“El centro está vivo”: la mirada de la fotógrafa Paloma Palomino

Paloma Montecinos, más conocida como Paloma Palomino, se siente, ante todo, fotógrafa. 

La primera vez que se dijo esas palabras tenía diecisiete años. Entonces cargaba una Cybershot con la que retrataba a sus amigos del colegio, hasta que un día encontró una Zenit de su papá. Poco después, recuerda, entró al Museo Nacional de Bellas Artes para ver una exposición de retratos de fotografía callejera con el sello de una revista de moda. El hall estaba tapizado con fotos gigantes de punkis. Con su cámara en mano recorrió las paredes y tomó un retrato a su pololo frente a una de esas imágenes. Al ver la foto, pensó: soy fotógrafa. Esa certeza la marcó.

Hoy, veinte años después, las fotos de Palomino capturan la autenticidad de los personajes que habitan sus imágenes. En todas se percibe su sensibilidad por la esencia del espacio que registra: desde las playas, al retrato presidencial de Gabriel Boric, la trayectoria de la ex Presidenta Bachelet, hasta los históricos vendedores del Persa Víctor Manuel. Sus retratos análogos, iluminados de frente y enmarcados en formato cuadrado por su cámara Rolleiflex, revelan su ojo atento. 

Ahora, con Boutique, su última exposición, Palomino llega al nuevo Espacio Cultural La Sombrerería, donde retrata los locales de comercio tradicional del centro de Santiago, aquellos que han ido desapareciendo con el paso del tiempo.

“Me gusta el centro, a mí me encanta”, dice Paloma mientras recuerda los encuentros con algunos de los personajes capturados en las fotos del centro.

—¿Qué te llevó a fotografiar el comercio tradicional del centro de Santiago?

En 2009, cuando Paloma sacó las fotos de Boutique, vivía en la Bolsa del Corregidor, en calle Esmeralda. Comenzó a salir a caminar por el barrio con la idea de pasear sin rumbo, solo a mirar. Así empezó a fotografiar vitrinas con rollos a color.

Un día pensó ir a sacar fotos a una tienda de cierres clásicos que había visto; en la vitrina tenían una instalación que le pareció preciosa. Pero cuando volvió, la tienda ya no existía: en su lugar había otra.

“Ahí me di cuenta de que muchos locales estaban empezando a desaparecer. Por eso el proyecto terminó llamándose también Esto va a desaparecer.”

En esa época la migración ya se sentía fuerte en el centro, y comenzaban a instalarse nuevos tipos de comercio. Palomino estaba observando esa transformación y pensó: “Por aquí va la cosa.”

–Así empecé a fotografiar vitrinas, hasta que un amigo fotógrafo me vendió una Rolleiflex de 120 mm. Empecé a trabajar en blanco y negro porque era más barato, y de pronto el proyecto tomó otra dimensión: la temporalidad que daba el blanco y negro hacía todo más contundente.

Al comienzo las fotos eran solo desde la calle, pero con el tiempo fue tomando confianza y empezó a entrar a las tiendas.

—En tus conversaciones con los comerciantes, ¿qué fue lo que más te marcó sobre el centro de Santiago?

El caballero de Moletto me decía que él había instalado sus locales en el centro porque el centro era el centro. En ese momento lo que me dijo no me hizo ningún sentido, pero con el tiempo lo entendí: hoy existen muchos “centros”. La gente va al Costanera Center, a los malls… antes todo pasaba aquí, en el centro de Santiago. Entonces, claro, lo que me decía no era para nada ridículo.

—Hoy se habla mucho del centro como un espacio en disputa: que la gente viene menos, que está más peligroso. Incluso hay símbolos de esa transformación, como que La Piojera se traslada a Las Condes. ¿Cómo lees tú esa percepción de que el centro ya no es el centro?

Yo me siento bien en el centro, lo encuentro lleno de vida todo el tiempo. Se lo decía el otro día a Loreto Casanueva en la inauguración de la exposición: ¿te has dado cuenta de que muchos virales ocurren en la calle? No siempre, claro, pero sí la mayoría: el baile de la señora en la Plaza de Armas, la cantante que Myriam Hernández sorprende y acompaña, escenas que se vuelven parte de la ciudad. En la calle siempre pasan cosas, y para mí eso significa que el centro está vivo. No es que la gente no venga: viene, solo que es otra gente.

—¿Y qué piensas de esa percepción de que el centro está “perdido”?

Me da un poco de pena, porque creo que podría valorarse mucho más. Es un lugar precioso. Pero también entiendo la sensación: me pasó con mi propia inauguración. Al terminar la muestra pensamos “¿y ahora dónde vamos?”. Queríamos un lugar cercano, que no significara movernos hasta Providencia o Las Condes, y nos dimos cuenta de que faltan espacios pensados para personas como nosotras. Al final terminamos en un restaurante peruano, que estuvo buenísimo, pero igual te deja pensando. El centro, de alguna manera, no está diseñado para que uno se quede; no está pensado para ese tipo de experiencia, y quizás ahí radica parte de la desconexión que muchos sienten.

—El Santiago que aparece en Boutique, ¿qué guarda todavía de ese centro de antes y qué es lo que ha cambiado?

Guarda mucho, no todo se ha perdido. Por ejemplo, la cordonería que aparece en las fotos sigue existiendo y todavía atiende gente. Esa tienda de pijamas también se mantiene, aunque muchos se pregunten quién usa esos pijamas hoy en día. El día de la inauguración se me acercó una señora y me dijo: “La foto que más me gustó fue la de los pijamas”, porque eran parte de su vida, de la vida de su abuela, de su tía, de toda una generación. Esos lugares siguen ahí, aunque parezca que ya nadie los ocupa.

Otros espacios, en cambio, han desaparecido. Don Manuel de La Sombrerería, por ejemplo, murió, y algunos de los talleres ya no existen. Para mí, la sombrerería ha sido un ícono de lo que debería pasar con estos oficios: que se revaloricen como patrimonio. Porque son, en realidad, patrimonio comercial. Y siento que no se reconocen como tal.

—¿Y no temes que esa idea de revalorizar termine convirtiendo al centro en una especie de museo?

—La verdad pienso que sería buenísimo, pero lo veo poco probable. Al final es una decisión política, y en Chile ese tipo de valoraciones cuesta mucho que se den.

***

Paloma captura la estética y la belleza de los lugares precisamente porque no excluye a ninguna persona ni detalle: es esa variedad, observada con intención, lo que hace que los espacios sean verdaderamente bellos.

Su trabajo combina antropología y memoria: en Maicol y sus amigos registró a jóvenes cuyos gestos y ropas revelaban los estilos dominantes de Santiago, atravesados por la migración centroamericana, peruana y coreana. Durante la pandemia se propuso volver al trabajo autoral, a su esencia y reencontrarse consigo misma en su obra; así nació Litoral, inspirado en un proyecto que comenzó en Lisboa, y ahora vuelve la mirada al verano y a las playas chilenas del litoral central, capturando retratos y escenas cotidianas que muestran el ocio y cómo los cuerpos se relacionan con el paisaje.

Aunque disfruta fotografiar lo efímero y las calles de Santiago Centro, entre risas Paloma confiesa que su sueño es que le paguen por fotografiar todas las playas del mundo, donde encuentra lo que perdura: un espacio que sobrevive a la digitalización y donde se permite el goce de no hacer nada.

—¿Podrías pensar Litoral como una forma de vitrinear en otro escenario, el de la playa? ¿Qué te interesa de ese ocio compartido en tiempos de hiperconexión digital?

Mira, yo soy una persona que trabaja mucho, siempre estoy haciendo cosas, pero me encanta la idea de que la gente pueda desconectarse un rato. Que camine, que deambule, que tenga esa mirada de la que hablaba Walter Benjamin sobre el flâneur: ese “paseante heroico” que no solo pasea entre la multitud, sino que observa la ciudad, los edificios, a la gente.

