La ilustración, hecha en acuarela, muestra una casa, un perro siendo acariciado y una persona sosteniendo una cámara fotográfica. La imagen ilustra el texto "Un tesoro en el Zanjón", de Amanda Marton

Un tesoro en el Zanjón

Y si uno cuenta que vio la primera luz del mundo en el Zanjón de la Aguada,

¿A quién le interesa? ¿A quién le importa?

Pedro Lemebel

Primero, el caos.

El polvo que entraba sin permiso a nuestras narices. Los restos de cuerpos de arañas y sus telas en las paredes. La pintura de color cartón mojado, sin gracia, sin luz, en toda la casa. Nuestras cosas –libros, cuadros, ropas, fotos– amontonadas en el patio, debajo del parrón, listas para ser manchadas por las uvas del verano porque la dueña anterior no quiso desocupar la propiedad antes de salirse de ella.

Así llegamos con mi marido, Gonzalo; mi cuñado, Javier, y nuestros dos perros, Kiri y Ajax, a vivir en la casa que le compramos a mi abuela Olga en la calle Chiloé. Según ella, siempre arribista, siempre pendiente del qué dirán, “en pleno San Miguel”. Según todos los mapas, especialistas e historiadores, “en pleno barrio Franklin, en el sector conocido como Zanjón de la Aguada”.

Esa expresión jamás fue usada por mi abuela. Probablemente no quería tener ningún vínculo con un sector que fue llamado en el pasado “una inmensa cloaca de infección y de vicio, de peste y crimen, un verdadero potrero de la muerte” por Benjamín Vicuña Mackenna; o “antro de perdición de la clase obrera” por el diputado Luis Ayala; o “sector donde vive la gente más pobre y olvidada de la mano de Dios” por el político socialista Mario Palestro; o “cordón de la miseria santiaguina” según El Diario Ilustrado.

Pero aunque intentara ocultarlo con palabras, ni mi abuela ni nosotros podíamos olvidar que la casa está ahí, en el Zanjón de la Aguada, en un sector donde hacen vida común la gente, los perros y los animales del Matadero. Donde todavía residen los cuadrinos que dan vida al barrio: huachos, tripaleros, guateros, matarifes, desbordados, cuadrinos a pata pelada, rotos y cantantes de cueca antigua. Donde los fines de semana baja la élite y la clase media santiaguina a los entrañables recovecos del Persa Biobío, ahora puesto de moda.

***

En la calle de Chiloé

Del barrio del Matadero

Fue muerto un abastero

El jueves según diré

No sé la causa por qué

Se cometió el estupor

Más creo que es el licor

Que estos males ha acarreado y por él se ha presenciado

Un crimen que causa horror

Relato del poeta popular Daniel Meneses en la investigación Memorias de la cueca centrina.

***

Tasación de la propiedad ubicada en Calle Chiloé:

Registro oficial de 1944, aunque probablemente sea, como las casas aledañas, de principios de 1900. Materiales: madera, albañilería de ladrillo de arcilla y piedra. Vivienda de un piso, usada, en mal estado de conservación, de tipología contínua. Estructura de piso ventilado, con vigas de madera en regular estado, revestidas con tablas de madera en mal estado, se percibe hundimiento de piso en áreas de la propiedad por daños en su estructura. Muros revestidos con estuco presentan fisuras. Cerámicos y baldosín en regular estado. Moho en el baño. Galpón de madera asociado a la propiedad en mal estado.

Las casas tienden a tener un carácter propio, tan característico suyo como los años desde su construcción, los materiales con que son hechas, o el alma del dueño que las habitó. Esta no fue la excepción.

Si en los casi 80 años que mi abuela vivió ahí la casa no presentó problemas, lo hizo –y con ganas– tras nuestra llegada. De repente, las estructuras que habían soportado décadas empezaron a fallar. Un cortocircuito dejó sin electricidad una de las habitaciones durante semanas. El techo que tanto había soportado cedió y las primeras lluvias del invierno mojaron los muros que recién habíamos pintado, invadiendo la morada con humedad y frío. El piso de madera empezó a romperse. El calefón ubicado en el baño –contra toda normativa vigente– dejó de calentarse. Y los gatos de los vecinos, que antes deambulaban por ahí, prácticamente dejaron de hacerlo por los perros, dejando un espacio para la aparición de ratones.

–¡Parece broma! –dijo un día, indignado, Gonzalo.

–¡Puta la wea! –añadió, solidario, Javier.

–¿Habremos hecho bien en comprarla? –dudé yo.

