La semana pasada se impartió en el Museo de la Memoria el taller de recados en prisión política, donde se destacó la labor crítica de Gabriela Mistral como autora de ese tipo de mensajes. En la instancia participó un grupo de jóvenes nacidos en democracia. En su mayoría asistían por primera vez al museo. Allí aprendieron sobre el valor de los recados a escondidas en una dictadura que, como bien destaca uno de ellos, jamás debe ser olvidada.
¿Un poema en prosa, un mensaje, una crónica, una diatriba? Para Gabriela Mistral sus recados escritos desde el extranjero, y publicados habitualmente en la prensa chilena, eran una conversación con su pueblo, con los habitantes de su patria. Finalmente, un medio de expresión, una estrategia de comunicación crítica.
Algunos de esos recados apuntados por la Premio Nobel de Literatura 1945 señalan:
“Nuestra famosa civilización no ha sabido vigilar sobre la preservación de la madre”;
“En Chile, país pobre, la mujer se ha incorporado a casi todas las profesiones y oficios; la necesidad no le dejó el lujo de escoger”.
Durante los 17 años de la dictadura cívico-militar liderada por Pinochet, 38.254 personas fueron víctimas de prisión política y tortura. Entre ellas, miles de mujeres que también crearon un método de comunicación para enviar mensajes a sus hijas e hijos y seres queridos, mientras estaban detenidas, en centros como Londres 38 o Cuatro Álamos, en Santiago.
La necesidad de difundir un recado, el envío de un mensaje a través de un puñado de palabras, muchas veces de manera clandestina, fue el cruce que se realizó la semana pasada en el taller de recados en prisión política, en el contexto de la Semana de la Educación Artística, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, ubicado en la esquina de Catedral y Matucana, frente al parque Quinta Normal.
En el taller participaron cerca de veinte jóvenes, de entre 20 y 24 años. Entre ellos Matías, Fernanda, Yulianna y Francisca. La mayoría es la primera vez que está en el Museo de la Memoria. La actividad comienza en el ingreso del recinto. Esperamos al mediador, Francisco San Martín, trabajador del museo, quien nos acompañará por las diferentes etapas que conforman la museografía del lugar, que conserva valiosos archivos, documentos, fotografías, material audiovisual, publicaciones y testimonios.
La parte práctica del taller ocurre al final del recorrido. La invitación es a confeccionar un objeto llamado soporopo o un elefante. Pequeños muñecos que las madres detenidas hacían a sus hijas e hijos, de manera precaria y artesanal -generalmente con sus ropas-, donde lograban incluir, dentro de estos objetos, algún mensaje que vulnerara el control militar o policial.
Yo me sumo a esta experiencia. A un costado de la entrada del museo, donde nos reunimos, está la librería. Desde la vitrina se asoman las portadas de títulos de Isabel Allende, Daniela Catrileo, Benjamín Labatut y Nona Fernández. También se asoma un ejemplar de Rostros de una desaparecida. Un libro que publiqué en 2022, donde intento reconstruir la vida de mi tía, Sonia Bustos Reyes, detenida desaparecida el 5 de septiembre de 1974. Sonia escribía poemas, en cuadernos que los integrantes de la DINA se llevaron junto a ella, para siempre. ¿Dónde habrán ido a parar esos versos también desaparecidos?
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Comienza el recorrido en el Museo de la Memoria junto a Francisco San Martín, quien muestra al grupo de jóvenes imágenes proyectadas en varias pantallas: una fila de tanques militares frente a la casa de gobierno, el último desplazamiento de Allende por un balcón del palacio presidencial. En un puñado de segundos se concentra el horror de ese martes 11 de septiembre de 1973. Se ven los aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea atacando La Moneda, se escucha la voz rabiosa de Pinochet y se oye el discurso final de Salvador Allende. Los gestos en los rostros de los jóvenes, quienes en su mayoría no conocían el lugar, no es indiferente. Se ven caras de sorpresa, disgusto, conmoción y tristeza.
Avanzamos en el recorrido. Francisco se detiene en el documental Estadio Nacional, de Carmen Luz Parot. En el principal centro deportivo del país, 12 mil personas estuvieron detenidas, entre el 12 de septiembre y el 9 de noviembre de 1973. El campo de prisioneros más grande de Chile. Después vemos otras imágenes históricas del documental: militares quemando libros, quemando la bandera de Cuba; militares ingresando a las poblaciones, haciendo redadas y detenciones ilegales junto a niñas y niños que miran las violentas escenas.
“¿Es cierto que en el gobierno de Allende hubo desabastecimiento?”, pregunta un joven entre los presentes. “¿Cuál fue el papel de la Iglesia en los años de dictadura?”, señala otro estudiante. El guía Francisco San Martín responde y habla del intervencionismo norteamericano contra la UP y luego se refiere a la figura de Raúl Silva Henríquez y la creación de la Vicaría de la Solidaridad. El recorrido continúa y avanzamos junto a portadas de los diarios El Mercurio (“Gigantesco operativo militar”) y La Tercera (“Junta Militar tomó el control”) y otros recortes de prensa. Información relativa a toques de queda y la intervención militar en las universidades.
Llegamos a la sala Ausencia y Memoria. Es el corazón del museo. Desde ahí se puede ver un gran muro, donde se exhiben más de 2 mil fotografías de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos.

En esa sala hay una pantalla táctil. En ella se pueden buscar las historias de quiénes fueron esas personas detrás las fotos, generalmente, en blanco y negro. Yo anoto el nombre de Sonia Bustos Reyes y les comento a los estudiantes que mi tía fue detenida en la casa familiar, en calle Catedral 3119, ubicada a media cuadra de donde hoy está el Museo de la Memoria. Les cuento a esos jóvenes, que cuatro días después de la detención de mi tía, agentes de la DINA, encabezados por Osvaldo Romo, fueron a buscar a mi madre, Blanca Rosa, quien estuvo dos semanas detenida y fue torturada. Les cuento que está viva, que almorcé con ella hace pocas horas, que compartimos tallarines y ensalada de lechuga.
Seguimos avanzando. Hasta que llegamos a un sector donde hay objetos. Manualidades que hacían las y los presos: tallados en madera, en piedra, trabajos en cuero, confecciones con lana. Ahí están los soporopos originales, que servirán de inspiración para confeccionar en el taller y dejarlo junto a un mensaje. En seguida pasamos al sector de las infancias. En una pared se lee: “Las Comisiones de Verdad identificaron 153 menores ejecutados políticos o asesinados en protestas; 40 detenidos desaparecidos y 2.200 presos políticos y torturados”.
El presente se conecta, irremediablemente, al pasado. Un estudiante recuerda los reportajes aparecidos en televisión sobre las adopciones ilegales en dictadura, donde la justicia chilena estima que el total de niñas y niños adoptadas sin el consentimiento de sus madres y padres en ese periodo podría llegar hasta 20 mil.
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Después del recorrido bajamos a una sala subterránea del museo, donde hay cajas con trozos de telas, tijeras, moldes, hilos y agujas. Comienza el taller. Los participantes nos sentamos en sillas haciendo una especie de gran círculo. Los jóvenes están expectantes y curiosos.
En un momento, la encargada de educación y audiencias del Museo de la Memoria, Sandra Piñeiro, realiza una introducción al taller: “Los recados es una forma de hacer una crítica, que en el caso de Gabriela Mistral lo escribía en cartas, lo publicaba en el periódico. Y nosotros nos dimos cuenta de que en el museo también teníamos mensajes, que revelaban una problemática social”.



Los jóvenes presentes en el taller, en su mayoría son estudiantes de segundo año de la carrera de Psicología. Mientras ocupan sus manos cortando, midiendo y bordando, hablan de memoria traumática, de las marcas generacionales, de reparaciones simbólicas. Se repiten en sus conversaciones las palabras: tristeza, alegría, momentos, reparación, olvido y memoria.
Me acerco a ellos y les pregunto por el recorrido que han efectuado por el museo y qué mensaje les gustaría dejar.
Francisca Morales cuenta que sus padres eran niños cuando comenzó la dictadura: “Ellos quedaron con un trauma con esa experiencia. Y, mientras recorría el museo, recordé lo que ellos me contaron. Por eso el mensaje que voy a escribir es pensando en mis padres, pero a su vez en las infancias del futuro”.
Fernanda Lagos, quien diseñó un elefante, dice que “el museo nos enseña sobre nuestro pasado, sobre los desaparecidos, que también ellos tenían una historia. La parte de los niños, que fueron afectados, es conmovedora. Mi mensaje será para los niños de hoy y mañana. Quiero que exista un mejor futuro para las infancias”.
Yulianna Mardones, quien hizo un soporopo, ya conocía el museo. “Había venido con el colegio y después con mi pololo, porque nos interesan los temas de derechos humanos. Me sorprende que aún existan personas que apoyan la dictadura, existiendo un lugar como éste. Igual yo trato de no hablar estos temas con gente adulta porque siempre me sacan en cara el hecho de que yo no viví en ese periodo… Mi mensaje al futuro es que la gente se informe, que lean para que tengan otras miradas de la realidad”.
Matías Ortiz, quien confeccionó un soporopo rojo con sus manos, dice: “Yo no lo terminé, no lo completé, porque todavía hay personas que viven con pena, sin sus familiares, les falta alguien en sus vidas… familias incompletas que viven en el presente, en nuestro país. Y mi mensaje es: Prohibido olvidar”.
Los recados, los mensajes apuntados en el taller, se incluyeron en una urna. Papeles que se unieron a otros mensajes que los visitantes al museo han ido dejando. Todos estos escritos, donde historias pasadas se conectan con el porvenir, serán leídos en una lectura a micrófono abierto el sábado 24 de mayo, en el Día de los Patrimonios, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.








