Ese día Julio Jerez bajaba el camino que llevaba a la playa cascando rabias. Había perdido casi todo el pelo así que se cuidaba la cabeza con un sombrero de origen australiano que se había regalado a sí mismo; lentes, sudadera, traje de baño y unas chalas que con el tranco descendente le pegaban en los talones y sonaban como cachetadas. El camino era empinado y solo por eso no iba más rápido. No quería resbalar y caer sentado porque si eso llegaba a ocurrir, solo Dios sabía en qué podía terminar. Mientras avanzaba, apretaba la toalla en la mano hecha puño y refunfuñaba algo entre dientes.
Al llegar abajo se tuvo que tragar el enojo para que los demás veraneantes no lo notaran. Cruzó la calle, se metió entre dos autos estacionados y llegó a la costanera. Como había amanecido nublado no se preocupó del bloqueador y el sol que aparecía ahora lo hizo arrugar aún más la frente. Dejó pasar a una familia que vagaba demasiado lento y llegó al borde costero. Miró hacia abajo y entre toda la gente, encontró un espacio vacío. Se ubicó entre una pareja joven y una familia de cuatro, estiró la toalla y repasó la discusión.
Primero, la pelea no tuvo nada que ver con las empanadas, segundo, los dos fueron subiendo el tono poco a poco y tercero, sí, él había hecho eso con sus manos de nuevo, ¿pero había sido tanto como para llegar a tratarlo así? ¿Con ese calificativo? ¿A él? ¿Que trabajaba todo el día para darle lo mejor a ella y a los niños? Agarró un puñado de arena y lo dejó escurrir por su mano. “No. Eso sí que no. Se había pasado tres pueblos”. Julio tiró la arena y vio la cruz oxidada. Desde ahí no parecía estar tan lejos, se dijo, mientras veía a dos jóvenes llegar nadando, subirse y tirarse piqueros. ¿A él le dijo eso? ¿A él que tuvo dos pololas al mismo tiempo toda la media? Julio se paró apoyando el puño, se sacó la sudadera, le pidió a la familia de al lado si acaso le podían mirar las cosas y se dirigió a la orilla.
La primera ola lo agarró por sorpresa. Miró y se mordió el interior de los labios. Contrario a las otras playas, esta no era de fácil acceso. Por esta uno tenía que pasar una muralla de algas que no dejaban ver el fondo y los pies tenían que adivinar el paso entre las rocas desniveladas. Y por si fuera poco, había que intentar no resbalar con ese moho verde que jabonaban las más lisas. Julio se resbaló, pero no cayó. Todo lo contrario, se sostuvo firme y eso le dio una cuota más de coraje. Tenía sus años, pero los reflejos seguían intactos, se dijo sonriendo. Cuando por fin pudo ver el fondo, el agua le llegaba a las rodillas y el gusto a sal le dio la energía extra que necesitaba.
Levantó la cabeza al escuchar una conversación y vio a los dos jóvenes que volvían de la cruz. Se saludaron con un certero agite de la cabeza y una sonrisa cordial. Si bien eran de generaciones distintas, el respeto era mutuo, pensó Julio. Los miró salir y se acordó de cuando él lucía así, pero la experiencia, “la experiencia que gana uno con los años”, murmuró. Cuando el agua le llegó a la cintura se sumergió y resurgió revitalizado. Se peinó con ambas manos para atrás como lo hacía cuando usaba el pelo largo, se zambulló y se puso a nadar.
La última vez que había braceado con ese vigor había sido en un lago del sur el último verano que su papá, Raúl Jerez Jerez, estuvo vivo. Con dos de sus primos nadaron hasta una isla lejana en la que estuvieron hasta tarde haciendo sapitos y hablando de conquistas.
Hundido en aquellos recuerdos y sin darse cuenta, llegó a la cruz. Estaba oxidada, cagada de gaviota y construida sobre un gran bloque de cemento que llegaba hasta el fondo. El cemento estaba lleno de algas, pero si uno se afirmaba bien se podía subir. Julio subió, se agarró de la cúspide y miró alrededor como un hombre que acaba de conquistar nuevas tierras. Vio los yates del club a su izquierda, a los surfistas a su derecha y al frente, cubriendo toda la playa, un colorido abanico de quitasoles. Se sorprendió al darse cuenta de que, desde ahí, se veía la casa que habían arrendado. Mirando repasó una vez más el asunto. Inhaló por la nariz, sostuvo el aire arriba y dejó ir un largo suspiro por la boca.
Se percató de que se había nublado de nuevo cuando sintió un soplo frío que le subía por la espalda. Miró para atrás y vio como la vaguada se iba devorando a mordiscos el verano. Tragó saliva y buscó la mejor forma de bajarse de la cruz, pero la marea había subido tanto que ya no veía nada bajo sus pies. Se acuclilló y buscó la mejor posición para tirarse un piquero, pero su cuerpo no se acordaba como. Sintió como se le aceleraba el corazón y pensó en ella y los niños. Calculó y saltó lo más lejos posible. Al volver a salir a la superficie, ubicó la orilla y se lanzó a nadar.
Las primeras brazadas las ejecutó con el mismo vigor de la ida, pero pronto se dio cuenta de que estaba agotado. Haber nadado de una sola tirada hacia la cruz le había quitado todas sus fuerzas y ahora solo le quedaban las reservas. Le dio miedo de que le diera un calambre como le solía dar en el gemelo derecho así que dejó de usar los pies. A duras penas avanzaba. Las olas se hacían cada vez más grandes impulsadas por el viento que empezó a soplar y lo hacían subir y bajar tal y como él había hecho con las manos en la discusión. Se le perdía la orilla, los quitasoles y la casa sobre la colina. Tragaba agua y su cuerpo la rechazaba con una tos que le quitaba el aire. Pensó en gritar, pero le dio vergüenza. Buscó ayuda, pero a la izquierda estaban los veleros sin tripulación y a la derecha el último surfista ya pisaba la arena.
Se dio vuelta para nadar de espalda y mientras miraba directo al cielo se dijo que si llegaba sano y salvo, iba a pasar a comprar seis de queso camarón y seis de pino.






1 comentario en “Nadador”
Matías retrata tan bien lo que una persona piensa y siente. Felicitaciones por el cuento.
Un capo