Durante meses nuestros verbos se resumieron a RE: reordenar, rearmar, recambiar, recomenzar, reemplazar, rehacer, reconstruir. 

En ese proceso, por la casa pasaron familiares para llevarse los buenos muebles abandonados por la abuela, con la excusa de que ella se los había regalado; vendedores del Persa Bíobío en búsqueda de algo que valiera la pena y compradores de chatarra. Ninguno de ellos quiso meterse en el abandonado galpón de madera. Gran error.

***

Revista En Viaje número 327, de 1961

Destaca un artículo periodístico de 1875 que dice: “Sitios para pobres en la calle de Chiloé, sobre la línea del ferrocarril urbano. Se tratan de amanzanamientos recientes, con agua, con buenas capas de tierra para cortar materiales y a precios baratísimos, al alcance de las familias pobres”.

***

En el galpón, un baúl de 50 centímetros de ancho y un metro de largo prácticamente destruido. Adentro, decenas de papeles con el nombre José Miguel Gálvez y el número de identidad 450012-1.

José Miguel Gálvez, lo sabré más tarde, era mi tío bisabuelo. Vivió en esa casa hasta su muerte, a fines de 1980. Era cojo, soltero, muy religioso. Tocaba el violín. Le gustaba entender su entorno y estar informado. Leía en español, inglés, alemán y portugués. Anotaba en la primera página de sus libros su nombre, la fecha y el lugar de la compra. Generalmente lo hacía en San Diego.

Encontramos decenas de libros apolillados. Y entre ellos, una caja de madera milagrosamente protegida por las plagas y el paso del tiempo.

–Parece un tesoro –dijo Gonzalo.

***

Registro de lo hallado

En esa caja perteneciente al “Tío José”, como le decimos hoy a ese fantasma:

  1. Una cuchara de plata envuelta en una hoja del diario La Tercera de la Hora de domingo 17 de octubre de 1982. Noticia: “Nuevo Plan Regulador pondrá las cosas en orden en San Miguel”. Una frase destacada por el fantasma: “A toda persona o institución que quiera instalarse a vivir o trabajar en la comuna el saber que existirán normas claras, precisas e impersonales”. En la misma página, otra noticia destacada: “Un corte de agua afectará a un sector de las comunas de San Miguel”. 
  2. Un comprobante del Convento Santo Domingo por una misa por el alma de Gertrude Gálvez el 5 de febrero de 1950.
  3. Una edición de bolsillo del libro El joven de acción. La página marcada dice así: “Sed Valientes: El cobarde no sale de su casa, porque ha oído decir que por los caminos anda suelta una fiera”.
  4. Una cuerda de violín.
  5. Una página de diario del 25 de diciembre de 1983 que indica los libros más vendidos del año, siendo ellos: La casa de los espíritus, de Isabel Allende; Homo chilensis, de Joaquín Edwards Bello; Persona non grata, de Jorge Edwards; El señor de las moscas, de William Golding; Cosmos, de Carl Sagan; ¡Buenos días, país!, de Raúl Hasbún; 1984, de George Orwell; El mundo es de cristal, de Morris West; Lo impensable, de Pablo Hunneus y El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
  6. Embalajes de Té Supremo que se coleccionaban para canjear descuentos.
  7. Un crucifijo de 22 centímetros junto a una imagen de Nuestra Señora de Lourdes y un rosario.
  8. Un titular que reza “Delicado de salud ex presidente Alessandri”; otro que suena como un llamado al presente: “Control de la delincuencia de las calles para Navidad”; otro que prega: “Por comer queso de cabra en mal estado, nueve personas fueron internadas en el Servicio de Urgencia del Hospital Barros Luco”.  
  9. Un carnet de compras del 17 de enero de 1963.
  10. Un recibo de declaración de impuestos de 1964.
  11. Una caja con clavos.
  12. Una tinta china.
  13. Un carnet que data de 1887.
  14. Un libro de oraciones.
  15. Una foto de estudio tamaño carnet de una mujer de tez blanca y pelo oscuro. Al otro lado, el mensaje: “Ansiosa por conocerte, Don José. Con cariño, Patricia”. 

***

La calle, decía el escritor portugués Afonso Cruz, puede ser un espacio que no está ni vivo ni muerto, pero cuya vida o muerte, amor u odio depende de una mirada. Creo que con las casas pasa lo mismo. O al menos eso nos pasó con la nuestra.

La realidad puede ser alumbrada por la capacidad de atención. Nos estábamos centrando en todo lo malo, lo corroído, lo molesto de la casa del Zanjón, casi replicando los discursos de otrora. Como si la precariedad fuera una enfermedad más aguda que el arribismo y la indiferencia hacia el barrio.

