Crédito: Julia Toro

La eterna juventud de Julia Toro

A sus 91 años, la fotógrafa chilena sigue en plena producción. Conversamos con ella pocos días antes de la inauguración de su muestra Culto al ego, en la galería Aninat.  Como si no bastara, en septiembre, en España, se estrena un documental con su historia; mientras que un libro de conversaciones con la escritora Andrea Jeftanovic está en la búsqueda de editorial. Aquí un viaje al mundo de Julia Toro.

Fue una epifanía, una revelación. De pronto la vio como no la había visto en sus siete meses de embarazo, como no la había visto en toda su existencia. Su hija se desnudaba en la habitación dejando ver una panza llena de vida, mientras la luz de la ventana se colaba impúdica. Julia Toro pasaba por ahí, vio el canasto de mimbre en el suelo, el abrigo negro colgado en la pared, la ventana abierta en lo alto y a su hija a medio desvestir. Entonces, con la ligereza de sus 38 años, corrió donde su pareja, el fotógrafo Jaime Goycolea, para decirle que fuera hasta la habitación del lado para ver lo que ella había visto, para inmortalizar la imagen, para que la fotografiara. Pero él se quedó donde estaba, se sacó la cámara que le colgaba del cuello y se la entregó a ella. Esa mañana, Julia Toro disparó sobre la escena y descubrió que el mundo a través del rectángulo era más bello de lo que suponía. 

Han pasado 54 años de ese momento y a Julia Toro los ojos le siguen brillando cuando vuelve a ese día o habla de fotografía. No se trata de un ejercicio de nostalgia, como quien recuerda los días de una juventud a la que ya no se puede regresar. No. Porque Julia Toro y la fotografía siguen coqueteando al punto que hace unas semanas, en la galería Aninat, esta artista oriunda de Talca inauguró su nueva muestra fotográfica, Culto al ego, una serie de retratos postpandemia que hizo en el living de su casa tras una convocatoria abierta hecha por redes sociales a quienes quisieran posar para su lente. 

—En realidad, mi hijo me puso una trampa. Sin decirme nada, me instaló un taller en la mitad del living, me trajo unas cámaras de última generación, con un foco de miedo. Y yo caí en la trampa —dice Julia, sentada en un sillón en su casa de Pedro de Valdivia, cerca de Irarrázaval. 

Julia Toro no parece una mujer de 91 años. Su cabeza encanecida deja ver todavía algunos mechones negros, casi una metáfora de esa juventud que se resiste a abandonar. Pervive en ella —en su mirada, en su sonrisa— esa rebeldía heredada de sus lecturas, de sus amistades y de su deseo profundo de no ser una mujer promedio, de no ser una chilena sometida a la norma. 

Hija de un padre odontólogo y de una madre pianista, siendo una niña cambió Talca por Santiago, donde creció en la casa de sus abuelos. Estudió en un colegio inglés y se alimentó de un círculo familiar culto liderado por el clan Donoso, en el que se encontraba el escritor José Donoso. Apenas salió del colegio se casó con Patrick Garreaud y tuvo tres hijos: Patrick, Julia y Bernardita. Llevó una vida convencional hasta que a fines de los 60 se cansó de eso. Se divorció de su marido, se emparejó con el fotógrafo Jaime Goycolea —de cuya unión nació su hijo Mateo—, y descubrió un mundo distinto del que ella fue testigo observándolo todo a través del visor de la cámara. Los retratos más emblemáticos de la resistencia cultural de los años 80 son suyos; artistas como Carlos Leppe, Juan Domingo Dávila, las Yeguas del Apocalipsis, Vicente Ruiz, los escritores Diamela Eltit y Martín Cerda o los poetas Jorge Teillier y Raúl Zurita, son algunos de los rostros que Julia atrapó en un disparo.

Crédito: Julia Toro.

—Me ha tocado tener la gracia de que pase cualquier cosa inusitada y yo tener la cámara colgando, y ser rápida. Creo que eso es un poco ser fotógrafo. La ilusión de que lo que estás viendo no alcanza y no logras hacer todo el propósito, sólo disparas y es placer.  

Su obra ha trabajado en distintos ámbitos. El tema familiar, doméstico, ocupa parte importante. Las ollas, las teteras, las escenas cotidianas, caseras, son parte de su imaginario. También la maternidad y la crianza. Por ejemplo, una de sus muestras más célebre es Historia de un niño chileno, donde registra el crecimiento de su hijo Mateo, desde el mismo día en que nació —el 12 de septiembre de 1973— hasta verlo convertido en un adolescente de 17 años que se besa con su primera polola, justo cuando la dictadura baja el telón. La fotografía social, el erotismo, las relaciones de pareja, completan los temas que la han movido y que han dado forma a dos libros emblemáticos: Amor por Chile (Editorial Ocho Libros, 2011) e Hijos (Editorial La Visita, 2018). 

No son las únicas publicaciones. En abril de 2022, la editorial Lumen presentó Diarios, una muestra del ejercicio escritural que Julia practica desde la adolescencia. Se trata de 43 volúmenes —la selección publicada se alimenta de los escritos comprendidos entre 1983 y 2019— en los que «hilvana con sutileza recuerdos de infancia, su dimensión espiritual, la esfera amorosa, los hijos, el oficio y los avatares de la vida artística, sus lecturas, el paso del tiempo, los duelos, los malestares físicos y el tránsito de la vejez», según detalla en el prólogo la escritora Andrea Jeftanovic. 

En ese texto, Jeftanovic escribe: «Tras el primer matrimonio Julia Toro se permite una segunda vida, con todos los costos que implicaba para una mujer de clase acomodada en los años 70 en Chile. Allí comienza una vida de bohemia, llena de plenitud y riesgos. A esto se sumará, más adelante, la segunda separación, con sus idas y vueltas ambivalentes y sus consiguientes celos y desencuentros. Pareciera que entre circunstancias los cuadernos hacen de terapia respecto al duelo amoroso. Después habrá otras experiencias, con hombres más jóvenes, con lazos más libres». 

Abro el libro y leo al azar.

«De repente me aburro de ser yo, día tras día, cada vez más cerca de la muerte» (martes 9 de abril, 2013).

Otro: «Ganó Chile dos a cero a España, vi el partido primero con la Francis y su hija, pero ella se puso a hacer muchos ruidos y a agitar una bandera, así es que me fui a mi pieza y continué viéndolo sola. Muy lindo espectáculo, me aburrí un poco y también se me aceleró el corazón en los momentos culminantes. Chile se volvió loco y los chilenos locos son terribles» (miércoles 18 de junio, 2014).

Uno más: «El estallido social es una bomba muy potente. En estas pocas horas estamos con toque de queda y colas en los supermercados. Pero todo es tan nuevo. La gente no ha respetado el toque. Las plazas se llenan con niños y ancianos incluidos. La juventud salta, salta, ¡hay insurrección, desobediencia y alegría!» (lunes 21 de octubre, 2019). 

Esos diarios Julia los escribió, inicialmente, en los cuadernos sin terminar de su hijo Mateo, entremedio de las tablas de multiplicar; luego, cuando sus amigas supieron de su afición por la escritura, comenzó a escribir en los cuadernos que le regalaban, más finos, traídos de diferentes lugares del mundo. 

Julia Toro no ha dejado de escribir. «Yo escribo todas las noches. A veces en el día también. Frases, párrafos breves. Escribo a mano, porque me gusta escribir limpio, con buena letra. Uso goma, si me equivoco borro; no me gustan los tachados», dice. Y luego de ajustarse el audífono de su oído derecho agrega: «Me hubiera gustado ser escritora, de esas que se sientan a escribir tres o cuatro horas y siguen. De algún modo, yo he escrito varias novelas fotográficas. Se podría decir que hay literatura en algunas fotos mías».

—¿Está pensando en alguna en particular?

—Hace un tiempo hicimos un taller en el GAM con Andrea Jeftanovic. Era de literatura y fotografía. La idea era ver cuán estimulante podría ser una fotografía para un escritor. Yo llevé unas fotografías mías para ver qué se les ocurría. Inventaron las cosas más inverosímiles, muy distintas. Para mí la fotografía ha sido otra forma de lenguaje, la más importante, aquella a la que más me he volcado. Pero escribir me gusta mucho.

De desnudos y carnés

Julia Toro vive con su hijo Mateo (51), quien es licenciado en Lengua y Literatura Hispánica por la Universidad de Chile y magíster en Análisis del Discurso por la Universidad de Buenos Aires. Él ha sido clave en los últimos trabajos que ha llevado adelante su madre y en hacerla volver al redil fotográfico.

—Ya no hago fotografía análoga, desde el año 2000 en adelante solo digital. Incluso estuve un tiempo tomando fotos con el teléfono y eso me llevó a pelearme con la fotografía y no querer saber más de ella. Me saturó. ¡Toda la gente con teléfono… los niños, qué pasa! Entonces le tomé una fobia… hasta que mi hijo me puso la trampa.

Mateo quería que ella volviera a hacer fotos y para eso se le ocurrió, ya que Mahoma no iba a la montaña, llevarle la montaña a Mahoma. Instaló un estudio fotográfico de última generación en su casa, con luces y trípode para la cámara de tal manera que a su madre no le diera trabajo sostenerla en sus manos. 

—Comencé a trabajar en una serie de retratos a parejas gays que tuvieran un proyecto de vida —cuenta Julia—. Ellos llegaban con sus perros, porque en vez de tener hijos ellos adoptan un perro. Lo pasamos muy bien y las fotos quedaron muy lindas. Espero en algún momento mostrarlas. Postulé a un Fondart pero no me lo gané y ese proyecto quedó en stand by. Entonces se me ocurrió ¿por qué no hacer retrato a la antigua usanza, de los tiempos en que la gente iba a tomarse una foto con los fotógrafos? Lo que empezó como un juego de pronto se convirtió en otra cosa, porque me di cuenta de la profundidad que tenía el retrato en sí. No era un juego, sino un enfrentamiento con el ser. 

La convocatoria la hizo Mateo —que también es el responsable de las postulaciones al Fondart y del montaje de sus exposiciones— y las respuestas no demoraron en llegar.

—Ocurrió algo muy lindo con mi primera clienta, porque cuando ella llegó me dijo: «Yo quiero un desnudo». Yo había hecho desnudos, pero otra cosa era con el espíritu de fotografía de estudio; eso no lo había hecho nunca, además con los espacios limitados. Fue un bonito desafío.

Esa primera clienta fue la fotógrafa Ximena Hinzpeter. Había leído su libro Diarios y se había enamorado de ella. Tenía cierta experiencia en hacer desnudos porque su pareja de entonces prefería los desnudos a las selfies. Cuando se lo dijo a Julia ella vio el sillón que tenía en el living, eligió un espejo y Mateo fue a comprar una tela roja. En la mente de la fotógrafa ya asomaba como referencia La venus del espejo, de Velázquez. 

—Fue una sesión muy relajada. Sintonizamos muy bien porque a mí no me gustan las fotos posadas y Julia es de la idea de que la gente pose de sí misma, que sea lo más auténtica posible. Yo tengo varios desnudos, pero el que me hizo la Julia es por lejos el que más me gusta. 

Tal como en el retrato de Velázquez, Ximena posó de espalda y su rostro aparece mirando a cámara desde el espejo. La fotografía es prácticamente una pintura y una de las mejores piezas de Culto al ego. 

Crédito: Julia Toro
Crédito: Julia Toro

Julia estuvo cerca de dos años haciendo los retratos del proyecto. Fue un tiempo que disfrutó, no solo por la técnica impresionante de las cámaras, sino también por esa relación que estableció con cada uno de sus retratados: «Se produce algo especial, es una relación que está a medio camino entre el confesionario y la ida al psicólogo. La gente llega a las sesiones de manera inocente y te entrega su cara para que la fotografíes. Pero no cachan nada. Y ahora, ¿qué? Entonces, uno ayuda, le dices relájate, ponte de ese lado, y lentamente, con esas instrucciones básicas, la persona se va relajando y tú buscas no solo que salga bonita sino también que el retrato ofrezca una característica personal, algo que la identifique, que no sea como un carné de identidad, aunque me encantan».

—¿Le gustan las fotos del carné de identidad?

—Porque esa es la ley y tú tienes que cargar con esa cara ante la ley. 

—¿Está contenta con su foto de carné?

—Nunca, nunca, pero he llegado a tener, de repente, unas fotos bastante buenas. Es que la foto del carné es otra cosa. Porque uno no establece una relación con el fotógrafo sino con la cosa cívica. Fíjate que yo tenía una abuelita que salía en la fotito de carné mirando para el lado. Debe haber tenido el número treinta y cuatro mil, por decirte algo, bien antigua, pero la foto era una joya. 

Piedras y proyectos

Julia Toro trabajó durante largo tiempo como profesora de inglés y tomó clases de dibujo y pintura con grandes maestros como Thomas Daskan, Carmen Silva y Adolfo Couve, antes de que el ángel de la fotografía se convirtiera en su dulce compañero. De Couve, en particular guardó bellos recuerdos: «Mirar a un artista expresarse ya es una lección. Tuve la suerte de ver a Adolfo hacer un par de murales y luego estuve en su taller como alumna. Era un ser absolutamente excepcional que dejó en mí una huella. Fue un privilegio haberlo conocido».

—¿Qué encontraba en la pintura?

—Contentamiento. Pareciera imposible que uno pueda transmitir lo que a uno le gusta, lo que siente. Pero eso tiene la pintura, la manualidad, el dibujo… La pintura para mí es un estado único, maravilloso. Es una de las cosas con las que más disfruto hoy en día. Desgraciadamente problemas en la espalda no me permiten pintar mucho rato.

—¿Y qué pinta?

—Piedras. 

Sobre un mesón hay varios de los trabajos que ha hecho sobre piedras lisas del tamaño de la palma de una mano. Hay retratos de escritoras que admira como Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik o María Luisa Bombal. También reproducciones de cuadros célebres, como El grito, de Munch, La maja desnuda, de Goya, o Nighthawks, de Hopper, las que además forman parte de la muestra Culto al ego, como una sección más íntima del trabajo de Julia. 

—Partí pintando los San Sebastián, que es el santo patrono de los gays. Reproducía ese santito que venden afuera de la iglesia, el más kitsch.  Hice varios y los vendí todos. Después alguien me hizo ver que se me daba con cierta facilidad el llevar una pintura grande a este formato más pequeño. Y así empezó todo. 

En este arte de la miniatura, Mateo también ha sido clave. «Mi mamá antes hacía retratos en croqueras, incluso todavía los hace. Tiene muchos.  Pero de repente dejó de pintar en las croqueras. Yo le insistí que volviera a pintar. Fui bien catete hasta que volvió a tomar los pinceles», dice. 

Crédito: Mateo Goycolea.

Es él quien le lleva los tubos de acrílico, quien compra los pinceles, quien se encarga de llevarle piedras, aunque Julia a quien la visita le pide que se acuerde de ella y que en caso de ver una piedra de la medida que ella trabaja la recoja y se la lleve. 

No es lo único que la tiene ocupada por estos días. Junto a Andrea Jeftanovic están ultimando las correcciones a un libro de conversaciones sobre fotografía, que está a la espera de alguna respuesta editorial para ser publicado. Por otro lado, su hijo Mateo está finalizando un documental sobre su madre que se estrenará en España en el mes de septiembre, para ser exhibido en salas nacionales en el mes de noviembre. 

—Es un documental más bien experimental, no sigue las reglas clásicas del género. Es el resultado de cuatro o cinco años de registros —dice Mateo. 

—Yo lo encuentro genial, además que Mateo me muestra muy buena moza, muy joven, me saca estupenda —dice Julia. 

La fotografía, siempre la fotografía

Después de esa instantánea que Julia Toro tomó a su hija embarazada, la fotografía comenzó a entrar lentamente en su vida. «Fue un proceso, esas cosas no pasan de un día para otro, pero es cierto que desde aquella vez no paré más. Disparé esa primera fotografía, me quedé con la cámara y terminé el rollo».

—¿Hay otras fotos que usted recuerde que hayan sido igual de significativas porque en ellas pudo descubrir algo?

—La foto de los obreros de la construcción, la que se llama Amor por Chile. Aunque hay una serie de fotos que caben dentro de ese título. Cositas pequeñas pero que significan mucho. El mundo de la cocina, la tetera que es muy simbólica y que para mí es una señora con falda, es un pájaro echado. No hay nada mejor que entrar a una casa y ver una tetera. 

—¿Cuál de sus fotografías representa de mejor manera la idea que usted tiene de este país?

—Muy barroca la pregunta. 

—Se lo pregunto de otra forma, ¿en cuál de los Chile que usted ha vivido se queda?

—Cuando vivimos en el Valle de Elqui, es un lugar paradisíaco en sí mismo; ahora, la vida que lleve uno en el paraíso es cuento aparte. Pero ahora no me iría para allá, me gusta mi casa, y de aquí me sacan con las patitas para adelante.

—¿Qué recuerda de su paso por el Valle de Elqui?

—Los cielos. Las estrellas son tan luminosas que hacen sombra. Y la actividad que hay en el cielo, ¡cosas que pasan para allá y para acá!

—¿A qué fotógrafo admira usted?

—A Claudio Bertoni. Me gusta. Me llegan a la memoria imágenes de fotografías suyas muy nítidas, lo que es un gran piropo. Que tú recuerdes, en medio de este mar intranquilo que te baña de fotografías diarias, a un fotógrafo es lo máximo, el mayor reconocimiento. Recuerdo una exposición de desnudos que hizo en el Bellas Artes. Y una foto en particular de una mujer desnuda, en un sofá, con una pierna colgando. 

—Y de Sergio Larraín, ¿qué opinión tiene?

—El ídolo máximo, a la altura de los más insignes fotógrafos mundiales. Lo conocí, pero de pasada. Me acuerdo que la primera vez que lo vi fue en la calle Estado. Me llamó la atención que llevara una cámara tan piñufla. Pero claro, yo en ese entonces era una ignorante, debió ser la Leica IIIC. 

—¿Le hubiera gustado entrar en la fotografía mucho antes de lo que entró?

—No, estoy conforme con mi destino, porque yo en esa época tenía otras virtudes, dibujaba muy bien. 

Lejos de los días bohemios de los años 70 y 80, Julia Toro lleva una vida tranquila. Sale a caminar dos veces al día, de tanto en tanto hace gimnasia, se alimenta de manera muy sana y duerme de doce a siete, «con interrupciones», aclara. Es una ávida lectora, algo promiscua porque lee de cinco libros a la vez. Ahora está encantada leyendo un libro de Maríairis Flores Leiva, Bajo el signo mujer. Exposiciones de artistas chilenas 1973-1991: «Es un libro muy bien documentado, que habla de de las artistas del periodo de la dictadura. Muy entretenido, es parte también de mi historia, de hecho salgo mencionada». 

—¿Cómo ve el futuro de Chile?

—Ya tengo noventa y un años. No me proyecto mucho hacia el futuro. 

—¿Y el Chile presente?

—Mira, me encantó lo que el presidente dijo en su última cuenta pública. Puse deep attention en todo el discurso. Qué agradable ver una persona joven, sin corbatas. Se veía de verdad, no se veía maqueteado para nada. Le creí todo y tengo ganas de creer en todo eso. Me quiero ir con esa idea y no quiero que me la ensucien. Ojalá sea cierta.

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