La imagen es una ilustración de Pato Vera que acompaña el texto ¿Va a estar bien?, de revista Abismo

¿Va a estar bien?

Era un pueblo de fachadas continuas y tejas rojas; una plaza con una pérgola y bancas a la sombra. Ulises llegó al amanecer y lo recorrió en silencio hasta el mediodía. Encontró casas tapiadas con madera, cuarteles y colegios vacíos. Espió a través de las pocas ventanas que halló abiertas y vio televisores encendidos para nadie, platos de comida intactos abandonados sin remordimiento. Vagó por la avenida principal, por calles agrietadas, por pasajes estrechos y en todo el camino no vio a otro ser humano a quien preguntarle dónde estaban todos. Cuando el sol le llegó directo a la cara, decidió que era momento de volver a la ciudad. Cruzó un descampado donde un caballo comía alfalfa y llegó a la plaza. Se sentó a esperar el bus. Todo era silencio, la calle estaba desierta. Por la vereda del frente apareció un hombre alto, flaco, vestido con un pantalón beige y una camisa celeste bien metida a la cintura. Caminaba con zancadas largas y apuradas. Ulises lo llamó con un silbido. El hombre se detuvo y miró en su dirección. ¿Dónde están todos?, preguntó Ulises. El hombre alargó un brazo, estiró un índice huesudo y apuntó el camino que tenía por delante. Gracias, dijo Ulises. El hombre retomó la marcha.

Ulises esperó un rato más con ningún bus a la vista, ninguna camioneta o carreta, menos un atisbo de otro ser humano. Aburrido y algo curioso, decidió tomar la misma ruta que aquel hombre. Al poco andar las casas desaparecieron, la calle se convirtió en un sendero de tierra, el aire se llenó del perfume del pasto recién cortado. Adelante, el horizonte resplandecía. Atrás, el pueblo se diluía como la imagen líquida de un espejismo. Con el aroma del pasto recordó la plaza frente a su colegio. Los juegos, las primeras caricias adolescentes. Se vio a sí mismo en uniforme, compartiendo cigarros y cervezas. Sonrió, deseó quedarse en ese tiempo. Pero su expresión cambió a una mueca de sorpresa cuando lo llamó una voz ajena. Más adelante, en el camino, estaba Inés. Pese a la distancia, la vio con claridad: tan joven como el día en que se conocieron en la playa, al final de una tarde de verano. Con su vestido amarillo, los hombros desnudos, el pelo corto y revuelto. Gaviotas cruzaron el cielo, oyó el vaivén de un mar que no podía ver. Acá estoy, gritó. Inés se hacía sombra con una mano y miraba para todos lados. Ulises apuró el paso, pero la distancia persistía. Acá estoy, gritó de nuevo, pero las palabras no pasaron de su boca. Empezó a correr, pero Inés seguía lejos, sin verlo, sin escucharlo, él jadeaba y lloraba y en pensamientos pedía, por favor, que todo acabara. Tranquilo, no tengas miedo, dijo entonces la voz de una mujer que lo esperaba más adelante con los brazos extendidos. Mamá, dijo Ulises al reconocerla. Tranquilo, repetía la voz en un susurro. Pasito a pasito, yo te recibo acá. No puedo, respondió Ulises, tengo que ir a buscar a Inés. Las piernas le flaquearon, sintió que todo giraba a su alrededor. Cerró los ojos para frenar el vértigo y al abrirlos estaba de vuelta en su pieza, tendido en la cama sobre las mantas, sin dolor y con el cuerpo libre de cualquier pesadez. Notó que tenía los zapatos puestos, no sentía los pies hinchados como cada vez que se dormía con ellos. No tenía un reloj a mano, pero supuso que todavía quedaba tiempo para una ducha rápida antes de ir a buscar a Inés al paradero. Fue al baño y, sin desnudarse, abrió la llave. El grifo permaneció seco, las cañerías vacías. Iba camino a la cocina a comprobar si el corte de agua había afectado toda la casa cuando la radio del living se encendió y el aire se llenó de un zumbido de pura estática. Se acercó al aparato, giró la perilla del dial lentamente hacia la derecha. No encontró música ni noticias, tampoco programas deportivos. Sólo estática. Desde el fondo del ruido comenzaron a surgir voces distorsionadas y lejanas. Movió el dial a la izquierda y, a medida que avanzaba, se hicieron más claras. Mamá, mamá, no tengo mamá, decía un niño con voz llorosa. ¡Puta!, ¡puta!, lanzaba un hombre con furia. Ulises apuró el dial. Más lamentos, más rabia, se detuvo en un llanto entrecortado. Papá, por favor, sácame de aquí, decía un niño. Ulises retrocedió dos pasos. Raulito, dijo. La radio se apagó y golpearon la puerta.

Raúl estaba igual a como lo había visto en su último sueño. Más parecido a él después de tantos años, después de invocarlo tantas veces a través del tiempo. Pasó directo al comedor y se sentó en el mismo lugar que ocupaba cuando era pequeño. No hay agua, dijo Ulises, de pie en una punta de la mesa. Raúl asintió, observó la habitación. Ulises buscó alguna señal que le dijera si recordaba algo, si aún era especial el rincón junto a la puerta que daba al patio, donde montaba un circuito imaginario para sus autos de juguete. ¿Dónde estabas?, preguntó. Raúl se quedó callado. Ulises lo miró largo rato, trataba de entender su presencia. Apartó la vista y se concentró en el reloj en la pared. Estaba detenido a las cinco y media. ¿Qué hora es?, preguntó. Raúl no contestó, se paró de la silla y agarró una foto que había sobre una repisa. Ulises se asomó por la ventana. Estaba oscuro. Sin luna, sin estrellas, sin luces en los postes, las ventanas vecinas apagadas. Qué raro, dijo. Acompáñame a buscar a tu mamá. Cuando se giró, vio a Raúl todavía concentrado en la foto. ¿Sabes quién es?, preguntó. El niño de la imagen tenía los ojos entrecerrados por el sol, vestía un traje de baño que le quedaba grande. ¿Te acuerdas de ese día?, preguntó. Me acuerdo del calor, dijo Raúl. Ulises le quitó la foto y la dejó en la repisa. Pensó en los días perdidos entre el niño y la persona que tenía en frente. Recuerdo que tomaste la foto y te fuiste, siguió Raúl. Recuerdo tu risa a lo lejos, que te miraba para ver si me veías, pero estabas con otra gente, una mujer te abrazaba y sólo estabas para ellos. Recuerdo las carcajadas, mientras yo sólo quería que me vieras saltar. Y no sé más.. Volvió a sentarse en su lugar de la mesa y Ulises miró de nuevo por la ventana. Silencio, oscuridad, un peso en el pecho. Golpeó el vidrio tres veces. Toques suaves con los nudillos, dejó caer la mano. ¿A qué viniste?, preguntó. Tú me llamaste, contestó Raúl y se acercó y le tomó una mano. No estoy listo, dijo Ulises. Tranquilo, dijo Raúl. Ulises oyó la voz de su mamá en la boca de su hijo. Con un movimiento suave, como si temiera molestarlo, recuperó la mano. Esperemos a Inés.. Va a estar contenta de verte. Raúl se acercó y lo abrazó. Ulises cerró los ojos, apoyó la cabeza en el pecho de su hijo. Tal vez, algún día, la veamos de nuevo, dijo Raúl. Se separaron y el hijo tomó de la mano del padre, salieron a caminar por un mundo negro sin horizonte ni cielo. Ulises escuchó un grito. No quiso mirar atrás. Sabía que venía de la casa, pero estaba en su interior como un malestar en el centro del estómago. Reconoció el dolor desgarrado por la desesperación de lo irreparable. Alguien decía, mi amor, por favor, no. 

ILUSTRACIÓN POR PATO VERA.

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