La ilustración de Mara Parra muestra un útero con heridas y acompaña el reportaje "Los silencios de un útero doliente" de Amanda Marton

Los silencios de un útero doliente

“Es normal”, escuchan las adolescentes cuando su dolor menstrual las inmoviliza, y así comienza un ciclo de silencios que retrasa diagnósticos y condiciona vidas. Esa ceguera médica y social no es inocua: estudios señalan que las mujeres pueden perder hasta 23 días productivos al año por dolores intensos, afectando su educación, su trabajo y su salud mental. Este reportaje muestra cómo la cultura del aguante y la falta de investigación sobre la salud femenina se convierten en una forma cotidiana de violencia.

Andrea Fuentes creció pensando que las mujeres se dividían en dos grupos: las que sienten dolor durante su menstruación y las que no. “Lamentablemente –ironiza– yo saqué el premiado”.  

Fue así desde la primera vez. Tenía 15 años y el dolor fue tan agudo que su abuela creyó que tenía gastritis. La acostó en una cama y le preparó un té de hierbas. Cuando descubrió que a su nieta le había llegado la regla, le dijo que no se preocupara, que cuando ella tenía su edad también le dolía tanto que a veces tenía ganas de vomitar, pero que le había pasado después de tener hijos. Su madre reforzó la idea: “Es normal”, repetía, mientras le daba un analgésico. 

Durante años aguantó en silencio, convencida de que su útero, más que ser un órgano sujeto a cuidados y derechos, condicionaba su destino. 

Como ocurre con tantos aspectos de la salud ginecológica, sostiene Leah Hazard, comadrona y autora del libro El útero (Salamandra, 2023), la ciencia da “pseudoexplicaciones de lo que podría ser normal y lo que no” que son repetidas socialmente. En la menstruación hay muchos “más o menos”: puede empezar a los nueve o a los quince años, el ciclo puede durar 25 días o más de un mes, la mujer puede sangrar un poco y sin dolor durante tres días o en abundancia y con un dolor debilitante durante una semana entera, como Andrea.  

Cuando cumplió los 18, fue a un ginecólogo que le indicó tomar pastillas anticonceptivas. La promesa de que éstas disminuirían no solo el dolor, sino su flujo menstrual la entusiasmaron. Así fue, por lo menos durante una década. 

Pero poco a poco la intensidad volvió. Y Andrea, ahora una diseñadora industrial titulada, tuvo que empezar a organizar su vida en función de eso: 

—Era tan invalidante que yo tenía que ver cuándo me llegaba la menstruación para que no me chocara con el trabajo, la ida a la casa de alguien, con cualquier compromiso social o profesional.

—¿Y qué hacías frente a eso? 

—Trataba de estar en la casa, tomaba analgésicos muy fuertes que me daban muchísimo sueño. Me acostaba a las cinco de la tarde y me despertaba a las nueve de la mañana del día siguiente. 

16 horas de sueño. 

***

Su caso no es aislado. 

Christine Metz, investigadora obstétrica y ginecológica del Feinstein Institutes for Medical Research en Estados Unidos, ha reportado que muchas mujeres “no están alcanzando todo su potencial en la vida y están sufriendo las consecuencias de ello” pues “a menudo pierden sus  empleos o no consiguen ascensos porque llaman para decir que están enfermas dos o más días al mes”. Según Menstrual Health Hub, la primera plataforma de redes y conocimiento sobre menstruación en el mundo, las mujeres pueden llegar a perder 23 días productivos al año por dolores y sangrados intensos.

Por lo mismo, Metz ha luchado para que haya más investigaciones sobre la menstruación, un campo todavía poco explorado. De acuerdo con una reseña que publicó en American Journal of Obstetrics and Gynecology, hay poco más de 400 artículos científicos disponibles hoy sobre sangre menstrual, frente a más de 15.000 sobre semen o esperma. 

Aunque todavía queda mucho por descubrir, sostiene el médico chileno Juan Villagra, existe un problema aún mayor: la “ceguera selectiva” frente al conocimiento de la salud femenina. “Una cosa es lo que existe en la ciencia, otra es lo que la práctica médica toma”, argumenta.

Lo dice desde su propia experiencia. Estudió en la Universidad de Chile durante la década del 2000, y pese a que ya se tenía conocimiento desde 1990, por ejemplo, de las patologías cardiovasculares en las mujeres, ninguno de sus profesores le enseñó sobre eso. “Pasa lo mismo con la endometriosis, con el síndrome de ovarios poliquísticos, con las investigaciones que desde 1980 hablan de la importancia de la progesterona en el cerebro, pero lamentablemente eso no pasó en el filtro de la formación”, añade. 

De cierta forma, menciona, aunque se ha querido entender a la medicina como una ciencia exacta, esta tiene un componente “demasiado grande de subjetividad y demasiado grande de humanidad, de interacción humana. La ciencia avanza más rápido que la práctica médica, y esto es clave en la salud de la mujer”. 

Justamente para cubrir esos vacíos del conocimiento, en 2020 un grupo de profesionales fundó la Escuela La Tribu, de la cual Villagra es co-director. Desde ahí, han formado a profesionales y luchado por visibilizar y derribar mitos asociados a la salud hormonal, menstrual, sexual y reproductiva de las mujeres. Estas, señalan en su sitio web, “condicionan no solo su percepción individual, sino también la toma de decisiones clínicas y la calidad de los cuidados ofrecidos”. 

“Al ser un tema invisibilizado en la sociedad, al decir ‘es normal que me duela’, muy pocas niñas y mujeres llegan siquiera a darle una oportunidad a su malestar de tener una solución, lo que lleva a que los diagnósticos tarden años en ser descubiertos”, afirma Villagra.  

Según el ensayo Mujeres invisibles para la medicina (Capitan Swing, 2020), de la endocrinóloga española Carmen Valls Llobet, en al menos 700 enfermedades habría un retraso diagnóstico en detrimento de las mujeres. Además, ellas van más a las consultas porque durante mucho tiempo los médicos y médicas no logran identificar qué les pasa. 

***

Las barreras pueden ser aún mayores. 

En 2016, cuando tenía 35 años, una infección urinaria llevó a Andrea a una consulta que marcó un quiebre. El ginecólogo la revisó con brusquedad. Ante su reclamo, le respondió: “Ahora te vienes a quejar. Quizás cómo te la pegaste”. Le pidió una serie de exámenes de enfermedades de transmisión sexual. Todos salieron negativos. 

Recién dos años después, en 2018, el proyecto de Ley Adriana (aún en tramitación) definió la violencia gineco-obstétrica: “todo maltrato o agresión psicológica, física o sexual, negación injustificada o abuso que suceda en el marco de la atención de la salud sexual y reproductiva de la mujer, especialmente durante la atención de la gestación, preparto, parto, puerperio, aborto o urgencia ginecológica”. Una urgencia como una infección urinaria. 

Hoy, la Ley Integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, promulgada en 2025, define nueve formas de violencia, incluyendo la gineco-obstétrica, tipificada como un agravante.

Pero, en aquel momento, Andrea no reaccionó ante la situación. Simplemente dejó de ir al doctor. “Me sentí tan incómoda que pasé tres años sin ir a mis controles ginecológicos”, recuerda. 

Se trata de una medida habitual, comenta Daniela Sanhueza, psicóloga clínica especializada en temas de género, diversidad e inclusión. “Muchas mujeres –e incluso yo misma– se sienten cuestionadas al buscar apoyo médico por alguna afección de salud. Todo esto claramente no sólo afecta en su estado de ánimo, sino también en sentirse validadas y acogidas por el sistema de salud respecto a sus afecciones”, cuenta. 

Andrea afirma que la pandemia de 2020 y el auge del movimiento feminista abrió una grieta en su silencio. Encerrada en su departamento, comenzó a seguir cuentas en Instagram como Ginecólogas Chile y Ginecóloga feminista que le abrieron la mirada: el dolor sí importaba, existían especialistas capaces de escuchar y había diagnósticos posibles. 

Allí encontró historias que se parecían demasiado a la suya. “Empecé a leer relatos de doctoras mujeres y a conocer una nueva narrativa de la salud femenina”, recuerda. 

Pero fue por otra situación que volvió a atenderse con una ginecóloga: sentía un nuevo dolor, esta vez cerca del riñón. El urólogo que la atendió le “devolvió la esperanza” en los doctores. 

