La ilustración de Mara Parra acompaña el texto Un juego discreto: una crónica del mundo de los remates

Un juego discreto: una crónica del mundo de los remates

En Julio Marticorena & Cía. Ltda., no se compite por las joyas más brillantes ni por las pinturas más caras. El verdadero premio se esconde entre cajas polvorientas, materiales desechados y piezas olvidadas. Aquí, basta un leve gesto para ganar o perder, y quienes dominan este terreno saben que la experiencia, la paciencia y la estrategia son las verdaderas cartas para triunfar.

—En cien, cien, en ciento veinte, ciento cuarenta, los dos motores en ciento cuarenta… y se van en ciento cuarenta.

El grito del martillero acompañado del eco apurado de un martillo de madera que marcaba el cierre de cada oferta retumbó hasta la entrada de la casa de remates Julio Marticorena & Cía. Ltda., ubicada en la esquina de la Avenida Carlos Valdovinos con Bascuñán Guerrero en la comuna de Pedro Aguirre Cerda. En ese espacio, de casi 16.000 m², cercado por una fachada descuidada teñida de grises y celestes, se escondía un mundo que hasta entonces desconocía.

Cuando crucé el portón azul vibrante —una de sus tantas entradas—, divisé a un costado las oficinas del recinto que, pintadas de rojo, destacaban entre los tonos opacos del lugar. En una de sus paredes, colgaba un cartel azul con una flecha que indicaba “Remates estacionamientos al fondo”. Era un viernes 27 de junio a las 14.30, un día particularmente oscuro y frío, por lo que mientras daba los primeros pasos por el estrecho pasillo de cemento hasta el estacionamiento, pensé que mi primera vez asistiendo a un remate iba a estar marcada por la ausencia de oferentes que habían decidido quedarse en casa. Pero a medida que avancé en el terreno, me di cuenta de lo equivocada que estaba. Tras unos minutos caminando, el concreto quedó atrás y fue reemplazado por la tierra, ahí fue cuando me encontré con el escenario del espectáculo principal: un banquete de materiales industriales, mineros y una gama de vehículos judicializados dentro y fuera de un galpón, que los asistentes parecían observar con un hambre voraz.

A medida que me acerqué y el olor a polvo me abrumó, me quedó claro que era un peón de ajedrez en un tablero ajeno. Mi andar tímido y las miradas rápidas que me lanzaron, delataron que era mi primera vez atravesando ese mundo. Me encontré rodeada por alrededor de treinta hombres, la mayoría de mediana edad. A diferencia de las subastas de arte que se ven en televisión, donde las joyas y los trajes suelen competir con el precio de las obras, allí predominó la discreción. Vestidos con colores sobrios, prendas comunes y con zapatillas gastadas buscaban no llamar la atención; al contrario, se movían con las manos en los bolsillos, encorvados y hablando en voz baja.

Mientras algunos se reconocían y saludaban con familiaridad, otros permanecieron inmóviles, atentos a cada golpe del martillo de no más de diez centímetros, esperando atentamente una nueva oferta, como si supieran que lo mejor aún no había llegado. Los más inquietos deambulaban entre los lotes, una y otra vez. Previamente hubo tres días para revisar los productos, pero algunos analizaron durante toda la jornada y con lujo de detalle cada uno. Abrían huecos en las cajas, revisaban cada cosa con la linterna del celular y acariciaban con los dedos las grietas de los objetos, buscando indicios de su verdadero valor. Por otro lado, yo me mantuve tras la multitud, intentando entender las reglas de un juego que ellos parecían conocer de memoria.

Por la velocidad del martillero, que se encontraba en lo alto de un podio móvil de fierro, en varios momentos perdí la noción de en qué lote iban. Para orientarme, tuve que asomarme entre los hombros de los asistentes y seguir a uno de los trabajadores que recorría el galpón ondeando un palo con una tela amarilla donde se leía “remate”. Cuando por fin pude seguir el ritmo, me sorprendió no ver manos ni voces alzadas, pero el martillo no se detenía y los lotes seguían avanzando. Ahí comprendí que la sutileza era la clave. Bastaba un gesto discreto con la mano o asentir levemente la cabeza para ofertar, por lo que me mantuve quieta con el miedo de llevarme algo sin desearlo.

Andrés Ubilla, el martillero de turno, tiene casi tres décadas de experiencia, y, hoy, a sus cincuenta y seis años, conoce todos los movimientos, tiempos y estrategias para mantener viva la competencia. Marcaron las 16.00 horas y con la llegada del lote 208, fue relevado por Julio Marticorena, quien dio inicio al remate de seis vehículos judiciales, el acto más esperado del día. Ante esto, me acerqué a Ubilla para comprender mejor cómo funcionaba este juego.

En Chile, ser martillero es una profesión regulada por la Ley N° 18.118, que exige cumplir requisitos legales y atravesar un proceso formal. Para obtener este título, se debe postular al Registro de Martilleros Públicos del Ministerio de Economía, acreditar estudios secundarios, demostrar un capital propio mínimo de 1500 UF y no tener antecedentes penales. Una vez aprobada la solicitud, se asigna un número que identifica al martillero en cada remate que realice a lo largo de su carrera. Andrés Ubilla tiene el 1173 asignado en 1998 y Julio Marticorena el 26, siendo uno de los martilleros más antiguos vigentes.

Existen tres tipos de martilleros: los judiciales, como Andrés y Julio, quienes rematan bienes por orden de tribunales; los públicos, cuya función es vender públicamente y al mejor postor toda clase de bienes de personas o empresas; y los concursales, que venden y convierten en dinero los bienes de un deudor en un procedimiento judicial. Más allá de sus diferencias, todos comparten la misma responsabilidad: actuar con transparencia y continuar el remate siguiendo una dinámica precisa.

—Todo esto tiene un proceso que se hace paso a paso—explicó Ubilla— desde el momento en que el mandante o el consignante, dueño de la mercadería, la envía. Las cosas se descargan, se ordenan y nosotros le asignamos un número de lote. Se crea un acta de todos los objetos para respaldar su venta y, previo al remate, hay unos días en donde los productos están de exhibición para que los posibles oferentes puedan revisarlos.

Además, el martillero tiene la tarea de motivar a los asistentes a ofertar. Para ello, se tienen estrategias definidas que aumentan la adrenalina y competencia.

—Hay dos cosas que ocurren —agregó—. Por ejemplo, yo puedo tener un mínimo de un millón de pesos para un equipo, pero jamás parto en un millón. Si lo hago, la gente se asusta, por lo que siempre comienzo en 500. Aunque sé que no puedo venderlo por menos, empiezo bajo para entusiasmar a la gente, para que vayan soltando la mano. Muchas veces puede que no haya más interesados entre los 500 y el millón, pero yo sigo como si las ofertas continuaran, para empujar la venta. A veces alguien pica, otras veces no.

Así, se mantiene el ritmo del remate y se genera presión en el lugar, hasta que alguien decida entrar a la competencia. Según Ubilla, el 80% son caras conocidas. Uno de ellos es Reinaldo Mazzey, quien, un poco desconfiado, me confesó que lleva más de cincuenta años recorriendo galpones. Empezó desde cero, sin mayor conocimiento de las estrategias. Compraba solo lotes de diez mil pesos de la época y de a poco fue aprendiendo. Hoy, ya jubilado de su empresa de fundición —la que formó casi exclusivamente gracias a sus compras en remates— sigue participando, pero ya no por necesidad, sino por afición. 

—Cada día uno encuentra algo nuevo como esto —dijo señalando tres piezas de fierro que contenían, en algunas capas, cobre—. Si la estructura es de 7000 kg, de cobre podrían ser 800 kg. Sería apostar.

Con la llegada del final del acto principal, la tensión cautivó todo el lugar y las jugadas se volvieron más drásticas. 

