Mi madre está quedando sorda. Vivimos juntos. Ella duerme en una habitación, yo duermo en la contigua. Hoy tiene 80 años. Olga envejece. Hace algunos años, comentábamos los programas de televisión, desde una pieza a otra. Solo la voz nos representaba en la realidad cuando ya cada uno estaba en su cama. Era lindo, también chistoso. Ahora es poco lo que hablamos. Esto a pesar de que en el hospital Santa Rosa le regalaron un audífono para su oído derecho. Hablamos más cuando almorzamos, porque estamos más cerca. Ella sigue visitando mi biblioteca. Es una lectora sin prejuicios.
Durante 37 años Olga fue empleada pública. La literatura para ella es como hablar con todo tipo de personas. Como cuando trabajaba y atendía al público. Una semana puede estar leyendo un libro de Thomas Bernhard, la siguiente una novela de Isabel Allende o Philippe Claudel y después, otro día, los cuentos de Roberto Bolaño. Y así. Solo comenta tras haber finalizado la lectura, si el libro la entretuvo o no. Si aprendió algo o no. De esas lecturas, apunta notas, en una libreta roja.
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Dentro de esta casa en la que ambos vivimos, yo guardo otra casa. Me explico: hace una década volví a vivir con Olga después del fracaso amoroso junto a Andrea. Y hace poco me di cuenta de lo obvio, de lo evidente, que estaba oculto: en varias partes de este hogar guardo otro hogar. En una pieza, por ejemplo, conservo una gran caja de cartón con cuadros, loza, utensilios de cocina, una plancha y muchos cachureos. En un closet amontono platos, de diferentes tamaños, envueltos en papel de diario. Debajo de un mueble hay artículos relacionados con el baño -pequeños espejos, vasos plásticos, cubrepisos-, pero con un baño que no es el de esta casa, sino con el baño que yo ocupé con Andrea.
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Hace poco tiempo, mi madre me contó, sentada en el sillón más grande de la casa, que ella se dio cuenta del momento exacto en que comenzaba a envejecer. “Ahora empiezo a estar vieja”, dice que se dijo así misma. Solo para ella. Un comentario íntimo, triste, y a la vez tan real como poco tangible. Luego de digerir esta sensación, me la comentó. Desde aquel momento es probable que sus opiniones sean más tajantes. “Total, yo ya no estaré”, afirma cuando hablamos de un hecho que especula sobre el futuro de uno de los integrantes de la familia.
Cuando volví a vivir con mi madre comencé a armar una biblioteca mínima. O por lo menos esa era mi intención: tener solo a la vista los libros necesarios, imprescindibles. No más de 100 libros. Pero todo se ha vuelto una contradicción. Una mentira. Lo cierto es que los libros están por todas partes. Y me gusta que existan libros por todas partes. Sobre la estufa en verano. Junto a los maseteros y las plantas de interior en invierno. Sobre algunas sillas. También armé una pequeña biblioteca en el baño. Allí conviven, en un pequeño estante, títulos de Cavafis, Mario Verdugo, Gabriela Mistral, Alejandro Zambra, Rimbaud, Cristina Peri Rossi, Enrique Lihn, Cecilia Pavón, Charles Simic, Gonzalo Millán, Carmen Ollé y Kafka.
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Mi madre fue golpeada brutalmente en la dictadura de Pinochet. Le pusieron electricidad en su cuerpo. La marcaron como al ganado. Cuando yo me enteré de estos detalles, en documentos archivados en la Vicaría de la Solidaridad, recuerdo que caminé muchas cuadras, con una respiración agitada, sin poder detenerme. ¿A quién culpar después de medio siglo de lo ocurrido? ¿Qué hacer con una pena cuando estas impresiones acechan?
Olga usaba el pelo largo y en sus fotos de juventud muestra una bella sonrisa. Una hermosa expresión facial. Unos ojos luminosos, radiantes, que esquivan la vida que no fue. Durante dos semanas estuvo detenida y fue torturada con golpes, electricidad, y además le soltaron su dentadura. A veces, por las noches, a medio siglo de esos hechos, pienso, que quizás, que tal vez, que por qué no, su sordera se relaciona con los golpes recibidos por un grupo de hombres amparados en la cobardía y en la impunidad. Esto, sin duda, no lo converso con mi madre, quien nunca pudo recuperarse, reparar, salir del todo, de ese hoyo negro, infernal, maligno, llamado tortura.
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Una casa dentro de otra casa. La analogía de las muñecas rusas matrioskas podría servir para reconocer el hogar visible y los otros que se esconden. Buscar entre las piezas, en los rincones, detrás de las puertas, en la bodega, para hallar, finalmente, otra propiedad: el hogar deshabitado, desarmado, diseminado en la materialidad de la casa principal. Casas con olores familiares y un árbol genealógico con sus ramas quebradas, otras robustas y vistosas, algunas ausentes entre el follaje del paso del tiempo.
He buscado por toda la casa un libro de Inés Bortagaray. Todavía no lo encuentro. A estas alturas, creo que el libro se esconde de mí.
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Olga enferma. Olga termina en la Posta Central, en Santiago. Una arritmia cardiaca y una trombosis la dejan en cama, débil, frágil y cada vez más lejos de los ruidos de este mundo. Poco más de una semana estuvo internada. Volvió a casa. Se detiene, inmóvil, dentro de su casa, de su cama. Las casas también envejecen. Olga tuvo que estar al cuidado de otros. Bañarse, al cuidado de otros. Comer, al cuidado de otros. El narrador de esta historia, quien también se convierte en cuidador, revisa las libretas de lecturas antiguas de Olga. Las libretas rojas. Hay tiempo. “Tiempos muertos”, se repite como un chiste cruel. También él escribe lo que podría ser un poema.
CUIDADOS INTENSIVOS
¿Cómo deberían ser los poemas de una persona que cuida a un enfermo?
¿Versos con afirmaciones, con objetos, termómetros,
recetas, sabanillas y pañales para adultos?
En la lectura de esos poemas en libretas secretas
El cuidador, quien cuida a un enfermo, confiesa su rutina
A un puñado de hojas que lo más probable nadie leerá
El cuidador confiesa en secreto
-su estómago habla y su boca calla-
que se está enfermando
y le solicita al crucificado que debe venir un reemplazante
Otro que haga el trabajo de preguntar:
¿Qué día es hoy?
¿Cómo se siente?
¿Nombre completo?
¿Fecha de nacimiento?
Preguntas que intentan capturar algo
que irremediablemente se irá
Llega un momento en que todos seremos reemplazados
incluso el enfermo, el cuidador y el muerto.
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El último libro que leyó Olga, el libro que fui encontrando, que registra en su libreta roja fue Basada en hechos reales, de Delphine de Vigan. Una novela. Una ficción basada en hechos reales. Algunas frases, al parecer tomadas de la novela, son:
“Toda escritura sobre uno mismo es una novela”.
“A veces es necesario disfrazar para explorar el tema”.
Luego, otras frases sin comillas, en la libreta roja de Olga, están en los bordes de una página, como queriendo escapar, huir de lo recién escrito, pero, a la vez, intentando dejar grabada la emoción, la memoria sin memoria, que solo el cuerpo registra. Verbalizar, por medio de la escritura, hechos de un pasado. Las palabras también respiran y dejan que otras se expresen. Una escritura que cita a una escritura. A esos apuntes ella los titula: “Basados en hechos reales”.
ILUSTRACIÓN DE PATO VERA