Una vez que nos encantamos con los recuerdos del Tío José, él, casi salido de ultratumba, nos regaló algo más: una serie de sobres con negativos.

Gonzalo pidió apoyo a Andrea Fuentes, diseñadora industrial apasionada por la fotografía análoga, para sacar a la luz los contenidos de esas fotos.

Se trató de un proceso metódico, especialmente porque no estaba claro de cuándo databa el material. Andrea tuvo que retirar todas las partículas de polvo con una perita y un soplador eléctrico suave. Después, pasó los negativos a un escáner con elementos especiales para poder montarlos y pasarlos al computador, para luego hacerlos positivos (la foto misma). De ahí empezó el proceso de limpieza digital, para eliminar posibles desgastes y dejar las fotografías lo más similares posibles a lo que eran originalmente. Y luego, agregar contraste para realzar los blancos y negros, ya que con el tiempo las fotografías habían perdido parte de sus químicos y se fueron apagando.

–Posterior a eso empecé el proceso de revelado digital –nos explicó Andrea–. Ya teniendo las fotografías, decidí involucrarme en la búsqueda de aquellos lugares. Encontré algunas pistas pequeñas para buscar en Google Street o Google Maps dónde fueron sacadas y qué había pasado con esos lugares. Había algunos, como el Parque Almagro, que eran fácilmente identificables. Pero había otros que se habían modernizado enormemente.

–¿Como cuáles? –le pregunté.

–Como Valparaíso. En las fotos se percibe, por los cerros, que se trata de la ciudad. Pero no lograba identificar en qué partes específicamente habían sido sacadas. Empecé a preguntar a algunas personas que habían vivido allá si reconocían el lugar, si algo les parecía familiar, o si había algo conocido para poder encontrar una pista de dónde está. Las fotografías de José se volvieron un elemento de conversación, de encontrar una historia.

–¿Recuerdas alguna en particular?

–¡Sí! En una se veían unos colectivos y unas tiendas comerciales y gracias a que un conocido reconocía una de esas tiendas, que ya no existe, llegué al lugar. Creo que eso es lo que más te sorprende de las fotos: cómo te involucras en la historia y qué es lo que está pasando en ese momento. Incluso llegué a preguntarme quiénes eran esas personas, cuántas de ellas están vivas o muertas, cuáles eran sus vidas… –resume Andrea.  

***

Las fotografías encontradas

muestran la salitrera de San Fernando con sus habitantes y trabajadores; retratos varios; una fábrica de fideos; un rayado en la pared que dice “vote por (inentendible) los comunistas”; el campus central de la Pontificia Universidad Católica de Chile visto desde el cerro Santa Lucía; la cordillera nevada desde San Joaquín; esculturas del Cementerio General; la piscina del cerro San Cristóbal; el puerto de Valparaíso. Y, cómo no, la calle Chiloé, la plaza de calle Rivas; las inundaciones en los márgenes del Zanjón de la Aguada y una zapatería en el barrio Franklin.  

Muestro algunas de ellas al historiador Marcelo Mardones, quien en 2019 hizo un importante trabajo de reconocimiento de imágenes históricas para entender las intervenciones, actores y representaciones urbanas de Santiago entre 1935 y 1945. Con él comprendimos que las fotografías del Tío José databan desde fines del siglo XIX, en el caso de las salitreras, con un mayor énfasis en las décadas de 1950, 1960, 1970 y 1980, en el caso de las de Santiago y Valparaíso.

–Me llama la atención la manera de mirar la ciudad. En todas las fotos se trataba de alguien que, sin duda, no tiene la formación de fotógrafo, no tiene la sensibilidad estética para los encuadres. En ese sentido son fotos imperfectas. Pero es una persona que toma registros del paisaje que lo rodea de manera distinta –comenta Marcelo.

–¿En qué sentido?

–Aunque hay una pulsión por la mirada urbana, esa persona que sacó esas fotos tiene un comportamiento distinto en su entorno en Santiago, especialmente en el barrio Franklin, que pareciera ser su espacio más cotidiano, que cuando se va a Valparaíso, por ejemplo. Valparaíso representa un viaje, y entonces esa persona trata de observar y registrar el paisaje urbano con mayor detenimiento.

Más allá de esos aspectos técnicos, Marcelo reconoce que le atrae la idea de que una persona haya guardado esos negativos.

–¿Para qué guardar un archivo de la ciudad? ¿Para qué quedarse con una serie de imágenes sobre la ciudad? ¿Qué tiene que ver esto con el recuerdo? ¿Tiene que ver esto con cómo pensamos en la ciudad y cómo nos relacionamos con nuestro entorno? Esa cuestión emocional que toma la foto puede ser clave.

***

Si hay alguien que sabe de la emocionalidad de encontrar fotografías del pasado, ese alguien es el arquitecto Felipe Bengoa, director de Enterreno.com.

Desde 2015 la iniciativa busca formar el archivo histórico gratuito y colaborativo más grande del mundo. La idea es simple: los usuarios envían gratuitamente miles de fotografías antiguas y los relatos detrás de ellas son complementados por el conocimiento de cada una de las personas que visitan la página.

–El propósito nace al ver la fragmentación de los archivos fotográficos en Chile y la nula gestión en recuperar el patrimonio familiar fotográfico para ser digitalizado y salvaguardarlo de eventuales catástrofes o pérdidas. Poner a disposición pública la historia construida por todos –explica.

Le pregunto por qué es tan importante para los seres humanos tratar de entender los territorios que habitamos. En mi caso, el Zanjón de la Aguada.

–Es fundamental, sobre todo cuando cambia tan rápido. Conocer cómo se relacionan nuestros antepasados con el entorno, los oficios, las historias de vida y más. Creo que como sociedad permite tener mejor entendimiento de los procesos que vivimos en el último tiempo, reflexionar sobre los avances y los retrocesos. Permite generar un estado de crítica constructiva sobre lo que tenemos, lo que tuvimos, y lo que podríamos tener.

–¿Y qué aporta la fotografía en eso?

–Da continuidad al sentido de pertenencia. Al ver las fotografías, generaciones mayores sienten nostalgia y añoranza, pena por sus seres queridos que ya no están, mientras que las generaciones jóvenes sienten mayor impresión y sorpresa, como si estuvieran reconociendo por primera vez un lugar. Además, las fotografías permiten hacer conexiones en muchas materias diferentes: moda, tecnologías, publicidad, medioambiente, arquitectura, urbanismo, antropología y más.

Le muestro algunas de las fotos que encontramos en el galpón. Felipe las considera “preciosas” e invita a compartirlas con la comunidad.

Con Gonzalo nos comprometemos a hacerlo.

***

En el proceso de rearmado de la casa, llega la hora de demoler el galpón. Su estructura está podrida y las tejas empezaron a liberar microfibrillas de asbesto.

Al terminar, escribo el siguiente relato de no ficción:

La ventana

El fin de semana estuvimos haciendo arreglos en la casa que le compramos a mi abuela. La misión de hoy era derrumbar el viejo galpón.

Cuando le comenté eso a mi papá en la mañana, me dijo que estuviéramos atentos: en 1973, tras el golpe, entre el muro de la cocina y el galpón, la familia había escondido varios libros de la época de la UP por temor a los militares. Una historia que nunca había escuchado, y que él presenció cuando tenía solo 12 años.

Durante todo el proceso en el que los maestros estuvieron en el galpón les pedimos que tuvieran cuidado. Que nos avisaran si encontraban algo, lo que fuera. Estábamos curiosos, ávidos de leer esos libros.

No encontramos más que sus restos, destrozados por el tiempo, el poco cuidado y, quizás, unos cuantos bichos.

Pero detrás del galpón apareció una ventana, escondida por más de 50 años. Una ventana vieja, lista para ser observada y abierta nuevamente. Una ventana que sobrevivió a todo.

¿Qué es la esperanza si no esto?

El último tesoro del galpón: una ventana que salió a la luz.

***

Al día siguiente de la demolición, tras botar los escombros y dejar todos los recuerdos en orden, sacamos a Kiri a pasear.

Le tiramos una pelota roja, su favorita, y lo soltamos en el Parque Inundable Víctor Jara, ex Zanjón de la Aguada.

Parque Víctor Jara, el quinto más grande de Santiago, y que el Tío José no alcanzó a registrar. Lo hacemos por él: agarramos el celular y disparamos una foto.

En la imagen, Kiri corre. Corre incansablemente. Corre casi como dijo el escritor Carlos Franz: “más rápido que la sombra del Matadero que avanza”.

ILUSTRACIÓN DE PORTADA: GONZALO IBÁÑEZ.

1 comentario en “Un tesoro en el Zanjón”

  1. Yo nací el año 1960, en calle Lira, casi esquina Arauco, hasta los 22 años. Leí apasionadamente el artículo, mire con nostalgia las fotos, Gracias!

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