Hoy ya no hay tiempo para eso. Ya no existe el tiempo de vitrinear. Y vitrinear es un verbo. Ahora solo se vitrinea cuando hay un objetivo concreto, como “tengo el matrimonio de una amiga, entonces voy a vitrinear”. Pero no es como antes, que uno podía decir “el martes en la mañana me voy a dar una vuelta a vitrinear”. Yo ya no puedo, porque tengo mil cosas que hacer. Eso me da pena.

Por eso me gustan las playas. Porque ahí encuentro algo genuino: simplemente estar echado, leyendo un libro, mirando, siendo contemplativo, comiendo palmera. O ver a los migrantes compartiendo un pollo asado en la arena. Y todo eso está bien.

***

Litoral es un conjunto de retratos armados en la cotidianidad de la playa. Paloma paseaba por los balnearios del Chile central con Viro, fotógrafo y asistente de foto en este proyecto, y encontraba los personajes y las escenas que hacen al Litoral central ese clásico veraneo chileno. Palomino me muestra las fotos en su celular mientras relata algunos de los momentos capturados en esta serie. 

—En Litoral aparecen familias, migrantes, muchos perros, escenas cotidianas… ¿Qué buscabas capturar en esos retratos?

–Por ejemplo, esos cabros chicos que andaban con pistolas de agua: le pedí permiso al papá y me dijo que sí. Entonces los puse en posición, les pedí que se pusieran serios, y salió una foto que terminó siendo un hit. Mucha gente me habló de ella porque eran niños migrantes jugando con armas de juguete, y claro, puede ser controversial, pero al final son niños, son pistolas de agua, están en la playa. 

Me interesa eso: el retrato me permite armar escenas. No es fotoperiodismo, yo acomodo cosas, saco lo que sobra —una Coca-Cola en el encuadre, por ejemplo—, y les pido a los retratados que miren de cierta forma. Eso también pasó con la niñita que se abrazó a su mamá: le pedí que mirara al mar, y en ese gesto apareció la foto.

—¿Y los otros retratos? 

Otros retratos nacieron de la conexión con la gente. A veces me fijo en alguien en particular, aunque esté en grupo, y les saco una foto a todos para que nadie se sienta desplazado. Después trabajo con la persona que me interesa. Es una estrategia de respeto, porque al final uno siempre está tratando con personas, no con objetos.

Y hay otros momentos en que la interacción se vuelve parte de la foto misma. En Brasil, por ejemplo, vi a un chico que hacía retratos en la playa. Le pedí que me sacara una foto, le pagué, conversamos, intercambiamos Instagram, y después le pedí yo también retratarlo a él. Hay un ida y vuelta que me gusta mucho: establecer una conexión.

—Tus proyectos autorales hablan del ocio, de la memoria, de la vida cotidiana. Luego te toca, junto a Val Palavecino, hacer el retrato presidencial de Gabriel Boric, un gesto solemne e histórico. ¿Qué te ocurre con esa foto?

—Claro que siento algo con esa foto. Es importante y a la vez la recuerdo con cariño, aunque también fue un trabajo bien difícil. En mi vida se volvió como un comodín: me han presentado como “la fotógrafa oficial de Boric” (se ríe). Y ojo, no es que alguien nos haya llamado y listo; nosotras propusimos hacer la foto, nos jugamos por eso.

Me parece súper interesante porque al final es la foto más impresa de Chile. Yo no vengo del mundo del arte, entonces que mi trabajo termine estando en todas partes me resulta muy especial. He ido al Teniente y está la foto, fui a una comisaría y estaba ahí, me casé por el acuerdo de unión civil y también estaba. Está en todos lados. Es chistoso y a la vez especial.

Recuerdo también la performance en La Moneda cuando cambian la foto del presidente: sacan la de Piñera y ponen la de Boric. Yo veía todo eso mientras tomaba desayuno, y era raro pensar que esa era mi foto porque no es un retrato autoral. Al mismo tiempo mis amigos me decían “¡pónganla ustedes, súbanla!”. Y claro, después empezaron a nombrarnos en la tele: Julio César Rodríguez hablando de nosotras, el Mega entrevistándonos para el noticiero, llamadas telefónicas todo el día. Fue freak. Hoy todo el mundo quiere saber cómo se hacen las cosas, cómo son los backstages, y de pronto estábamos en medio de todo eso.

—Para cerrar: en varias de tus respuestas aparece la idea del tiempo: el tiempo de vitrinear, el tiempo de descansar, el tiempo de la memoria. ¿Cómo sientes tu propio tiempo hoy, en lo personal y en lo fotográfico?

—Siento que esta etapa de la vida es bien particular. En las mujeres, sobre todo, aparece esa sensación de cuenta regresiva ligada a la maternidad, porque hormonalmente pasan cosas. Y en los hombres también hay algo: muchos de mis amigos están en su mejor momento, disfrutando la madurez, mientras otros se sienten perdidos. Es un momento de inflexión real.

En lo personal, me gusta envejecer porque uno tiene más herramientas, pero también menos energía. Hay un duelo ahí: aceptar que ya no tengo la misma energía de antes.

Cuando miro fotos de mis exposiciones anteriores me veo súper chica, en un momento distinto. Y sí, tengo algo de Peter Pan: la idea de que siempre voy a estar en la aventura. Hace dos años vivo itinerante, entre Lisboa y Santiago, y allá soy la más vieja de mis grupos (se ríe). Mis amigas en Chile ya tienen hijos, casas, vidas más estables. Yo estoy entre cajas, sin hogar fijo, y a veces añoro esa normalidad: tener una casa, un poco de “normalidad”. Pero también disfruto esa libertad, vivo en esa dualidad.

A los 22 todo parecía más libre. Ahora, acercándome a los 40, la pregunta es distinta. Aunque también tengo amigas en la misma, así que no me siento sola. Envejecer es un tema general, social. Nadie quiere ser viejo, pero a la vez todos estamos envejeciendo.

***

A futuro, Paloma volverá a Lisboa para realizar una residencia artística, y seguir caminando y fotografiando las playas. Se siente satisfecha con la exposición Boutique, que reunió alrededor de 500 personas, y orgullosa de la calidad técnica de las fotos que reveló al terminar sus estudios de fotografía en el Instituto Profesional ARCOS. Le atribuye esa prolijidad a la guía de su profesor Carlos Monsalve, quien asistió a la inauguración y a quien Paloma agradeció por su enseñanza meticulosa, tipo “militar de la fotografía”. 

La exposición Boutique abierta en el nuevo Centro Cultural La Sombrerería ubicada en 21 de mayo 707 estará abierta al público de manera gratuita hasta el 2 de noviembre. Lunes a viernes de 10:00 a 18:00 hrs. Sábado hasta las 14:00.

CRÉDITO DE LAS FOTOGRAFÍAS DE LA INAUGURACIÓN: Rayen Luna Solar (@rayen.lunasolar); asistente de fotografía: Bayron Castillo  (@viroviroviroviroviro)

2 comentarios en ““El centro está vivo”: la mirada de la fotógrafa Paloma Palomino”

  1. Buena entrevista. La mirada de Paloma Palomino sobre el centro es profunda y sensible. Me dieron ganas de ver la muestra ya, descubrir la sombrerería convertida en galería y conocer la tienda de pijamas antes de que desaparezca. La manera en que está escrita invita a explorar el trabajo de la fotógrafa y a despertar mi propia curiosidad por revivir el centro.

  2. Como fotógrafo autodidacta, la artista me interpreta demasiado. Tener el tiempo, capturarlo y conservarlo es un don, un ejercicio, un esfuerzo maravilloso. Gracias Paloma por encontrar esos lugares y momentos que se van en la evolución urbana y social. Gracias Jacinta por rescatar y transmitir el arte y trabajo de Paloma de manera tan simple y profunda a la vez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido