La imagen, ilustrada por Pato Vera, acompaña el cuento "La calle de Aramberri".

La calle de Aramberri 

Eugenio le da sorbos a un bote de cerveza, sentado en el borde de una ventana de una antigua casa de la calle de Aramberri y sin poder quitar los ojos del predio que está justamente frente a él. Imagina, hipnotizado, el correr de la sangre y los gritos de las víctimas asesinadas en ese lugar que es hoy simulacro de una casa porque solo revela su pasado habitable el marco de una puerta que se mantiene en pie y que tiene tallado en un mosaico mugroso el número 1026. El resto es un  montón de piedras apiladas como muros a medio caerse, un pastizal que lo devora todo y algunos sellos de plástico, puestos por la policía, que están ya tan desgarrados por el sol de Monterrey que es imposible percatarse que alguna vez dijeron: CLAUSURADO, PROHIBIDO EL PASO. 

Tenía Eugenio con aquellas ruinas una relación especial. Esa casa fue el espacio de las primeras veces. La primera vez que sintió temor por su vida después de visitarla para buscar fantasmas y la primera vez que mintió por placer cuando les dijo a todos sus amigos que había podido hablar con los espectros. Los primeros besos con la que pensó que sería el amor de su vida. La primera borrachera, después de que se acabara ese amor, que lo llevó a cantar con la garganta desgarrada que aquí todo sigue igual, como cuando estabas tú. La primera vez que encontró la paz adolescente a fuerza de masturbarse viendo una revista porno con sus amigos y agarrándose la verga como si se la fuera arrancar para salvarse del castigo para el pendejo que se viniera al último. También fue ahí, en el fresco de la hierba y con un inusual cielo estrellado, la primera vez que hizo lo que tenía que hacer para disipar el miedo de ser joto y sentirse hombre de verdad, aunque nadie se lo haya pasado bien.

Por todas esas primeras veces se sentía con derecho sobre esa casa y al final… ¿Cómo chingados no? Si era él quien se había esforzado en visitarla hasta volverla hogar, a diferencia del resto de la gente en Monterrey que le parecía un sitio maldito y cargado de una energía enfermiza. Por eso es que deseaba con todo su fervor adolescente poseerla y sentir diario el delicioso escalofrío que le recorría el cuerpo cuando tomaba cerveza frente a la casa y que era idéntico al que invadió a Fernando Montemayor hace casi un siglo, cuando en la mañana del 5 de abril de 1933 tocó a la puerta de madera de la casa de Aramberri. 

Ese día Delfino Montemayor se había despedido de su esposa Antonia Lozano y su hija Florencia, como todas las mañanas, antes de salir de su casa en la calle de Aramberri para irse caminando hacia la fundidora de acero. Antonia le dio a Delfino unos burritos de machacado con huevo envueltos en una servilleta de tela y lo despidió desde el umbral de la puerta, arriba de los tres escalones que servían para impedir que el agua entrara cuando crecía el río Santa Catarina. 

Regresó Antonia a empezar con la limpieza de la casa, recoger las cobijas que usaba Delfino para dormir en el sillón de la sala y a apurar a Florencia –una veinteañera a la que constantemente le reclamaba no estar casada y no darle nietos– para que saliera de la cama donde dormían juntas. Un golpe en la puerta alarmó a Antonia, pero rápido resolvió que Delfino seguramente había olvidado algo. 

Al abrir se encontró con su sobrino, Fernando, quien le devolvió una sonrisa y al mismo tiempo que le preguntó si podía pasar, puso un pie dentro del domicilio junto con otros tres hombres desconocidos para Antonia. Ella le reclamó que qué hacía tan temprano en la casa si sabe que su tío regresa del trabajo hasta la tarde. Fernando volteó a ver a cada uno de los hombres que lo acompañaban e hizo un gesto moviendo la cabeza de arriba abajo. Inmediatamente se abalanzaron sobre las mujeres para atarlas de pies y manos y luego amordazarlas. 

Pasaron horas revolviendo cada centímetro de la casa. En el piso estaban las sillas, la ropa, los trastes aventados como cadáveres en campo de guerra. No había ropero o cajón a salvo de la voracidad de los ladrones que se desesperaban por seguir ahí sin encontrar joyas o dinero. Antonia y Florencia lloraban y trataban de gritar para pedir ayuda, pero era inútil. Cuando los quejidos podían servir de alarma, alguno de los criminales les pateaba la cara o el estómago para que se callaran. 

Después de casi dos horas, por fin encontraron escondida, junto al gallinero del patio de atrás, una vasija de barro con billetes y monedas de plata. Decidieron irse antes de que alguien pudiera verlos y Fernando entonces indicó a los otros ladrones que no dejaran evidencia de que estuvieron ahí. Por la tarde, Delfino Montemayor regresó a su casa después del trabajo. Abrió la puerta y se encontró con una escena que lo puso de rodillas y a lágrima viva. Su esposa y su hija fueron maniatadas y degolladas en la sala y la cama de su casa. 

Los periódicos del día siguiente titulaban en sus primeras planas “HORRENDO CRIMEN” y acompañaban la edición de tétricas y morbosas fotos a blanco y negro del doble asesinato. “Sin miedo a la hipérbole podemos decir que medio Monterrey ha desfilado frente al 1026 de Aramberri. Automovilistas y peatones se detienen frente a la casa pintada de amarillo por fuera y de rojo por dentro con la sangre de las víctimas”, escribían los periodistas de El Porvenir sin ápice de recato. 

Las editoriales alertaban de una ola de violencia imparable en la ciudad de Monterrey y exigían que aprehendieran y dieran castigo ejemplar a los asesinos. Esa queja rápidamente se volvió hacia los políticos y estos, como es habitual en su área de trabajo, la transmutaron en problema de alguien más. Los policías a cargo del caso tenían su propia sentencia: o resolvían el crimen rápido o perdían su trabajo.

Una señora que vivía en esa calle avisó a la policía que el día del crimen vio un inusual rastro de sangre que iba por todo Aramberri hasta la carnicería de los hermanos Rafael y Tomás Garza. La pista sirvió para dar con ellos y el resto de la banda: Fernando Montemayor y su hermano Heliodoro Montemayor. El grupo de criminales estaba escondido cerca de la frontera, en Nuevo Laredo, en una casa rural bastante maltrecha donde estaban jugando dominó y tomando todo el licor fuerte que se les atravesara para pasar las horas y esperar que su crimen se olvidara y pudieran entonces huir. Al correr la noticia de la captura, la gente en la ciudad pedía que los asesinos fueran ejecutados en la plaza principal para mandar un mensaje y aunque las autoridades insistían en que estos hombres tenían derecho a un juicio, hubo varios intentos de hombres armados con machetes, escopetas y una borrachera aplastante por entrar a la comisaría donde los tenían retenidos y matar a “los cuatro de Aramberri”.

El 28 de abril los asesinos fueron llevados por la policía hasta el escondite de Nuevo Laredo como parte de una recreación de hechos que había sido solicitada por el juez. Según las declaraciones de los oficiales de policía participantes, en el camino un grupo armado apareció y comenzó a dispararles. El escuadrón buscaba liberar a los asesinos y casi lo logran cuando tomaron la camioneta y abrieron la puerta trasera para que salieran corriendo. La policía respondió al fuego y aunque no pudieron detener a ninguno de los pistoleros, llenaron de tiros por la espalda a estos criminales que buscaban fugarse. 

La historia, así llena de huecos y coincidencias, fue aceptada por todo Monterrey y cuando llegaba aparecer la duda de si se trató o no de una ejecución por parte de la policía siempre había alguien dispuesto a cerrar la hipótesis con “igual se lo merecían”. 

Delfino vivió en aquella casa hasta el día de su muerte, ya entrada la década de los sesenta. Después, el 1026 de Aramberri quedó deshabitado y empezó a deteriorarse: apareció la yerba, se cayó el techo y terminó por ser un inmueble embargado por el gobierno. Pasarían muchos años y cambiaría esa ciudad, la calle y las casas alrededor. Cambiaría el régimen de partido único y hasta el milenio para que llegara el día en que Eugenio, quien por una mala broma del destino comparte el apellido Montemayor del asesino, frecuentara esta casa de Aramberri y la deseara como propia. 

Sin embargo, también el sueño de Eugenio fue deteriorándose y cambiando por el paso del tiempo y terminó por olvidar sus divagaciones frente a la casa de Aramberri. Comenzó a trabajar como ayudante de cocina en Monterrey y ahorró de forma diligente hasta que pudo poner una taquería, no en la calle, sino en un local en forma, con dos estacionamientos y hasta servicio para llevar. Aunque el negocio no le resolvía toda la vida, le iba bastante bien y comenzaba a soñar con poner aunque sea un puesto chiquito en otro lado. 

Un día escuchó a dos hombres de traje hablando sobre una casa en ruinas en la calle de Aramberri que por fin podía subastar el gobierno, pero que solo servía como terreno porque prácticamente no tenía instalaciones de luz y drenaje. La sangre se le calentó a Eugenio y sintió nuevamente el deseo por ver otra vez la fachada ruinosa de la casa maldita. Los comensales resultaron ser abogados que trabajaban en el municipio y le dijeron lo que tenía que hacer para comprar el predio, aunque le advirtieron que no era buena idea porque se necesitaba mucho dinero para rehabilitar la casa y porque seguramente un desarrollador haría una oferta y construiría una torre de departamentos ahí. Esa noche, después del trabajo, Eugenio no pudo dormir de pensar que la casa que tanto despertaba en él terminaría siendo guarida de gringos que buscan un Airbnb para vivir ahí porque “Mexico is so cheap” y nada sabrían de la cultura, el pasado y el horror del espacio que les acoge. 

Lo que siguió fue para Eugenio fue como ese periodo de la fiesta que es terreno del blackout. Después de vender su taquería y pedir un préstamo al banco por un número de siete cifras había logrado tener para sí la casa de sus obsesiones. Poco a poco la fue rehabilitando hasta que quedó lo más parecido a cómo estaba cuando ocurrió el crimen de 1933: sus muros de caliche se alzaban robustos y sobrios, apenas decorados por dos fotografías de las difuntas, Antonia y Florencia, que Eugenio consiguió en una tienda de antigüedades de Monterrey. Además, arregló el patio y puso unas cuantas gallinas, como las que Delfino tenía en ese entonces. 

Sin embargo, el proyecto de Eugenio no era el de hacer un museo del crimen, él soñaba con un lugar que se volviera tan popular como para pagar la enorme deuda que se había echado a los hombros y pensó que un McDonalds de lo oscuro, en una ciudad hostil y con ínfulas gringas, podría ser un éxito. Eugenió llenó la casa con unas mesas de picnic que, aunque baratas, estropeaban la vibra antigua del lugar. Además, brandeó todo el sitio de forma aterradora para atraer clientes: colocó cruces volteadas y estantes de libros viejos, muñecas tétricas, duendes verrugosos, espejos opacados, velas de distintos colores, cuadros de vírgenes dolorosas y todo objeto que enturbeciera el aura del lugar. Ahora sí estaba listo para inaugurar y vender hamburguesas a todos esos clientes movidos por el morbo. 

Tuvo razón. La apertura de la casa de Aramberri fue un éxito. Reporteros, influencers y curiosos se agolpaban en el lugar y la fila para entrar daba la vuelta a la manzana, pero ese furor duró apenas una semana. La propia fama fantasmagórica de la casa causó que hubiera protestas de grupos religiosos fuera del restaurante y que se propagaran rumores de que si ibas a comer corrías el riesgo de que un demonio poseyera tu alma. La actuación de un desmayo por parte de una famosa TikToker local en un video en vivo terminó por ponerle los clavos a ese ataúd y por ganare a ella más de cinco mil nuevos seguidores. 

Eugenio no podía fracasar, tenía su vida y su futuro invertido ahí. Trató de pautar anuncios en redes sociales, colocar promociones y descuentos, pero seguía abriendo todos los días para hacer de comer a los meseros y a uno o dos clientes nada más. Un día, una de las empleadas le dijo que ella pensaba que quizás a él le habían echado una maldición y por eso su negocio no funcionaba. Le dijo que su tía era bruja y que hacía limpias en el mercado Juárez, ahí en el centro, que fuera a visitarla. Eugenio siempre fue un poco supersticioso entonces no vio daño en intentar. 

Ese mismo día fue al mercado y preguntó por Doña Cordelia en el tianguis espiritista. Rápidamente lo guiaron hasta un puesto en una esquina que estaba atestado de cuarzos a 1 por 20 pesos y 3 por 50. La bruja le dijo que ya había soñado con él antes de hablar con su sobrina. Eugenio pensó: “ay no mames”. Cordelia movió las cajas de plástico llenas de cuarzos que servían como trinchera en el negocio y lo hizo pasar. Desdobló una mesa de lámina con el logo de cerveza Carta Blanca y le puso encima un mantel de terciopelo rojo. Acercó una caja de plástico y con la mano le indicó que se sentara. Eugenio obedeció. Sobre la mesa, Cordelia colocó un puño de sal, un vaso de agua, un sahumerio con copal y una vela negra bastante alargada sobre un candelabro con forma de calavera. “En presencia de los cuatro elementos podemos entrar al más allá”, le dijo a Eugenio y después le preguntó si traía algo que perteneciera a la casa de Aramberri. Respondió que no, que no venía preparado. “Pero, ¿compraste esa casa, no?”, replicó Cordelia y Eugenio asintió con la cabeza en completo silencio y visiblemente angustiado por el ritual. Cordelia le pidió a Eugenio que extendiera su mano derecha hasta ella y entonces la tomó con fuerza y la pinchó con una aguja hasta abrirle la piel. Le dijo entonces que pusiera su dedo cerca de la vela hasta que empezara a gotear. Así lo hizo y en el momento en que la sangre entró en contacto con la llama de la vela negra, Cordelia abrió la boca y puso los ojos en blanco, como en una mueca de susto. Pasó apenas uno o dos segundos y regresó a la normalidad. “Se quieren chingar a un tal Fernando, pero igual les llamaste la atención”. Eugenio conocía a la perfección de qué Fernando hablaba Cordelia. Era el sobrino de Delfino, ése que dio la orden de que asesinaran a Antonia y a Florencia. Sabía también que Fernando tenía 30 años, igual que él, cuando cometió esos crímenes. “No es una coincidencia que hayas llegado a esa casa”, le dijo Cordelia en un tono serio, casi amenazante, y le indicó que para que las muertas lo dejaran seguir con el restaurante tenía que darles algo en sacrificio. Le explicó que en la oscuridad de la luna nueva debía entrar a la casa y ayudarse sólo con velas para mirar en la panza negra de esa casa. Una vez dentro, tendría que con su sangre dibujar una cruz en los sitios donde fueron halladas muertas Antonia y Florencia y rezar el rosario para pedir por la salvación de sus almas. “Haciendo eso, te volverá a ir bien. Ellas prometieron ayudarte”. 

Eugenio cumplió con el ritual y las almas con lo pactado. La hamburguesería era un éxito, al punto que necesitaba más empleados para darse abasto con la multitud de comensales. Un domingo Eugenio fue a visitar a sus papás y les contó que el negocio iba bien y que necesitaba más gente que le echara la mano, por si sabían de alguien. Sus padres, viendo la situación, le pidieron un favor, acompañado de chantaje emocional como se hace en las familias, para que diera empleo a su hermano Marcelo. Chelo, como le decían desde niño, era apenas dos años menor que Eugenio, pero se comportaba desde siempre como un adolescente y dedicaba su vida a ir al gimnasio, tener novias y salir de fiesta. Eugenio en cada reunión familiar veía con fastidio a las morras que llevaba su hermano a la casa porque siempre era lo mismo: muchachas de veintipoquititos años que sucumbían por la facha de vaquero rubio y galán y que al poco tiempo salían despavoridas de sus brazos porque Chelo era un inútil. Vivía arrimado con sus padres, no tenía empleo fijo y además le daba por tomar casi diario y ya borracho era necio y violento con las mujeres. De hecho, cuando fue lo del MeToo una de sus ex-novias lo denunció por violación. Eugenio nunca se atrevió a hablarlo con él directamente, pero sí con sus papás. Su madre le dijo que no le volviera jamás a llevar chismes, que eso sólo le hacía mal a su salud y que no entendía por qué entonces buscaba matarla. El tema no se volvió a tocar. 

Eugenio empleó a Chelo de mesero en la casa de Aramberri, pero su hermano tenía otros planes para sí mismo: ofrecer el espectáculo. Empezó a disfrazarse de Freddy Kruger y de Jason para asustar a la clientela y brindar una “experiencia completa”, lo que se traducía en siempre acosar a las clientas jóvenes para su divertimento y el de otros hombres en el restaurante, incluido Eugenio. La situación era incómoda, pero no extraña en Monterrey y la gente de todos modos seguía yendo a mares al lugar. Un día se le ocurrió a Chelo que sería buena idea honrar la propia historia de terror de aquella casa. Agarró el traje con el que se casó su papá, se maquilló la cara muy pálida, agregó sangre a todo el atuendo y se empujó media botella del whisky más barato que encontró. Entonces se sintió listo para ir a trabajar y llegó al restaurante donde empezó a caminar entre las mesas diciendo que él era Fernando Montemayor, “el asesino de Aramberri”, mientras blandía al aire con violencia un cuchillo de la cocina. Una de las comensales empezó a temblar de miedo por ver a este hombre acercar el cuchillo al cuello de los comensales y para evitar seguir sintiéndose así se levantó al baño. Chelo la siguió y cuando vio que ella apretó el paso decidió correr y entrar junto con ella al sanitario y tomarla del cuello. La mujer comenzó a gritar y a llorar. Eugenio fue a ver qué pasaba y entonces Chelo abrió la puerta del baño y dijo entre dientes “esta vieja se puso como loca”. Eugenio trató de tranquilizar a la mujer, pero ella no quería hablar, tomó sus cosas y se fue. Ese día más tarde grabó un video en su Instagram donde narró lo sucedido y acusó a Chelo de intento de violación. El reel se volvió viral. 

Naturalmente, la cancelación fue feroz y nuevamente Eugenio se encontró con un restaurante lleno de silencios y sillas vacías. Intentó rehacer el ritual que le había enseñado la bruja Cordelia, pero no sirvió de nada. Desesperado volvió a visitarla al mercado Juárez. Cordelia repitió el mismo proceso: la sal, el agua, el copal y la vela. Otra vez la mirada aterradora de los ojos en blanco. Otra vez un mensaje del más allá. “Están bien cagadas”, le dijo a Eugenio. No les había parecido nada gracioso que su hermano se hubiera vestido de su asesino y no estaban dispuestas a seguir ayudándole. El pacto quedaba cancelado. Eugenio se fue triste y encabronado con la bruja y ese día decidió no abrir el lugar. Se puso una borrachera como cuando era adolescente en esa escena del crimen que para él era un hogar soñado. Tomó hasta bien entrada la madrugada y empezó a gritar a las muertas para que le ayudaran. Aventó mesas y sillas contra las paredes sin obtener respuestas y luego, ahogado de borracho, empezó a llorar hasta quedarse dormido. Al día siguiente despertó tirado en el piso de su restaurante y junto a él una servilleta tenía escrito con catsup MATEO 5 29. “Pinches aleluyos”, pensó Eugenio con una cruda que le taladraba toda la cabeza y se fue de ahí para bañarse y volver a trabajar. 

Ese mismo día, pero en la noche, Eugenio picaba cebolla en la cocina del restaurante, que estaba junto al amplio patio de la casa, para hacerle de cenar a los meseros que le quedaban. Una ráfaga hizo crujir la casa y entonces se fue la luz. Eugenio gritó en medio de la oscuridad y el resto de los empleados hicieron lo propio asustados por la confusión. Volvió la luz y sobre la tabla de picar había un montón de sangre. Eugenio se había cortado de tajo el dedo sin darse cuenta y el pedazo de su índice había rodado hasta el suelo donde dos gallinas lo picoteaban para comérselo. Eugenio entonces sólo recuerda que se desmayó. Después le contaron los empleados que lo tuvieron que llevar de emergencia al hospital. En cuanto lo dieron de alta, Eugenio regresó al trabajo. Tenía una deuda que pagar y una reputación por los suelos, pero para su sorpresa los clientes comenzaban a volver como si nada hubiera pasado. Por una semana era como si el pendejo de su hermano nunca hubiera tratado de violar borracho a una clienta e incluso decidió perdonarlo, dejando que conservara su empleo, pero lo mandó de lavaplatos a la cocina para que no interactuara con nadie. 

Pasaron 10 días y empezó a notar Eugenio que su ojo derecho cambiaba de verde a gris, como si le estuviera saliendo una catarata. No le dio importancia y pensó que quizás era una infección. Compró unas gotas para los ojos en una farmacia cercana y siguió con su vida. El color de su ojo se hacía de un gris cada vez más turbio y durante las noches en el restaurante empezó a ver con claridad a Antonia y Florencia, cubiertas de sangre del cuello hasta los pies, deambulando entre las mesas. Conforme pasaba el tiempo dejaron de ser avistamientos y comenzaron a ser interacciones directas. Se colocaban junto a él y le acariciaban el cuello o le metían la lengua al oído. También podía ver cómo cuando su hermano pasaba cerca de ellas lo miraban con odio y después lo buscaban a él para susurrarle “mátalo”. Eugenio resolvió que el estrés del trabajo lo estaba enloqueciendo y que se tomaría el día siguiente para descansar e ir al oculista. A la mañana siguiente despertó completamente ciego de su ojo derecho, alarmado manejó hasta el hospital más cercano, pero ya no había nada que hacer. Su ojo se había endurecido de forma inexplicable y había que sacárselo de inmediato. Además, el doctor le hizo ver que tenía un cambio de color el ojo que le quedaba y le ordenó estudios para prevenir una ceguera permanente. 

Eugenio regresó a su casa, atormentado por la idea de vivir entre las sombras y notó que entonces la presencia de las muertas lo seguía a él porque las encontró también en su departamento. “¡MÁTALO!”, le gritaban una y otra vez. Eugenio se abrió un bote de cerveza y trató de respirar para calmarse sentado en una mecedora que tenía en la sala. Entonces vino a él el recuerdo de la servilleta del día de su borrachera en el restaurante. Agarró una Biblia que guardaba en su buró y buscó Mateo, luego el capítulo 5 y el versículo 29. “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de pecar, arráncalo y échalo de ti; porque es mejor que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”, leyó en voz alta y para sí mismo Eugenio con la Biblia temblando entre sus manos. Muerto de miedo, Eugenio fue lo más rápido que pudo a ver a la bruja Cordelia. Le contó todo lo que le había pasado y ella otra vez le ofreció tratar de contactar a las difuntas y lo logró como las dos veces anteriores. “Quieren la sangre de su asesino”, le dijo en un tono indiferente mientras servía para ambos un caballito de mezcal. “Si matas a tu hermano te van a dejar en paz y si no… van a quebrar tu negocio y luego matarte a ti”, le explicó Cordelia en el típico acento golpeado regiomontano. 

Entonces, Eugenio permaneció en silencio un largo rato. Se tomó de golpe el mezcal que le quedaba y le agradeció a Cordelia. Después le dio los 1000 pesos en efectivo que pedía la bruja por cada sesión. Salió a la calle y tomó un taxi hasta su restaurante en el 1026 de Aramberri. Llegó y saludó a sus empleados, después les mintió y les contó que el doctor le explicó que estaba bien y sanaría en unos días y que le dio un parche para tapar su ojo derecho para no agravar la infección que tenía. Le dijo a su hermano que necesitaba su ayuda después de cerrar y que le pagaría las horas extra. Chelo se encogió de brazos y le dijo “va”. Durante las horas que siguieron, en el pecho de Eugenio se acumuló un odio perverso hacia su hermano que se hacía más y más grande a un punto que no se percató que ya no veía las almas de Antonia y Florencia. La idea de matar a Chelo ya no sólo no le generaba culpa, sino que le parecía un deseo incontenible. 

A las 2 de la mañana cerraron el restaurante y media hora después sólo estaban él y su hermano. Eugenio le dijo a Chelo que necesitaba su ayuda para recorrer un refrigerador que estaba en la cocina y que él no podía mover. Chelo se la hizo de pedo por no pedirle eso cuando estaban el resto de los empleados para ayudarle, pero igual hizo caso. Abrazó el refrigerador y comenzó a caminar lentamente hacia atrás. Entonces Eugenio tomó un sartén de hierro de la cocina y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la cabeza de su hermano hasta que éste dejó de moverse. Le sacó las llaves de su camioneta de la bolsa del pantalón, después cubrió todo su cuerpo con ayuda de un mantel que amarró bien fuerte con cinta canela. Le puso por el lado de la cabeza una bolsa negra de basura y lo mismo por el lado de los pies. Lo subió a un diablito y lo llevó hasta la camioneta que estaba estacionada a una cuadra del restaurante. Lo echó en la cajuela y se fue hasta el río Santa Catarina. Ahí descargó a su hermano y lo aventó para que cayera en el fondo de aquel arroyo seco. Bajó con cuidado hasta donde llegó su hermano y se desfajó del pantalón la pistola que Chelo siempre llevaba en la guantera de la camioneta por si un día “los malitos” querían robarle la troca. Revisó que estuviera cargada y disparó dos veces apuntando a la cabeza de su hermano. Entonces se fue. 

Pasaría menos de una semana para que la policía encontrara el cuerpo de Marcelo Montemayor. Su hermano había dispuesto de esa forma el cadáver porque así la policía pensaría que era un ejecutado más por el narco y entonces no haría una investigación; sin embargo, no fue así. Los padres de Eugenio y Marcelo identificaron a su hijo muerto y pusieron una denuncia porque estaban seguros de que Chelo no consumía ni vendía droga. Eugenio le dijo a la policía del comportamiento de su hermano y que quizás era una venganza por decirle algo a la mujer equivocada o que tal vez sí consumía droga cuando estaba borracho y que después de todo los papás nunca se enteran de nada. La policía intuyó sospechoso que siendo Eugenio su hermano quisiera convencer a la autoridad de que “se lo merecía” y no valía la pena resolver el crimen. Las autoridades decidieron cerrar el restaurante como parte de una investigación que se prolongó por tiempo indefinido y Eugenio lleno de culpa y vergüenza hacia sus padres decidió no volverlos a ver. 

En menos de un año Eugenio perdió a su familia, su negocio, su departamento y sus dos ojos.

Condenado a la indigencia, sigue viviendo en la calle de Aramberri e incluso se sabe que violó la clausura impuesta por las autoridades para encontrar refugio durante las noches. En el día sale y cruza la calle para mirar desde la otra acera, como cuando era adolescente, el 1026 de la calle de Aramberri. En realidad, decir “mirar” es un exceso, pues habita un mundo de sombras, pero él asegura que siente algo y sí se acomoda de forma que parece que está observando la casa maldita. Sentado en la acera pide dinero para después comprar alcohol en la farmacia. Ya borracho corre de un lado a otro de la calle gritando “¡Fernando, no me mates!” hasta chocar con los pocos peatones. Su desesperación es aterradora y al mismo tiempo común entre los teporochos del centro. Esto le pasa muy seguido y suele acabar cuando se queda dormido por la peda o por los golpes que la policía le propina cuando algún vecino llama al 070 para quejarse del ruido en la calle.

ILUSTRACIÓN DE PATO VERA.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido