La imagen muestra a una mano con un cuaderno de catalán e ilustra el texto "Maldita sudaka, maldita latina", de Ignacia Godoy

Maldita sudaka, maldita latina

Ignacia Godoy desnuda su vivencia migrante: cómo es ser latina afuera de Chile, adaptarse, cuidarse, tratar de no molestar sin perder la vida en ello. Saber que un lugar no es suyo, pero intentar que lo sea.

Voy en mi cuarta llamada del día. Pareciera ser que por cada una que hago, la cosa se complica más. La última es la vencida, tengo una sensación de que esta vez sí funcionará, me escucho decirme como mensaje de positivismo tóxico para darme ánimos. Lo malo no dura para siempre. Oigo el sonido del otro lado del teléfono, bip, bip, bip, el tono se detiene. ¿Hola? Hola, mi nombre es Ignacia, estoy llamando por un piso que tienen para alquilar. El otro lado pareciera que no me ha escuchado y le repito el mismo mensaje con pequeñas modificaciones. Las palabras son clave, porque al menos ellas no me delatan. Vale, sí, no está disponible, lo siento. Le insisto, que el artículo sigue publicado y veo que aún sigue ahí. El otro lado me corta y me quedo mirando la pantalla de mi celular. Yo sé por qué pasó esto y sé la razón. El piso no se me alquila a mí pero sí a otros. La pena se transforma en frustración, la frustración en rabia. Con la rabia me movilizo, pero ahora no sé qué hacer.

Esta vez la migración voluntaria me costó mucho más, al contrario de lo que pensé. El país habla mi mismo idioma, una ventaja que antes no tenía. Pero las situaciones no son las mismas, dejé mucho más atrás y aquí nada se retribuye tan rápido. Tan fácil. 

Mi acento tiene que ser neutralizado, a pesar de que, apenas abro la boca, deja entrever quién soy, de dónde vengo. No imito el sonido de sus z, sus c, pero intento adoptar un tono de voz diferente. Me molesta admitir que lo he hecho, quizás me doy hasta vergüenza porque aún no termino de entender qué está pasando conmigo y por qué. Me importa demasiado lo que piensen de mí porque entiendo que es malo. Al menos lo que viene de la mayoría.

Cierro la libreta donde tengo los números de teléfono anotados y miro mi teléfono para intentar distraerme de lo que se viene en pocos meses: enfrentarme a no tener hogar. Entre las imágenes aleatorias que me muestra la pantalla, de una vida que dejé atrás y no me permite olvidar, veo todo aquello que extraño como momentos involuntarios que he querido evitar y la memoria también, pero ahí está mi celular diciéndonos que no, eso no lo deciden ustedes, eso lo decido yo. La liviandad con la que aparecen los videos de semanas atrás como si fuese ayer e incluso hoy, me generan un nudo en la garganta. Bloqueo mi pantalla y tomo un sorbo del té que ya está frío de tanto esperar a que lo beba. La taza me recuerda a esa época, la puerta de este piso también, las ventanas que dan a un patio interior, los sonidos de los vecinos, la sensación de que este no es mi hogar. No tengo ya un hogar.

Hace diecisiete años estuve aquí. Le tomé la mano a mi madre y le pedí que no me llevara al colegio esa mañana, no me sentía bien. Me preguntó qué me dolía, que cuál era mi malestar, pongámosle un nombre. Sin entender bien qué me pasaba no fui capaz de verbalizar nada con sentido. Tomé la mochila y me la posé en la espalda para salir por la puerta con mis hermanas. Debíamos caminar cinco cuadras hacia la entrada de la escuela, cinco cuadras en las que mi corazón latía más fuerte y  mi estómago gritaba señales de alerta. Preparé mis cuerdas vocales para pronunciar la última frase que le diría a ellas, mis hermanas, por el resto del día, despidiéndome, echándolas de menos. Deseando estar entre las cuatro paredes de mi hogar.

