El traje de Felipe 

Felipe Zambrano es el dramaturgo de El traje del novio, una obra sobre el reencuentro de una madre y su hijo robado. Una historia que llega al teatro a iluminar la verdad sobre el tráfico de menores durante la dictadura cívico-militar en Chile. Muchos le han preguntado, pero no, Felipe no es un hijo robado. Sin embargo, sí es la historia de vida de muchas madres, hijos e hijas, y familias completas que hasta hace no mucho tiempo permanecieron en el silencio.

Felipe Zambrano Migueles es oriundo de Concepción y Talcahuano, pero lleva 16 años radicado en Santiago de Chile, donde llegó a estudiar actuación en la Universidad Católica. Como actor de teatro destaca por sus personajes: un estudiante de derecho en Painecur, el patriota Manuel Rodriguez en Yo, Manuel, o Rafael en La piedra oscura, una historia de amor y encuentro en la palabra. 

Nos encontramos en el Café Literario de Ñuñoa. Felipe observó los libros y lo poco que aprovecha ese lugar, no como le gustaría. “Tienen buenos títulos”, dijo, pero él también ha escrito buenos títulos: obras como Historia de amor para un alma vieja, sobre un el amor y el perdón al final de la vida; Las aristócratas, sobre la emancipación de las mujeres de la élite chilena; y El traje del novio, sobre el reencuentro de una madre y su hijo robado en dictadura; con el que ganó la XX Muestra de Dramaturgia Nacional en 2022 y que vuelve a las tablas todos los domingos de julio de 2026 en el Teatro Ictus. 

Bajando las escaleras del Ictus se escuchan los murmullos en la sala y suena una voz en off: “Les pedimos, por favor, que apaguen sus celulares. La obra está por empezar. Disfruten la función”. Se abre el telón y, desde la oscuridad de las butacas, vemos en el escenario a Olivia, una mujer rabiosa pero frágil, y Francesco, un hombre que oculta, pero busca la verdad de miles de hijos y madres víctimas del robo de menores en dictadura.

La primera vez que Felipe supo del tema fue en un reportaje de Chilevisión, que mostraba varios testimonios de madres que les habían quitado a sus hijos, bebés recién nacidos. Se estima que entre 8 mil y 20 mil bebés fueron arrebatados durante la dictadura militar chilena. A las mamás se les decía que sus hijos habían fallecido, pero estos fueron entregados ilegalmente en adopción en Europa y Estados Unidos.

–Lo encontré muy horrendo. Me pareció muy dramático, en el sentido de lo teatral o de lo cinematográfico. En particular en el género de las teleseries, por ejemplo, siempre hay mucho robo de guaguas, guaguas cambiadas, cosas así. Entonces uno, sin quererlo, el tema lo tiene asociado a una ficción que resulta un poco imposible de creer en la realidad. 

Felipe es fanático de las teleseries. Creció en lo que considera la época de oro de las teleseries chilenas, pero este reportaje llevó su memoria a un recuerdo en especial: la teleserie brasileña Señora del destino (TV Globo, 2004). En ella, la protagonista María do Carmo es una madre de cinco hijos, que lucha por el cariño de la hija que le fue arrebatada al nacer, durante la dictadura brasileña. “Esa teleserie estaba tan bien hecha en todos los sentidos de la palabra, que siempre me quedó dando vueltas. ¡Qué ganas de actuar en una cosa así o escribir una cosa así!”, pero la realidad era más dura que la ficción: “Cuando me encuentro con este reportaje, que era peor de lo que pueda parecer una teleserie, lo encontré horroroso. Y fue un poco instintivo, sentí que desde el teatro se podía hacer un aporte a una temática”, relata el dramaturgo. 

Muchos le han preguntado, pero no, Felipe no es un hijo robado.

–Esa obra la escribí desde la empatía de un ciudadano chileno. Como ciudadanos podemos generar esas colaboraciones. Es un deber ciudadano poder colaborar con todas las comunidades que conforman el país al que perteneces, al continente, al planeta. Nos tenemos que ayudar, porque si no estamos perdidos.

Fue un impulso, quizás un instinto: “El impulso nace por una necesidad de crear a través de la escritura y a la par de poder poner al servicio de las artes escénicas algo que me estaba pareciendo horroroso y que no había visto”, Felipe no lo había visto y Chile tampoco. No es una historia que él haya vivido, pero existen “pequeñas cosas que a uno lo enlazan”, a veces detalles que no percibimos, que compartimos y no lo sabemos. Cuando Felipe investigaba sobre el tema, en uno de los reportajes que estudió vio a una asistente social que vivía en la casa de al lado de donde él asistía a clases particulares a principios de los años dos mil, cuando todavía era un escolar. Habitó un espacio, que en otro tiempo fue utilizado para cometer los horrores que estaba investigando. 

En el lugar donde él iba a reforzar los contenidos del colegio, otra persona había gestionado el robo de bebés:

–Te cambia la perspectiva de las cosas. Esa asistente social estaba muy cerca. Es lo que pasa también con la dictadura, todos tenemos gente que la torturaron o le desaparecieron familiares. Estaba a la vuelta de la esquina, a tus propios vecinos les podía estar pasando algo. Tiene que ver con que la vida es así también. Surge la necesidad de pegar el grito cuando algo es tan horroroso.

Y como si no tuviese suficientes motivos para escribir la obra, le llegó algo como un mensaje del cielo, una señal, una confirmación del acierto de escribir El traje del novio:

–Me iba a sentar a escribir y en el segundo que me siento a escribir, se me abre un chat de una  mujer que me enviaba un artículo de Hijos y Madres del Silencio. Y yo le dije «¿Por qué me enviaste esto? No cachai que en este segundo me iba a sentar a escribir una obra sobre esto y me envías este documento». Fue impactante, fue pura coincidencia, pero yo sentí que había que escribir la obra.

El montaje

Felipe habla de “las madres” para nombrar a las mujeres que buscan en la Fundación Hijos y Madres del Silencio, la organización de víctimas del tráfico de menores y adopciones forzadas en Chile: madres que buscan a hijos e hijos que buscan a sus madres y familias biológicas. Entregan apoyo y orientación a las víctimas y trabajan en la búsqueda para lograr los anhelados reencuentros.

–¿Cómo fue la relación con Hijos y Madres del Silencio?

–No me acerqué y me arrepiento mucho, me da mucha vergüenza. Lo hice sin buscarlas, sólo estudié. Estudié y busqué material (…) Recién las vine a conocer el día del estreno y coincidentemente me tocó sentarme al lado de ellas. Entonces estaba con mucho miedo porque si la obra no les hacía sentido a ellas … 

La obra llegó a oídos de las madres luego de haber ganado la XX Muestra Nacional de Dramaturgia en 2022, cuando Héctor Morales asume la dirección de ésta y las contacta para invitarlas a la primera de muchas funciones. 

–Cuando vi que las obra les servía, todo cuajó. Entonces ha sido una muy bonita relación, nos hemos hecho amigos (…) Creamos un lazo importante. Creo que nos encontramos en algún lugar, en la necesidad de decir algo, de visibilizar algo. 

–¿Cómo ha sido la recepción del público?

La llegada al público ha sido maravillosa, porque efectivamente ha generado una transformación en quienes la han espectado (…) El teatro o el cine o todo aparece en la medida que hay un testigo para observar, nosotros mismos como seres humanos, humanas. En ese sentido, que la obra haya tenido la buena recepción que ha tenido, tanto en teatristas como en público general, ha sido maravilloso. Ha permitido que la temática alcance nuevos horizontes, llegue a nuevas personas e informe. Hay gente que ha ido y ha dicho que no tenían idea de lo que estaba pasando en el país.

Efectivamente, la obra ha generado transformaciones y ha tocado corazones, como los de una pareja de hermanos, que después de verla, tomaron la decisión de emprender la búsqueda de un tercer hermano que había sido robado a su madre. Un testimonio que ellos mismos dieron a conocer en el Congreso de Hijos y Madres del Silencio sobre adopciones ilegales y tráfico de menores en Chile en 2024, que tomó su lugar anual en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos: “Eso fue muy impresionante, que alguien haya decidido buscar a su familia después de ver la obra. Me acuerdo, que cuando escuché ese testimonio, casi nos pusimos a llorar con el Héctor”, comenta Felipe, emocionado.

A más de 600 kilómetros, en otro paisaje y con otras madres, ocurrió un episodio similar, pero distinto. El traje del novio llegó a Temuco y muchas madres fueron a ver la función, pero había una en particular en la que los ojos estaban puestos: una mujer a quién, como a muchas otras, le dijeron que su hijo había muerto y pasó 40 años vistiéndose de luto un día del año en particular. Décadas después descubrió la mentira, su hijo estaba vivo. Madre e hijo se reencontraron, se conocieron y ahora esa madre tiene un hijo de vuelta, un hijo italiano, tal como en la obra: “Justo dio la coincidencia que fueron a verla juntos y le preguntaron después «¿Qué te pasó cuando viste la obra?», porque tenían especial atención en que ella la viera, y dijo «Morí y volví a nacer». Ese tipo de cosas… Mira, podría dejar fluir mi llanto. Es brutal”, relata Felipe. 

Una experiencia emocional en el teatro

El traje -abreviatura de la obra, que su público pronuncia con cierto cariño, como concepto más allá de la sala, como una persona más del elenco-, no es sólo un montaje teatral, es un espacio de encuentro, donde madres, hijas e hijos pueden dar su testimonio y se ha convertido en una experiencia emocional para quienes han asistido a sus funciones.

–Creo que hay que crear historias que puedan generar una experiencia emocional al espectador. Una experiencia emocional idealmente positiva para que luego pueda volver y también podamos hacer industria de esto. Eso no puede estar exento de tocar los temas que hay que tocar, pero con sensibilidad. 

Muchas veces se ha debatido sobre los límites de los artistas al tratar temas delicados, especialmente cuando se habla de alguna forma de abuso, y cuando la obra resulta ser re-victimizante, pero para Felipe esto ocurre cuando el tema no se trata con sensibilidad o cuando la sensibilidad es malentendida: “Lo confunden con fragilidad. No es lo mismo fragilidad que sensibilidad, porque la fragilidad se quiebra. La sensibilidad es dúctil como el agua”, comenta el dramaturgo.

Cuando se escribe sobre violaciones a Derechos Humanos o, en este caso, sustracción de menores, Felipe destaca la importancia de entender que es mucho más que sólo dolor: “Tiene que haber una mirada, un cedazo artístico, una selección de contenido. Además, que ellas ya han vivido el horror, entonces ¿para qué repetirlo? ¿Cómo generamos un material que pueda generar reflexión en torno a eso?”, cuestiona Zambrano. El contenido de las obras también conversa con lo que los espectadores consumen constantemente en redes sociales, una extensión de nuestro cuerpo en nuestras manos, que para Felipe son un “ladrillazo”:

– Con las temáticas difíciles uno debería ablandar más corazones para poder generar un espacio de reflexión. No puede haber reflexión si no hay comprensión o algún tipo de penetración de una idea nueva. Creo que eso tiene que ver con una blandura, con sensibilizar. Por ejemplo, si voy a ver una obra sobre el conflicto Mapuche y tengo un personaje que le grita al público «¡A ti, te exijo derecho para el Pueblo Mapuche! ¡Porque la culpa es tuya!», le estoy gritando a un ciudadano común. No puedo penetrar en su corazón y hacerlo culpable de algo, que no es necesariamente su urgencia de la vida (…) Todo eso me lo muestra Instagram, todo eso me lo muestran los memes. Esa emoción que está contenida en ese meme o en ese grito, tiene que saber ser transformada en un objeto artístico.

Para Felipe el meme es un grito y las redes sociales están colapsadas de ellos, son un griterío de unos a los otros, y el teatro debe ser diferente: 

– Eso puede distanciar y pierdo dos objetivos: primero, que te alejo de la temática a la que te quiero acercar, y segundo, que alejo personas del teatro, porque van a pasar un momento desagradable e incómodo (…) En el teatro no podemos ser tan combativos, o sí, pero con astucia. 

¿Cómo es combatir con astucia?

– Para mí es como El traje del novio, que tiene que ver con una estructura dramatúrgica donde yo encanto al espectador con la relación de dos personas, para luego entregar la verdad del por qué estas dos personas se están relacionando y empatizan como empatizan. Cuento una historia que intenta ser conmovedora para hablar de algo mucho más profundo, que es que en este país se robaron guaguas y eso generó un daño irreparable.

El secreto de Chile

El Informe Anual sobre la Situación de los Derechos Humanos en Chile 2023 del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) incluyó por primera vez la sustracción de menores como vulneración de derechos fundamentales, entre ellos, el derecho a la vida, a la identidad y la convivencia familiar. Mientras el número de detenidos desaparecidos en dictadura es de 1.469 personas, según el Plan nacional de Búsqueda; la cifra de víctimas de adopciones forzadas asciende a 20 mil, según el entonces Ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Mario Carroza (2017). Estas cifras resultan alarmantes para Felipe. En palabras de Olivia, la protagonista de El traje del novio

“Veinte mil guagüitas robaron. Veinte mil mamás, papás, hermanos quebrados. Ultrajados. Con la excusa de eliminar la pobreza del país. ¡Y la pobreza del alma de ellos que se sienten con el poder de decidir por la familia de una! ¡Quienes son! ¡Quienes son!”, interpela la madre.

Según el dramaturgo, el éxito de la obra viene de reconocer algo que no se sabía y necesitaba ser visibilizado. Empatiza con dos personas cuya historia familiar fue fracturada por el Estado. Es algo que tiene que ver todo Chile y todo el mundo:

–Es el secreto de Chile, por eso yo creo que golpea tan fuerte, porque tiene que ver con la infancia. El infante, la guagua, es lo más frágil que puede haber, de una vulnerabilidad desgarradora, tanto para el niño o la niña como para esa madre, que le arrebatan su hijo y le dicen de pronto «no preguntes por él o te acusamos de loca» o «tu hijo murió y no preguntes nada». Es muy sórdido.

Tras este largo camino de trabajo y creación, Felipe llega a la conclusión: “El teatro sirve”.

– Siempre lo digo y me enorgullezco tanto, porque he escuchado tantas veces que dicen que el teatro no sirve para nada y me da una rabia. Me da tanta rabia porque es como, primero, escupir el oficio que escogiste para vivir. ¿Cómo pretendes que te de pan, si lo maltratas? Hay que cuidarlo, hay que protegerlo. En segundo lugar, porque es una plataforma de visibilidad de muchas cosas. Hecho con arte, con sensibilidad, puede llegar a muchas mentes, a muchas reflexiones y a muchos corazones. Creo que eso ha logrado la obra con el público. 

– ¿Cómo ha cambiado la percepción o el imaginario sobre el cambio de guaguas?

– Solo puedo hablar de mi experiencia personal y claro que la cambia. Partamos de la base de que a mí la temática me comenzó a calar porque vi una teleserie brasileña, que había un robo de una guagua en contexto de dictadura. Allá le dieron el espacio. Uno veía a los militares por la ciudad y a estas madres buscando la guagua que les robaron. Aunque ocurría en ese contexto, pero no era por eso. El traje del novio derechamente sí (…) Me encantaría en un futuro tocar eso en una teleserie en horario nocturno, sería increíble. Sería un thriller, quizás, o un drama.

– Eso me ha llamado mucho la atención últimamente en producciones chilenas: el thriller de los horrores de acá, como 1976 o Penal Cordillera.

– Sí, hay caleta. Hay mucho, mucho, mucho, mucho. Hay muchas historias que contar. Hoy tengo una premura de terminar todos estos objetivos dramatúrgicos para ponerle un ojo -yo sé que me va a pasar eso en algún momento-, a qué historia hay en Chile que no se haya contado y se pueda contar. Hay muchas cosas.

El que busca encuentra.

– Y no hay que buscar demasiado, tampoco.

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