—Andrea, yo quiero descartar que tu problema sea ginecológico, pero por lo que veo es que tienes un problema en el uréter en donde se está acumulando la orina. No está bajando porque esto es como un ducto que está doblado, es como una manguerita que no deja pasar el agua —le dijo. 

“Él me lo explicó en sencillo, no fue como el típico médico que te explica con sus palabras rimbombantes, sino que hizo una bajada, me explicó todo con dibujitos para que yo entendiera de manera simple”, recuerda. 

Siguió su orientación y visitó a una ginecóloga, quien le pidió realizarse una Tomografía Computadorizada (TAC), un examen que nunca había hecho y que combina rayos X con computación para crear imágenes detalladas de la zona pélvica, incluyendo el útero. 

El resultado: una endometriosis que le estaba afectando otros órganos. 

En esta enfermedad —que afecta a 176 millones de personas en todo el mundo y que tarda entre siete y diez años en ser diagnosticada, según la Organización Mundial de la Salud— un tejido similar al del endometrio (el revestimiento del útero) se adhiere y crece alrededor de estructuras de todo el cuerpo, desde la vecina vejiga y el intestino hasta los más lejanos pulmones, el hígado e incluso el ojo. Al aumentar y disminuir los estrógenos y la progesterona a lo largo del mes, engrosando y desprendiendo el tejido del útero, estos fragmentos de endometrio también se hinchan y sangran, causando dolor y angustia. 

—Qué pena… Quizás cuántos años llevas así y no te habías dado cuenta —le dijo la ginecóloga al enterarse de sus dolores. 

—No es que no me haya dado cuenta… Yo iba a los doctores y no me entregaban un diagnóstico certero, solamente me llenaban de pastillas —le respondió. 

“Los exámenes y los estudios complementan, pero la pregunta y la entrevista —tal como para un periodista— es la principal herramienta que tenemos los doctores para descubrir lo que tiene una paciente”, comenta Juan Villagra. Y para eso, hay que escucharlas. 

La OMS sostiene que la Atención Primaria de Salud es un pilar fundamental para combatir el subdiagnóstico y prevenir complicaciones. Capacitar al personal para identificar factores de riesgo, brindar orientación y derivar oportunamente puede disminuir el retraso diagnóstico en enfermedades relacionadas con el útero. 

En Ask Me About My Uterus, las memorias de la escritora estadounidense Abby Norman sobre su endometriosis, se lee: “Incluso fuera de la consulta del médico y en ciertos entornos sociales, las mujeres se enfrentan a un bombardeo constante de preguntas escépticas que socavan su fe en sus propias experiencias internas. Empiezan a cuestionar su realidad”. 

De acuerdo con las investigaciones de la endocrinóloga Carmen Valls Llobet, las mujeres van más a las consultas y esto sucede porque durante mucho tiempo no hay un diagnóstico claro. “De esas mujeres que vuelven, el 20% termina con tratamiento para un trastorno mental porque el profesional no logra dar con la tecla”, explica. 

Por eso, sostiene Daniela Sanhueza, “recibir finalmente un diagnóstico correcto a una dolencia que probablemente esa mujer tuvo por un largo tiempo genera una sensación de alivio y también una validación a su sentir, libre de discriminación y con una atención libre de sesgos”.

***

Para la realización de este reportaje se hizo una solicitud de transparencia a la Subsecretaría de Salud Pública para saber si lleva un registro de cuántas mujeres con afecciones al útero han recibido diagnósticos tardíos y/o realizado denuncias por esta situación en los hospitales públicos de Chile. 

El organismo contestó que “habiendo consultado con las áreas técnicas” de la cartera ministerial, “no dispone de información cuantitativa” al respecto. 

***

Aunque la Escuela La Tribu ha formado a más de 6.000 profesionales de Iberoamérica en salud de la mujer, el doctor Villagra reconoce y lamenta la poca participación de los hombres. Afirma que asumen un “rol de galería”. “No por menos dedicación, sino por sentir que no es su lugar. ¡Pero sí lo es, si son matrones y endocrinólogos! Creo que hay muchos que podrían interesarse en esto, pero tienden a pensar que es algo para mujeres”, detalla. 

—Es, por lo bajo, curiosa la despreocupación por el útero, donde literalmente comienza la vida humana. ¿Qué se puede decir para que la sociedad, en su conjunto, comprenda que las afecciones al útero no son solo un problema de las mujeres? 

Frente a la pregunta, el doctor primero aclara que casi 10% de las mujeres sufren de endometriosis o su “hermana”, la adenomiosis —una afección en la que el endometrio crece dentro de la pared muscular del útero (miometrio)—; otro 10% están afectadas por el síndrome de ovario poliquístico, una condición cuyo nombre es engañoso, ya que el problema principal es un trastorno hormonal y metabólico sistémico. Esta enfermedad puede generar desde sangrados irregulares y dolor hasta infertilidad, obligando a muchas mujeres a costosos tratamientos a futuro, como la fertilización in vitro, “en gran medida, porque no hubo un diagnóstico oportuno”. 

Además, al menos 6% de las mujeres sufren del trastorno disfórico premenstrual (TDPM), una condición química y orgánica incapacitante que exige atención especializada y que a menudo es confundida con depresión o ansiedad: “Cuando no se diagnostica adecuadamente, el resultado es devastador: muchas mujeres son sometidas a medicaciones fuertes, con efectos adversos y que no les sirven, porque su problema es hormonal”. Un estudio realizado por investigadores de la  University of the West of Scotland y publicado en Open Journal of Medical Psychology en julio de 2025 reveló que las mujeres con TDPM experimentan síntomas psicológicos intensos en la segunda mitad de su ciclo menstrual; que más del 70 % experimenta ideación suicida y que 1 de cada 3 intenta suicidarse. 

Después de aclarar que estos son solo “algunos” de los muchos temas médicos asociados al útero, Juan Villagra enumera una serie de argumentos para defender por qué lo que ocurre con la salud de las mujeres debe ser abordado de manera holística. Dice, dice y dice los datos, sin pausa, como si fuera la única manera de romper el desinterés histórico por la salud del útero.

Dice que visto desde el plano individual, el impacto es profundo. Una niña que desde pequeña enfrenta problemas menstruales no diagnosticados pierde oportunidades educativas y deportivas. Esto repercute en su desarrollo académico y profesional: menos participación en clases, menos deportistas, menos científicas. “La literatura científica ya documenta cómo el rendimiento escolar de las niñas puede disminuir a partir de la primera menstruación cuando no se abordan adecuadamente el dolor, el tabú o la falta de acceso a salud menstrual”, detalla.

Dice que el impacto se extiende, incluso, a las instituciones educativas: cuando una estudiante falta varios días al mes, los colegios pierden subvención por inasistencia. 

Dice que si el Estado implementara políticas públicas adecuadas —como diagnósticos tempranos y protocolos de tratamiento— no solo mejoraría la calidad de vida de las mujeres, sino que “también ahorraría millones de dólares en salud pública, recursos que podrían destinarse, por ejemplo, a programas de vacunación infantil o tratamientos contra el cáncer. La inversión inicial en salud menstrual y reproductiva se traduce en beneficios económicos y sociales a largo plazo. La falta de diagnósticos tempranos lleva a gastos elevados en urgencias y cirugías que podrían haberse evitado con tratamientos mucho más económicos”. 

Dice que mujeres con afecciones al útero probablemente enfrentarán ausencias recurrentes y menor productividad y que las empresas que no consideran políticas laborales con perspectiva de salud menstrual pierden no solo en bienestar de sus trabajadoras, sino también en eficiencia y ganancias. De acuerdo con un informe de la consultora McKinsey presentado este año en el Foro Económico Mundial de Davos, la inversión en salud menstrual puede desbloquear más de 115 mil millones de dólares en PIB anual para la economía mundial. 

***

Para Andrea, su diagnóstico fue alivio y preocupación al mismo tiempo. “Era la primera vez que alguien me entendía”, comenta. Pero cuando la doctora le dijo que los pasos a seguir eran cirugía y, de acuerdo a lo que se viera en esta, decidir si hacer o no una histerectomía, se largó a llorar. 

Tenía 42 años. Nunca había sentido el mandato de ser madre, pero el solo hecho de imaginar que le extirparan el útero le provocaba vértigo. Como bien menciona Leah Hazard, “la cartografía del cuerpo puede desestabilizar tanto como empoderar”.

—Sentía que iba a perder mi identidad. A la mujer que soy —recuerda Andrea. 

Conversando sobre eso con su madre, tampoco encontró contención. “A las mujeres que les sacan el útero, los hombres las dejan”, le dijo entonces.

—¿Cómo te sentiste al respecto? 

—Es fuerte lo que me dijo, pero hoy entiendo que es un tema generacional y cultural… Y lo respeto. 

—¿Qué es el útero para ti? 

—Es como que está relacionado a la fuerza vital que tenemos las mujeres, no sé. Es parte también de la resiliencia, porque era algo que me provocaba mucho dolor, pero a la vez, cuando pasaba ese dolor, siempre sentía fuerza, como si fuera un corazón.

De hecho, el útero es muy similar, tanto en tamaño como en estructura con el corazón. Al igual que este, está formado por tres capas, en su caso, el endometrio; el miometrio (lisa, de fibras estrechamente entrelazadas que pueden flexionarse y relajarse, provocando calambres o contracciones) y el perimetrio externo (una fina cubierta visceral). 

El 14 de marzo de 2023, Día Mundial de la Endometriosis, Andrea ingresó al pabellón. Dos equipos médicos participaron en una operación de ocho horas: ginecólogos y urólogos trabajaron en conjunto para extirpar los focos que habían colonizado órganos vecinos. Un tecnólogo médico describió la imagen interna como “telas de araña de Spiderman” atrapando su sistema reproductivo.

Pero mantuvo su útero. 

***

La doctora en Filosofía María Isabel Peña Aguado recuerda una anécdota personal: en Munich, una ginecóloga que la atendía le comentó que muchos de sus pares masculinos, “con alegría y desinterés” extirpaban el útero a mujeres que ya no estaban en edad de concebir: Cuando la médica se quejaba de la poca consideración que tenían y lo rápido que decidían operar, le explicaban que era “un órgano que ya no servía para nada”, sin considerar las sensaciones corporales y los efectos somáticos y psíquicos de esa amputación que dejaban una sensación de vacío en el cuerpo de las mujeres. 

Desde Copenhage, la académica del Instituto de Filosofía de la Universidad Diego Portales reflexiona hasta qué punto se piensa en el útero no como en un órgano, sino en una función. “El útero parece estar vinculado de un modo absoluto y exclusivo con el hecho del embarazo y de soporte para el feto”, comenta, añadiendo que una vez separado de su función, “se invisibiliza más y se convierte en un órgano prescindible”. 

Ignorar lo que significa el útero –que en la antigüedad era considerado esencial para la salud femenina– “es parte de esa cultura de desdeño hacia lo femenino que sigue imperando”, sostiene, agregando que “a estas alturas parece imposible considerarlo como un órgano independiente de sus cargas culturales y político-sociales”. 

***

La recuperación fue dura: una sonda urinaria por 21 días, siete incisiones en el abdomen, una guata inflamada que la hacía sentirse como “embarazada de seis meses”. 

Lo peor de todo fue la vergüenza: “Le pedí a mi mamá que me cuidara porque me daba pudor que mi pareja me viera así”, comenta. Nunca antes se había sentido incómoda con su cuerpo, nunca había sentido vergüenza con desnudarse ni ver otros cuerpos desnudos, nunca antes se había sentido incómoda al ser cuidada por su pareja Agustín –quien, afirma, fue comprensivo y solidario durante todo su proceso médico. Pero las cicatrices se volvieron un recordatorio incómodo de la enfermedad y del mandato social de ser “flaca, perfecta y sin marcas”.

El proceso de rehabilitación incluyó terapia psicológica y sesiones de una especialidad que no conocía y que la sorprendió: kinesiología de piso pélvico. 

Para entender la llegada de esa especialidad a Chile hay que remontarse a la década de 1990, cuando la kinesióloga Bernardita Fuentes acompañó a su marido —entonces becado en Francia— y terminó descubriendo esa disciplina. “Yo siempre digo que la kinesiología pélvica me eligió a mí, no yo a ella”, cuenta, entre risas. 

Allá, en el Hospital de la Pitié- Salpétrière, aprendió cómo restaurar el buen funcionamiento de los músculos del piso pélvico y la coordinación a través de ejercicios específicos, técnicas manuales y el uso de tecnología. Lo que empezó como una curiosidad se convirtió rápidamente en pasión: “Cuando llevaba dos o tres semanas dije: quiero estar el resto del año acá”.

Al volver a Chile se enfrentó con dificultades. En esa época, ni los médicos creían que una kinesióloga pudiera aportar en patologías ginecológicas. “Al principio nos derivaban a las pacientes más complejas, las que no mejoraban tras cirugías o no podían operarse. Eran consideradas casos perdidos”, relata. 

Pero la evidencia clínica fue abriéndole espacio: reportes, congresos y, finalmente, la fundación del Centro Integral de Reeducación Pelviperineal (CIREP), el primero de su tipo en Chile, junto a las kinesiólogas Tamara Harwardt y Mónica Venegas en 2004. 

Allí, Fuentes trata a pacientes en todas las disfunciones de piso pélvico, que van desde el área uroginecológica y coloproctológica hasta el cáncer. “Esa área del cuerpo cumple un rol muy importante, tanto en la función esfinteriana, como urinaria, fecal, sexual, todos temas muy tabúes, privados, que nadie comenta”, afirma añadiendo, entre ellos, la endometriosis. 

En el caso de ese diagnóstico, Fuentes menciona que el dolor es uno de los síntomas principales, y que produce un cambio músculo-esquelético que tiene memoria. “Es como si tu organismo empezara a prepararse para el dolor. Aún cuando las mujeres pasan por cirugías, el cuerpo mantiene esa reacción”. 

Fue el caso de Andrea. 

En su primera sesión, la entrevistaron en profundidad. Hablaron de su alimentación, de sus hábitos intestinales, de su vida sexual, sus antecedentes médicos y sus emociones. Después vino un examen físico detallado. Y varias sesiones de kinesiología pélvica con múltiples tecnologías.

En medio de electrodos y ejercicios íntimos, Andrea aprendió a “hacer volar un avioncito” en una pantalla con los movimientos de su vulva. “Yo lo encontré la máquina más linda del universo, era como una Wii, pero de piso pélvico”, comenta, riéndose. La metáfora le devolvió la sensación de control sobre su cuerpo. 

***

Hoy Andrea sigue con su control anual y acompaña de cerca todas las discusiones sobre el proyecto de Ley de Endometriosis que busca, entre otras cosas, la incorporación de la endometriosis al Plan de Garantías Explícitas en Salud (GES), lo que podría asegurar el acceso a diagnóstico, tratamientos integrales y apoyo psicológico.

Mientras tanto, aún no se amigó con sus cicatrices. 

—De repente me pican, de repente me molestan cuando me pongo pantalones más apretados y las paso a llevar y ahí me acuerdo que están. Cuando me ducho o me miro al espejo trato de no mirarlas —comenta. 

—¿Por qué? 

—Me producen algo. 

—¿Algo como qué? 

Se queda en silencio. Quizás pensando en los años en los que pasó creyendo que su dolor era una rareza individual. Quizás reflexionando que lo que le tocó vivir es parte de una historia más grande, la de tantas mujeres que cargan con un útero doliente, silenciado y mal diagnosticado. 

Y al cabo, concluye: 

—Son un recordatorio de lo que me pasó. De que mi dolor era real.

ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA

REPORTAJE PUBLICADO EL 29 DE AGOSTO DE 2025

3 comentarios en “Los silencios de un útero doliente”

  1. Muy buen artículo Amanda, gracias! Me remontó a tantas cosas vividas con mi útero y mis menstruaciones… Muchas mujeres no lo supimos a tiempo, pero gracias a mujeres como ustedes y a las nuevas investigaciones, la historia viene cambiando y será mejor para todas en el futuro.

    1. Hoy decidí leer al despertar y esto me llevo a encontrar este artículo, como si mi intensión de cultivar mi inicio de día haya sido orquestado por mi dolor uterino.
      Hace meses que no me para de doler el costado derecho de mi útero, a veces más agudo otras suavemente, pero siempre duele, creo que incorpore este síntoma y malestar en mi vida… Pero al leer este manifiesto cargado de experiencias situadas que problematizan la salud del utero me removió hasta las lágrimas.
      Siento que mi cuerpo me está hablando por medio del malestar.
      Agradezco está «causalidad» de haber llegado a esta lectura que me sacó lágrimas y me invita a ser más activa de mi propia corporalidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido