Eran tiempos distintos. Julio de 2021, cuando empezaba la primera Convención Constituyente. Gastón Soublette (fallecido este domingo 25 de mayo de 2025) aún no recibía el Premio Nacional de Humanidades, pese a que todas las campañas a su favor. Estaba recluido en Limache, protegiéndose del Covid-19, pasando por múltiples duelos y escribiendo. Siempre escribiendo.
Se acercó al portón, usando su bastón y su ya reconocido poncho. Saludó y, emocionado, comentó: “Hoy es un gran día”.
Era una tarde soleada de domingo. El docente, filósofo, musicólogo y esteta abría las puertas de su morada para conceder esta entrevista, en la que ahondó en sus visiones sobre lo íntimo, lo marginal y lo público.
Sincero, Soublette habló sobre la pérdida de su única hermana, la destacada compositora Sylvia Soublette, y de su esposa, Bernadette de Saint Luc, hacía poco más de un año. También soltó garabatos, contó detalles sobre cuando subió un cerro de Valparaíso buscando que lo asaltaran, de cuando gastó una importante suma de dinero destinada a la Revolución de 1968 en Francia, de sus proyectos más actuales y de sus arrepentimientos.
-Usted tiene muchos apodos, como “el sabio de la tribu” y “el viejo del poncho”. Pero ¿cómo se definiría?
-Yo no soy un hombre de acción, no podría ser político, ni tener una oficina de abogados o ingenieros. No. Yo soy un intelectual que piensa. Y que incursiona en diversas ramas del saber para entender el sentido de la vida. Eso yo lo pude hacer consciente mucho más tarde, pero a juzgar por las cosas que yo hacía y pensaba, me di cuenta de que había una crisis del sentir en el mundo. Que se hacían muchas cosas, pero yo no sabía para qué.
-¿Y ha podido llegar a la conclusión de cuál es el sentido de la vida para usted?
-Yo creo que nadie puede decir que le cayó la teja y finalmente entendió el sentido de la vida. Pero uno puede aproximarse a entender por dónde va la cosa. Yo fui a un colegio católico y la enseñanza de las asignaturas de la educación media fue muy deficitaria, porque los profesores eran muy mediocres. Ahora, en cuanto a la evangelización, creo que la religión que me enseñaron a mí no me sirvió de nada. Pero llegué al cristianismo nuevamente a través de una larga y penosa investigación mía (el libro “Rostro de Hombre”) y también tratando de entender qué le pasa a uno en la vida cuando está en las buenas y también cuando está en las malas… Para no caer exclusivamente en lo religioso, yo diría que todo ser humano nace con un potencial psíquico muy grande, no importa que en la vida real, en la sociedad, no sea una persona que no tenga ninguna característica excepcional. Cualquiera, que tú consideras que es tonto, que es flojo, que es tocado, todos nacemos con un potencial psíquico enorme. Entonces para mí el sentido de la vida consistiría en una organización de sociedad que le asegure a cada individuo el desarrollo pleno y armónico de ese potencial de nacimiento que tiene.
–Pero eso no necesariamente ocurre en la realidad.
-La realidad es al revés. La sociedad está organizada de una manera en la cual es prácticamente imposible al hombre medio llegar a ese ideal de un desarrollo pleno y armónico de su potencial de nacimiento. La explotación del hombre por el hombre tiene el sesgo maligno de impedir que ese ser que ha recibido un potencial de nacimiento muy grande, apenas pueda realizar una mínima parte de su potencial. Se ha creado una maquinaria a la cual la mayoría debe servir y los beneficios de eso lo reciben muy pocas personas.
–En un lapso muy corto de tiempo usted perdió a su hermana, a su pareja y también a algunos contemporáneos con quienes compartió en varios conversatorios, como Humberto Maturana. ¿Cómo lidia con la soledad y la muerte?
-El hecho de estar encerrado en esta casa, solo, al lado de la pieza de la que fue mi esposa, con el retrato de mi hermana al frente, y con esas noticias que llegan, como que murió Humberto Maturana… Eso hace que uno se fortalezca al contemplar algo que es aflictivo, que es triste, pero saco fuerzas y digo “por algo estoy en esto”, “el sentido de la vida incluye esto”. El sentido de la vida incluye que yo esté solo en este momento y yo tengo que asumir esa situación y tomarla lo mejor que pueda. Cuál es el fruto que salió de esta soledad: salieron mis memorias, salió un comentario sobre el libro de las mutaciones de Confucio y ahora le ofrecí a la Facultad de Filosofía de la UC un ensayo sobre el Mito del Paraíso, tanto del punto de vista teológico como antropológico, de la visión científica sobre la posibilidad de que en el pasado haya habido un equilibrio perfecto entre el hombre, la naturaleza y el hombre consigo mismo. Todo eso ha sido posible gracias a la soledad. Porque con la casa llena de gente yo no puedo escribir (se ríe). Todo eso ha sido positivo para mí. Y he aprendido también a conocerme a mí mismo.
