En el momento más hondo de esta oscuridad llegué a perder la capacidad de hablar. Me costaba articular frases completas. Sentía que no tenía vocabulario. Sentía que me equivocaba, que arrastraba las pocas palabras que debían salir de mi boca. Actuaba, sobreactuaba. Era agotador. No podía razonar bien. Sentía la boca seca, los músculos del rostro rígidos.
Algo que no me había ocurrido. La sensación es extraña y desconcertante. Comencé a sentir envidia de la gente que se reía. Ver reír a alguien me parecía maravilloso. Yo no podía hacerlo. Era un esfuerzo. No podía hacerlo espontáneamente.
En este último tiempo sentí que estaba actuando. Que intentaba interpretar mi mejor versión, o más simple, ser una persona auténtica: alguien que ríe, llora y disfruta. Pero no. Algo andaba mal.
Yo, que he buscado la comedia por sobre la tragedia, estaba instalado en el fondo de la oscuridad, hundido sin matices, sin horizonte en lo gris y en lo oscuro, como en los lienzos rectangulares de Mark Rothko, que realizó antes de suicidarse en 1970.

Hijo de un padre alcohólico y una madre sobreviviente de la dictadura -que lloraba para las navidades porque extrañaba a su hermana desaparecida- siempre me propuse que la risa tuviera más presencia en mi vida que el llanto.
Por eso, cuando en la biblioteca del colegio, descubrí la obra de Nicanor Parra me deslumbró. La vida es absurda, precaria, la vida no tiene sentido, pero también es un misterio, una carcajada y una paradoja, donde hay que aprender a vivir en la contradicción sin conflicto.
Llegué a un punto que no podía reír, pero tampoco llorar. No disfrutaba con lo que me apasiona: leer, escribir, ver una película, una obra de teatro. Incluso conversar. Y salir a correr, cuestión que hago tres veces por semana, por el parque Quinta Normal, no me producía la satisfacción de antes.
Y, sobre todo, en este último tiempo, no disfrutaba con M, una inteligente y hermosa persona, a quien quería y admiraba, con quien leíamos juntos, nos reíamos juntos, y compartíamos intereses en común. Sentía que todo era un esfuerzo extraordinario.
Comencé a tomar Coca-Cola y café en exceso intentando buscar una energía que estaba perdiendo. Cuando alguien me preguntaba ¿Cómo estás? Respondía como si fuese una broma: “Nunca había estado tan mal” y en seguida esbozaba una sonrisa, cambiaba de tema y cualquier reacción era relativizada. Pensaba que no estaba tan mal. Pero me equivoqué.
***
Por esos días oscuros me repetía en la cabeza el título de un libro que había leído hace algunos años: Esa visible oscuridad, de William Styron, donde el autor estadounidense se refiere a su depresión, antiguamente denominada tristeza o melancolía. Además, recordaba el inicio del Infierno, de la Divina Comedia, como un mantra entre tinieblas: “Hacia la mitad del curso de nuestra vida me perdí en una selva oscura”. Hasta aquí solo palabras. Buscaba pistas, huellas, señales. Pensaba que lo que me sucedía era algo transitorio y que pronto me sentiría mejor.
Sobre los hechos: a inicios de año había pasado situaciones complejas en el ámbito familiar incluyendo una internación de mi madre en la Posta Central, de Santiago (donde ha vuelto en este último tiempo). Quedé como su cuidador. Soy su cuidador y es un desgaste emocional que no siempre es visible. Con el paso de las semanas comencé a sentir molestias en mi estómago. Mi estómago comenzó a hablar por mí. Tuve una baja de peso. El doctor mandó a hacerme endoscopia, colonoscopia y una chorrera de exámenes de sangre. Hasta que llegué de regreso con los resultados y el doctor me dijo: los exámenes están bien, usted está sano.
