Paulo Freire y el coraje de enseñarnos a soñar

“Al azar agradezco tres dones,

el haber nacido mujer, de clase baja

y nación oprimida

Y el turbio azur de ser tres veces rebelde”

Maria-Mercè Marçal

Poeta catalana (1952-1998)

El 20 de agosto de 2026, en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile, se estrenó con amplia concurrencia el documental “Cartas de Paulo”, del cineasta Claudio Martínez Valenzuela. Entre otras imágenes destacables de este realizador, se rescatan las cartas que, de puño y letra, me escribiera mi amigo y maestro Paulo Freire durante la década de 1970.  

Lo conocí en Chile en los años 60 y luego conseguimos vernos nuevamente en Brasil a comienzos de los´80 y en Argentina en 1985, después de ser derrocadas las dictaduras en ambos países. Mientras tanto, nos comunicábamos desde diferentes paisajes, algunos áridos como el exilio, otros más fructíferos. No había en sus cartas tecnicismos ni muchas apreciaciones teóricas, había mucho cariño y solidaridad, sobre todo hacia los compañeros brasileros que sufrían la represión de la dictadura en Chile.  A Paulo también le interesaba mucho mi praxis con los pueblos originarios de América Latina. Era la primera y única vez que se aplicaron sus estrategias pedagógicas en dos lenguas simultáneamente (el idioma originario y el castellano) y con símbolos generadores diseñados por los propios alfabetizandos. Un sueño que se hizo realidad junto al pueblo mapuche y luego se extendió a muchos países de América Latina a través del Programa Regional BI-ALFA, algo que Paulo Freire festejó siempre.   

Pese a rondar la octava década, siento que la vida es corta. Los recuerdos dan vuelta antes de irse y dejan un rastro como el que dejan las caracolas y siempre aparece algún testigo, algo o alguien que dé fe de lo vivido. Tal vez por eso: “lo mejor de mí son los demás”, como decía Carlos Rodrigues Brandão. Tal vez por eso Carlos, ese querido educador brasilero-freiriano me llamaba “Isabel Mapuche” (mapuche tá inché) y con ese nuevo apellido sintetizaba mi larga praxis como educadora popular junto a la “gente de la tierra”, un pueblo sin fronteras que me enseñó mucho de lo que hoy consigo entender sobre la vida y la muerte. 

La lengua griega tiene una palabra para describir una obsesión: póthos. Se trata del desasosiego que produce el deseo de lo ausente, de lo perdido para siempre, de lo inalcanzable. Es como decir que respiramos permanentemente en un páramo, en la periferia de la nada. No encuentro expresión mejor para la ausencia de los años vividos e irrepetibles. Las “saudades” del portugués también tienen esa carga, pero a mi modo de ver, albergan alguna esperanza de reencuentro o reconquista. Y “la esperanza es una exigencia ontológica de los seres humanos”, como nos enseñó Freire. Por eso, y de una extraña forma, tangible e intangible, vuelvo a encontrarme en mi vejez con mis compañeros de antaño y los abrazo. Con Paulo Freire y nuestras viejas andanzas por Chile, Brasil y Argentina, el profundo cariño de sus cartas, las que atesoro con enorme respeto. También con Wilson Cantoni, Almino Afonso, Lula da Silva, Moacir Gadotti, Jane Vanini, Fernando Henrique Cardoso, José Serra, Henrique Rattner, Sergio Guimarães y tantos otros compañeros brasileros de aquel entonces. Quiero recordar a estos maestros y amigos como luchadores excepcionales. Seres íntegros y queribles, entregados a un compromiso de vida. 

Quiero recordarlos ahora cuando recién los conocí, luego de que, en Brasil, fuera derrocado el presidente João Goulart mediante el golpe militar de Humberto de Alencar Castelo Branco, en marzo de 1964. Eran brasileras y brasileros demócratas, con el corazón bien puesto, que tuvieron que salir de su patria con diversos rumbos. Muchos de ellos se exilaron en un Chile alegre y esperanzado. A fines de la década de los 60 y comienzo de los 70, las calles del centro de Santiago eran una polifonía de voces extranjeras de quienes llegaban a un país que prometía libertad y profundos cambios sociales. El “portuñol” se distinguía por encima de todo. Junto a Víctor Jara o los Inti Illimani, se escuchaba cotidianamente a Chico Buarque, María Bethânia o Vinícius de Moraes. Santiago era una fiesta, parafraseando a Hemingway.

También quiero recordar cómo eran todos ellos durante los años oscuros, años de dictaduras y autoritarismo, pero que, sin embargo, ellos fueron capaces de  abrir fructíferos caminos hacia las prácticas educativas populares y las ciencias sociales, años que nos acercaron a la transdisciplina, nos enseñaron sobre la labor interinstitucional y signaron nuestro futuro académico, político y de experiencia de vida. 

Ahora escribo y descubro el mundo desde la narrativa porque, como decía Ricardo Piglia: “La narración alivia la pesadilla de la Historia”. También esta nueva cualidad suele permitirme, desde los márgenes de la realidad y desde otro lenguaje, cerrar los ojos y volver a vivir en aquellos espacios inesperados de libertad y decisión que compartimos a diario durante la organización de la “III Asamblea Mundial de Educación de Adultos” en Buenos Aires, en el año 1985. En ese entonces me tocó trabajar como Secretaria Ejecutiva de ese multitudinario encuentro, compartiendo la euforia del regreso a la democracia con el apoyo, entre muchos otros, de los compañeros Paulo Freire y el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, entre otros tantos compatriotas argentinos y brasileros y latinoamericanos. Todos ellos reencontrados ahora y aquí, a través del tiempo, la distancia, la vejez o la muerte, pero nunca el olvido. Casi todos ellos presentes en el documental “Cartas de Paulo” que se acaba de estrenar en Chile y ojalá se logre presentar en otros países.

Aquellos, nuestros años jóvenes de las y los argentinos, coincidieron con la finalización de los tiempos del gobierno cívico-militar y, el terror cotidiano que llegamos a respirar a partir de marzo del año 1976. Pese a ello, nos reuníamos, traducíamos, escribíamos juntos, compartíamos nuestras ideas, y nos impulsábamos a abrazarnos y a unir nuestras prácticas para forjar una nueva realidad, y así nos encontramos, casi clandestinamente, con los pensadores brasileros y latinoamericanos. 

Conocer la disciplina seca y restrictiva de los gobiernos militares, la crueldad, esa atmósfera de miedo, esa humillación que supone cualquier verticalidad, podía habernos llevado en casi toda América Latina, a vivir al día, absolutamente solos bajo el cielo, hasta que el tiempo lograra que nos sintiéramos insustanciales. ¡Y así ocurrió con muchísimas de nuestras compañeras y compañeros! Fuimos y somos sobrevivientes. Los educadores populares de las décadas de los ´60, ´70 y ’80, fuimos sobrevivientes y seguimos siéndolo. Muchas de nosotras y nosotros somos sobrevivientes y los sobrevivientes no suelen soportar el agobio de su privilegio, nosotros lo logramos porque hicimos propia la educación como práctica de la libertad, porque ejercimos la pedagogía crítica, como nos enseñó nuestro amigo Paulo. 

Se trató de la supuesta prerrogativa de haber sobrevivido años y décadas con la necesidad imperiosa de dar testimonio de aquello que no todos estaban dispuestos a recordar, pero que en nosotros seguía vivo. Porque era y sigue siendo luz, la luz de la esperanza de un mundo mejor. Hay acontecimientos que parecen perderse en la memoria, que están enmascarados, como si nunca hubieran ocurrido, como si se tratara de algo que imaginamos, algo que oímos en algún lugar o que les sucedió a otros. Pero todo vuelve alguna vez a nuestra memoria, todo regresa como si estuviera ocurriendo en el presente y más tarde se marcha hasta volverse más distante y extraño, como si hubiera acontecido en un sueño. Sin embargo, todo es único y todo cabe en una única existencia. Por eso adquiere tanta importancia el documental “Cartas de Paulo” y por eso se lo agradecemos tanto al joven director chileno Claudio Martínez Valenzuela.  

Muchas veces recapacito y recuerdo aquello de Primo Levi: “Nosotros, los que sobrevivimos en los campos no somos testigos verdaderos. Quienes tocaron fondo, los auténticos, no regresaron o regresaron sin palabras”. Nosotros pudimos ejercer nuestra palabra y ser consecuente con ella porque creíamos firmemente en la pedagogía del oprimido que nos enseñó Paulo Freire, porque nosotros de alguna forma también lo éramos, éramos políticamente oprimidos. Se trata de esa dimensión cívica propia “que se vuelve hacia mi otro, que se compromete con mis otros y que se propone construir con el otro un mundo que es mi mundo porque es un mundo de nosotros, es un mundo solidariamente compartido”, como lo recalcaba Rodrigues Brandão. Y, como nos explica Teresa Sirvent “concebir a la Investigación Acción Participativa en el marco de la Educación Popular es el instrumento enriquecedor de la capacidad de la población para una participación real en los hechos que afectan su vida cotidiana”. También lo asume Adolfo Pérez Esquivel, por eso nos dice que “se necesita de la rebeldía cultural para generar conciencia de mujeres y hombres para la libertad, con conciencia crítica y valores. Tenemos lleno al cántaro, de pensamientos, de prejuicios, de discriminación, de violencia, hay que vaciar el cántaro para que entre la luz”. Por eso lo más importante de la vida en las universidades en la actualidad es comprender “que tienen que abrir las puertas no solo de la mente sino del corazón para construir un nuevo amanecer”. 

Hay cosas que pasan fugazmente por nuestro lado y otras imágenes que apremian desde algún rincón de los recuerdos, y por eso regresamos a través del documental “Cartas de Paulo” al mundo de aquellos años jóvenes. Y lo hacemos, tal vez, desde una insinuación, un murmullo, un relámpago sutil que alumbra objetos y lugares vislumbrados de repente, escenas que no sabíamos que estaban allí y que nos hablan con las mismas voces antiguas, pero en un espacio que les da otras tonalidades. Esto no es gratuito, lo digo aquí por una razón profunda, porque gracias a la relectura de las cartas que Paulo Freire me enviaba desde distintos rincones del mundo, sé que nuestra generación no sembró en vano, sé que las semillas de nuestros compañeros y maestros, educadores populares de toda América Latina están creciendo en suelos fértiles, ante los nuevos desafíos que nos impone la Historia. 

Sabemos muy bien que pueden volver los tiempos sombríos, que están volviendo en buena parte del mundo. El devenir histórico no se repite, pero puede acontecer que, en este mundo convulso, la incertidumbre se transforme en una borrasca que amenace nuestras prácticas, que pretenda arrasar con nuestras convicciones. Ya aprendimos con Gramsci que “el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en llegar y en este claroscuro surgen los monstruos”. 

Si algo de esto nos llegara a ocurrir, recurramos a la memoria, recuperemos nuestro imaginario colectivo, atrevámonos a juntarnos, volvamos a abrazarnos y recordemos a Paulo Freire y a todos las compañeras y compañeros que siempre tuvieron el coraje de enseñarnos a soñar.

*La autora de este texto solicitó incorporar estas notas al pie de página: Agradezco a Ignacia Godoy y a las demás compañeras editoras de la Revista “Abismo” por invitarme a escribir estas notas sobre mi relación epistolar con mi amigo Paulo Freire y poder compartir sus reflexiones y las de otras y otros colegas educadores, investigadores y escritores. También agradezco a Jessicca Visotsky (Profesora Investigadora Universidad Nacional del Sur. Argentina. Doctora en Historia, Postdoctora en Ciencias Humanas y Sociales y Directora de la Revista NuestrAmérica) por recordarme el orgullo de los tres atributos compartidos que reconoce la poeta catalana Maria-Mercè Marçal.

IMAGEN DE PORTADA: CORTESÍA INSTITUTO PAULO FREIRE

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