—¿Está funcionando? —gritó Julio Marticorena.

—Sí señor —le respondieron fuerte y claro

—Lote 212. Vehículo Station Wagon, marca JAC, color blanco, fabricado en 2018. Empiezo en 1 millón.

Una de las más llamativas fue la compra de un vehículo estimado en veinte millones de pesos en tan solo 4,8 millones. A simple vista, parecía una oportunidad irrepetible, sin embargo, al revisar detenidamente, acumulaba 32 multas impagas. En este mundo, las diferencias entre los clientes se trazan de manera notoria. Algunos son más precavidos, mientras que otros prefieren correr el riesgo y apostar a que el negocio seguirá siendo rentable. Están los compradores que adquieren para revender y los que compran para su uso personal o industrial.

Más allá de la diversidad entre oferentes, estrategias y jugadas, todos son recibidos cálidamente en el mismo lugar. 

La casa de remates Julio Marticorena & Cía. Ltda., no es un nombre reciente en el rubro: su historia proviene de un legado familiar que se remonta a 1940, cuando Nicanor Marticorena fundó Marticorena y Cía. Ltda. Hoy, el golpe del martillo sigue resonando gracias a sus hijos, Julio y Jaime, quienes fundaron sus propias casas, y mantuvieron el apellido como uno de los más reconocidos del mundo de los remates.

En sus inicios, Julio Marticorena & Cía. Ltda., remataba desde maquinaria hasta menaje doméstico. Con el tiempo, se adaptó a las nuevas demandas del mercado y hoy realiza alrededor de treinta y cinco remates al año, tanto presenciales como electrónicos. Se especializan en equipos industriales, mineros y judiciales, siendo la maquinaria pesada y la amplia gama de vehículos los favoritos del público. 

—Trabajamos mucho con mineras, sobre todo con Codelco, en todas sus divisiones —destacó orgullosamente Andrés Ubilla. 

Vías del tren en la calle

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Desde fuera, la casa de remates da la sensación de estar abandonada. La pintura descascarada, el polvo acumulado en las altas ventanas y su estructura, marcada por un techo curvado típico de las fábricas antiguas, transmite la equívoca impresión de un lugar solitario. Sin embargo, el verdadero lujo se encuentra en su interior, aquel que reside en el valor oculto de las cosas y en la satisfacción de llevarse algo a un precio impensado. El premio, hecho de piezas oxidadas, motores detenidos y objetos que para otros no sirven, bajo el martillo se vuelve invaluable y codiciado no por uno, sino por muchos. 

A las 17.00 horas finalizó la venta del lote 215 y con ello la jornada de remates. Los trabajadores cerraron el galpón y, con la misma familiaridad con la que se saludaron, los asistentes se despidieron, quienes sabían que en un remate no muy lejano se volverían a reencontrar. Algunos se quedaron para admirar sus nuevas adquisiciones, otros solo para conversar sobre los resultados del día hasta el cierre de la casa a las 17.30 horas. 

Tres o cuatro veces por mes, Julio Marticorena & Cía. Ltda., se llena de compradores habituales y nuevos curiosos, como yo ese día, quienes, a pesar del frío persistente y las extensas horas, se mantienen firmes en la competencia. Allí no solo compitieron por llevarse el mejor precio, sino demostrarse como el ganador del juego silencioso de la experiencia, al saber cuándo entrar, cuándo retirarse y cuándo dejar que el otro pague de más. Ahí dentro, cada objeto parecía tener dueño incluso antes de caer el martillo. La mayoría son cercanos, pero desde la mención del primer lote hasta el golpe final del martillo, son rivales en busca de lo mismo: llevarse lo más valioso al menor precio posible, pero sin ruidosas celebraciones, sino que marchándose con el botín deseado sin que nadie lo haya notado.

ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA

Esta crónica fue desarrollada en el marco del curso Reporteo Avanzado (Universidad de Chile), impartido por la periodista y docente Amanda Marton.

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