En su memoria él jamás tuvo rostro. La cara siempre cubierta por las sombras y la oscuridad de la noche. Las luces nocturnas de la ciudad asomándose fugazmente por el auto e iluminando solamente sus manos, siempre sujetas al volante. No, por más que intente concebir una imagen, desde el asiento del copiloto donde ella estaba, él jamás tuvo rostro. Si es que vio su cara, ya se le olvidó cómo era completamente. Aunque aquella imagen resulta difusa, puede recordar otros detalles de esa noche, presentes todavía en su piel. Recuerda la sensación del buzo del colegio rozando su cuerpo y en medio del frío. El moño que había sujetado su cabello todo el día cada vez más inestable, varios mechones de pelo cayendo en su frente. Su mochila al hombro y la lonchera del almuerzo colgando desde su codo. Había una helada brisa y las nubes del cielo nocturno amenazaban con una posible lluvia. Las calles estaban empezando a vaciarse porque a las siete de la tarde de ese día darían un partido muy importante por la televisión. Eran las seis de la tarde del invierno en que cumplió doce años.
Estaba parada afuera de la construcción que su papá supervisaba como arquitecto, ese día lo acompañó a visitar después de clases. Terminada la jornada, su papá había ido a buscar el auto que terminó estacionado a varias cuadras de ahí por falta de espacio. Le pidió al guardia de la construcción, un viejo conocido, que vigilara a Montserrat desde su cabina mientras él iba y volvía.
Fue mientras lo esperaba cuando él se estacionó al frente y ella escuchó a una voz llamarla. Oye. Oye. Montserrat miró hacia atrás, a la caseta del guardia, y la voz le volvió a hablar, confirmando que se dirigía a ella. Sí, tú. Te estoy hablando a ti. Después la llamó por su nombre. Le dijo: Montserrat. Eres Montserrat ¿cierto? Soy un amigo de tu papá. Me pidió que te viniera a buscar.
Cuando le preguntaron por qué se había subido, aquella sería su explicación; él sabía su nombre. Lo diría varias veces a lo largo de los años, cómo no le iba a creer, si hasta sabía su nombre. Pero al escucharla relatar los hechos, los adultos le apuntarían una obviedad que ella pasó por alto; llevaba el nombre escrito en grande con plumón en la lonchera. Lo vio, le dirían sus padres. No se lo sabía, no te conocía. Solamente lo vio escrito en tu lonchera.
Pero en aquel momento, su nombre sonó tan delicado y suave en la voz de ese hombre que pensó que no podía ser un extraño. No, por más que lo recuerde y vuelva a esa escena una y otra vez con la información que el tiempo y los años le concedieron, aquél no podía ser un extraño. Los extraños no suenan así.
Mientras el auto volvía a arrancar, Montserrat se volvió para mirar al guardia, quien no se había percatado de nada de lo que pasó. Permanecía encorvado, su rostro iluminado por la pantalla de la televisión mientras esperaba el partido. Continuó así mientras el auto arrancaba, y Montserrat lo observó quedándose atrás lentamente, hasta que de pronto ya no lo vio más.
Por años le preguntarían los detalles, cómo fue, qué ocurrió con exactitud. En un principio lo harían bajo la bandera de investigaciones, de seguridad, pero luego Montserrat reconocería el tono de una insaciable y morbosa sed. Y ella los decepcionaría, una y otra vez. Les diría que no fue nada extraordinario ni fuera de lo normal. Una conversación regular entre una niña y un adulto muy simpático, un amigo de su padre. Las calles vacías y oscuras, los negocios y tiendas cerrados más temprano de lo habitual, las micros vacías pasando cada cierto tiempo. Nada hacía presagiar que iba a recordar especialmente aquella noche. Sí había algunas cosas que no le gustaba comentar porque la gente lo malinterpretaría, intentarían llevar su recuerdo hacia otro terreno. Como el leve momento de duda que sintió al desconocer algunas calles por las que estaban.
–Mi papá siempre se va por otro lado –le dijo ella.
Él se demoró en responder. Continuó con la vista al frente, como si no la hubiera escuchado.
–¿Haces atletismo? –terminó por decir, cambiando abruptamente de tema y apuntando con el mentón las zapatillas para correr que ella llevaba puestas. Montserrat asintió con la cabeza y él volvió a preguntarle- ¿Qué haces? ¿Vallas? ¿La posta?
–A veces en posta, pero casi siempre me ponen a competir en vallas.
–¿Compites?
El interés en su voz, la cariñosa forma de querer saber sobre su vida. No. No podía ser un extraño.
–Sí , tengo una competencia en… -frunció el ceño, intentando recordar la fecha- ¿cuándo era? –sacó la agenda del colegio de su mochila para buscar– el 10 de noviembre.
Ahí fue, le dirían los adultos. Ahí se dio cuenta de su error.
–¿Vas a ese colegio? –le preguntó, mirando el logo del exclusivo establecimiento al que Montserrat iba y que aparecía adornando la portada de la agenda.
–Ah –Montserrat bajó la mirada para revisarlo – sí .
Por primera vez en todo el tiempo que llevaban juntos, el hombre pasó más de un par de segundos sin decir nada. Solo se escuchaba el ruido del motor, que a Montserrat le pareció volverse cada vez más fuerte. Estaban pasando frente a una estación de metro en la que no había nadie.
–¿No te queda lejos? –su voz sonaba diferente, más honda, más rasposa– es mucho más arriba de donde estamos ahora.
–No. Vivo a una cuadra nomás.
No le gusta contar la pausa que hubo ni la forma en que el hombre tragó saliva de forma tan fuerte que pudo escucharlo.
–¿Entonces tu casa no queda por aquí cerca?