No entendí la palabra al principio. Nunca la había escuchado y tampoco me parecía haberla leído, visto por la televisión de mi país. Sudaka. Mi compañero me miró a los ojos y se dio la vuelta. El resto siguió conversando y preguntándome sobre mi origen. ¿Tenía internet? ¿televisión? ¿cómo eran las casas? ¿qué enseñaban en los colegios? ¿tenía cuadernos? ¿cerca de qué otro país quedaba? ¿era Chile? ¿Chili? ¿Chipre? Las contesté ingenua, entendí la necesidad de saber, también la tenía muchas veces, sobre todo en ese lugar. Algunas me llamaron la atención pero no dije nada, hasta el día de hoy no sé por qué. Entre las respuestas, la palabra volvió a mi mente. ¿Qué significaba? El criterio me vino después, cuando entendí el origen de la conversación y lo que insinuaban mis compañeros. Cuando le di sentido a esa palabra al decírsela a una amiga de universidad y cuando ella reaccionó de manera negativa, sorpresiva. Eso no se dice, eso es una ofensa. ¿Me había sentido ofendida? Recuerdo, hace 17 años, el día en el que me dejaron de hablar. Poco a poco. Un cambio casi imperceptible de compañeros de curso iban disminuyendo a mi alrededor. El habla se hizo cada vez más innecesario y los comentarios cada vez más frecuentes. No se le entiende cuando habla, es que casi no habla. Las miradas de los profesores sin saber qué contestar, reprobando con sus ojos a los alumnos más desinhibidos quienes se pararon y le gritaron al resto que ser conmigo en un grupo de trabajo era como ser con nadie. Con una sudaka.

España recibió a 9.341.782 inmigrantes solo durante 2024. De ellos, 5.998.734 son personas extranjeras nacidas en el extranjero. Los llamados sudakas, de quienes soy parte, son parte de los 20 principales grupos migratorios del país, donde figura Argentina, Colombia, Venezuela y Brasil, según un informe del Servicio Jesuita A Migrantes de 2024. En esta España con un porcentaje de migración del 20% del total de su población, aparece en las noticias una mujer peruana siendo golpeada por dos españolas. 

Estoy tomando desayuno con una amiga que vine a visitar, quiero saber si es sensato volver a este país después de mi primera experiencia, si las cosas han cambiado luego de esos diecisiete años. Revuelvo mi café con leche e intento concentrarme en la conversación que estamos teniendo pero las imágenes me distraen. Ambas nos distraemos. La mujer estaba sentada esperando a alguien, sin molestar, haciendo nada. Siendo nadie. Ellas se le acercan, alcoholizadas y muestran lo que piensan de verdad; que la odian, no quieren que esté aquí, quieren que se vaya a su país. A su origen. Lo piensan todos los días cuando la ven en el metro, atendiendo en locales de comida rápida, en los puestos de limpieza de los edificios, cuidando al abuelo del piso ocho. Intentando pasar desapercibida y al mismo tiempo sobrevivir. Ahora el video la muestra en el suelo mientras las dos españolas están pateándola con rabia, otra muy distinta. La mujer les grita que paren, pide ayuda pero nadie llega a auxiliarla. Ella es nadie. Maldita sudaka. Choco mis dientes y suspiro profundo. Me revuelve el estómago saber que vivo en un país donde pueden ocurrir estas cosas, donde ocurren estas cosas. Sé que aún no me pasa porque mi piel es más clara. Más parecida a la de ellas, a las dos españolas. Pero mi acento me delata. Hablar es mi debilidad. No quiero sentir que hablar sea una debilidad, tampoco la piel, tampoco ser sudaka.

Vuelve a levantarse y a mirarlas para decirle que están locas, que qué les pasa, que no les ha hecho nada. Maldita latina. Pero ya no hay nada que las pare, ni siquiera la persona que está detrás de la pantalla del celular grabando todo sin emitir ni una palabra.

Yo vuelvo al país que me hizo sufrir y no entiendo muy bien por qué.

Mis clases aún no comienzan y tengo mucho tiempo libre entre manos. Decido quedarme la mayor parte del tiempo echada en el sofá del piso alquilado con muebles repletos de pelo de perro desconocido. Por este lugar fuimos estafados y lo sabemos, lo supimos cuando nos pidieron el dinero en efectivo por un pago que no nos correspondía y lo sabemos ahora que todo lo que nos dijeron tenía el departamento no era verdad. Nos contestaron el teléfono y decidieron “jugársela”, “hacer sacrificios”, “confiar en nosotros”. Contamos los billetes uno a uno porque no nos sobran, y tomamos agua para pasar el trago amargo de haber utilizado todos nuestros ahorros. Nos deben dar cinco euros de vuelta y les decimos, por cortesía, que no se preocupen. Esperamos a que nos lo devuelvan, sin embargo, por cortesía, porque saben lo apremiante que es para nosotros. Entre ellas se miran y comienzan un juego que identifico de inmediato. Tómalos tú, hiciste mucho para que se los alquilaran, te lo mereces. Que no te dé vergüenza, tómalos tú. Veo el billete encima de la mesa y me siento sucia, encarno en ese pedazo de papel que no es más que eso y que se están pasando de mano en mano delante de nosotros. Se desliza de una esquina a otra mostrándonos la constante tentación de tomarlo y decir que si ellas no lo quieren nosotros sí. Lo necesitamos. Ella lo toma en silencio, mirando a la otra para confirmar que el juego ha funcionado una vez más. Nosotros tenemos un piso, ellas el dinero.

Aprovecho de tomar un poco de luz en el sofá porque de lo contrario pierdo la oportunidad por el resto del día. Hago el desayuno, ordeno y paso la aspiradora intentando no hacer demasiado ruido. Voy a botar la basura saludando a los vecinos que, la mayoría de las veces, no me saludan de vuelta. Paso por la puerta de aquel que nos acusa de hacer fiestas los días de semana, a pesar de que nosotros no ponemos siquiera música. Sabemos que está implicándonos en un problema y queremos ignorar el factor sudaka. Quizás es una persona extraña, quizás no es nuestro origen.

Los delitos de odio en España crecieron en un 33% durante 2023, la cifra más actualizada según el Ministerio del Interior, y la mayoría están relacionados con el racismo y la xenofobia. Durante 2024, las denuncias por los mismos crímenes llegaron a 2.000 en total, veo las noticias que lo celebran, no es tanto, dicen, pero yo sé que la mayoría de nosotros no denunciamos ni la más mínima diferencia. Denunciar es engorroso, más fácil es pasar desapercibido.

Camino hasta el supermercado y escojo los elementos que necesitaremos para preparar almuerzo. No almuerzo, comida, como le dicen acá. Al llegar a la caja, no veo sitios de autoservicio así que hago la fila para que una mujer me atienda. Su sonrisa es notoria y veo que su rostro tiene algo agradable, inocente y agradable, que me relaja. Llega mi turno y dispongo los elementos en la barra negra para que ella los pase por el dispositivo. ¿Quieres una bolsa? Le contesto que no, gracias. Veo en sus ojos el cambio e intento engañarme de lo contrario. La sonrisa ya no está ahí y la mirada de hastío es todo lo que me absorbe cuando me pregunta si voy a pagar con tarjeta o efectivo. Tarjeta, le contesto. Sin responderme de vuelta pone frente a mí la máquina para pagar. Le doy las gracias, le digo que tenga un buen día, pero ya no me mira. Ha vuelto la sonrisa para quien viene después con el acento que debería ser. La persona que debería estar ahí. El país de donde debería venir.

Estamos en un círculo, algunos sentados en una banca, otros en el suelo. Frente a mí está ella. Están ellos a mi lado. No los conozco, es primera vez que conversamos algo fuera de la sala de clases y no recuerdo ni sus nombres. Algunos comentan el lugar donde viven y otros me preguntan dónde vivo yo. Les contesto el barrio y les contesto mis impresiones de él a pesar de que no me las pidieron. Aquí no me preguntan mucho. Una de las respuestas le llama la atención y decide que merece un poco más de su tiempo. Ese lugar está lleno de inmigrantes, latinos. Solo una de mis compañeras contesta, es ella la que vive ahí. ¿Por qué dices eso? Porque es así, son ignorantes, poco inteligentes. El resto se queda en silencio. Entre ellos veo a mi compañero latino, como yo, me veo a mí y la veo a ella, otra latina más. Los tres nos quedamos en silencio. El silencio es más seguro que la respuesta. Tememos las repercusiones de no ser aceptados por quienes no nos quieren aquí. La conversación sigue sin detenerse más en algo que no es correcto, pero que parece que a nadie le molesta demasiado. Nosotros tres nos quedamos en silencio. Nosotros tres preferimos el silencio.

Hoy me he levantado y he ido a pasear a mi perro. Saludo al resto de los dueños de su especie con un gesto leve, un movimiento casi imperceptible de cabeza. Escucho comentarios sobre lo guapo que es, sobre su raza, yo solo sonrío. Camino hacia el negocio para comprar pan para el desayuno y utilizo las palabras más neutras posibles que no delaten mi procedencia. Ya me he acostumbrado a adoptar un tono diferente al mío. Una pronunciación que no me es natural. Frases que debo sobre pensar.

Me devuelvo al piso alquilado y me encuentro con el vecino de abajo. Le saludo con un hola y uso esa palabra que sé que todos usan acá. No le pregunto qué tal, no le digo que tenga un buen día. Es demasiado largo, es demasiado latino.

Abro la puerta de mi casa y respiro profundo. Le saco la correa a mi perro y la cuelgo en un lugar que habilitamos para eso aunque no lo sea. Aquí tampoco me siento a salvo. No es mi hogar, pero intento que lo sea.

Suena mi teléfono y del otro lado del auricular me llama una mujer que quiere venderme algo que no necesito y que no tengo dinero para pagar. Me sorprendo contestándole un gracias con una pronunciación que no es la mía. Le corto rápidamente y me siento en el sofá. Miro hacia la ventana y recuerdo cuando ella se despidió de mí el último día de clases hacía 17 años. Has cambiado el tono, ahora tu acento es mucho mejor, tienes un acento como el nuestro.

Cuento las palabras pronunciadas en un día: 120, 119, 118, 117, 116. Veo cómo, progresivamente, el número va siendo más y más pequeño que el anterior, cómo va ocupando menos espacio en la página. Ocupando menos páginas. Dejo de registrarlo porque me siento perdida en el sentimiento. Pierdo el saludo, pierdo la frase, pierdo la palabra y pierdo la voz. Las palabras se me hacen difíciles y cada vez se trancan con más dificultad a lo largo de mi garganta.

No me atrevo a hablar. Sé que no soy la única aquí, en España, pero tampoco soy la única en el resto del mundo. Eso, aunque suene lo contrario, me alivia.

Me quedaré aquí si quiero quedarme y busco los motivos por los que decidí venir. Son más, a pesar de que se sientan tan pequeños. Me miro en el espejo, miro a la sudaka que decidió volver al país que la rechazó 17 años atrás. Ahora es ella, nuevamente, quien ha cambiado. El país sigue igual.

1 comentario en “Maldita sudaka, maldita latina”

  1. Es una historia curiosa, me pasó algo parecido a lo que relata, (no lo del episodio de la secundaria) pero sí en el sentido de la «sensación». Viví en Madrid por casi 10 años, fue amor a primera vista y desde allá conseguí las becas para hacer un doctorado, que finalmente termine después de muchos años, el tiempo en yo que con/viví con/en Madrid, los discursos xenófobos y de odio, no resultaban tan excesivos como los que estamos viendo hoy en día, tengo la impresión que comenzó a gestarse justo en el periodo en que yo estuve allá. Interesante su pluma, intentaré continuar leyéndola. Un saludo! y mucha suerte. Cuídese.

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