Abriendo la maleta de Violeta Parra: la historia de sus recopilaciones olvidadas en Ginebra

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Violeta Parra, desde la intimidad de su habitación, escribió:

–Medio Ginebra se ocupa de retirar la nieve de la ciudad. Yo me muero de la risa de ver estas hormigas, haciéndole cosquillas a la naturaleza con una pala en la mano.

El invierno de 1963 ya se había derretido cuando Violeta Parra entró decidida al Museo Etnográfico de Ginebra con una maleta en la mano. Cargaba decenas de grabaciones traídas desde Chile. Entró a la oficina del musicólogo del museo y puso la maleta sobre el escritorio.

Abrió la valija como si mostrara un cofre de monedas de oro. O como si abriera un portal hacia esa tierra escondida tras la Cordillera de los Andes. Años antes, había recorrido Chile registrando con una grabadora la riqueza musical anónima. Viajó con ella a Europa para que alguien le diera el valor que merecía.

Luego de un par de minutos de conversación, el musicólogo le preguntó a Violeta si conocía las notas musicales de las grabaciones que traía. Respondió que no. El musicólogo expresó que era inaceptable hablar con alguien sin ese conocimiento. Violeta lo miró como a una hormiga que no comprende la magnitud de lo que tiene enfrente. Tomó su maleta y se marchó.

Días más tarde la convocaron para una segunda cita, nadie sabe qué le dijeron para convencerla. Ahí Violeta sí dejó sus grabaciones. Las voces de cantores chilenos registradas por Violeta Parra permanecieron inertes en los archivos del museo de Ginebra por más de 60 años. Hoy, por fin, despiertan.

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Emile Hiltbrand acompañó a Violeta como amigo y traductor en la reunión con el musicólogo del museo. Su relato fue fundamental para llevar a esta investigación a preguntar al Museo Etnográfico por la existencia del archivo dejado por Violeta en 1963. A fines de 2024, la institución respondió que efectivamente lo tenían, y aunque faltaba investigar su origen, lo publicarían. Las cintas digitalizadas fueron puestas a disposición del público en febrero de 2025.

Escucharlas es un hito: en nuestro país, solo una decena de cintas recopilatorias están disponibles en la Universidad de Chile, dejadas por la artista en los años 50; el resto permanece en archivos privados, cuyo contenido no se conoce. Las grabaciones encontradas en Ginebra parecen una curaduría del folclor chileno, resumido en 92 minutos. Violeta seleccionó extractos de sus recopilaciones para condensar sus viajes e investigaciones: se escuchan cantoras campesinas, cuecas, música de La Tirana, cantos a lo divino y a lo humano y cantos mapuche.

–En esa selección plasmó su mirada de Chile desde fuera de Chile –dice Rodrigo Torres, musicólogo de la Universidad de Chile que ha estudiado durante décadas la obra de la artista y que escuchó recientemente los audios.

Al darle play a las grabaciones, se desencapsulan momentos de intimidad que parecieran cobrar vida. Violeta sostiene la grabadora que nos transporta a esas fiestas coloridas del norte de Chile, o al interior de esos hogares perdidos en el sur. Ella escucha y observa esos instantes que inspiraron toda su obra.

–Instálese no ma’, con toda tranquilidad –dice Violeta con dulzura, en una de las cintas.

Un hombre anciano comienza a cantar a capela en mapudungun. Es un canto suave, lento, con pausas llenadas por el silencio. Cuando el hombre termina, Violeta dice: «Lindo, lindo». Y ¡chac! El audio se corta con el sonido típico de una casetera. Ahora se escucha música de La Tirana, bombos, flautas y ¡chac! Una señora con su guitarra le canta a María.

La investigación de Violeta durante los años 50 fue contracultural. El folclor nacional había sido moldeado por la aristocracia. Los problemas sociales e injusticias que vivían los cantores eran ignorados. Conviviendo con ellos, Violeta se impregnó de sus dolores, creencias, fiestas y forma de humor. Lo que descubrió, quiso comunicarlo al mundo.

–Sin los viajes a Europa, no hay Violeta Parra. Ella pudo mirar el país desde la distancia y afinar la mirada de lo que le interesaba –precisa Rodrigo Torres.

Viajó a Europa por primera vez en 1955, y a su vuelta a Chile, un año después, retomó su investigación y se fue a vivir al territorio mapuche en el sur del país. En esa época experimentó la mutación definitiva de investigadora a creadora. Las voces que la inspiraron parecían estallar en su interior. A su música y poesía sumó arpilleras y pinturas. En pleno proceso de expansión artística, se embarcó rumbo a Finlandia en 1962. Antes de subir al barco, echó en su maleta algunas cintas recopilatorias. Y partió.

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Ginebra fue uno de los laboratorios del protestantismo. Gente de toda Europa viajaba hasta esta ciudad para empaparse de la vanguardia que proponía reformar la Iglesia Católica. En el continente hubo varias corrientes protestantes, pero fue en Ginebra donde se pensó y ejecutó una de las versiones más autoritarias: el calvinismo, obra de Juan Calvino. Se caracterizó por crear una red de vigilancia moral, con agentes que espiaban a los ciudadanos por las ventanas para sorprenderlos en conductas pecaminosas.

Cuatro siglos después de su creación, el sociólogo Max Weber estudió las consecuencias de las ideas calvinistas. Encontró que, aunque ya nadie espiaba, la sociedad mantenía una tendencia al autocontrol moral. La herencia de la vigilancia.

Calvino está enterrado en el centro de Ginebra, en el Cementerio de los Reyes, un cementerio-museo dedicado a las personalidades más influyentes de la historia de la ciudad. En la celebración de los 500 años del nacimiento de Calvino, en 2009, a pocos metros de su tumba, fue enterrada Griselidis Real. Un hecho que podría interpretarse como una provocación histórica. En la placa de la tumba de Griselidis se lee: escritora, pintora y prostituta. Su entierro aquí fue un triunfo para la Ginebra alternativa. Esas generaciones de jóvenes que intentaron sacarse de encima el control social, como quitándose un manto heredado de la Edad Media.

Griselidis encarnó los gritos de rebeldía en su arte, en sus libros, en su manera de vivir. Cuando era una veinteañera, en los años 50, Griselidis huyó de su familia acomodada y calvinista. Pasó por mucha pobreza con tal de nunca volver. Tuvo cuatro hijos de padres diferentes. Una noche de fiesta, conoció a un hombre con el que tuvo un shock de amor y al día siguiente se fue a vivir con él. Se llamaba Gilbert Favre. Vivía en la Rue Voltaire, en un precario espacio semi ocupado. Un intento de suicidio de Griselidis presagió el fin de aquella relación amorosa. Sin embargo, siguieron siendo amigos y ella continuó viviendo en la Rue Voltaire. Hasta que tuvo que escapar.

En esa época, el Estado suizo separaba a niños problemáticos de sus familias, potenciales manzanas podridas, y los entregaba a familias de acogida, que en muchos casos los hacían trabajar en el campo. Estas acciones fueron tan sistemáticas y masivas que, décadas después, Suiza tuvo que pedir perdón e iniciar un proceso de investigación y reparación. Perseguían principalmente a mujeres fuera de las normas: madres solteras, divorciadas, pobres. A Griselidis le quitaron sus cuatro hijos. Entonces planeó su escape: un día los visitó en el hogar de acogida, los sacó sin autorización y arrancaron hacia Alemania. La pobreza y la clandestinidad la llevaron a prostituirse por primera vez. Luego vendría la cárcel, los libros, las pinturas, la militancia por los derechos de las prostitutas y la fama.

Poco tiempo después de su partida, llegaría a Ginebra la nueva novia de Gilbert Favre a vivir con él a la Rue Voltaire. Una artista de 45 años, divorciada, madre de tres hijos de dos padres diferentes: era Violeta Parra.

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Claudio Venturelli, chileno, amigo de Violeta:

–El espacio de la Rue Voltaire no era una casa, sino un lugar infecto. Violeta colgaba sus arpilleras en las paredes y apilaba sus maletas en el suelo.

Hernán Tobon, colombiano, amigo de Violeta:

–Era una especie de squat. Un espacio destinado a ser demolido. Un lugar marginal en la ciudad.

Gilbert Favre, en su autobiografía:

–Era un paraíso. Lo mejor que me pasó en la vida.

Concretamente, era un gran patio con diferentes espacios. Gilbert tenía dos habitaciones de madera y en una de ellas Violeta Parra instaló un brasero para combatir el frío.

–Teníamos miedo de que se quemara todo –recuerda Anne Divorne, que vivía junto a su marido en otra habitación del lugar.

Al lado del brasero, Violeta pasó mucho tiempo. Salía poco.

–Nunca dejaba de crear. Odiaba estar de pie o sentada en una silla. Pasaba el tiempo en la cama bordando –escribió Gilbert Favre en su autobiografía El Gringo Bandolero, publicada en 2025.

Gilbert era bohemio y sociable. «Un oso tierno, capaz de hablar con cualquier persona», dice Anne Divorne. Paul Bonny, amigo del colegio, lo recuerda muy pobre, casi en la miseria. A los 14 años trabajaba como obrero en una represa y a los 18 entró a estudiar clarinete en el conservatorio. En ese momento, sin dinero para arrendar, consiguió hacer un trato con el dueño del espacio de la Rue Voltaire para vivir ahí. «Hacía unas fiestas memorables», escribió.

Gilbert y Violeta.

Nunca estudió antropología. Su hijo Patrick Favre lo confirma: «Es una confusión». Patrick define a su padre como impulsivo. En su autobiografía, Gilbert se define más bien como aventurero.

Un día, un amigo le contó a Gilbert que conocía a un arqueólogo que buscaba un asistente para ir a hacer estudios a Sudamérica. A Gilbert le pareció una gran oportunidad para cumplir su deseo de viajar. «Yo ni siquiera sabía dónde se encontraba en el mapa Sudamérica», escribió.

El arqueólogo quería aprovechar el viaje para enviar reportajes a un medio suizo y le pidió a Gilbert buscar ideas de temas interesantes. Pasaron por Río de Janeiro y Gilbert se fue a las favelas, en Buenos Aires buscó sobre el tango. En Santiago pensó en el folclor. Le recomendaron ir al Departamento de Folclor de la Universidad de Chile. Lo recibió el director. Le dijo que habían dos mujeres que investigaban el folclor chileno. Gilbert preguntó cuál era la más interesante. El director contestó: Violeta Parra. Luego se conocieron y rápidamente comenzaron una relación: fue un shock de amor.

Años después, Violeta viajó a Europa por segunda vez, invitada a un festival. Gilbert, casi en paralelo, volvió a Ginebra. Cuando Violeta estaba en París, la fue a buscar en auto para, por fin, llevarla a vivir con él a la Rue Voltaire.

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Violeta Parra nunca incendió la casa, pero desde que llegó a la Rue Voltaire su habitación pareció estar constantemente en llamas. Trabajaba varias pinturas en paralelo, varias arpilleras, y en una época se propuso componer una canción día por medio. Sus hijos ya eran grandes y estaban en París. Los que la vieron, la recuerdan en un estado de creación constante, como en un trance artístico. Lo que tenía en su habitación parecía quemarla y quiso compartirlo en la ciudad: canciones, arpilleras, pinturas y sus grabaciones recopilatorias.

Los puentes que la conectaron con el mundo exterior la llevaron hasta la Ginebra alternativa, dominada por jóvenes que, como Griselidis Real, se rebelaban y formaban la contracultura. El principal puente fue Gilbert, que sin saberlo plantó una semilla de la vida en squats en Ginebra. A principios de los años 60, el espacio de la Rue Voltaire era un lugar extraño. Pero en los 70, y sobre todo después, Ginebra se volvió la ciudad con más squats per cápita en Europa: 160 casas y espacios ocupados en un territorio de 200 mil personas.

El otro puente hacia el exterior fue un grupo de estudiantes de la Universidad de Ginebra. La mayoría eran latinoamericanos, muy activos en eventos culturales y políticos, impetuosos, que viajaban en auto hasta la frontera con España cargados de materiales para alimentar la resistencia contra el dictador Francisco Franco. Ellos fueron la generación que sembró el germen que explotaría en las revueltas en Ginebra de Mayo del 68.

Violeta no vivió ni la encendida época de squats ni el Mayo del 68. Ni tampoco la llegada de Allende al Gobierno en Chile, apoyado por obreros y campesinos. Parecía que las tierras por donde andaba estallaban tras su paso. Y antes de los estallidos, ella alcanzaba a absorber la energía volcánica acumulándose a su alrededor.

Los amigos de Gilbert -artistas, vagabundos, artesanos, trabajadores- y una veintena de universitarios compartían con Violeta en la Rue Voltaire. Todos los sábados ella los recibía con una olla de porotos a la chilena, con la condición de que Ilevaran vino.

–Nos contaba las historias de sus viajes por el sur de Chile –recuerda Hernán Tobon, colombiano.

Discutían problemas sudamericanos. Violeta acompañó al grupo de estudiantes varias veces a manifestaciones políticas. Contra las armas nucleares. Contra la dictadura de Franco. Se impregnó de problemáticas internacionales, nuevas voces de inspiración.

Con eso pasando a su alrededor, creó obras emblemáticas, como la arpillera Contra la Guerra. Y compuso canciones como «Qué dirá el Santo Padre», donde menciona el asesinato de un militante por la dictadura de Franco. Hernán recuerda que un día les mostró una nueva canción: «Gracias a la vida».

Hizo decenas de conciertos en la ciudad. Expuso en galerías y en la Universidad de Ginebra. Preparó su exposición para el Museo de Louvre. Y soñaba: en unas cartas que le envió a su amiga Amparo Claro, una chilena que vivía en París, Violeta escribió sobre una cita con Picasso, un viaje a Londres y su deseo de exponer en el Museo de Arte Moderno de París («con estos trabajos nuevos, voy a entrar como una bala»).

Engendró un deseo que la absorbió durante meses: hacer un viaje en auto por toda Europa junto a Gilbert. Irían de pueblo en pueblo mostrando su arte que Violeta colgaría en el auto y atraería a la gente tocando sus canciones. Luego de exponer en el Louvre, buscó con urgencia vender su trabajo para emprender este viaje.

–Ese es nuestro proyecto definitivo –escribió Violeta Parra en una carta a Amparo.

Quería desparramar su arte por el continente junto a Gilbert. Según Hernán, amigo de Violeta, ellos alcanzaron a hacer un viaje juntos en auto, aunque no recuerda dónde ni cuándo.

El estado prolífico de Violeta viviendo en Ginebra, duró hasta 1965. Son múltiples las razones que la llevaron a volver a Chile. En varias cartas, menciona la soledad. Pero en una que le escribió a Amparo, Violeta señala una preocupación concreta:

–Recibí una carta de Chabela (Isabel Parra, su hija), en que me da a entender que la cosa no va bien para ellos. Me necesitan. Tengo que ir a Chile a ver a mis grandotes. Me están llamando, Amparito.

Antes de tomar el avión in 1965, le escribió otra vez a su amiga. Al igual que Violeta, Amparo volvería pronto a Chile. En la carta, Violeta le hizo una pregunta, que podemos imaginar rondándole a ella misma en la cabeza:

–¿Te ha movido hacia algo este viaje? Porque no vamos a continuar en las mismas allá, pues, ¿no?

A su regreso, grabaría su disco más trascendente, comenzaría el proyecto de la carpa en La Reina y luego -o en paralelo- entraría en su etapa más oscura.

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Tras su muerte, el interés por sus recopilaciones se fue enfriando con el paso de las décadas. En Ginebra, el material parecía un adorno más en el catálogo cosmopolita del Museo Etnográfico. En Chile, la sombra de la dictadura y la frustrante transición, ahogaron el rescate de su obra.

–Los registros recopilatorios de Violeta son un cuerpo repartido en varios sitios –dice Rodrigo Torres, musicólogo.

Las únicas cintas disponibles están en la Universidad de Chile y en el museo de Ginebra, consultables sólo de forma presencial. Otras probablemente estén en el archivo de la Fundación Violeta Parra, y otras con paradero desconocido. Isabel Parra, la única hija viva y presidenta de la Fundación, al ser consultada sobre si existe un registro de todas las recopilaciones, respondió: «No tengo personal que se dedique a investigar lo que pides». No se sabe con precisión cuántas cintas hay, ni mucho menos el contenido de todas.

Las pistas que Violeta dejó para entender su inspiración, poca gente las ha escuchado. Todavía falta por descifrar muchos de aquellos momentos que la marcaron profundamente, con ella en silencio sosteniendo una grabadora.

Quizás por la trascendencia que aquellas personas tuvieron en su vida, Violeta se sulfuraba cuando alguien no veía la riqueza de esos cantos. Como aquel día primaveral en el que se marchó indignada del Museo de Ginebra, cuando solo se interesaron en las notas musicales de las recopilaciones. Es que, en realidad, Violeta no les estaba simplemente mostrando unas canciones, sino compartiendo algunas de las voces de quienes prendieron fuego su alma.

*FOTOGRAFÍAS DEL ARCHIVO PERSONAL DE GILBERT FAVRE.

*Esta crónica fue ganadora de la segunda edición del Premio Nuevas Plumas Chile y está disponible en el libro homónimo publicado por Berrinche Editores que recopila, también, los otros 14 textos finalistas.

2 comentarios en “Abriendo la maleta de Violeta Parra: la historia de sus recopilaciones olvidadas en Ginebra”

  1. Orlando Wong General

    ¡Que gran trabajo! Los felicito. Nuestra Violeta tan desconocida todavía para nosotros. Esto sin duda nos ayudará un poco en ese proceso. Muchas gracias

  2. Soledad Manterola

    Muy buena narración de la itinerancia de Violeta Parra, y muy importante saber que por ahí pueden haber grabaciones, desconocidas, es una alerta para estar atentos, por si alguien encuentra algo olvidado.

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