Fue el inicio de una siembra que hasta hoy da cosechas.
El Club de Lectura Lela nació en 2019 y en cada reunión descubrí que leer literatura lésbica, en compañía de otras mujeres y disidencias sáficas, no era solo compartir libros, sino que también era reconocernos entre nosotras/es y sentirnos parte de una memoria colectiva. Cada sesión se convirtió en un lugar de confianza y complicidad, donde la conversación abría puertas a reflexiones personales y colectivas.
“Cuando estaba en el colegio me sentía como la única lesbiana del mundo”, “Me hubiera gustado leer esto cuando era adolescente”, “No hay espacios para conocer a otras lesbianas sin que estén mediados por el alcohol o el coqueteo”, “Me alegra hacer amigas lesbianas, porque antes no tenía”. Eran algunas cosas que escuché varias veces decir.
A través de las reuniones, fui notando algo en común: el deseo de encontrar más relatos que hablaran de nosotras/es, de nuestras historias, de nuestros cuerpos, de nuestros afectos. Ese anhelo fue creciendo hasta transformarse en una necesidad del mismo grupo, ya no sólo querían leer a Woolf, Dickinson, Mistral, Sor Juana, o a Silvina Ocampo, Carme Riera, Pilar Bellver, Rosamaría Roffiel. Ahora también querían escribir sus propias historias.
Así, en 2021 nació el Taller de Escritura Lésbica, un espacio íntimo y colectivo donde once participantes se atrevieron a poner en palabras sus propias vivencias: el estallido del primer amor, el erotismo negado, la amistad entre pares, el devenir de la identidad personal.
Desde el comienzo, el taller tuvo un objetivo claro: escribir no como un ejercicio aislado, sino como un proyecto con destino, como una semilla que desembocara en un libro. La primera experiencia dio vida a Crónicas Lesbianas (2023), un libro autogestionado y de descarga libre en la página del club (clublecturalela.cl). Fue un proyecto hermoso, pero también desafiante ya que al ser totalmente autogestionado, no podía distribuirse en librerías, la impresión debía costearse entre sus participantes y la difusión dependía solo de nosotres. Pese a aquellas limitaciones, el libro fue recibido con cariño y abrió un espacio nuevo en la literatura lésbica chilena: el de nuestras propias voces.
La presentación de Crónicas Lesbianas trajo consigo un encuentro decisivo. Les chiques de Invertido Ediciones, una editorial LGBTQ+ chilena, se interesaron en el proyecto y nos propusimos un trabajo conjunto. Conversamos la posibilidad de co-editar un nuevo libro: yo seguiría impulsando el taller, acompañando a les participantes en la escritura y en la preparación del manuscrito, y luego la editorial se encargaría de la diagramación, la edición final, las ilustraciones, el diseño, la imprenta, la promoción y la distribución. Así, lo que en el primer libro había sido un proceso artesanal y exigente, ahora se transformaba en un trabajo colectivo que unía nuestra creación con el mundo editorial.
Con esta alianza comenzó el camino hacia Rutas Sáficas (2025). El nuevo taller se enriqueció a partir de lo aprendido en la experiencia anterior y tomó una forma aún más clara. Volvimos, con las nuevas personas participantes, a centramos en la autobiografía, entendiendo que cada historia personal tiene un valor narrativo, poético y también político. Las sesiones se mantuvieron diseñadas para recorrer etapas vitales: la infancia, la adolescencia, el despertar lésbico, la adultez, el erotismo y la comunidad. Cada participante escribía sus textos antes de la sesión, los compartía y luego conversábamos sobre ellos, dando sugerencias de edición y acompañándonos en el proceso creativo. Desde el principio sabíamos que el destino sería un libro, lo cual daba al taller un aire de compromiso y cuidado especial.
Ruby Lisbon escribió desde el deseo: Me la fumaría en la oscuridad para iluminar solo el espacio donde está ella. Ella y su belleza extraterrestre. ¿Será posible fumar un cigarro hasta que desaparezca por completo? Eso quiero, hacerla desvanecer.
Elena Maffioletti plasmó el temor: En medio de los descubrimientos de sus primeros amores sáficos y la búsqueda incesante por entender los códigos lésbicos, llegó el miedo. Asesinadas por ser lesbianas; palizas a la salida de las discotecas; discriminaciones en los trabajos; hostigamiento familiar; miradas de desaprobación en la calle; miedo a mostrarse.
Y Carla Alarcón nos narró con ternura su lazo con su tía: Compartimos una comprensión profunda y una aceptación inquebrantable, convirtiéndose en uno de los lazos más sólidos que experimenté en mi juventud. Ese vínculo que trasciende la sangre, donde las huellas de quienes fuimos y las sombras de quienes amamos convergen, dándonos forma y propósito en el silencio de la memoria.
El taller nos permitió escribir y también nos transformó. Cada sesión era un viaje hacia adentro y hacia afuera. Escribir sobre la infancia nos hizo mirar con ternura y dolor esas primeras memorias. Revisar la adolescencia significó revivir dudas, miedos y también descubrimientos vitales. El despertar lésbico apareció como un momento de claridad, de deseo, de afirmación, mientras que la adultez trajo reflexiones sobre identidad, vínculos y proyectos de vida. El erotismo se exploró con libertad, humor y osadía, reivindicando el placer como parte de nuestras historias. Y la comunidad lésbica apareció como refugio, como horizonte compartido y celebración. Las críticas no eran frías ni distantes, sino gestos de compañerismo que buscaban que cada texto brillara, encontrara su fuerza y evocara una emoción. El taller se convirtió en un lugar donde la escritura se vivía como un acto de cuidado, afirmación y resistencia. Al final, tras leer y pulir, elegimos en conjunto los textos que darían forma al libro. Fue un proceso de cocinar a fuego lento: nosotras aportamos los ingredientes, los mezclamos y dimos forma y, luego, la editorial tomó esa mezcla para llevarla al horno, sumando diseño, ilustraciones e impresión.
El resultado es ahora Rutas Sáficas, un libro profundamente evocador y personal. Sus relatos son ventanas abiertas a fragmentos de diferentes vidas: memorias de infancia, descubrimientos adolescentes, primeros amores, dolores, resistencias y la construcción de comunidad. Cada texto es único, pero en conjunto conforman un mapa común, un recorrido de voces que hablan desde Chile hacia otras lesbianas y disidencias sáficas. Es la respuesta a una necesidad que me acompañó desde el inicio del club: encontrar literatura lésbica cercana, escrita desde nosotras, con nuestras propias palabras. Durante años, al leer, notaba la falta de textos latinoamericanos que reflejaran nuestras realidades. Rutas Sáficas busca engrosar ese panorama para aportar voces actuales, locales y diversas.
Cada relato que conforma Rutas Sáficas nació de esa exploración colectiva. El libro no es una simple antología, es la huella de un proceso vivido en comunidad, donde cada palabra pasó por la escucha y el cuidado de les demás. En él resuena la intimidad de cada autora/e, pero también la complicidad del grupo, ese eco que nos recordó todo el tiempo que nuestras experiencias, aunque singulares, forman parte de una genealogía común.
Hoy, compartimos historias y un camino. Desde el club de lectura, pasando por los talleres, hasta llegar a la co-edición con Invertido Ediciones, cada paso ha sido un acto de resistencia cultural y de amor comunitario. Rutas Sáficas se lanza al mundo para ser leído, compartido y resonar en otres. Queremos que llegue a más lesbianas, a más disidencias sáficas, a más mujeres y personas que busquen encontrarse en estas páginas. Para mí, este proyecto significa mucho más que un libro. Es la materialización de un sueño colectivo, el resultado de años de trabajo y de la fuerza de muchas mujeres y sáfiques que decidieron escribir sus vidas. Es también una respuesta a esa carencia de referentes que sentimos tantas veces al buscar literatura lésbica. Con Rutas Sáficas sumamos voces, ampliamos el paisaje, dejamos testimonio de nuestra existencia y nuestra creatividad.
Leer y escribir literatura lésbica es un acto político. En Rutas Sáficas ese acto se entrelaza con la ternura y la fuerza de ser quienes somos. Por eso este libro es un regalo y una invitación: a reconocernos, a emocionarnos, a celebrarnos. Y también es una promesa de futuro de que seguiremos escribiendo, leyendo y construyendo memoria desde lo lésbico, con la certeza de que nuestras historias merecen ser contadas y, por supuesto, preservadas.






