“En el tenderete ofrecen iguanas. ¿Las probamos?, dice el padre de B. Las iguanas están vivas y apenas se mueven cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre de B pide una ración de iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se mueve”.
Roberto Bolaño
Desde dentro del cuerpo (mejor dicho, encarnando un cuerpo, siendo eso que llamamos un cuerpo) no es fácil identificar el lugar en que aflora una sensación física. Para ti, sin embargo, es evidente: entre las costillas tercera y cuarta, sobre el flanco derecho del tórax. Desde que está ahí contigo, cada minuto se acumula con el anterior formando un volumen, una presencia hecha del tiempo que han logrado sobrevivir juntos. Estás hecho de esa duración.
Cuando intentas recorrerla, tu memoria alcanza un límite claro. Ese primer estruendo. Vino luego un silencio grande que fue manoteando todo lo que quedaba en pie. Nadie supo realmente qué hacer. Algunos se quedaron en sus casas, simulando vidas que ya no era más que tumbas ocupadas por los vivos. Otros se entregaron a un saqueo que duró apenas unos días, hasta que ya no quedó más por consumir que las miradas entre unos y otros, miradas que se agotaban como si los ojos no descansaran ya tras los párpados. Tú aguardaste a la manera de una larva o una gotera que se acumula hasta derramar. Finalmente, marchaste. Durante semanas no hubo para ti más que caminatas, largas caminatas de mendigo que bordeaba las rutas pidiendo permiso. Si te encontrabas con otros, los intercambios eran por regla titubeantes. No se sabía qué esperar de una conversación, temías que la violencia fuera una evocación simple como decir aire o tierra. Por suerte, te arrimaste a un grupo generoso. Conocían al detector y te lo enseñaron una vez que ganaste su confianza a fuerza de roce y silencio compartido.
Se te ofreció entre escamas, un tornasol lenguado que se entendía sin preguntas ni respuestas. Las imágenes transitan con claridad: la palma de tu mano abierta, las miradas de tus nuevos compañeros rodeándote, el reptil salado y enroscado, crispado de secreciones que te inundarían la garganta en apenas un momento. Recuerdas aún su fuerza al bajar por tu esófago sin haber sido masticado; comer sin depredar, tragar sin triturar, morder el aire para que tu saliva lubricara su entrada. Antetodo, no pronunciar una palabra que confundiera las cosas intentando explicarlas.
Inútil describir las primeras semanas de convivencia con el detector. La náusea como único órgano, el nuevo ocupante se resistía a tu paisaje interno. Los demás se movían cerca tuyo, explicándote ese proceso de adaptación entre dos organismos que solía tomarle varias generaciones a la naturaleza y que ahora se resolvía en el plazo de unas pocas semanas. Traspasada la frontera de los mareos y vómitos, mientras el resto del grupo te reemplazaba en las tareas cotidianas, se fue asentando en ti el mecanismo de supervivencia. Un calor íntimo que escalaba entre tu aliento para avisarte que había comida cerca. La baba se hacía pastosa, brotaba en una espuma que bañaba tus dientes y tu lengua. Te sumabas a la conmoción de gentes para remontar una ladera, penetrar una ruina o voltear plásticos hasta encontrar aunque fuera sobras de comida, de semillas, de fibra olvidada.
Las ciudades abandonadas parecían entregarse aliviadas al calor húmedo. Los restos de edificios eran como cabezas agujereadas, cabezas vacías donde el aire reposaba mientras los yuyos se encaramaban por las paredes. No se soportaba mucho rato en esos lugares. Tú, en cambio, te demorabas ahí imaginando una vida anterior hasta sentirla real: el arrullo de estar dentro, de habitar un lugar, cualquiera que fuese. Puertas y ventanas eran un idioma olvidado susurrándote al oído sin que pudieras responder. Te dormiste alguna vez entre los escombros, como cobijado de preguntas fuiste bajando la guardia hasta entregarla. Un par se devolvieron a despertarte con golpes secos en la cara y el estómago. Nadie habló. La advertencia era un lenguaje que comprendías de inmediato.
