Una casona que fue el espacio de encuentro de uno de los principales grupos de artistas de Chile del siglo XX pasó a manos del mayor coleccionista de artes de esa época, protagonizó el “remate del siglo”, sobrevivió a terremotos, expropiaciones e incendios, se convirtió en Monumento Nacional, reúne a miles de fans de Tim Burton, animés y cosplayers en sus ferias y hoy, gracias a un esfuerzo familiar, es sede de talleres de pintores, ceramistas, fotógrafos… Parece ficción, pero existe. Aquí, la historia detrás de la Casa de los X. Para no olvidar su patrimonio, sus misterios y sus encantos.
I. 1985

El movimiento telúrico causó la destrucción de 142.489 viviendas. No de esta. Por eso, porque la casa de su bisabuelo sobrevivió al terremoto, Patricio Alberto González Núñez, está aquí, en Avenida Santa Rosa esquina con Tarapacá.
Tiene cinco años y sus papás le dijeron que tienen que estar acá por un tiempo, porque el sismo dejó en muy mal estado su casa en Bellavista. Al niño no le importa. Claro, porque se siente viviendo en un palacio.
Juega en el patio de adelante con un perro chico y una gata. A su alrededor hay naranjos gigantes y jazmines del Cabo. También cerros de arena, en los cuales posiciona sus juguetes e inventa historias de piratas, de soldados, de amor. Muchas veces, cuando está aburrido, simplemente le gusta estar atento a la calle, escuchar el timbre y abrir el portón a las visitas, que conocen a casa como “la sucursal de la Iglesia San Francisco” y piden a una de las mujeres de la familia una sopa caliente.

En otras ocasiones, el niño tiene miedo. Con las réplicas del terremoto la madera cruje muy, muy fuerte. Como si la casa fuera un monstruo alistándose para agarrarlo.
Mal sabe el niño que, 40 años después, seguirá pendiente de esta casa. Que de monstruo no tiene nada, pero sí es capaz de atraparlo.
***
He oído exclamar a hombres soñadores: “quisiera vivir la vida de ese labriego, la de ese leñador, la de ese marinero”. Bien se conoce, al oír esas palabras, que la infancia está lejos. Para el niño, desear es ser.
Pedro Prado, Premio Nacional de Literatura (1949), en uno de los artículos de la revista de Los Diez
II. 1914 – 1929
No había razones para estar optimista. Europa vivía la Guerra Mundial (sin saber, todavía, que vendría una segunda) y Sudamérica se enfrentaba al colapso del comercio exterior. En el caso de Chile, también se vieron afectados los demás sectores productivos y las bases del modelo de crecimiento que tenía hacía décadas.
Pero Pedro Prado no era un hombre cualquiera. Le gustaban la burla, la ironía y la caricatura.
–¿Existen más hombres como usted? –Le preguntó, sorprendido por sus actitudes, su arquitecto y amigo Julio Bertrand Vidal.
Pedro sonrió.
–Tal vez podrían encontrarse unos diez más como yo.
–Me gustaría conocerlos.
Fue esa conversación, según dice la leyenda, que nació Los Diez, un grupo de pintores, escultores, músicos, arquitectos y poetas, que en la práctica fueron más de diez.
En el plano artístico se palpaba un afán de sacudir las formas de las décadas anteriores. Estaban empeñados en renovación. Carentes de un respaldo social, era común que los intelectuales se agruparan en pequeños círculos unidos por un impulso común de trabajo. Una alianza espontánea de mutua exaltación.
Como destaca el periodista y escritor Fernando Durán V. en Los Diez en el arte chileno del siglo XX (Editorial Universitaria, 1976), ese grupo no se limitó a una cofradía o a una escuela. Lejos de eso: “fueron una amistad, una aventura espiritual libremente compartida y fundada en una honda afinidad que, por su misma consistencia, eximía de imposiciones, de reglas y de convencionalismos”.
A menudo, el grupo se reunía en una torre de la chacra donde tradicionalmente vivía Prado. Ahí, el postulante a Los Diez era recibido por los iniciados y prometía ciegamente obediencia al Hermano Mayor y al Jelsé, su libro santo.
No existía el sacrosanto Jelsé. Los Diez lo ridiculizan, diciendo que era una palabra escogida juntando caprichosamente cinco letras al azar. Tampoco existía el tal Hermano Mayor. Es más: comprometerse a ceñirse a sus mandatos no encerraba ninguna obligación, puesto que nadie sabía cuál era ese hermano y cada uno podía y debía creer en lo que quisiera.
De esa forma, Los Diez daban cuenta de su fondo entrañablemente humorístico, y de manifiestos que se adelantaban, de cierta forma, a aquellos propios de las vanguardias (el dadaísta es de 1918 y el surrealista de 1924).
Los Diez “no pretenden otra cosa que cultivar el arte con una libertad natural”, dijo en la primera sesión oficial del grupo, en la Biblioteca Nacional, Pedro Prado.
Lo hicieron: publicaron revistas (en las cuales escribieron desde el grupo mencionado hasta Gabriela Mistral, Amanda Labarca y autores latinoamericanos); llevaron a cabo exposiciones e incluso llegaron a desarrollar su propio calendario.
Para eso, necesitaban una sede. Y encontraron en la casona de Santa Rosa con Tarapacá una buena opción.
La casa neocolonial pertenecía al arquitecto Fernando Tupper, amigo del grupo, quien alentó a sus participantes a transformarla. Así, el escritor y escultor Alberto Ried, junto al pintor y escultor Julio Ortiz de Zárate proyectaron el patio y la portada; mientras el arquitecto alemán Rodolfo Brünning se encargó de una torre, como la de la casa de Pedro Prado, inspirado en algunos dibujos de Julio Bertrand Vidal.


