Un día como madre miserable

Con furia en el cuerpo, bañada en lágrimas y balbuceando calamidades en voz alta caminé el pasillo desde el restaurante japonés hasta la tienda de computadoras frente a la que nos habíamos estacionado. Iracunda, abrí la puerta de la Kia blanca y me subí al asiento del copiloto. 

—¿La encontraste? —repitió él con forzada preocupación mientras los niños se reían nerviosos.

—Estaba mojada y deshecha y no se leía nada —dije entre sollozos. Nunca una servilleta en la historia de la humanidad, o al menos de mi vida, me había causado tanta rabia y tristeza. 

—¿Por qué mojada? —preguntó con su inusual despiste. 

—Coño, qué importa, se habrá mojado con el agua de la mesa, no sé. 

—¿Puedo abrazarte? —susurró.

Exploté en un grito histérico, estilo Hulk, y le pegué dos puños a la ventana. «Todo esto es tu culpa», le reclamé. «Sin ti, no hubiese tenido hijos y no les hubiese dado mi celular para que se quedaran tranquilos mientras comprábamos la laptop». 

Diecisiete años de matrimonio y trece de maternidad pesan.

En la servilleta había anotado la clave de la nueva computadora y unas ideas sueltas para el cuento que estaba escribiendo sobre lo engorroso que es criar. La maternidad, como siempre, había decidido irrumpir y mostrarme hasta qué punto era cierto todo lo que pensaba.

Los obligué a los tres a bajarse del carro y que fueran a comprar nuevas tabletas. De algo tenía que servir el trabajo que le hacía a él pasar más tiempo de viaje que en casa y me convertía a mí en una suerte de madre soltera mantenida. No tenía que alimentar tres bocas por mí sola, y eso era un privilegio, pero paralelamente mantenía todo lo demás: la casa, los niños, que estuviesen al día en la escuela, las actividades extras, las citas médicas. Además, se suma la dificultad de que somos migrantes sin abuelos o ayuda cerca.

Le mandé un audio a Victoria, mi mejor amiga desde hace 20 años, diciéndole que estaba harta, desbordada, que lo único que quería era escribir y me dijo: «parece una historia de Lucía Berlín; si tienes que vivirlo, al menos sácale un cuento». 

Entonces tocaron la ventana e hicieron pucheros en trío. Se veían adorables, pero cuando bajé el vidrio la mayor dijo que el papá no había querido comprar las tabletas porque eran muy caras y nuevamente me enfurecí como si la niña fuese yo.

«Yo no sé cómo van a hacer, porque yo no les voy a volver a prestar el celular más nunca, y si se aburren y me empiezan a fastidiar los dejo solos y me voy». Por suerte, ambos encontraron mi reacción hilarante y rieron a carcajadas, pero yo, como suele pasarnos a las madres, me sentí culpable. Pensé que si entregaran los premios Medea —mi feminismo no me deja llamarlos Oscar— a la más malamadre, seguro yo estaría nominada junto a la que se le cayó el hijo en el hábitat del gorila del zoológico de Cincinnati o a la que dijo en redes sociales que amaba a sus niños, pero se arrepentía de haberlos tenido. 

Si tienes que vivirlo, al menos sácale un cuento.

Pensaba en mi servilleta mojada. La mesera, al ver mi cara de tragedia había ido a buscarla a la cocina, la rescató de la basura y, a pesar de su advertencia de que estaba deshecha, me la trajo. La tinta del bolígrafo, que había tomado prestado en la tienda de computadoras, se había regado y tenía pegados unos granos de arroz. Pensé tomarle una foto a lo escrito, pero no se veía nada y, bueno, tampoco era que me iba a ganar el Herralde con mi propuesta de La servilleta mojada y otros cuentos de madres miserables…

Debí haberme traído la servilleta, aunque se estuviese deshaciendo. Como yo. Cuando me convertí en madre, mis partes cedieron. El cerebro se me llenó de angustia y aire. Dejé de saber todo lo que sabía y empecé a hacer cosas raras, como velar las respiraciones nocturnas de mis hijos en lugar de leer libros. Diez años ocupándome de ellos y del desorden en mi cabeza, cortesía de una infancia en perpetuo estado de alerta. Una década casi sin escribir. Por eso he debido rescatarla; tomar la servilleta sucia y mojada, y meterla en una bolsita o un vaso plástico. Salvarla a ella como si me salvara a mí. Ponerla sobre mi altar, al lado de mi cojín de meditación con los souvenirs que más significan para mí, sumados a unos cuarzos y una vela. He podido usarla para manifestar, que tan de moda está, no otra servilleta mojada, sino más escritura. 

Me había tomado un par de días recuperarme emocionalmente de todo el incidente y no había sacado la computadora de su caja. «Siempre evadir», dijo Victoria. Según ella, tenía que resignificar la laptop, haciendo algún tipo de ritual de iniciación. ¡Que el universo bendiga a las amigas que te toman la mano y te sacan de la miseria, porque sin ellas la vida sería un perpetuo valle de lágrimas! Como leí una vez, «solo las mujeres aman a las mujeres de la forma que las mujeres aman a las mujeres».Un día, mientras fisgoneaba con mi hija adolescente en una librería, encontré unos stickers preciosos, como para su edad, que dicen «Joy. Stay True. Feeling all the feelings. Grattitute is my attitude». Los compré para mí y decidí que pegándoselos bautizaría mi computadora. La llamé «Plan B» porque eso es lo que es. Con ella me conectaría a las clases de mi maestría en Escritura Creativa, y con ella escribiría mi salida de esta cotidianidad que ya no me calza; un cuento –incluido este– y una novela a la vez. Porque, como dice Victoria, que se separó de su marido y se mudó de país después de planearlo por siete años, «uno no cambia de vida cuando quiere, sino cuando puede».

ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA.

6 comentarios en “Un día como madre miserable”

  1. Me ha encantado tu historia Carla, quizas la inspiración que me faltaba para sentarme a realizar el ejercicio de fotografía que tengo pendiente y que tal cual quizas me saca del caos que esta siendo en este momento, mi maternidad y mi vida en general.

    1. Gracias Yoile por leerme. El arte siempre nos conecta con la esencia de quiénes somos y resignifica situaciones que por cotidianas y repetidas ahogan. Si llegas a hacer el ejercicio me encantaría verlo. Me puedes escribir por IG a @agobiosdemadre.

  2. Milagros Ramírez

    👏👏👏👏 Me encantó!
    tu pones en letra de manera clara y espectacular lo que que todas las madres sentimos . Sigue escribiendo aprovecha ese don que tienes !!

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