Las historias migrantes no caben en los titulares

Una publicación se hace viral. M. dice: “No sé ustedes, pero yo siempre digo ‘mi depto’. Mi casa está allá”. M. es venezolana, lleva casi diez años en Chile, pero no siente que pueda llamar este país de hogar. En los comentarios, muchos afirman lo mismo. “En mi casa no me tratan mal”; “empeoró con el tiempo”; “está difícil para los migrantes”.  

Y sí, lo está. La última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) reveló que 55% de los consultados cree que las diferencias y conflictos con los migrantes que han llegado a vivir a Chile son “muy fuertes”. El mismo estudio preguntó “qué tan preocupados” se manifiestan sobre la presencia de migrantes en su barrio. El 44% ubicó su respuesta entre 7 y 10 (siendo esta última la cifra más alta).

Cuesta sentirse en casa así. 

Los tratados internacionales respaldan que migrar es un derecho. La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce que toda persona debe tener libertad de circular libremente y elegir su residencia en el territorio de un Estado. Moverse es estar en una búsqueda constante. ¿Qué espacio puede llamarse hogar? ¿Dónde me siento cómodx? ¿Dónde estoy más segurx? 

Según las últimas mediciones, casi dos millones de personas extranjeras eligieron a Chile como destino, aportando con su trabajo, su cultura y sus vidas al desarrollo del país. En 2024, de acuerdo con la Fundación por Causa, la población migrante contribuyó con 10,3% del PIB chileno. 

Aun así, dice Diosceline Camacaro-Martínez, periodista venezolana y vocera de la Red de Periodistas Migrantes, “las narrativas de criminalización de la comunidad siguen difundiéndose de manera masiva”. 

“En este año electoral, hemos sido testigos del auge de los discursos contra la migración, en los que se utiliza a las personas migrantes como chivos expiatorios de los problemas sociales y políticos del país”, comenta, añadiendo que esta instrumentalización no solo es injusta, sino también peligrosa, ya que alimenta el miedo, refuerza estigmas y legitima políticas discriminatorias.

¿Cómo inyectar, entonces, optimismo frente a la realidad de las personas migrantes en Chile en medio de discursos xenófobos y que desinforman? La apuesta de la Red es posibilitar espacios de encuentros. En un mundo que levanta muros, hay que tender puentes. 

***

Por tercer año consecutivo, migrantes, chilenxs, periodistas, representantes de organizaciones sociales nacionales y extranjeras están invitados a reunirse para visibilizar la lucha migrante, promover un enfoque de derecho y reflexionar sobre los desafíos actuales en torno a la movilidad humana y la política migratoria en Chile. 

Se llevarán a cabo dos actividades: un taller de lectura literaria y antirracista, y un conversatorio sobre realidades migrantes y el impacto de las narrativas en la sociedad. 

Jugadores venezolanos y chilenos participan en un partido de béisbol en la ciudad de Arica. El béisbol, uno de los deportes más populares entre los venezolanos, se ha reactivado en varias ciudades del norte de Chile gracias a la iniciativa de la comunidad venezolana, que ha recuperado espacios abandonados, para la práctica de este deporte. Ibar Silva / Migrar Photo

¿Por qué pensar las narrativas? 

Para Ximena Póo, chilena, coordinadora de la Cátedra de Racismos y Migraciones Contemporáneas de la Universidad de Chile, porque las narrativas “inciden en las percepciones simbólicas, pero sobre todo en las vidas materiales, en la experiencia cotidiana”. “Si las narraciones institucionalizan el odio no se convierten en narrativas que promocionen la convivencia intercultural y el acceso a derechos sociales, provocan una desesperanza en el sistema y abren más flancos para que la vida cotidiana también sea susceptible a los discursos de odio”, añade.

Los impactos son muchos. El Colectivo Sin Fronteras, que trabaja con niños y niñas migrantes y sus familias, ha visto cómo las narraciones han incidido en las posibilidades que tienen muchos para acceder a la regularización de documentos. “Un ejemplo de esto es la limitación actual que tienen niños, niñas y adolescente de origen venezolano para regularizar su situación migratoria cuando estos no cuentan con pasaporte. Otro ejemplo son los fundamentos que se han dado para modificar la actual ley migratoria: en primer trámite legislativo se establecieron limitaciones para el acceso a derechos a la salud y educación”, explica el abogado Óscar Patricio Rojas Mesina, chileno y colaborador del colectivo.  

De esa manera, sostiene, la política “ha usado la migración como el enemigo”. 

Los problemas son muchos y son de orden cotidiano: convalidación de títulos, actualización de papeles, poder acceder a un trabajo… 

Además, dice Michel-Ange Joseph, presidenta del Consejo de la Sociedad Civil del Servicio Nacional de Migraciones y la Fundación CIJYS (Cónclave Investigativo de las Ciencias Jurídicas y Sociales), más allá de la buena voluntad de algunos funcionarios, “existe un sistema diseñado con un modelo que no incluye la migración, el género, la interseccionalidad. Y el georreferenciamento de los perfiles de los usuarios hace que no puedan acceder a los servicios”. 

Emilia Gutiérrez Lucumí, colombiana, presidenta de la Fundación Migrasha, coincide: “Hay desigualdades según la posición migratoria. Pero todos los grupos de población en movilidad humana deben contar con los mismos derechos que deben requerir políticas públicas que protejan su integridad”. 

***

Como trabajadora social haitiana, Michel-Ange Joseph ha visto cómo muchas personas migrantes con títulos y habilidades profesionales que podrían contribuir al país no han podido acceder al mercado laboral de manera digna. Así, “las personas pasan de ser soñadores a resilientes”. 

Sobrevivir no debería costar la dignidad de quienes vinieron a Chile porque necesitaban hacerlo. Muchos migran con vulneraciones de sus derechos en su lugar de origen que los siguen, aquí, como fantasmas… 

En ese escenario, luchar es urgente, pero cansa. 

¿Hay margen para la esperanza? 

Emilia Gutiérrez Lucumí dice que sí, y que se fundamenta, justamente, en las narrativas. En una profunda sensibilización sobre los factores que han impulsado la migración y en la consciencia de que nadie se desarrolla sin apoyo, porque “un hogar migrante sin una buena red se encuentra en una pobreza multidimensional”. 

Así, encuentros como este incentivan el cambio. Ximena Póo destaca que hay que aprender de las organizaciones de activistas migrantes que han logrado resistir y actuar frente al odio y los datos falsos, promoviendo la educación intercultural, la información eficaz, pujando por la regularización como una de las formas más eficaces para permitir una migración con sentido social y humanitario. “Esos aprendizajes deben traducirse en todos los ámbitos de las políticas públicas, intensificando el diálogo entre las organizaciones, el Estado y las comunidades”, sostiene. 

Una mujer afrodescendiente atiende un pequeño local de venta de aceitunas en el terminal Asoagro, en la ciudad de Arica, el principal mercado agropecuario de la región de Arica y Parinacota, en la frontera con Perú y Bolivia. Ibar Silva/Migrar Photo

Hay otras posibilidades: abrir la Academia para sistematizar aprendizajes y propuestas nuevas; trabajar para que se reconozca que las personas migrantes y negras existen y son sujetos de derecho; descolonizar los espacios y las sociedades; trabajar para incluir las personas migrantes en espacios de toma de decisiones y propuestas de políticas públicas…

“Siempre es más complejo desmitificar que crear el mito, pero con educación, unidad de los migrantes y uso de los espacios, limitados, de incidencia se puede generar una nueva visión de la migración, comprendiendo que tiene aspecto muy relevantes en nuestra sociedad y que, en conjunto, la hace florecer y la fortalece”, dice el abogado Óscar Patricio Rojas.

***

Un microcuento de la última versión del ya famoso concurso Santiago en 100 palabras dice así: 

Acá en La Vega, me detengo frente a su tienda atraída por los colores y el aroma. Quiero comprar aguacates, me dice que solo le quedan paltas. Le pregunto por las guanábanas, responde que es época de chirimoya. Me gustaría saborear un tamarindo y me consuela con un par de uvas. Me otorga el título de caserita y suspiro bajando la mirada, recordando que ya deben estar secos todos los árboles frutales que sembré en el patio de aquella, mi lejana casa.

Su autora es Gisel Guerrero Parra. La firma no revela si es chilena o migrante. Pero me quedo con esto: su cuento fue considerado uno de los 100 más especiales de la última convocatoria. 

Una historia cotidiana, que va mucho más allá de los titulares de los medios o de los discursos políticos. Una realidad que le pasa a tantos migrantes que pensaron en Chile como un hogar (aunque estén luchando por llamarlo así). 

Las narrativas visibilizan. Las narrativas emocionan. Las narrativas nunca son en vano. 

Coordenadas del encuentro

Fecha: sábado 17 de mayo 

Horario: desde las 15:00 

Dirección: calle Catedral 2395 (Santiago) Inscripciones: llenar este formulario

*FOTOGRAFÍA DE PORTADA POR Ibar Silva / Migrar Photo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido