Mientras una nueva campaña ciudadana lo postula al Premio Nacional de Artes Plásticas, en esta entrevista con Revista Abismo, el muralista habla del arte como oficio colectivo y de una trayectoria que, por casi seis décadas, ha hecho de los muros un espacio de resistencia y esperanza.
Alejandro “Mono” González se define en acción. Su identidad está hecha de murales, talleres, colores y proyectos. Y estos no dejan de multiplicarse.
El muralista de Curicó no piensa en freno ni en retiro. Más bien se considera un “trabajador del arte” que hoy avanza en distintos frentes: prepara un mural de gran formato en el aeropuerto de Santiago, titulado Los pasajeros, otro en la UNAM (México) que pintará en una jornada colectiva tras haber sido invitado a la Feria del Libro. También avanza en vitrales para el Ministerio de la Mujer; un mural textil de tres metros por quince que recorrerá varias ciudades antes de instalarse definitivamente en la Biblioteca Nacional; esculturas en fierro, creadas en conjunto con maestros de taller y proyectadas para alcanzar hasta cinco metros de altura y la publicación de varios libros, entre ellos reediciones y obras inéditas, como una dedicada a la muerte en manos de los seres humanos.
A sus 78 años, dice sentirse “asustado” por lo poco que le falta para cumplir 80. No pensó que llegaría a esa edad y menos que tendría “tantas ganas de hacer cosas”. “Siento que el tiempo se nos acaba y hay hartos proyectos muy buenos y muy fuertes”, afirma un domingo en la mañana en su taller en el Persa Víctor Manuel.
El espacio –que mantiene desde 2015 junto a su hijo, el también artista Sebastián González Ruiz– ya es una parada obligatoria para cualquier visitante que vaya a visitar los recovecos del persa. Ahí, Mono recibe a quienes lo buscan: estudiantes, vecinos, académicos, pintores, escritores y –cómo no– periodistas. Con cualquier persona intercambia ideas, gestos y responde preguntas. Más en el último tiempo, cuando tiene expuesta la muestra “La tercera edad del Mono”, en la Factoría Santa Rosa, y cuando por quinta vez una iniciativa ciudadana lo postula al Premio Nacional de Artes Plásticas.
“(…) Su legado abarca casi seis décadas de compromiso con el arte y la comunidad, colaborando con distintas generaciones de artistas y colectivos que han mantenido viva la tradición del muralismo como una herramienta de expresión y transformación social. Por su trayectoria, su impacto en la cultura visual chilena y su incansable labor por democratizar el arte, impulsamos esta postulación”, declaran en su sitio web, donde, al cierre de este relato, ya han reunido más de 2.900 firmas de apoyo.
Mono acepta la candidatura “con pudor”: no la vive como ambición personal, sino como la posibilidad de llevar a la academia y a la institucionalidad la voz de la calle, de la memoria y de los barrios. Algo que conoce bien de cerca, gracias a su trabajo como muralista que empezó en los años 1960 y nunca ha dejado de hacer, tanto de forma individual, como a través de la Brigada Ramona Parra.
“La postulación no es una cosa personal, hay descalificaciones de algunos personajes. Es curioso, en esta sociedad, lo de las ambiciones y las descalificaciones… No estamos en una competencia para tener el Premio Nacional. Todos los artistas a los que yo respeto y quiero mucho son o deberían ser premios”.
—¿Qué clase de descalificaciones ha escuchado?
—Por ejemplo, hoy día he visto que descalifican porque el arte que yo hago es político o descalifican a otro porque el arte que hace es académico. Yo creo que de alguna manera el premio tiene que ver con una especie de inclusión/incorporación en la sociedad y el reconocimiento de una trayectoria. Lo interesante es esta presencia de la calle, de toda esta historia, de lo que hemos vivido, está ahí. En el fondo, más que para ganar, es para ponerlo en discusión, es visibilizarlo. Yo estoy preocupado de esta conversación que tenemos y de la calle, de la base, del territorio, de lo de abajo para arriba. Yo agradezco el reconocimiento, la gente que viene acá, gente anónima o la gente que te saluda en la calle, la gente ya te conoce y eso es lo interesante porque -en el fondo- te conocen por la obra. Creo que el premio o la candidatura tiene que ver con esto: mostrar o visibilizar esta trayectoria, este trabajo que es de toda la vida.
—¿Le gustaría ganarlo?
—No, no está dentro de mis planes. Muchas veces puede considerarse que sería una ambición porque tiene que ver con plata. Me gustaría como reconocimiento para esta trayectoria que hemos tenido, no tanto por la política, sino que por el arte creativo que hemos desarrollado a través de los jóvenes, en los territorios, en las calles. Este arte urbano es muy conocido afuera de Chile y es muy considerado. Acá tenemos problemas con respecto a eso porque también había un prejuicio de que el muralismo de calle es vandálico, es rojo y solamente rojo, es de pura mano empuñada y banderas rojas. Hay una caricatura con respecto a esas cosas, pero es mucho más: hay una poesía en la calle, hay una metáfora habitual, hay un estilo, hay una estética, hay una postura, hay unas características que le dan una identidad. Eso lo conocen afuera.
—No deja de ser curioso que descalifiquen su arte por ser político, cuando todas las acciones de un individuo son políticas.
—¡Todas! Incluso la actitud de estar aquí todos los sábados, domingos y días festivos, mostrando mi obra y conversando contigo, con toda la gente, esta es una tribuna. Ahora, lo que hay que diferenciar y es importante, es panfleto, son como los chistes del momento el panfleto, no es algo que va a perdurar con el tiempo. Pero (en su caso) estamos hablando de 50, 60 años de estar pintando, de presencia, de identidad, entonces hay una vigencia o una estética que ya está instalada, es patrimonio, pero no por mí, sino porque también ha sido parte de la historia del país. Muchos jóvenes han crecido con esta estética, han crecido con esta actitud como referente, incluso con cuestionarlo. En la calle estamos expuestos a eso, si es bueno, si es malo. Lo que hay que cuidar –y hemos cuidado– es que la creación que nosotros hacemos sea arte, sea un aporte de creación… Yo hablo mucho de la metáfora visual, hablo de que las cosas deben tener otro significado, el arte cansa o deja de ser arte cuando no busca y se agota..
—¿Qué destaca de esos 60 años pintando?
—Haber vivido en territorio y haber vivido en la historia, en la participación como ciudadano y en la política, es estar interiorizado. Todas las iconografías/imágenes van saliendo de esto, de la vida, de lo que nos ha tocado vivir: la muerte, las alegrías, los colores, los desaparecidos, el agua, el mar, los cúmulos de tierra, la búsqueda en mar, en tierra. Haber vivido esa historia, ese periodo y estar involucrado. Yo siempre he estado involucrado y sigo involucrado. A veces con dificultades económicas, de relaciones humanas, separaciones, situaciones emocionales. Todo eso nos ha tocado vivir, pero hemos sido presentes y creo que este es un arte que ha estado presente en la sociedad. Por ahí va lo que hablamos de la candidatura al Premio Nacional, es visibilizar eso. Me interesa dejar instalado eso de que esta cuestión nació de abajo para arriba y nació con la historia, ha sido parte de la historia, quiere seguir siendo parte de la historia.

—Un reconocimiento a la memoria en un país desmemoriado…
—Sí, tiene que ver con la memoria. Pero no solo este país es desmemoriado. Estamos viviéndolo a nivel mundial. O sea, estamos hablando de que tiraron bombas atómicas en la Segunda Guerra Mundial y hoy día estamos a punto de que exploten de nuevo. Tiene que ver con poder, tiene que ver con economía. Estamos expuestos y todos nosotros, los ciudadanos que estamos en las calles, en el territorio, no estamos en el poder. No somos de la élite y tampoco queremos serlo. Yo prefiero estar aquí en este lugar, en este territorio. Yo prefiero estar acá abajo.
—Lo cual no excluye que los ciudadanos tenemos poder.
—No sé, a veces estamos un poco excluidos y ese es el problema. Cuando estamos hablando del premio, del arte, de la cultura es también porque estamos luchando por ser inclusivos, por estar incluidos. Cuando te digo que el arte a veces es peyorativo, con prejuicios, en el fondo también es porque el poder visibiliza o no visibiliza estas cosas.
—¿Cree que el premio podría ser un empujón para transmitir esos discursos?
—Sí, se van a abrir puertas que muchas veces están cerradas. Estoy hablando de la academia, estoy hablando de las mallas curriculares de los estudiantes.
—Al mismo tiempo, en un escenario potencialmente adverso en los próximos años, ser Premio Nacional podría darle un peso mayor para entrar al debate…
—Exacto. Estoy totalmente de acuerdo. Aquí yo estoy en el debate, aquí hay un público cautivo que viene al mercado a ver otras cosas, pero ven estas iconografías, ven estas imágenes y les son reconocibles algunas. Estamos acá con los palestinos, estamos acá con Julia Chuñil, hemos estado con distintos hitos, hemos hecho afiches para los 50 años del golpe. Hay afiches que hemos ido imprimiendo, que la gente va donando y los van financiando, o sea no le estamos pidiendo a los partidos, lo hacemos por nosotros, todos estos libros los hemos estado editando y los hemos editado acá, entonces si la gente quiere tener algún libro mío o de nuestras cosas; vengan aquí, compren o no compren, no importa, pero van a ver la vida de lo que tenemos aquí. Lo que me interesa es que la gente circule, esto está abierto, no tenemos los muros que tienen los otros locales acá que son de rejas, está abierto. Este lugar en donde estamos es como un mural en la calle, es una galería abierta culturalmente, le da una identidad, le da un carácter.
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En 2022, la última vez que hubo una campaña por el Premio Nacional de Mono González, el artista dijo que se encontraba en su “tercera edad”. “Es un trabajo de reflexión, y de cerrar partes inconclusas que he ido dejando en la vida, en las relaciones humanas, en los espacios de creación, en la experimentación, en adquirir otros conocimientos en lo digital”, afirmó entonces.
—Han pasado tres años desde que lo entrevisté. ¿Qué reflexiones ha sacado en el último tiempo?
—A veces buenas y a veces malas.
—¿Cuáles son las buenas?
—Hay obras que se están construyendo, se están armando, se están dejando. Cuando hablamos de fierro, cemento, textiles, por ejemplo, son obras que van a quedar de patrimonio. Otras son las obras efímeras con las que nosotros surgimos en la calle pintando y que ya no están… Murales borrados, muros que se han caído. En el fondo hay una construcción, un camino. Venimos de lo efímero, pero va a quedar instalado para siempre. La reflexión está en que estamos ejecutando algo con mucha dedicación, entrega.
—¿Y las malas?
—Lo malo es lo que estamos viendo en el mundo: las guerras, las ocupaciones, la incertidumbre de lo que va a suceder con Latinoamérica. Estoy muy preocupado por el fascismo, estoy muy preocupado por los extremos. Estoy preocupado por el ser humano y eso, en el fondo, es porque tengo nietos, tenemos hijos, estoy preocupado por la juventud. Estamos preocupados por esas cosas, nos ha tocado vivir cosas difíciles, pasamos dictadura, pero también no queremos que vuelvan a suceder estas cosas. Estoy preocupado de esas cosas porque pensé que esto no podía seguir sucediendo, pensemos que estamos hablando de que estamos en democracia y el lenguaje que hoy en día se está usando, especialmente un extremo, sobre lo que es la democracia por decreto… Estoy preocupado, soy ciudadano.
—Y eso se manifiesta en tu arte.
—Tú ves que hay una gran cantidad de obras que te enumeré y que estamos creando. Dentro de la reflexión de lo que estamos creando también estamos preocupados del destino. De un destino en al cual, a lo mejor, yo ya no voy a estar presente y no quiero dejar eso de herencia. Hemos hecho esfuerzos de involucrarnos en la democracia, en la sociedad, en la población, trabajar con los jóvenes en territorios, estamos viviendo acá en territorio, pero a veces siento que es insuficiente. Andamos corriendo porque estamos preocupados, porque nos queda poco tiempo, tenemos conciencia. Quiero hacer más conciencia en la gente de la responsabilidad de existir y de compartir, ser responsable no de uno mismo y de este individualismo y egoísmo, sino de la sociedad.
A veces, admite, cargar con la conciencia del paso del tiempo “resulta pesado”. En ese sentido, Mono recuerda una entrevista a Roberto Matta, en sus últimos años, cuando el pintor confesaba la frustración de que su mente aún corría más rápido que su cuerpo. “En el fondo, físicamente estoy muy bien, pero estoy corriendo contra el tiempo en ese sentido”, afirma. La energía es crucial: su oficio no se sostiene sin fuerza, porque implica subirse a andamios, cargar materiales, soldar, trabajar con fierro, cemento, vidrio o textil.
Esa exigencia lo ha llevado a apoyarse en equipos y talleres. Para él no existe la idea del artista aislado. Aunque planifica en soledad, sus proyectos mutan al calor del diálogo con los maestros y las herramientas. “El muralismo viene de lo colectivo, de lo participativo, del trabajo en territorio, desde abajo hacia arriba”, explica. Por eso insiste en que no es un creador encerrado en paz en su taller, “soy un obrero más, con casco y cinturón de seguridad, que trabaja codo a codo con otros, en conversación constante con la sociedad y el territorio”.
—Lo positivo de eso es que, incluso cuando usted se vaya, hay algo que ya quedó insertado en la comunidad.
—Sí, tiene que ver con una ética de trabajo de lo colectivo, de lo participativo, de la conciencia social, de la responsabilidad social, de la responsabilidad de ser ciudadano, de la responsabilidad de estar en la base y en el territorio como ciudadanos, participando en la sociedad, en la creación. El territorio es la base de la sociedad, las calles son la vena de la democracia. Ahí estamos nosotros, pero no es que estemos ahora, hemos crecido ahí, ha sido esa nuestra escuela, la escuela mía es de la calle, es lo colectivo, de lo militante.
—¿Cómo se vincula eso con la frase de Chéjov con la cual empieza su exposición (“puede que no tenga victorias notables; pero puedo sorprenderte con las derrotas a las que logré sobrevivir”)?
—Empezamos a pintar en la clandestinidad, empezamos sin permiso. Hoy día puede que ya esté instalado, no digo que tengamos permiso, pero ya es parte del lenguaje de encontrarse en las poblaciones con murales, pero no fue así no más, fue por procesos de insistencia. Uno en la calle da examen, en la calle es donde se discuten todas las ideologías, las clases sociales, de alguna manera hay espacios que son periféricos o marginados en las poblaciones, por vulnerabilidad, por seguridad, etc. Hay un barrio que es otro país, barrios altos, barrios bajos. Yo vengo o trabajo en “barrios bajos”. Entonces hay valores con los que luchamos no solo en la sociedad, luchamos en nuestros propios barrios, muchas veces son nuestros hijos metidos en la droga, estamos haciendo muchas cosas que la sociedad debería hacer. Tú me puedes decir “tantas cosas que estás haciendo”, pero trabajo con mi hijo, trabajo con amigos, trabajo en territorios, no hay un equipo de producción, tienes que hacerlas todas… Cuando hablamos que vamos corriendo contra el tiempo es porque tenemos proyectos inconclusos, cuando hablamos de la tercera edad, de cierta manera, hay etapas de la vida que están inconclusas y uno las quiere cerrar, las quiere hacer.


—Pero algo de bueno tiene que tener la tercera edad.
—Ah, pero claro. Esas ganas de vivir y de hacer las cosas, y eso es lo más importante, ¿me entiendes? No es algo negativo, todo lo contrario. Está la conciencia tan fuerte y la porfía tan instalada… Estoy tan seguro de que tengo que hacer las cosas que me paro todos los días y llego feliz aquí.
—Independiente del escenario político, social y económico.
—Sí. Ahí se ve la cita de Chéjov. Yo estudié teatro, soy escenógrafo, vengo del teatro, de alguna manera vengo del drama, vengo de la puesta en escena del drama. En el fondo, el arte que nosotros hacemos es una puesta en escena de nuestra creación, esta galería está llena de iconografía. Venimos de muchas derrotas, de dictaduras, de desaparecidos, venimos de dolores, de muchos dolores, pero si te fijas, lo que nosotros hacemos está lleno de color y de optimismo. En el fondo, lo que te quiero decir hoy día es que, a pesar de las derrotas, no estamos vencidos: con el arte podemos aportar a la sociedad, hay puertas que se pueden abrir y puertas que se pueden cerrar, pero el arte testimonia la memoria no solo desde el dolor, sino desde la esperanza y eso lo tengo clarísimo.
—Entonces me imagino que nunca se va a dar por vencido. Ya no se dio por vencido…
—Ya no, menos ahora. El arte, de alguna manera, levanta la autoestima, especialmente de esta periferia, de esta marginalidad y esta candidatura del Premio Nacional tiene que ver con visibilizar eso, lo colectivo. Es parar la bandera ahí, en un lugar que muchas veces no hemos podido pararla.






1 comentario en “Mono González, o el arte de pintar contra el tiempo”
Fantástico! memoria viva; arte lleno de pasado, presente y futuro. Impresionante!!!