Es inquietante constatar la disonancia casi infranqueable entre el gran público y la producción artística local de la élite, por la élite y para la élite, por lo menos en expresiones como el cine de ficción y la novela. ¿Se verán reflejados los chilenos de a pie, aquella inmensa mayoría que percibe menos de 680 mil pesos al mes, en las novelas y películas chilenas del siglo XXI? ¿Querrán cineastas y novelistas y artistas “cuicos” descuiquizarse para al fin conectar con el Chile real y profundo? Es una incógnita. Pero por lo menos hay casos exitosos de descuiquización en el arte reciente y local.
Mi trabajo ha sido ver y leer y apreciar arte durante décadas. Lo aclaro por si alguien puede reaccionar diciendo quién es este hombrecito que dice lo que dice. Que a quién le ha ganado. Que de qué colegio salió. Que de cuál universidad se tituló.
Aclaro: no estudié en el Saint George’s College. Estudié en la Escuela José Bernardo Suárez D-167. Así es: colegio público –y poooobre– con número de misil soviético. Mi papá no fue ningún ministro de Pinochet ni fundó Patria y Libertad. De hecho, no lo conocí. Estudié Periodismo en la Universidad de Chile y para mí ese paso por la universidad fue un favorable salto cuántico en todo sentido, intelectual, académico, económico, social… Aunque algunos compañeros cuicos de esa generación dedicados al arte vivan en el presente denostando su paso por esas precarias aulas. Claro, para ellos el capital cultural era tema resuelto antes de caer en un medio tan “mediocre”, según ellos, como mi alma mater.
Si sueno resentido, sepan disculpar.
No soy resentido. Soy MUY resentido. Y no lo veo como un defecto. Es una característica que puede darle a un observador de la condición humana una mejor nitidez y una mayor conciencia sobre diversas capas y vericuetos de la vida. Incluyendo el arte.
Aclarado el punto, va mi idea:
Hace unos días leí una columna brillante de la crítica literaria Patricia Espinosa sobre el libro Call Center de Pili Arteaga, una novela sobre la precariedad laboral en particular en un centro de llamadas y acerca de las penurias de trabajo en general y que afecta a cerca del 70% de los obrerxs del país que ganan menos de 680 mil pesos al mes. Además de escudriñar positivamente la calidad de la novela, la columna se pregunta algo tan verdadero e incómodo que resulta imposible seguir ignorando no al elefante, sino que al mamut que tenemos en la habitación.
“¿Nuestra literatura está llena de autores y autoras que parece que no le han trabajado un día a nadie?”, golpea la mesa Patricia Espinosa.
Y tiene toda razón.
En el campo de la novela chilena la académica señala que “el trabajo (como tema narrativo) es la gran ausencia en la novela chilena del siglo XXI. En una cantidad impresionante de historias los y las protagonistas no manifiestan grandes preocupaciones por su situación laboral, convertida en una parte del decorado, que se menciona al pasar, que no alcanza a interrumpir el relato de problemas familiares, sentimentales o metafísicos”.
Y se me vienen a la cabeza títulos recientes como Los parientes pobres de Rafael Gumucio y su polifónica apuesta sobre un problema familiar ABC1 con unos “ancianos” en un senior suite. También pienso en Paulina Flores y su novela La próxima vez que te vea, te mato, las andanzas de una estudiante chilena de postgrado en Barcelona: un reguero de situaciones en clave “romcom” en las antípodas de su feroz debut Qué Vergüenza, un remezón al clasismo en Chile. Escarbo en los años 90 y Mala Onda de Alberto Fuguet, copia no tan feliz de Bret Easton Ellis, y se trata de un libro que envejeció pésimamente mal (qué terrible darle la razón al cura Valente) porque está escrito como si no ocurriera en el Chile real de los años 80. Su protagonista está recortado del contexto de lo que fuimos y sufrimos, es un joven zorrón llamado Matías Vicuña que se cree malo, al parecer ¿estaría enojado porque lo tiene todo?
Y ya que estamos… Pienso el inexistente aporte –en esta línea de pensamiento– del suplemento juvenil Zona de Contacto de El Mercurio: cantera de plumas, por ejemplo Ernesto Ayala, Alfredo Sepúlveda, que poco y nada hicieron por salir de la punta de la pirámide social del privilegio, aunque fuera con las herramientas de la ficción, aunque fuera para hacer turismo social.
Y sigo: sin ánimo de polemizar (claro, es un decir), respeto profundamente el error del colega Simón Soto cuando ningunea y dice a Culto (La Tercera) que “si algún día Arelis Uribe, Rivera Letelier o Francisca Solar se convierten en clásicos, entonces te respondería que nunca hay que leer clásicos”.
Quiltras de Arelis Uribe o el best-seller El buzón de las impuras de Francisca Solar o para qué hablar del Premio Nacional de Literatura 2022, don dios Hernán Rivera Letelier y su canónica obra… ¿De verdad no van a ser clásicos cuando lo mejor que hacen –cada uno con su rúbrica— es justamente lo que hacen los clásicos? Conectar, interpretar y proyectar nuestros rasgos identitarios, desde cómo hablamos, sentimos, trabajamos; y subrayar desde la conciencia de clase social, desde la clase abusada, tipos de historias que se hallan en las antípodas de los carretes cuicos de Matías Vicuña?
Para Patricia Espinosa “la novela chilena es burguesa” porque en ella abundan sujetos y sujetas para quienes las condiciones materiales de existencia son un tema resuelto o medianamente resuelto: “¿Será muy poco riguroso o muy poco intraliterario decir que nuestra literatura está llena de autores y autoras que parece que no le han trabajado un día a nadie o si lo han hecho casi siempre son labores onderas que les otorgan más estatus que problemas?”, escribe.
Hay excepciones. Obviamente. Pero el diagnóstico de Patricia Espinosa va en la misma línea para valorar (o no) el estado del cine y el audiovisual chileno, entre otras expresiones.
La dominancia elitista y burguesa en el tipo de relatos que se construyen y “escriben” y/o “filman” no parece ser una excepción, sino que la regla. Relatos elaborados desde el vértigo de altura y en los cuales rara vez asoman los grandes temas a ras de piso que parecen ser pan de cada día para la mayoría de nuestros compatriotas: no solo me refiero a la precariedad laboral, sino que además a la violencia sistémica y real en diversas esferas de la experiencia de ser chilenx y que empiezan y terminan en una exclusión no solo simbólica, sino que palpable y concreta.
Es inquietante constatar la disonancia casi infranqueable entre el gran público y la producción artística local de la élite, por la élite y para la élite. ¿Se verán reflejados los chilenos de a pie en las novelas y películas chilenas del siglo XXI? La baja taquilla del cine nacional (hay títulos que no seducen ni a mil espectadores) y la dominancia de novelas “burguesas” parecen indicar que no.
En Machuca, Pedro Machuca, el niño poblador moreno que estudia en un colegio cuico antes del golpe de Estado, solo existe como personaje y película porque el niño blanco llamado Infante lo mira, lo reconoce y lo recuerda desde el meta-cine y la silla del director. De hecho, para muchos críticos extranjeros esa dualidad moreno-rubio es como hablar de Toro Sentado y El Llanero Solitario, personajes citados por los demás como parte de la misma trama. La morenitud bajo la sombra de la rubiedad entonces cobra vida en la ficción de Machuca, mientras que los Machuca del Chile real –en la película de terror que resulta este sistema de castas en el que vivimos– necesitan sí o sí su Infante real para ascender, para que los apadrine y para que de esta manera tengan algún asidero las falsas promesas de meritocracia y movilidad social del país.
Es decir, un padrino, un pituto, un amigo cuico que te recomiende, son parte de los mecanismos sociales para el acceso efectivo al buen trabajo, a la buena editorial, a la anhelada productora de cine con plata y así ascender y progresar. ¿Y los méritos de cada uno? A veces cuentan, pero vale más tener cerca uno de esos escasos Infante para los incontables Machuca que compiten por su cupo al “éxito”.
Por más que intente recordar un puñado de películas chilenas recientes que desmenucen nuestra identidad desde un abecedario audiovisual convocante, e incluso popular, solo doy en mi cabeza con el thriller Pacto de Fuga de David Albala o el documental experimental La Mutante de Constanza Tejo y sin duda Los Colonos de Felipe Gálvez.
Y cuando suelo señalar que la mejor película sobre Chile (no hecha en Chile) que he visto resulta ser la coreana Parásitos de Bong Joon-ho, el desencajo facial del interlocutor de turno casi siempre se transforma luego de un rato en un contundente “sí, es verdad”.
¿Por qué Bong Joon-ho ha podido hacer una película en cuyas esquinas nos sentimos los chilenos de a pie tan reflejados e incluso identificados, como si estuviéramos en casa? ¿Será por la brutal diferencia de clases? ¿Será por el corrosivo humor para denunciar el arribismo? ¿Será porque los personajes “Machuca” coreanos de la trama viven al tres y al cuatro mientras los patrones “Infante” coreanos gozan sin pudor de sus privilegios?
¿A qué se debe que en Chile sea tan difícil encontrar este tipo de relatos, filmes y novelas que nos reflejen, que nos describan, que sean retrato hablado de nuestro “ethos” tal cual pasa con el fenómeno de 2025, Denominación de origen, de Tomás Alzamora?
Este documental falso o Mockumentary sumamente cómico sobre una disputa de identidad de un bien tan preciado como una jugosa y sabrosa longaniza, está hecho desde la sensibilidad a ras de piso para conectar horizontalmente con sus audiencias.
Y no es un tema solo de “contar” nuestras historias. Tiene que ver también con cómo se cuentan. El cine tiene que ver con la manera en que se representa en la pantalla la geografía humana y el territorio donde vive esa geografía humana. No da igual hacer Denominación de origen en los barrios de construcción sólida de Ñuñoa que en la precariedad del sur. No da igual tener de protagonistas a hipsters con rasgos europeos que a vecinos (no pobladores) reales y chilenos.
La falsificación constante de nuestras historias de raigambre popular por versiones con actores de rasgos europeos, sets más estilosos, todo envuelto en un aura arribista, redundan –me atrevo a decir que casi siempre– en una especie de rechazo automático al reflejo “chileno” improvisado en pantalla. Es una respuesta automática del gran público –donde me incluyo– que nos dice que así no somos, así no hablamos y así no vivimos, ni amamos, ni morimos.
Si mencioné a Tomás Alzamora, quiero sumar a Diego Céspedes, cuyo filme La misteriosa mirada del Flamenco fue ganador de la sección oficial Una Cierta Mirada del Festival de Cannes –el premio más importante ganado por un filme chileno en ese certamen y curiosamente el menos publicitado por la prensa empresarial. En su discurso de agradecimiento, el cineasta chileno hizo notar un detalle no menor: es raro encontrar al hijo de una familia de esfuerzo y que provenga de una población en Chile (como él) no solo ganando un premio así de gravitante, sino que además teniendo la oportunidad de filmar una película como Dios manda. Alto presupuesto, tiempo, equipo profesional.
Demasiados cineastas y novelistas y artistas chilenos que conozco son de clase alta y muy alta. Muchos, de familias millonarias y apellidos viñosos o de clubes no formales reunidos bajo los mismos santos y señas: la misma religión, las mismas casas de estudio, los mismos barrios y hasta los mismos lazos sanguíneos. Es verdad que uno siempre es el cuico de alguien más. Pero muchas voces que dominan la escena de este tipo de economías creativas en Chile poseen respetables espaldas financieras y sus guiones o historias suelen resultar viajes personales de autodescubrimiento hacia un epifánico (y muy soso) ombligocentrismo. En este contexto de abundancia de “soporífero drama de autor”, no hay demasiada cabida para el suspenso, la comedia, el terror, la ciencia ficción, la fantasía o cualquier otro género narrativo que denote conexión con el “rotaje”. Con el “pupulacho”. Si queremos satisfacer nuestro mercado interno de mejor manera cuando hablamos de estas industrias creativas, de historias que seduzcan y gusten, es vital que los “artistas pantuflas” que señorean desde sus alturas dejen de tener menos calle que Venecia y, sobre todo, se descuiquicen para hablar el mismo idioma que los demás chilenos. Porque no puede ser que una película hablada en coreano como Parásitos nos diga más de nuestra chilenidad que una historia en español ambientada en la cota mil.
ILUSTRACIÓN DE PATO VERA






2 comentarios en “Cineasta y novelista de Chile: Descuiquízate”
A quien afirma saber
lo que la gente quiere ver, leer o escuchar habría que preguntar
si su receta funciona también
con su propia obra.
esta ratia servil evita nombrar a Fabula y los Larrain que regalonea en sus criticas cada vez que puede. Ese es el problema del resentido, que re siente, pero no sabe sentir nada. Quiere dar pena y rabia como los mendigos a la salida de la iglesias.