Esta segunda temporada de la serie de HBO es un relevo de alto impacto desde la figura paterna del daddy chileno a una potente y lesbiana hija a cargo de Bella Ramsey, quien se atreve a decir “voy a ser papá” por el embarazo de su enamorada. Una patada que hiere tanto el machismo de los Incels como los libertarios. Nunca el Apocalipsis había sido tan político como en la actual pantalla del streaming.
Hay momentazos en la TV estadounidense. Capítulos de series como “El precio”, de The Last of Us, por ejemplo, que se atreven no solo a medir la temperatura social en la decadencia del “imperio americano” en vivo y en directo, sino que además registran en cámara lenta cómo se está derritiendo y deshaciendo el sueño-pesadilla americana de dicho declive moral en tiempo real, mientras movemos la mirada entre la pantalla de la ficción y el paisaje de la realidad sin notar mayores diferencias.
The Last Us, en especial en esta segunda temporada, no es solo una historia sobre cómo se sobrevive el fin del mundo. El chileno-estadounidense Pedro Pascal en el rol de Joel, un padre que llora a su hija muerta pero que protege y cuida a una niña ajena en peligro, Ellie (Ella Ramsey) en el contexto del apocalipsis, obviamente es un salvador, un daddy protector.
Pero en verdad y en el plano del subtexto narrativo, de la interpretación, de lo que creo que representa, sería para mí el relato de un padre tratando de proteger a su prole “distinta”, “especial”, “inmune a los hongos”, “lesbiana” de un mundo humano, cruel y desalmado como en el que actualmente representa la América de MAGA y Trump y la Argentina de Milei y el Chile que nos promete MAKAKA en desmedro de las minorías sexuales, neurodivergentes e incluso religiosas.



De hecho, en The Last of Us el mayor peligro para este padre e hija no son los “contagiados”, los mutantes-zombies que con una mordida convierten a las personas sanas en solo marionetas controladas por los hongos. No. El mayor peligro es el individualismo y la falta de humanidad de los otros sobrevivientes con los que se van topando a lo largo de la primera y segunda temporada.
Me refiero a los fanáticos militarizados, los religiosos paranoicos, los ignorantes descreídos: una serie de personas convertidas en monstruos y que sin Dios ni Ley mediante se sienten en la completa libertad de acción para abusar, asesinar e incluso cortar en pedazos el cuerpo de Ellie con tal de “hallar una cura” para la plaga.
Estamos ya de acuerdo que los relatos de ciencia ficción como este, como El Eternauta, como Watchmen, como El hombre en el Castillo y más ya no pueden considerarse de “anticipación” o “distopías”, sino que prácticamente “documentales” de lo que está ocurriendo en el mundo actual y presente con la deshumanización y, lo peor, su normalización por parte de las autocracias de Milei o Trump, por ejemplo, y sus seguidores y defensores: los Incels y libertarios contagiados por este regreso a las cavernas del feudalismo con Iphones.
Lo maravilloso de The Last of Us es que su sofisticada cáscara de supuesto producto pop y desechable “basado en un videojuego” lo convierte en un eficiente caballo de Troya. Así es: teman y mucho, señores Incels y libertarios que aman censurar libros y discursos woke, porque la serie The Last of us es una bomba valórica de racimo que está estallándoles justo en la cara y se trata de una explosión sumamente crítica del racismo, del machismo, de la misoginia y, sobre todo, del totalitarismo que se descubre cuando se corre el velo de la supuesta democracia americana.
Los paisajes en ruinas de las ciudades estadounidenses que vemos en The Last of Us, el abandono absoluto, los “contagiados” deambulando como espectros de lo que alguna vez fueron, simplemente son imágenes imposibles de no empalmar con los millones de estadounidenses convertidos en zombies adictos al fentanilo en urbes en ruinas como Detroit. Sin duda, la película Robocop (1987), de Paul Verhoeven, fue pitonisa al predecir una ciudad de Detroit indefensa ante el poder coorporativo y con su única defensa contra la apabullante delincuencia, la policía, convertida en una agencia privada de los poderosos.
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¿Puede entonces un videojuego ser la fuente de una dramaturgia y calidad artística de tal nivel? The Last of US así lo demuestra. Los creadores de la serie han sido muy fieles al recrear las secuencias del juego original. Los paralelismos entre lo que muestra la serie y su fuente original siempre está dentro de lo más visto en redes sociales, semana a semana.
Se puede apreciar la pantalla dividida de los celulares con las comparaciones de Ellie y Joel del videojuego versus Bella Ramsey y Pedro Pascal en sus respectivos papeles en la serie.


Pero mi aplauso cerrado va para los creadores de la serie en otra dirección. No por este copy-paste, que sin duda tiene su valor de producción y que reconoce el valor narrativo del videojuego. Elegir a actores que no tienen nada del look anglosajón de los personajes del videojuego, elegir actores como un chileno llamada Pedro Pascal y una niña talentosa como Bella Ramsey, lejos ambos del canon icónico eurocentrista, es parte del mensaje y meta mensaje enviado por los showrunners, Craig Mazin (creador de la miniserie Chernobyl) y Neil Druckmann (co-creador del juego original).
Y el mensaje es-sería “esta no es la América blanca” de los Incels ni la recreación del país que desean los republicanos y amantes de la autocracia de Trump. La geografía humana de la serie y el mundo propuesto distaría entonces mucho de la geografía fascista y racista esperada por los haters, que anhelan en verdad, según dejar ver sus mensajes de odio contra la actriz, ver a una Ellie “blanca” y con la cual masturbarse; en vez de una chica con rasgos y colores más comunes que los de una super-modelo.
Que Bella Ramsey sea cada vez más odiada por los haters de redes sociales amparados por el paraguas de MAGA a medida que su rol crece -vaya cómo crece- en la serie, solo habla de la valentía y coraje de los creadores y de la propia actriz para instalarse desde esta enorme vitrina del capitalismo (HBO) para despellejar un modelo social y económico y político en caída libre desde todo punto de vista.
Esta segunda temporada de la serie de HBO es un relevo de alto impacto desde la figura paterna del daddy chileno (SPOILER: Pedro Pascal se muere) a una potente y lesbiana hija adoptiva a cargo de nuestra heroína Bella Ramsey, quien se atreve a decir “voy a ser papá” por el embarazo de su enamorada.



Esa secuencia, una joven disidente eligiendo su identidad de género, “seré papá”, sin duda resulta una patada genital que hiere tanto el machismo de los Incels y los libertarios como el misil lanzado desde Netflix por El Eternauta y su tagline anti fascista: “nadie se salva solo”. Nunca el Apocalipsis había sido tan político como en la actual pantalla del streaming. Y eso me encanta.
The Last of Us es de este modo arte subversivo de alto presupuesto, incómoda contracultura hecha fondos millonarios del establishment… O, lo que es lo mismo, cultura Woke (es un elogio, no un insulto, desestimadx lectorx) hecha desde el corazón mismo del imperio adormecedor. Hace tiempo que no hay peros morales cuando hay que hacer buen negocio, está claro para Hollywood.
Pero en este contexto de crisis institucional y moral de Estados Unidos (y el mundo globalizado), la lucidez con que The Last of US nos susurró semana a semana la dolorosa balada del buen padre, guitarra en mano, con Pedro Pascal cantando Future Days de Pearl Jam, me resulta de una conciencia apabullante. Una lírica poética tanto meta como narrativa misma con ribetes sobresalientes. Ni Pepe Grillo se atrevió a tanto para hurgar y condenar la pérdida del norte moral.
De hecho, como dice El Eternauta, “el norte es el nuevo sur”.