En el momento más hondo de esta oscuridad llegué a perder la capacidad de hablar. Me costaba articular frases completas. Sentía que no tenía vocabulario. Sentía que me equivocaba, que arrastraba dificultosamente las pocas palabras que debían salir de mi boca. Actuaba, sobreactuaba. Era agotador. No podía razonar bien. Sentía la boca seca, los músculos del rostro rígidos. ¿Dónde estaba mi lenguaje? No podía expresarme de manera normal. No lograba articular bien las ideas, hacer asociaciones y la memoria fallaba. Me sentía sumamente torpe y vulnerable.
Esto último, lo explica mejor Julia Kristeva en su libro Sol negro. Depresión y melancolía: “Recuérdese la palabra del depresivo: repetitiva y monótona. En la imposibilidad de concatenar, la frase se interrumpe, se debilita, se detiene. Los sintagmas no alcanzan a formularse. Un ritmo repetitivo, una melodía monótona dominan las secuencias lógicas quebradas y las transforman en letanías recurrentes”.
Comencé a acostarme más temprano y levantarme era un esfuerzo. Nada tenía mucho sentido. Escribir una crónica, un texto, la reseña de un libro se transformaba en una tarea desgastante, que prefería abandonar. Le dije a M, luego de ver una obra de teatro, un viernes, repentinamente, con la boca seca y la sensación del rostro rígido, que quería estar solo, que quería recuperarme, que tenía depresión, que no podía estar con ella. Escape, huí, hacia mi propia oscuridad.
Diagnosticado y medicado desde los 20 años -hoy tengo 47- le había omitido a M, que padecía de depresión. Siempre me costó asumir este diagnóstico. Me sentía inferior, veía al resto con más herramientas que yo para sobrevivir. Sentía que era una enfermedad con muchos prejuicios sociales. Sin embargo, en los últimos años, con una baja dosis de remedios, deporte, alimentación sana, buen dormir, había logrado una estabilidad agradable. Pero ya no estaba bien. Tenía dificultades para concentrarme, dormía mal y poco y me costaba tomar decisiones.
Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), la depresión continúa ocupando la principal posición entre los trastornos mentales. A nivel mundial, se estima que un 5% de los adultos sufren depresión y que afecta más a las mujeres que a los hombres. Más de 350 millones de personas en el mundo padecen depresión. En Chile, según el último informe del Termómetro de la Salud Mental, un millón 800.000 personas presentan síntomas de depresión moderados o severos.
La literatura siempre ha sido una compañía, un refugio. Revisé las marcas, los subrayados, que había dejado en el libro Un Dios salvaje -Ensayo sobre el suicidio-, de Al Alvarez, donde una de las primeras citas que asoman son versos de Sylvia Plath: “Morir / es un arte, como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien”. Además, transcribo del volumen una cita de Cesare Pavese, quien se suicidó en una habitación de hotel en Turín, en 1950: “Uno aprende que la única manera de escapar al abismo es mirarlo, medirlo, sondear sus profundidades y bajar”. Entonces había que caer, porque yo quería salir.
Sobre el suicidio, recordé una anécdota con Nicanor Parra, estando un día en su casa de Las Cruces quien, con la mano vertical sobre los labios, como si le susurrara un mensaje secreto a un niño al oído, me miró y dijo: “Mijito, mijito, mijito, el tata se suicidó”, soltando una carcajada, ante el absurdo que podría significar matarse, en el caso de él, entonces un abuelo de más de 90 años. El hermano mayor de la Violeta -a quien le decían Tito- cuando podía narraba un sueño, donde la hermana suicida subía una escalera y en un momento se giraba y le decía: “No seas tonto. Tito, mátate”.
En mi caso decidí revolcarme en la cama. No tomaría ninguna decisión extrema. No quería. No podía. Además, había visto hace pocos días, en las noticias, la historia del arquero de fútbol de San Antonio Unido, Cristóbal Campos, a quien le amputaron su pie derecho luego de un accidente automovilístico. Lo que confesaba en televisión era que luchaba con una profunda depresión y no era la primera vez que intentaba quitarse la vida.
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Uno de los últimos emails que recibí de M fue un párrafo que ella extrajo del newsletter de editorial Anagrama llamado “De lo que no se puede escribir”: “¿Desde dónde escribe quien convierte su vida en narrativa? ¿Qué deja fuera? ¿Qué deforma? ¿Piensa en la dimensión estética o en cómo la escritura le permite ordenar y entender una experiencia límite?”.
Llevaba varias semanas intentando entender lo que me ocurría. Pensaba que era algo pasajero, pensaba que saldría pronto de la oscuridad. Pero no. Estaba llegando a una experiencia límite. Estaba ingresando a las profundidades de una pesadilla abrazado por la depresión.
Ante mi torpeza mental y la incertidumbre, comencé a revisar libros como El demonio de la depresión, de Andrew Solomon -cuyo epígrafe de Bulgákov dice “Todo pasa: el sufrimiento, el dolor, la sangre, el hambre, la peste”.-; La moda negra, de Darian Leader, e incluso ante esa carencia de lenguaje, las palabras convertidas en fantasmas, consulté el libro Manual de gramática del español y volví a las Investigaciones filosóficas, de Wittgenstein, donde ocupa la analogía del lenguaje como una caja de herramientas.
Me sentía carente de palabras, sin herramientas. Necesitaba llegar a algo. También volví sobre una libreta de notas, donde había apuntado de Centauro, de Isidora Stevenson, la frase:
“Las palabras de consuelo nunca han consolado a nadie”.
En la misma libreta había anotado dos frases extraídas del cortometraje La voz humana, de Pedro Almodóvar, basado en un monólogo de Jean Cocteau:
“Soy un escombro, una ruina de lo que fui”.
“Cuando pierdo la cabeza también pierdo el sentido del humor”.
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Llevaba tantos años bien, con un ánimo estable, que me costaba identificar lo que me sucedía o quizá no quería reconocer lo mal que me encontraba. De a poco comencé a comprender que estaba sumido en un estado depresivo.
La etimología de la palabra depresión significa opresión, abatimiento. Estaba hundido y ahogado en mi propia oscuridad. Contacté a mi psiquiatra. Tras una consulta, se produjo el aumento de algunas dosis y el ingreso de otros remedios como refuerzo. El diagnóstico: un episodio depresivo mayor.
Han pasado pocas semanas de los días más complejos y leo lo que he escrito hasta ahora y todo parece muy razonable. Las palabras se ordenan coherentemente, calzan con el mensaje, y logro articular, en la escritura, los efectos de las horas oscuras. Sin embargo, recuerdo que por entonces apenas lograba hablar. No podía concentrarme, redactar un email. No salían las palabras. Escondidas en su propia oscuridad, se asomaba un lenguaje precario, básico y torpe.
Mi psiquiatra me monitorea cada día como un faro. Es hora de que salga la luz, que fluyan las palabras y que algo nuevo se asome. “La verdadera seriedad es cómica”, decía Nicanor Parra, y yo deseo ponerme serio, muy serio, para volver a sonreír.






1 comentario en “En el fondo de la oscuridad: un relato sobre la depresión ”
Acá, en Argentina, estamos viviendo una época que copia la dictadura que ya sufrimos, en donde hay más de 30.000 desaparecidos y 400 hijos que no saben su verdadera identidad. Volver al trauma es 2 veces trauma dijo mi terapeuta cuando le planteé que estaba deprimida. Y al leer tu nota, pensé en tu mamá, en dónde está y en que te convertiste en su cuidador, con todo lo que trae aparejado esto, que tiene nombre «el síndrome del cuidador», pero sobretodo, ella sobreviviente cuya culpa de sobrevivir debe haber sido trasladada inconscientemente durante tantos años, ahora vuelta a padecer y vos a su lado, que quitan la sonrisa, las palabras, las ganas a cualquiera. No es consuelo es una realidad para aceptar y seguir porque como decía Zitarrosa en Guitarra negra y estaría bueno leerlo todo para comprender lo poco que pongo, él decía, dice: » Hago falta. Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco. Si no estoy. Siento que hay un sitio para mí en la fila. Que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta. Que defraudo en la espera…
Saludos. Cristina.