A diario iban los amigos a observar la metamorfosis del lugar y cómo numerosas carretas traían piedras del cerro San Cristóbal hasta la casa.
–¡Obra de los incas! –Exclamó, admirado, el pintor Juan Francisco González cuando vio por primera vez la entrada de la casa finalizada, con una simbólica X grabada.
En el lugar se celebraron muchas tertulias, fiestas, reuniones. Pero poco a poco Los Diez dejaron de juntarse. Su última gran manifestación fue en 1924, cuando, a raíz de la crisis política que resultó en la renuncia de Arturo Alessandri, publicaron un folleto en que se esbozaban ideas básicas para establecer una nueva Constitución para Chile.
Tupper siempre tuvo la esperanza de seguir encontrándose con el grupo. Que la casona siguiera siendo su sede. Hasta que su padre, Felipe, le dijo:
–Hijo mío, si sigues así, te vas a la ruina.
Un día de 1929, mirando una de las ventanas de la torre que apunta hacia el norte, mientras llovía en Santiago y la casa se sentía como una embarcación en medio del océano, Fernando Tupper decidió venderla.
Era hora de dejar atrás el sueño que le había traído grandes satisfacciones, pero también grandes decepciones, como nunca haber terminado de construir el mirador y el campanario de la torre.
Para su suerte, apareció un comprador. El señor Alfredo García Burr, uno de los mayores coleccionistas de arte del siglo XX.
III. 2025
“Fernando Tupper le hizo prometer a mi bisabuelo que cuidara la casa, porque iba a ser el único vestigio que quedaría de Los Diez”, dice Patricio –el niño y bisnieto– hoy con 45 años.
Estamos en una de las salas del fondo de la casa, en el segundo piso. Las paredes blancas, impolutas, hacen casi imposible saber lo que hubo aquí. Lo mismo pasa si uno ve sus redes sociales o si pasea por el lugar los fines de semana: la Casa de los X a menudo es sede de ferias muy específicas, de animé, Tim Burton y medievales. En 2024, la visitaron más de 100.000 personas. Hace algunos fines de semana, uno de esos eventos temáticos reunió en dos días a 7.000.
Durante la semana, cada sala de la casa es ocupada por distintos emprendimientos: los de los escultores David Jelves y Artemo; Maskshop, la tienda taller del artista plástico cosplay Alejandro Azaldegui; Sena cerámicas, del arquitecto y ceramista uruguayo Agustín Sena, entre otros.



Aunque pase de todo en esta casa, la memoria de Patricio no falla:
–Las diferentes salas de la casa estaban llenas de antigüedades. En la subida de la escalera había una armadura japonesa, los salones siempre estaban con llave porque no querían dejar a nadie entrar. Los cuadros iban hasta el techo, había una biblioteca con 14.000 libros y la casa estaba llena de muebles estilo europeo.
No era lo único. Alfredo, su bisabuelo, tuvo una de las cinco colecciones japonesas más importantes del mundo: había, entre otros objetos, tres armaduras completas, 700 guarda sables, un sable y decenas de estampas. “Aquí donde estamos era la sala de la colección. Tenía una iluminación rojiza”, detalla.
–¡Era como estar dentro de un museo! Además, la casa en sí ya era una obra de arte en tamaño natural –añade.
Alfredo vivió aquí hasta su muerte, en 1982. En 1985, cuando el niño Patricio se refugió en esta casa, su bisabuela Carmen Arismenia era la matriarca.

IV. 1997
Isabel García, tía de Patricio, llevaba años diciéndole a la familia que la casona tenía que ser declarada Monumento Nacional.
Como arquitecta (fue una de las primeras mujeres en titularse en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica), ella sabía de su relevancia: data de aproximadamente 1840, con remodelaciones a lo largo de los siglos, estilo neoclásico, una torre de más de 10 metros de altura, 2.500 metros cuadrados de terreno…



No todos veían con buenos ojos la idea. Algunos sentían, en cierto grado, que eso era una crucifixión en vida. Según la ley, si un inmueble particular pasa a ser monumento, el propietario debe conservarlo, no pudiendo destruirlo, transformarlo o repararlo, ni hacer en sus alrededores construcción alguna, sin la autorización previa del Consejo de Monumentos Nacionales.
En 1997, con la muerte de la bisabuela Carmen, se convencieron de que había que intentarlo. Ese mismo año la casa fue considerada Monumento Nacional… Y la familia decidió ponerla en venta.
Así estuvo entre 1997 y 2012, cuando sufrió algunas ocupaciones y otros percances. En 2006, por ejemplo, hubo un incendio en el techo de adelante, pero misteriosamente la casa se salvó, pese a que la de al lado desapareció.
En paralelo, poco a poco se fueron rematando todos los objetos, todos los libros, todas las obras y colecciones que habían pertenecido a Alfredo García Burr. Se habló del “remate del siglo” en la prensa local.


Pero, para ese entonces, Patricio, ya formado en Diseño Industrial, estaba en el extranjero. Ya no era el niño que adoraba la casa. Más bien era un joven a quien no le gustaba visitarla porque “tenía olor a tierra, olor a viejo”. Además, había conocido bien a su bisabuelo, leído sobre él. Sabía que cuando le preguntaban qué iba a suceder con todas sus cosas cuando se muriera, él respondía que no le iba a importar, porque ya estaría muerto. “Esa frase me dejaba tranquilo”, reconoce su bisnieto.
La que no estaba tranquila era su madre, Isabel Núñez García, la nieta mayor de Alfredo. Le gustaba la casa. Más que eso: le encantaba. Había sido su hogar, su refugio en los momentos difíciles, como en 1985. ¿Cómo no la iba a querer?
***
Con su amor a la vida total, donde la belleza vive más cómodamente, Los Diez, a pesar de sus rarezas, aspiran a hacer obras que perduren, tomando la vida con un amor que no huye de melancolías y dolores.
Pedro Prado en Jelsé.
V. 2012
Patricio se fue de vacaciones con su familia a la Rocas de Santo Domingo y le empezaron a decir que tenían botado el “castillo de Tarapacá”.
Era el año 2012, él ya tenía 32 y había dejado su trabajo para crear su empresa, desde la cual realizaba animaciones 3D para minería. La casa, para él, era cosa del pasado.
Pero cerca de su casa de veraneo también estaba el abogado que interpretó el testamento de Alfredo. Y les sugirió que crearan una fundación.
Su madre se sumó al comentario.
–Mi mamá me inculcó que la casa era el bien que tenían, era el bien preciado, con una historia que unía todo. Estaba el grupo de Los Diez, estaba Alfredo con su colección, estaba el hecho de que la casa es uno de los monumentos más antiguos de esta zona de la ciudad… Había una historia que preservar a toda costa. Para mí eso fue como un cambio de paradigma, fue como si me hubiesen elegido de no sé dónde… –reflexiona, hoy, Patricio, quien en 2015 se convirtió formalmente en representante legal y presidente de la Fundación Cultural Casa de Los Diez – Alfredo García Burr.



–No tiene que haber sido fácil pasar de rehuir de tu conexión con esta casa a ser el presidente de la fundación…
–Va a sonar medio extraño, pero aquí siempre corren muchos tiempos simultáneamente. Estamos en el presente comentando sobre la historia de la casa, pero esa historia de la casa me hace trasladarme en el pasado, estoy viviendo simultáneamente en el pasado y a la vez lo que estamos hablando, lo que tú vas a escribir después va a proyectar el futuro de la casa de alguna forma.. Es extraño de creer, pero siempre me siento así.
Quizás, sea justamente como todos debieran ver la casa.
Es lo que menciona Nicolás Fernández Gurruchaga, quien desde hace 15 años se especializa en patrimonio cultural, lo que lo llevó a obtener el Premio Conservación de Monumentos de la Unesco y a trabajar en la única carrera profesional que forma conservadores del Patrimonio en Chile (la Licenciatura en Arte y Conservación del Patrimonio de la Universidad San Sebastián).
–La Casa de los Diez no debe ser vista únicamente como una reliquia del pasado, sino como un espacio vivo, donde la creación, la reflexión y el encuentro cultural siguen teniendo lugar. Su conservación y activación contemporánea dependen de una responsabilidad compartida entre instituciones, profesionales y la comunidad. Honrar este tipo de inmuebles es también una forma de honrarnos a nosotros mismos como país: resguardando no solo estructuras físicas, sino los relatos, valores y visiones que han dado forma a nuestro imaginario cultural –comenta vía telefónica.
VI. 2015
Andrea Ortega, académica de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Diego Portales, nunca se olvidará del día en que conoció la Casa de los Diez.
Corría el año 2015, estaba haciendo clases en el Diplomado de Patrimonio Cultural de la Universidad Católica y, tras algunas conversaciones con Patricio, llevó a sus estudiantes a visitar la casa.
A priori, lo que más llamaba la atención de todos es que el lugar se encontrara justo en Santa Rosa, donde hubo una expropiación y un ensanche de la calle.
–La casa se salvó de todo eso. Esta es una esquina rara… Además, el edificio tiene un valor simbólico y artístico, porque de alguna manera refleja una comunidad artística que fue súper relevante en la historia de Chile.
Pero hubo algo más que les llamó la atención: la torre, esa silueta vigilante sobre Santiago.
–Es una torre de hormigón que sobresale de esta altura baja que típicamente tienen estas casonas, lo que yo interpreto como una forma de poder mirar la ciudad desde una altura.
Lo hizo en carne propia. Subió la escalera de la torre. Desde arriba, vio una ciudad totalmente distinta.
–Ese elemento refleja cómo este grupo no solamente quiso tener un espacio interior para poder desarrollar su arte, sino que también buscó una conexión con el contexto urbano.
***
Lejos de las ciudades populosas y de los alegres puertos; distante de la paz de las aldeas y de las mansiones solitarias de los misántropos; sin tierra que cultivar, sin siervos que proteger, sin ambiciones de dominio ni orgullo de ser enseñanza, ejemplo o guía; sobre un enorme y abrupto peñón que ha recibido durante cien siglos el ataque del mar y la esperanza de sus prodigiosas lejanías, se elevará tranquila, aislada y libre, la roja Torre de Los Diez.
Pedro Prado
VII. 2023-2025
En 2023 algunos parientes de Patricio visitaron Santiago y aprovecharon de pasar por la casona.
–¿Cómo encuentran que está? ¿Quieren que siga o no? –les preguntó.
–Sigue nomás y espera que llegue el próximo –le respondieron.
Ahora, mientras el gato Max, la mascota de la casa, entra a la sala donde estamos conversando, Patricio reconoce que no tiene idea de quién será el próximo.
–Yo soy solamente un medio en el tiempo de la casa. La casa tiene una vida distinta a la mía, va a seguir más al futuro que yo, algún día quizás desaparezca, quizás no. Finalmente me siento como un guardián del presente, porque mi vida es finita y tengo que elegir qué es lo que voy a hacer.
La conversación se ve interrumpida por el ruido alrededor. Mientras en la sala de al lado se hace una actividad de cerámica, otros están conversando sobre las actividades del fin de semana, como un taller con el artista visual Gonzalo Ibáñez, y de qué harán para el Día de los Patrimonios.

–¿Qué es lo que vas a hacer?
–Sigo postulando a fondos. Es lento, pero necesario. Yo siempre digo que si las cosas son difíciles, para la Casa de los Diez serán más difíciles aún. Pero, ¿te digo algo? Fíjate, Fernando Tupper dijo que no pudo terminar la Casa de los Diez porque no pudo terminar la torre. Mi objetivo es hacerlo.
Su sueño es poder generar un museo en la torre. De tecnología, con réplicas. Que se vea cómo se construyó la casa, tener una maqueta, mostrar la colección japonesa… Que del último piso se pueda ver la ciudad de ahora y cómo Santiago en el siglo XX. Que la torre integre su pasado, presente y futuro. Como un faro que resiste a todo. Un faro que alumbra en medio de la oscuridad.
FOTOGRAFÍAS: ARCHIVO CASA DE LOS DIEZ.
ACUARELAS DE GONZALO IBÁÑEZ VARGAS.