Fue solo un segundo. Un leve momento en que por primera vez se le vino a la cabeza la posibilidad. La duda.
–¿No sabes dónde vivimos? –susurró ella.
–Sí, sí, es que…–se apresuró en decir, pero se interrumpió con un titubeo– es que se me olvidó. Tengo muchas cosas en la mente. Pero sé dónde viven.
No dijo nada más. El leve bullicio de la calle acompañaba a la mirada de Montserrat, cada vez más segura de que se estaban yendo por el camino contrario.
–¿Sabes qué? –volvió a decir él pasado un rato– tu papá ya se debe haber desocupado. Mejor te voy a dejar a la construcción para que vuelvas a tu casa con él.
Se metió por una calle para cambiar de dirección. Montserrat empezó a reconocer los pasajes y el camino a pesar de lo oscuro que se estaba poniendo, mientras que el hombre manejaba muy derecho y con la vista clavada al frente sin decir nada, como si se hubiera olvidado completamente de que estaba acompañado. De pronto apareció la construcción, y al frente de ella ya estaba su papá.
Cuando le preguntaron por qué se había subido, aquella sería su explicación; él sabía su nombre.
–¡Ahí está mi papá!
Junto a él había más personas y Montserrat notó las luces de un auto de seguridad y otro de carabineros.
Al verlos, el hombre aceleró el auto para irse lo más rápido de ahí.
–¿Qué pasa? –le preguntó Montserrat- ¿no era que me ibas a dejar ahí?
Él giró de forma brusca, metiéndose a una de las calles pequeñas paralelas.
–¿Por qué nos estamos yendo? Ahí estaba mi papá.
Finalmente frenó en seco. Ya se encontraban muy lejos de la construcción y Montserrat no la podía ver.
–Bájate –le ordenó.
–Pero estamos muy lejos.
–No quiero que tu papá se enoje conmigo por no haberte llevado a la casa. Vas a tener que caminar hasta la construcción.
Montserrat miró hacia atrás, vio la calle oscura y desierta que parecía volverse más larga mientras más la observabas.
–Es harto.
–No. No es tanto. Ya bájate.
Montserrat suspiró, resignada. Se puso la mochila y cuando se disponía a abrir la puerta, de pronto sintió como él la agarró por la muñeca.
–Oye –espetó y Montserrat se volvió hacia él.
El hombre soltó un suspiro. Luego se echó para atrás en el asiento y su cuerpo de pronto pareció desinflarse.
–Oye –su voz ahora sonaba liberada, casi melodiosa– tienes que tener más cuidado. No puedes subirte en el auto de cualquier persona.
Montserrat, mirándolo fijamente, asintió con la cabeza.
–Ahora tuviste suerte –continuó él– porque te topaste conmigo y no te iba a hacer nada, pero en otra ocasión puede tocarte alguien malo y la historia sería diferente.
Montserrat volvió a asentir y se sintió tonta por repetir aquel gesto infantil y mecánico. De pronto tenía las mejillas ardientes y rojas, avergonzada de quedar como irresponsable frente al amigo de su papá, que había sido tan simpático y amable con ella.
–Y quizás pídele un celular a tu papá, para que este tipo de cosas no te vuelvan a pasar.
–Ya.
–¿Me lo prometes?
–Sí .
La boca del hombre estaba un poco iluminada y Montserrat pudo notar có mo le sonreía. Era una sonrisa cercana, de esas de los padres y las madres. De alguna forma que no puede explicar, no recuerda su rostro, pero sí su sonrisa. No, él no podía ser un extraño. Le daba culpa haber creído en esa posibilidad por tan solo un segundo.
–Ya, anda con tu papá –le dio un suave y amistoso golpe en el hombro– apúrate.
Montserrat se bajó y corrió hasta la construcción. Si se mirara aquella escena desde la distancia, se podría ver el gesto de su papá al verla regresar, cubriéndose el rostro con estupor. Se podría ver la forma en que se agachó para alcanzar la estatura de su hija, cómo la escuchó atentamente y luego miró hacia donde ella le indicaba, el lugar donde el auto se había estacionado hacía unos instantes. Pero si hubo alguien ahí, para cuando su padre miró ya se había ido.
Tiempo después, sus padres gritaron al ver la noticia en la televisión. A gritos le dijeron que se acercara de inmediato. ¿Es él? Apuntaron al televisor. Contaban sobre la captura de un criminal que llevaba tiempo prófugo, un secuestrador de niños que los engañaba para que subieran a sus autos. Sus barrios eran siempre lo mismos, cercanos a aquella construcción que su papá fue a ver ese día, y los niños eran siempre algunos que vivían por ahí, nombres que se perdían y que las autoridades no ayudaban demasiado a buscar. No vi su cara, les respondía ella, pero sus papás no la escuchaban. No vi nunca su cara, les decía mientras ellos llegaban a la conclusión de que era él, debía ser él. ¿Viste? Gritó su mamá. ¡No puedes llevar a la niña a esos barrios de mala muerte!
Por un segundo pensó que tenían la razón. Casi no pudo respirar al considerar esa posibilidad.
Pero después recordó su voz. La forma en que se colaban las sonrisas en su tono. Cómo se preocupó por ella. No, no podía ser él. Él no podía ser un extraño.
Por años acarició aquella idea como un alivio al que recurría en momentos de angustias. No, esa no era su vida. Ese tipo de cosas no le pasaban a ella.
Pero ya de adulta, en el confort de su casa rodeada de rejas y cámaras de seguridad en un barrio controlado, la certeza la invade en mitad de la noche, quitándole la respiración.
Ay, no. Era un extraño. Si lo era, ¿no?
*ILUSTRACIÓN DE ORIANA VARGAS





