“Lo que a mí me hubiese gustado ser, es jueza. Y a todos esos pinganillas que andan hasta tarde, los metería presos”, me dice la señora María, vecina que vive en la esquina del pasaje. Siempre que vengo llegando me detiene y me advierte, con su voz aguda y autoritaria: “Huguito, si usted algún día llega tarde y le da miedo caminar desde el paradero hasta su casa, avíseme no más, Huguito. Yo misma lo voy a buscar”. A mí me da no sé qué despertarla en medio de la noche, para que salga con su chaleco verde botella y su peinado a la permanente, a la oscuridad. También ha ofrecido sus servicios de seguridad personal a mis dos hermanos, Silvana y Leandro. Cada vez que se encuentra con mi mamá, comienza su sermón diciéndole “Señora Nury, usted no sabe todo lo que Dios la bendijo con sus tres hijos”.
No sería la primera vez que alguien le dice eso a mi madre. Partiendo por nosotros mismos, cuando la autorreferencia nos gana y, luego de ver los dramas gigantes a los que nuestros amigos y compañeros de colegio sometieron a sus padres, le decimos que se sacó el Kino. Ella medio en broma y absolutamente en serio, nos retruca que, aunque somos unos flojos que estamos todo el día en cama, al menos nunca ha sentido el miedo de no saber si pasaremos el umbral de la puerta enteros a nuestro retorno. Parece ser una gran cosa.
Y nuestra fama era esa en el barrio. “No le veo ni la punta de la nariz a sus hijos, señora Nury”. “El gordito siempre viene con una Coca Cola”. “Vi a su hija, pero ella ni me miró”. Recuerdo un verano en que decidí ser sociable con mis vecinos y, entre que mi mamá me obligó a mover y dejar la PlayStation que me trajeron desde el Imperio, salí a jugar todos los días con Nicolás, cuya historia es harina de otro costal. Él tenía una pelota negra hermosa, que a pesar de la tierra y un uso mínimo de seis horas diarias, siempre estaba impecable al otro día. Aprendí a pegarle, pero sobre todo a atajarla. Nunca se me han dado bien los regates y tengo la motricidad fina de Optimus Prime.
La señora María también tiene tres hijos. La mayor es profesora de inglés. Al de en medio no alcancé a conocerlo. Desgraciadamente murió. Me lo contó un día que esperábamos la micro en el paradero, el punto neurálgico de la vida en la calle Colegual de Achupallas. Le agarró una depresión tremenda, que durante meses la llevó a divagar cuando conversaba. Por último, pero por ningún motivo menos importante, está el amor de mi vida. Se llama Rafael, tristemente apodado “El Pita”. Cuarenta y tantos años, una delgadez tísica, nariz aguileña, pelo que recién está conociendo las canas y una boca que le ha dicho adiós paulatinamente a sus dientes. La primera vez que lo vi, él venía montado en un caballo, cual jinete de cuentos de hadas. Veníamos llegando de celebrar Año Nuevo donde un tío que vive cerca. Caminando, escuchamos pasos equinos, dimos la vuelta y en su montura parecía venir un cadáver. Era el Pita, ebrio hasta decir basta. Lo llevamos a su casa y la señora María se desvivía en disculpas, tapaba su cara de vergüenza. Nos suplicó que no le contáramos a nadie, mientras iba a buscar un vaso de agua para lanzárselo en el rostro.
El Pita quedó encargado de nuestra seguridad nocturna. A cambio, solo debíamos darle cien pesos. A veces, nos pide dinero en el paradero donde están sus amigos entusiastas del vino. “Por supuesto, Don Rafael”, le decimos. “¡Uy, Don Rafael le dicen al raja cagá”, espetan sus compinches entre carcajadas. No lo hacemos de burla. Es solo para reconocerlo y recordarle que tiene un nombre. La señora María nos ha dicho mil veces que no le demos ni una chaucha. “Rafael tiene casa y aquí no le falta nada”, asevera.
También es justo decir que, a veces, ha intentado hacernos la desconocida. Sobre todo en la noche, su horario de más penumbra, insomnio, peregrinaje y angustia. Mi mamá llegó contando un día que venía doblando por Estanislao Loayza, la avenida principal, y lo vio con una chaqueta que le daba tres vueltas a su famélica anatomía. Él llevaba la mano metida a la altura de su abdomen, en un compartimento oculto donde aparentemente -por el bulto- guardaba algo para golpear. “¿¡En qué andai!?”, le exclamó ella. “Nahhh. Buenas noches, vecina. Con usté no pasa na’. Pa’ qué po”, le respondió y siguió su camino.
Pero nuestro amor se empezó a construir un día de semana, que no recuerdo con exactitud, cuando estaba sentado en el paradero. Tenía un ataque de cálculos renales. Ahí apareció él. “Huguito, ¿Qué le pasa, mijito?”, me preguntó. Le conté que, si me ofrecieran la castración para detener el dolor, lo aceptaría y que estaba esperando a un vecino para bajar al hospital. “¡¿Y nadie viene?!”, preguntó nuevamente, pero con un tono enardecido. No alcancé a decir ni media palabra, cuando me lanzó una declaración: “yo a usted lo amo tanto, que me tiraría aquí en la calle hasta que pare un hueón y lo obligaría a llevarlo. Yo daría mi vida por usted. Yo a usted lo valoro no por lo que tiene, sino por su esencia como humano, ¡¿Cómo nadie va a venir a llevarlo?!”. Me abrazó y se puso a llorar. “¿Por qué estamos tan solos en el mundo, Huguito?”, me decía. Levantó su cabeza y rápidamente me plantó tres besos en la mejilla. No me pude resistir.
Otro día, también en el paradero, estaba esperando micro y apareció El Pita. “Huguito, yo en pocas cosas estoy de acuerdo con mi madre. Ella no me deja hacer mi vida tranquilo y me da problemas. Pero hay una cosa en la que estoy de acuerdo: usted es el mejor niño, Huguito. Intachable, impecable, respetuoso. Estoy muy orgulloso de usted”, me abordó. “Supongo que ahora no me dará un beso”, le dije en broma. Se puso rojo. Venía la micro llegando al paradero y se detuvo exactos cinco centímetros más adelante. Cuando me estaba subiendo, el Pita agarró mi pierna derecha y empezó a gritarle al chofer, que por qué paraba más allá, que si lo hacía porque yo era gordo y distinto. El debate subió de tono y amenazó con subirse y apuñalarlo. Y yo en medio de ambos, en la pisadera de la micro, haciendo fuerzas porque soltara mi pierna y aferrado del fierro que está cerca del conductor. La micro aceleró y el Pita se tropezó en la vereda. “Tení’ un defensor, parece”, me dijo el chofer. “Es mi enamorado”, le respondí.
Pero no voy a caer en la negación y sentirme exclusivo. El Pita tiene otros amores, que llevan años acompañándolo. Uno de ellos se llama Aldo. Rafael llega puntualmente a las 8 de la mañana, todos los días, a silbarle y gritar “¡Aldo!”, con un sonsonete que estira ambas vocales del nombre de una manera muy extraña. Aldo nunca sale inmediatamente, incluso, lo ha hecho esperar 30 minutos. Luego de un rato, mi mamá se aguanta las ganas de responder “¡Está cagando!”, sin siquiera saber si eso es verídico. Un día de pandemia, en una de esas horribles jornadas de confinamiento, el Pita y el Aldo discutieron afuera del portón de mi casa. La señora María había llamado a los pacos porque su retoño se estaba portando mal y puso a Aldo colérico. “Vo’ soy mi hermano, conchetumare, ¡Pero me traí’ a la yuta pa’ acá!”. Y le plantó un combo. “¡Yo te amo, culiao, pero me obligai a sacarte la conchetumare!”, le gritó mientras le aforraba una patada. Un cariño malo.
La última vez que vi al Pita, estaba discutiendo con la señora María. Ella furiosa yendo a buscarlo al paradero donde se pone a fumar marihuana todas las noches. Él llevaba en su mano un matamoscas eléctrico usado, que iba a vender para comprarse un pito.





