de La Vega le preguntaba “ya pues, don Memo, ¿cuándo va a abrir el negocio?”. 

Un día llegaron a ofrecerle un trato para grabar en las instalaciones. La Productora Fábula quería utilizar el espacio para grabar escenas de la serie 42 días en la oscuridad, ambientada en Puerto Varas. Memo propuso un monto, y el acuerdo se cerró. 

Un día, durante la grabación, Memo recuerda que una de las directoras le pidió que se acercara para hacerle algunas consultas. “¿Usted ha sentido la presencia de alguien acá?”, le habría preguntado. Memo cuenta que por entonces escuchaba ollas que se caían, puertas que se cerraban y abrían sin explicación. “No se asuste, es su mamá la que anda acá”, le habría dicho la directora. Le recomendó que abriera el local. Que le iba a ir bien. Después de pensarlo y organizarlo, se decidió por la reapertura. La pandemia fue uno de los obstáculos, y otro obstáculo fue el papeleo. Al haber pasado muchos años, el nombre “Lamilla” no podía seguir utilizándose. Allí encontraron una alternativa: Restaurant La Milla. 

Otra voz en la rueda

En las ruedas de los martes, dice Araucaria Rojas, hay un deseo de emular una práctica de antaño tal cual fue, pero “ese ‘tal cual’ siempre implica cambios, desvíos y transformaciones”. Ruedas como las de La Milla, explica, conservan varios códigos antiguos, con una búsqueda consciente por recuperar la manera en que cantaban los antiguos cultores, pero en un contexto social muy distinto. 

“Las ruedas antiguas estaban profundamente insertas en la vida cotidiana de espacios de trabajo como La Chimba, La Vega, Chuchunco, Estación Central o el Matadero, donde la cueca era parte de la sociabilidad de trabajadores y comerciantes; la rueda contemporánea, en cambio, es producto también de una revitalización consciente de esa tradición”, dice Rojas.

Se recupera una práctica, pero al practicarla en otro tiempo y con otros sujetos inevitablemente se transforma. Un cambio especialmente importante, apunta, ha sido la irrupción de mujeres y disidencias, “así como de nuevas formas más colaborativas de aprendizaje, que han cuestionado algunas dinámicas jerárquicas y masculinizadas asociadas a la imagen del antiguo cuequero”.

Una de ellas es Paulina Martínez, más conocida como Pickúa, que ha construido por más de dos décadas una carrera artística relacionada con la cueca y los ritmos populares chilenos, en escenarios y espacios como la rueda de La Milla. La escena está viviendo un momento relativamente bueno, explica, con buenos discos y una especie de resurgimiento luego de la pandemia, pero continúa remando contra la corriente. Son espacios que, a pesar de la diversidad, “siguen siendo lugares muy masculinizados”, no exentos de “situaciones de vulneración hacia mujeres”, destaca. 

“Es heavy cómo el folclore se antepone a esto. Cualquier persona abandonaría, pero es tan bonito lo que hacemos, y con un grado de adicción. El juego que implica el canto a la rueda genera adicción, porque uno se aprende las letras, quiere probar, y puedes estar 4 horas cantando y no te das ni cuenta”, dice Pickúa.

“Como mujeres cantoras a la rueda, desde una visión feminista, hemos también forjado otros encuentros que propician ambientes más feministas donde las mini-violencias no son aceptadas, y hacemos una rueda separatista los días jueves en la plaza de Brasil”, comenta. Todo eso ocurre en tiempos de “crisis de cultura, y eso hace que nos afiatemos más, en resguardar este arte popular donde a veces también se nos ningunea por ser populares. Porque esta cueca es popular, es de los bajos fondos, de los sectores populares”.

El disco duro

La escena no se agota en La Milla, ni en los martes, ni en la cueca. Está también en Pedro Aguirre Cerda, con La Picá de la Yasna, o en el Restaurant Pupuya y en Kilombo Bar. Espacios de ruedas de cueca pero también de tonadas y boleros. El Colectivo Abejorros, del que forma parte el investigador Missael Godoy, organiza en La Picá de la Yasna su propio ciclo de conciertos, «La Picá del Abejorro», donde son habituales músicos como el guitarrista Miguel Molina, que tocó desde muy joven con el Baucha, junto a nombres como Catalina y Las Bordonas de Oro, con su cruce hacia el bolero. Se formaron en el mismo circuito, y hoy reparten su oficio entre distintos espacios y géneros. Dúos como Las Corraleras “no solamente se quedan en la cueca, sino que también hacen secciones de cumbias, rancheras, y lo conectan con otros lenguajes populares”, dice Missael Godoy.

Ahí, dice el investigador, fue clave el artista Gepe con su disco Gepinto, publicado en 2005, donde tomó sus influencias musicales noventeras y la mezcló con la música campesina que a él le gustaba, como Margot Loyola y Gabriela Pizarro. “Y al tipo lo odiaron. Los más tradicionalistas lo odiaron, pero con el tiempo tú te das cuenta que bandas como Phuyu y la fantasma, por ejemplo, lo que está haciendo ahora con Tetralogía, de mezclar mucho de la influencia de la Violeta Parra más experimental con el rock más noise de Sonic Youth, era lo que de alguna forma había hecho Gepe hace más de 20 años atrás”, contextualiza Godoy. 

Missael fue quien le mostró hace algunas semanas el proyecto de Phuyu y la Fantasma a Ángel Parra, músico nacional, guitarrista de Los Tres y nieto de Violeta. Hace unos días, en Chilevisión, Parra dijo que bandas como esa tienen incorporado la cueca, el folclor o a Violeta en su disco duro. “Este grupo me marcó bastante, en el sentido de la producción y de la referencia concreta de la música de Violeta Parra”, dice Ángel Parra a Revista Abismo. Encontró allí similitudes con Los Tres, primero en la influencia de géneros como el blues y rockabilly, que marcó a la banda en los noventa, «y posteriormente la influencia de Roberto Parra en Los Tres. Me parece que es un grupo que hace música muy honesta, y en eso yo creo humildemente que Los Tres también tienen esa misma característica, y que también éramos bastante agujas en el tema de dónde tocar, de no creer en los sellos. (…) Hoy en día muchas veces me sorprendo al ver el altruismo con el que los jóvenes hacen arte, música. Eso es digno de destacar, y espero que tengan éxito, porque hay que sonar en la radio; o no sonar en la radio, y decir, ‘esto es lo nuestro’, care raja».

Algo de esa misma mezcla entre lo viejo y lo nuevo y la convivencia de géneros es lo que describe Haroldo Salas, de Los Bares son Patrimonio, cuando habla de los martes en La Milla. 

«Hay una nueva generación de cuequeros y cuequeras, cabros que conviven perfectamente con la cueca y con otros estilos de música», dice. «Hoy no es raro que a alguien le guste el reggaetón y también la cueca, o que a un rockero le guste la cueca. Saben convivir muy bien con su vida citadina, pero también tienen esta parte muy ligada al folclore y a toda esta herencia». La Milla, añade, es una experiencia que no depende de ninguna producción: «No hay venta de tickets, no hay nada de eso. La gente llega, se pone a cantar, se sociabiliza, termina bailando incluso en la calle. No es un show pagado, y eso lo hace único».

Felipe Solís lo mira desde una perspectiva más amplia. Cada cierto tiempo, dice, aparece la idea de que la cultura chilena se está perdiendo, de que antes todo era más verdadero.

Pero probablemente “la misma sensación y el mismo discurso lo pueden decir los cuequeros de hace 50, de hace 100, de hace 200 años. Es muy probable que en 50 años más digan lo mismo (…) pero la verdad es lo que estás viendo ahora y está por todos lados. Goza de buena salud, sin necesidad de hacer más cosas que las que hacen las personas naturalmente”.

*FOTOGRAFÍAS DE JOAQUÍN ZÚÑIGA

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