El ascensor se abre en el piso ocho y aparece alguien. Una persona adulta, con llaves en la mano y cara de cansancio. Entra. Me mira de reojo y nos quedamos ahí, dos cuerpos en cuarenta centímetros de distancia íntima, mirando la pared como si la pared tuviera algo interesante que decir. Las puertas se abren. Salimos. Nos separamos. Esa persona lleva dos años viviendo a veinte metros de mi cama y no sé su nombre. Ni ella el mío. Y lo peor no es eso: lo peor es que a ninguna de las dos parece importarnos demasiado.
Podría hacer de esto una historia sobre mi timidez. Pero no lo es. Es una historia sobre cómo aprendimos a vivir juntos sin vivir juntos, y sobre a quién le sirve esto.
Había una vez algo llamado vecino. No el vecino de Instagram, no el vecino del grupo de WhatsApp, sino el vecino de carne y fricción: el que sabía cuándo llegabas tarde, el que te guardaba el paquete, el que golpeaba la pared cuando ponías música pero también el que golpeaba tu puerta cuando algo andaba mal. Ese vecino era una institución informal y poderosa. Era, en el fondo, política en su forma más básica: gente que comparte un territorio y tiene que negociar cómo vivir en él.
Yo crecí en una población en Talca. Las tardes en mi barrio tenían su propio protocolo. Terminaba la teleserie de las cinco y algo se activaba en la cuadra: una silla aparecía en la vereda, después otra, después otra más. La Gabi primero. La Margot después. No había convocatoria ni grupo de WhatsApp —había costumbre, que es una forma más antigua y seria de organizarse. Algunas fumaban con el cigarrillo escondido en el puño, por si pasaba el marido. Otras se servían su cosita con la discreción de quien sabe exactamente lo que hace y por qué. Lo que hacían todas, sin excepción, era algo que hoy suena casi revolucionario: se contaban la vida sin apuro.
Hablaban de sus maridos, de sus hijos, de la plata que no alcanzaba. A veces lloraban. Pero siempre terminaban riéndose. Discutían de política sin llamarla política —sabían quién mandaba, quién abusaba, quién necesitaba que alguien le dijera algo con cariño y quién necesitaba que alguien se lo dijera de otra manera. Y cuando alguien estaba mal, no lo anotaban en una agenda ni lo procesaban en privado: actuaban. Esa tarde, o al día siguiente, pero actuaban.
La palabra que mejor describe a esas vecinas es una que en Chile tiene mala prensa: copuchenta. Sí, eran copuchentas. Sabían todo. Sabían cuándo mi hermano se cayó y estaba solo en casa, y fueron ellas las que llegaron antes que nadie. Sabían cuándo mi padre se quedaba solo y golpeaban para preguntar si necesitaba algo. Se prestaban dinero entre ellas, en silencio, sin papeles, sin interés, con la única garantía de que vivían en la misma cuadra y eso era suficiente. Cuidaban a la hija de la vecina cuando había una urgencia, sin que nadie se lo pidiera dos veces. Y cuando yo tuve un accidente y no teníamos en qué ir al hospital, fue un vecino el que apareció con su auto. Sin que se lo pidiéramos. Porque estaba ahí y nos conocía.
Eso que hoy llamamos «meterse en la vida ajena» era, en realidad, una red. Una red sin nombre, sin estatutos, sin aplicación. Pura vida organizada desde la proximidad y el conocimiento mutuo. No era perfecta —las poblaciones también tienen sus crueldades, sus chismes que dañan, sus jerarquías invisibles— pero funcionaba. Sostenía. Y la pregunta que me hago hoy, viviendo en un edificio donde no sé cómo se llama la persona del piso de al lado, es qué se perdió exactamente cuando esa red dejó de existir. Y por qué lo normalizamos tan rápido.
La respuesta fácil es que nos volvimos individualistas, que las pantallas nos comieron, que la vida moderna es así. Pero esa respuesta es demasiado cómoda. Demasiado conveniente para ciertos intereses. Porque esa red no se evaporó sola: fue desmantelada.
Zygmunt Bauman lo llamó modernidad líquida: el capitalismo tardío convierte todo vínculo sólido en algo que fluye, que no compromete, que se puede soltar cuando deja de ser conveniente. Las relaciones humanas bajo esta lógica se parecen cada vez más a las relaciones de consumo: entras, usas, sales, no dejas rastro. El vecino es un problema en ese esquema porque no lo elegiste, no tiene un perfil que puedas filtrar, no puedes darte de baja de él. Es la alteridad más radical: alguien que está ahí, sin que nadie te lo haya recomendado.
Richard Sennett lleva décadas diciéndonos que el capitalismo destruye activamente la capacidad de cooperar con quien es distinto a uno. Que esa habilidad —incómoda, lenta, sin garantías— es exactamente la que el mercado no necesita y que, por lo tanto, no cultiva. Lo que el mercado necesita es gente móvil, optimizada, dispuesta a mudarse cuando el contrato de arriendo vence o cuando el trabajo llama desde otra ciudad. Gente que no eche raíces porque las raíces son obstáculos para la acumulación.
El capitalismo no llegó a un mundo donde la gente vivía suelta y lo organizó. Llegó a un mundo donde la gente vivía en comunidad, con comunes, con vecindades, con redes de cuidado colectivo y los destruyó. Eso es lo que llama la expropiación de los comunes. Lo que hoy sentimos como «natural» cada quien en su departamento, cada quien con su suerte, es el resultado de un proceso histórico de desmantelamiento deliberado. No perdimos la comunidad. Nos la sacaron.
Y si eso no alcanzara, llegó la gentrificación a hacer el trabajo fino.
Un día la carnicería del señor que sabía tu nombre cierra. Abre un café con las paredes blancas y la carta en inglés. La señora del quinto —la que sabía cuándo llegabas borracha y nunca te lo cobró— se fue a vivir a Pudahuel porque el arriendo se triplicó en dos años. En su departamento ahora vive alguien que trabaja en remoto y pide por Rappi y no sabe, no puede saber, que en ese mismo espacio hubo durante treinta años una red de personas que se conocían. Que se cuidaban. Que peleaban. Que existían juntas.
Eso es la gentrificación: no solo el desplazamiento de cuerpos, sino la destrucción del tiempo acumulado en un territorio. En Santiago lo vieron pasar barrios enteros, Italia, Bellavista, Yungay, convertidos en lo que los investigadores llaman «capitalización de lugares auténticos». La autenticidad popular se volvió marca, se cobró entrada, y su gente fue enviada a la periferia donde el metro no llega y el colectivo pasa cada cuarenta minutos. El patio del conventillo es hoy un patio de brunch. La memoria del barrio, decoración.
Los números existen, para quien los necesite. Según la Encuesta Bicentenario UC 2025, el 62% de los jóvenes chilenos entre 18 y 24 años se sintió solo durante la última semana. Uno de cada cinco adultos tiene problemas de soledad —cifra que sube al 22% en mujeres— y ese número no baja, con pandemia o sin ella, con cuarentena o sin cuarentena. El 91% de los chilenos cree que la soledad es un problema grave. El 83% percibe que la gente evita interactuar en espacios cotidianos.
Lees eso y piensas: claro. Por supuesto. Como si fuera inevitable. Y ahí está el problema: en que ya no nos escandaliza.
Pero reducir esto a un problema de bienestar individual a una cuestión de salud mental que hay que gestionar con terapia y mindfulness, es exactamente la trampa. La soledad no es solo triste. Es políticamente funcional.
Una comunidad vecinal que se conoce puede organizarse. Puede resistir un proyecto inmobiliario depredador, puede denunciar colectivamente, puede construir poder desde abajo. Una comunidad vecinal que no se conoce no puede hacer nada de eso. Es una suma de individuos aislados, cada uno gestionando su malestar en privado, cada uno convencido de que su problema es personal. El neoliberalismo y la atomización no avanzan juntos por casualidad: la destrucción del tejido comunitario es una condición de posibilidad del modelo, no un efecto secundario lamentable.
Y hay más: las redes vecinales siempre cumplieron funciones de cuidado que ni el Estado ni el mercado cubren. Quién cuida a la anciana del cuarto piso cuando se cae. Quién avisa cuando el niño lleva tres días sin salir. Quién acompaña. Cuando esas redes desaparecen, ese cuidado no desaparece en el vacío: o lo paga quien puede pagarlo, o simplemente no existe. Y sabemos quién se queda sin él.
Entonces volvamos al ascensor.
La escena parece banal porque la hemos normalizado hasta el punto de creer que es la condición natural de la vida urbana. Que los vecinos son extraños, que el silencio es respeto, que la indiferencia es sofisticación. Esa naturalización es, en sí misma, ideológica: nos convencieron de que la soledad es el precio de la libertad, y de que la libertad es lo máximo que podemos aspirar.
La pregunta que flota en ese ascensor no es íntima. No es ¿por qué soy tan antisocial? Es: ¿qué tipo de ciudad estamos construyendo cuando la persona que duerme a veinte metros de nuestra cama nos resulta un completo extraño? ¿Y a quién le conviene que sigamos preguntándonoslo en silencio, cada uno mirando su pared?
El vecino no desapareció solo. Lo desaparecieron. Y la pregunta que nadie hace en voz alta es quién se beneficia de que sigamos sin saberlo.






2 comentarios en “Había una vez algo llamado vecino: una especie en extinción”
Me encantó, recuerdo con mucha nostalgia esos tiempo,pero a pesar de los tiempos que corren por esto lado de mucha maldad y egoísmo de parte de la nueva generación, nosotros las antiguas todavía conservamos un poco esa sercania con nuestra vecina y nos ayudamos cuando nos enteramos que alguna de ellas necesita está en problema
Excelente artículo, una gran verdad que sucede en todas partes del mundo. Soy de México y a menudo mi mamá y yo recordamos con nostalgia cuando todos los vecinos nos conocíamos y nos llevábamos bien y aún los que nos llevábamos mal nos procurábamos unos a otros.
Nos mudamos a una ciudad más pequeña hace 10 años y seguimos sin conocer o convivir con la mayoría de la gente que nos rodea. Pero eso si, los chats en WhatsApp se multiplican, cada uno de diferentes temas donde todos hablan, argumentan y constantemente pelean y se quejan. Pero jamás en persona, jamás de frente, como para que tomarnos la molestia…
Gracias por esta reflexión