El mundo se había transformado en pura intemperie, no parecía quedar sobre la tierra un sólo metro cuadrado de intimidad. Ni siquiera dentro de las chozas que improvisaban para protegerse de las rachas de viento podía encontrarse aún abrigo. El sol se asomaba apenas unos pocos meses al año a escupir unos rayos cortantes, destellos verdes y anaranjados que eran apenas suficientes para que algunos organismos se reprodujeran e incubaran entre el barro hasta el año siguiente. El resto del clima se gastaba entre lluvias y bochornos. Los ríos y arroyos se mantenían quietos, cuerpos dormidos cuyos brazos colgantes alcanzaban la costa. Tú y tus compañeros deambulaban entre los deltas, reflejos de pura biología recorriendo los despojos, arrancando con cuidado raíces comestibles o los huevos de algún escarabajo.
En ese mundo que habitaste, era un hongo el único verdadero nutriente. Sólo su textura generaba en la boca y en el estómago la impresión de alimento. Todo empezaba cuando el detector despertaba entre tus huesos, sus jugos gástricos activaban los tuyos escurriéndose mutuamente. De pronto, todo el grupo se avasallaba, escarbando bajo una piedra o al reverso de un muro tras el cual pudiera anidar una colonia de ostras de tierra. Y si ocurría que era correcto, que la sangre fría envuelta en sangre caliente había identificado un nido (tan pocas veces lo viviste, si supieras que ahora nos basta con revolver la tierra que rodea un árbol para recolectarlos), corrían las manos y los músculos del cuello se apretaban conteniendo al lagarto inflamado. Una vez que el alimento se llevaba a la boca, había que lograr distinguir (para esto usabas tu lengua y un movimiento aprendido del paladar) la porción que correspondía a cada uno. Era fundamental que el detector no saltara de la boca abalanzándose sobre la comida antes de tiempo. Para frenarlo: hablarle, pensarlo, tantear una red neuronal que ya se sospechaba entrelazada. Quienes no conseguían contenerlo, lo acababan vomitando a la vez que perdían el respeto del grupo. El reptil se extinguía en instantes una vez que salía del portador. Boqueaba y se agitaban sus escamas hasta que reventaba el vientre púrpura.
Un humano sin detector disminuía fuertemente su esperanza de vida. Eran cuidados por el resto a la manera de un objeto antiguo y querido que en algún momento se abandona a su suerte. Tú te mantuviste lejos de ese riesgo, te habías compenetrado con el parásito en una complicidad envidiable, casi gustosa. Algunas noches incluso lo soñabas: el cuerpo dócil y alzado, tendido en tu vientre. Sus pupilas verticales devolviendo una mirada que tenía algo de niño y de pregunta.
Ese día empezó para ti al atardecer, uno de los últimos atardeceres en la tierra. Un nubarrón verdoso colapsaba el horizonte y pareció abrir su boca para engullir al sol como si fuera una fruta tierna. Te habías alejado del río hasta los márgenes de la ciudad, siguiendo entre los arrabales una señal que ambos recibían distante y firme. Cuando te hallaste al descampado advertiste tu propio temor. Sabías que no convenía transitar las noches y menos aún hacerlo sólo. Pero el hambre te hablaba, un hambre que combinaba el deseo de alimento con las ansias de hallazgo, de saberte portador de algo semejante a un oficio. Tus pisadas se ordenaron hacia una gruta abierta sobre la pampa, entraste corriendo al pasillo de piedra y la luna te seguía rebotando sobre las paredes hasta que estuviste tan adentro que la luz era sólo memoria y no hubo más que tacto sobre los muros para seguir penetrando. Tacto y detector ardiendo dentro tuyo, convulso, conmovido incluso parecía el bicho. La voz del hambre chillaba y oías la respuesta de una multitud de hongos comestibles que no podías ver pero cuyos rostros se moldeaban en tu mente con familiaridad. Debías estar cerca, pensaste, al borde del abismo, a un paso del nido más grande imaginable.
Detuviste la marcha. El eco de tus pasos se entreveró con cientos, miles, de otras pisadas. No era posible retroceder, la lengua bífida se asomaba ya entre tus dientes, lo sentías deslizando en la orilla de tu boca, a punto de abandonarte. Avanzar. Descender. Tú y cuántos más desbarrancados al fondo blando, hacia el último pliegue de fertilidad del mundo mientras, afuera, el nubarrón se hacía definitivo y unánime.
Sin ustedes, nada de lo que vino después hubiera sido posible.





