Cada 10 de agosto, ya sea entre los rajos del desierto nortino o las profundidades del subsuelo, los mineros se dan el espacio para honrar a San Lorenzo y pedir su protección divina. El mártir es santo patrono de quienes transforman la tierra en riqueza.
Su historia se remonta al siglo III d.C., durante el clímax de la persecución a los cristianos. Por entonces, el emperador Valeriano le exigió a Lorenzo, diácono de Roma, entregar todos los bienes de la iglesia que estaban a su cargo. Con viveza, pidió al emperador tres días de plazo para cumplir la instrucción, tiempo que aprovechó para repartir la hacienda entre pobres, enfermos y marginados.
Cuando Lorenzo se presentó ante la corte imperial, y contra la expectativa de los romanos, no era oro lo que traía. Frente al hombre más poderoso de Occidente, quien exigía una respuesta inmediata, Lorenzo apuntó a su séquito, un grupo de personas de origen humilde, y soltó la frase que le valió su muerte: “Estos son nuestros verdaderos tesoros”.
La reciente tragedia de la División El Teniente de Codelco, en la que fallecieron Paulo (48 años), Gonzalo (33), Álex (29), Carlos (34), Jean (31) y Moisés (33), trae a la memoria las palabras de San Lorenzo. El mensaje es tan simple como potente: la mayor riqueza de una organización no son sus activos, yacimientos o maquinarias. Son sus personas.
Desde su creación en 1976, empalmada con el proceso de la nacionalización del cobre, Codelco ha entregado más de US$ 158.000 millones de aporte al Fisco. Este monto equivale, aproximadamente, a la construcción de 630 hospitales de alta complejidad, 10.200 liceos de excelencia, o 2.850.000 viviendas sociales. No por nada la empresa acarrea el apodo de “el sueldo de Chile”.
Sin la valentía y experiencia de los hombres y mujeres que día a día emprenden un viaje a las entrañas del cerro, que cruje tras un siglo de explotación continua, nada de esto sería posible.
Solamente en Codelco trabajan más de 70.000 personas, entre empleados propios y contratistas. El impacto de su actividad alcanza a muchas otras, entre proveedores y operadores logísticos que movilizan la economía a una escala monumental. Se habla mucho de los altos sueldos de la minería, pero poco sobre cómo, más que en cualquier otra industria productiva, acá la gente sale a trabajar sin tener la certeza de que podrá volver a su casa en la tarde, para abrazar a sus hijos, a sus madres.
Esta es una industria de alto riesgo. Según datos del Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin), desde 2010 a 2024 se registró un promedio anual de 19,3 fallecimientos en el sector minero chileno. En otras palabras, los accidentes no son cosa del pasado.
Antes, el escenario era peor. En el mismo yacimiento de El Teniente, el 19 de julio de 1945, ocurrió quizás uno de los episodios más oscuros de la minería nacional. Un incendio descontrolado copó de humo las galerías, provocando la muerte de 355 trabajadores. Las víctimas tenían una edad promedio de 31 años.
“Acá fallamos”, reconoció este lunes la ministra de Minería, Aurora Williams, ya cerradas las labores de rescate y confirmada la muerte de seis trabajadores. Ratificó el desarrollo de una investigación exhaustiva, dirigida por las autoridades competentes, que correrán en paralelo a las indagaciones anunciadas por Codelco. “Vamos a encargar una auditoría internacional con los mejores expertos para determinar qué hicimos mal”, agregó Máximo Pacheco, presidente del directorio de la cuprífera.
Es fundamental esclarecer las causas del suceso y asignar las responsabilidades que correspondan, sobre todo ante eventuales incumplimientos en los protocolos de seguridad u otras faltas que pudieron haber gatillado el descalabro.
Tampoco se debe olvidar el carácter indomable de la naturaleza; de las sacudidas de un cerro que con sus más de 4.500 kilómetros de túneles —la mayor mina subterránea del planeta— es desafiado constantemente por la inteligencia humana, con ingeniería en la frontera del conocimiento
¿Podríamos dejar de lado esa ambición por acceder a niveles más profundos y riesgosos? Es una discusión legítima. ¿Debiésemos evitar actividades productivas que expongan a las personas a ambientes peligrosos? Quizás. ¿Dejará Chile de ser un país orgullosamente minero? Imposible.
Entre los trabajadores de la estatal, pareciera existir una especie de pacto tácito. Saben que la faena es dura y que la muerte acecha. Tienen plena conciencia de que un amarre mal asegurado, un camión no mantenido, o derechamente la mala suerte de estar en el túnel equivocado, en el momento equivocado, puede significar el fin de sus sueños.
También saben que su compromiso levanta escuelas, financia programas sociales, brinda agua potable rural en localidades históricamente excluidas y fortalece la salud pública. Saben que son los vehículos que verdaderamente impulsan el desarrollo.
Un concepto que ha resonado estos días desoladores es el de la “familia minera”. Refiere a esas decenas de miles de chilenos y chilenas que comparten un ethos, y que conocen de cerca cómo opera esta industria y lo que ella implica. Esa mirada permeó en la sociedad, que atestiguó horrorizada —una vez más— cómo la tierra se llevó a los suyos. Aun así, los turnos siguen. La producción continúa. La convicción se mantiene.
Puede que tengamos las mayores reservas de cobre del mundo, o los salares más ricos en ese litio tan cotizado por el capital extranjero. Valen poco y nada sin los trabajadores. Ellos y ellas son, sin lugar a dudas, nuestros verdaderos tesoros.
*FOTOGRAFÍA DE CODELCO