-¿Qué ha aprendido?
-Mira, hay ciertas personas que dicen “yo no me arrepiento de nada”. Yo considero que ahí hay una actitud orgullosa, yo no paso por esa soberbia y me arrepiento de muchas cosas.
-¿Como cuáles?
-Me arrepiento de haber estudiado Derecho, me hizo perder mucho tiempo. Algunas personas me dicen “ya, pero de algo te sirvió”. Y sí, me ordenó la mente, porque el Código Civil es una maravilla de lógica y de redacción. Está redactado en un castellano muy, muy puro. Me arrepiento de no haber estudiado Filosofía o Antropología. Me arrepiento de no haber usado ese tiempo en llegar al pensamiento filosófico que me ha caracterizado después. Son cosas de las cuales me arrepiento.
-¿Y a nivel personal?
-A nivel personal me arrepiento de haber sido egoísta, oye.
-¿En qué sentido fue usted egoísta?
-Juzgo mal muchas actitudes de mi juventud. Algunos pueden decir que estaba caminando por el camino equivocado y no hay nada peor que vivir a contra pelo. Eso te lleva a reflexionar permanentemente si lo estás haciendo bien o mal. Te quita sensibilidad sobre el prójimo. Eso me pasó a mí. El hecho de estudiar Derecho me hacía sufrir. La neurosis era muy grande, me produjo mucho daño psicológico. Yo le dije a mi padre que quería estudiar Filosofía y él me dijo que me iría morir de hambre si estudiaba Filosofía. Y eso me bastó. Incluso él invitó algunos amigos a la casa que tenían cargos importantes en la política para que conversaran conmigo y me orientaran, pero nadie me dijo que mi mente era más para la filosofía que para el derecho. Si me hubiesen dicho eso, a lo mejor mi padre hubiese valorado eso. Y eso de que uno se va a morir de hambre estudiando Filosofía… bueno, ¡existe la Academia, pues mijita! Entonces… hay muchas cosas que me desagradan recordar cuando miro mi pasado. Estando aquí me he visto obligado a enfrentar ese pasado insensible a los demás, preocupado permanentemente de mí mismo, concentrado egoístamente en mi persona.
Soublette tiene la sensación de que su memoria cronológica “no le interesa a nadie”. Entonces, para cumplir con una solicitud de Ediciones UC sobre sus recuerdos, empezó, un año antes de esta entrevista, a escribir sus encuentros con todos los seres marginados que conoció.
-¿Qué historias le parecen particularmente destacables?
-Mira, por ejemplo: cuando vino la dictadura, las universidades fueron intervenidas y el almirante Jorge Swett fue rector de la Católica. Y él era medio pariente mío. Entonces mucha gente me decía: “oye hueón, a ti nunca te va a pasar nada, eres un privilegiado, estai emparentado con el jefe, no te va a pasar nada”. Efectivamente no me pasaba nada (se ríe) y yo hacía muchos méritos para que me echaran. Invitaba a mapuches al Campus Oriente y dejaban la grande en el patio central, los alumnos bailaban, salían a la calle, algunos quemaban muebles… Y a pesar de todo nunca me echaron, nunca me llamó a su oficina a decirme “oye, qué diablo estai haciendo hueón, me estai dejando mal”. Ante eso, yo dije: “sabes qué, quiero que me pase algo alguna vez. Y si voy a ser castigado, que sea por mi propio pueblo y no por la DINA”.
-¿Y cómo llevó a cabo su plan de ser castigado?
-Fui a Valparaíso un sábado en la noche. Solo, para arriba. Y una prostituta salió de un boliche y me dijo: “¿pa dónde vai loco? Si este lugar no es pa ti, te van a asaltar arriba, te van a sacar la cresta y te vai a acordar de mí”. Entonces yo le dije: no, si tengo buenos amigos… “Oye hueón, si te lo digo por tu bien nomás”, dijo. Bueno, me asaltaron arriba, me metieron en un callejón oscuro, pero no tan oscuro como para que yo no les viera la cara a los gallos. Eran como cinco, daba la impresión de que había uno que era el jefe.
-¿Conversó usted con ellos?
-Fue extraño lo que ocurrió. Lo lógico era un cuchillo aquí en el cuello y “entrega la plata, conchetumadre”, pero no pasó nada. Hasta ese momento eran como que nos mirábamos las caras nomás, entonces el que parecía jefe me dijo algo que me estremeció: “¿qué tenemos de común tú y yo?” Chuuuta, dije yo, este gallo se las trae, no cualquier lanza hace esa pregunta. Este es un gallo profundo, pensé yo. Le dije: “mira, yo creo que está bien claro que lo que tenemos de común es la protesta”. Ahí dijeron que todo estaba bien, salimos del callejón y nos sentamos en la vereda, bajo un poste de alumbrado público. Ellos andaban con una garrafa, tomamos un trago y me preguntaron por qué andaba por ahí. Me dijeron, “¿no sabí que era peligroso esto?”. “Bueno, por lo que acaba de pasar claro que me doy cuenta de que es peligroso”, le contesté (se ríe). Y ahí empezaron a reírse, después nos presentamos, nos dimos la mano, nos tomamos toda la garrafa, y yo les pregunté si no querían seguir tomando, porque yo conocía un boliche que estaba abierto toda la noche. Quedamos como cuba de curado, amigos para toda la vida.
-¿Son amigos hasta hoy?
-¡Sí! El jefe -le dicen “El Richard”- me pidió que yo fuera padrino de su hijo, y yo soy padrino de él. Para mí ha sido un pasaporte increíble: la cantidad de lanzas que hay es enorme, y les digo “yo soy padrino del Richard” y me contestan “ya, pasa hueón, aquí no te va a pasar nada” (ríe a carcajadas).
-¿Qué otra historia margina recuerda?
-Mi participación en la Revolución de Mayo en París, que fue bastante estrecha, estuve metido en cualquier cantidad de cosas, si la policía me hubiese pillado me hubiese puesto en la frontera inmediatamente porque yo era diplomático.
-¿De qué forma usted se involucró?
–Yo pude participar en las deliberaciones del comité revolucionario… El grupo contaba con dos pistolas, dos escopetas y cuatro molotovs y quería tomarse la municipalidad. El jefe me dijo: “¿tú has venido aquí a oír o a proponer?”. Y les comenté: “tomarse la municipalidad es una brutalidad, yo he pasado al frente y la cantidad de guardias armados que hay… olvídense de tomarse el edificio”. Les propuse una resistencia no violenta en un teatro donde había unas discusiones lindas: “entra la policía a la platea baja, entran a la sala principal del teatro y ustedes silencio absoluto, ninguna palabra. Ustedes háganse los muertos para que los arrastren por el suelo. Ustedes no insulten, no peguen, un silencio sepulcral. Eso tiene un efecto psicológico tremendo”. Se aprobó por unanimidad. Pero las autoridades fueron más astutas, no mandaron nunca a la policía sabiendo que los revolucionarios iban a comenzar a pelearse entre ellos. Entonces el jefe del comité revolucionario se robó una caja donde había el equivalente a US$ 3.000 y no halló nada mejor que venir a esconderse a mi departamento el hueón, así que le sacamos lustre a la plata de la revolución, fuimos a restaurantes caros, nos compramos ropa…
–¿Esa fue su única participación en la Revolución?
-No… Después fui a otro comité revolucionario, pero no me admitieron, sino que me invitaron a una sesión solemne en el auditorio municipal donde un mendigo que vivía abajo de puente en París iba a dictar una clase magistral. Lo encontré increíble: llegó el gallo, un zaparrastroso, barbudo, cochino, piojento, y se mandó un discurso inimaginable. Pero para los marxistas fue una ducha de agua fría, porque ellos esperaban que él hablara de la injusticia social y él dijo: “noo, no estoy aquí porque he caído por la injusticia social, yo estoy ahí porque lo elegí, estoy ahí por vocación dijo, yo escogí ese tipo de vida” (se ríe).
-Sigue habiendo un gran distanciamiento entre el mundo académico y la sabiduría popular…
-Ahí está uno de los grandes problemas en Chile. Los caballeros que han manejado la política en Chile y que han organizado a su antojo la sociedad han partido de un tremendo prejuicio: el indio es un ignorante que hay que chilenizar, incorporar a la cultura vigente. Y de otro mucho más grave: que el hombre de campo, el peón, el huaso, la comadre, y todo ese grupo que dio la tradición criolla chilena, es gente ignorante que hay que educar. No saben nada. Sobre ese prejuicio se construyó la cultura ilustrada en Chile. La de Enrique Mc Iver, la de Benjamín Vicuña Mackenna, la de los grandes rectores de universidades. Cuando se editó por primera vez en Chile los refranes que se había recogido de las tradiciones orales, la prensa dijo que Vicuña Cifuentes perdía su tiempo ocupándose de la “cultura del vulgo”. Sin darse cuenta de que esos refranes son maravillas literarias. Llegas a la conclusión de que hubo sabiduría en el pueblo chileno y una sabiduría que yo considero superior a la de los estamentos ilustrados, que estaban preocupados del “desarrollo” del país.
–¿Hacía dónde nos llevó esos prejuicios?
-Condujeron por mal camino a los gobiernos de Chile y se empezó a producir esa separación que usted me menciona, entre la cultura ilustrada y la popular. Pero están los trabajos valiosos de los antropólogos chilenos de recoger la tradición oral. Sólo que lo hicieron porque estudiaron antropología afuera, en España, en Inglaterra, en Francia, y se dieron cuenta que acá había una veta estupenda. Eso durmió hasta la llegada de Violeta Parra, quien fue la gran figura del pueblo criollo chileno. Quien sacó la cabeza y dijo que esa cultura se estaba muriendo y que ella la debería salvar. Gracias a ella estoy metido en todo esto.
-En medio de todo ese contexto salió este año una reedición de su libro “Tao te King”, sobre Lao Tse… ¿Por qué recordar a ese pensador hoy?
-El libro es importante porque es una filosofía política china muy sabia. Y si lees alguno de los epigramas, te darás cuenta de que es un lenguaje muy moderno. Hay uno que dice “mientras más leyes y decretos se promulgan, más surgen los criminales y los ladrones. Mientras más eficiencia hay, tanto o más sumido en el desorden está el Estado. Mientras más actúa la gente con habilidad y astucia, más son los signos nefastos que aparecen”.
-¿Qué otras enseñanzas se pueden sacar de ahí?
-Es algo curioso: varios intelectuales indígenas mapuches se interesaron mucho en el libro de Tao, porque sintieron que esa sabiduría china corresponde a la sabiduría de ellos y que la interpretaba muy bien. Se trata de un hombre que vive en una época moderna y se acuerda de que actualmente los valores fundantes de la cultura china se han perdido, y que esos valores los tienen los sabios y santos de la antigüedad. Por eso dice, por ejemplo: “el buen gobernante no tiene planes propios de gobierno, hace suyo las aspiraciones más íntimas de su pueblo y está ahí para interpretarlas”. Ahí tienes tú una enseñanza que no ha pasado nunca de moda.
-Finalmente, en medio de la pandemia y de los procesos políticos a los que se enfrenta Chile se ha dicho que estamos en una época de individualismo por sobre la solidaridad. ¿Cómo cree que podemos recuperar la solidaridad?
-Para tener solidaridad hay que tener bien claro quién es mi prójimo y cuál es mi deber de amarlo y respetarlo como a mí mismo. Eso está muy perdido en la sociedad chilena. Eso no se puede generar desde afuera, con una buena legislación, con reglamentos, sino con un vuelco de consciencia. Mientras no se produzca el vuelco de consciencia, todo lo que tú hagas por presionar a la sociedad para que haya solidaridad siempre va a pifiar. Lo que abunda en Chile es el hombre astuto, el hombre que tira agua para su molino nomás, el aprovechador. Es lo que dice Tao: Mientras sea así, más signos nefastos aparecen. La naturaleza reacciona a esa supuesta astucia, como si dijera: “mira, hueón, la cagada que quedó”.
FOTOGRAFÍA DE ALEJANDRO VALDEAVELLANO






1 comentario en “El día en que Gastón Soublette contó sus historias íntimas y marginales”
Súper interesante la entrevista a Gastón Soublette, un hombre admirable por su interés y amor por lo chileno, en todos los planos.Que hermosa y justa su admiración por Violeta Parra. Sólo me resta decir q quizás esas anécdotas q cuenta son un poco fantasiosas, no se, me parece.