Finalmente, no despertó. A pocos días de entrar al hospital, debió ser sometida a una operación que no estaba programada (a la que se sumaron tres) e ingresó a un coma inducido, un viaje silencioso que avanzó sin retorno. No despertaste más, mamá. No despertaste. ¿Cuál fue la última palabra que te oí decir? ¿Cuál fue el último paisaje que viste? ¿Dónde está ahora tu voz?
Recuerdo que, mientras dormías, entubada y bañada en anestésicos, en la cama 2 de la UCI del Hospital San Borja Arriarán, en avenida Santa Rosa, leí junto a ti páginas de algunos libros. Leí algunos poemas. También te hacía cariño en tus manos hinchadas. Te besaba la frente. Te susurraba al oído. Te peinaba. Esparcía crema humectante por tu piel tibia. A veces colocaba, en el celular, tus canciones favoritas. ¿Escuchabas, sentías mis besos, mamá?
Cuando me preguntaban por ti respondía, en broma y en serio, a los grupos de whatsapp familiares que “Blanca Nieves aún no despierta. Ya lo hará. Ya despertará”. Creí que podrías despertar. Pero no despertaste, mamá. Hasta que te abracé por última vez y besé tu rostro por última vez, y constaté que el cuerpo también debe descansar, mientras dormías fría para siempre en una cama de metal en la morgue.
Tras ingresar al Hospital San Borja, el sábado 14 de junio pasado mi mamá, Blanca Rosa Bustos Reyes, de 80 años, murió la madrugada del 11 de julio. La última vez que la vi despierta fue un martes por la mañana en una pieza compartida con otras pacientes. Ese día le tomé una foto con el celular mirándose al espejo. El espejo que te devolvía tu imagen.
Me interesa, me llama la atención la literatura confesional, las memorias, los diarios, los textos que reconstruyen vidas ajenas. Ya había leído El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. También Noches azules, de Didion. En pandemia leí Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates.
Tras la muerte de mi madre, volví a revisar estos libros. Las marcas dejadas en algunas páginas, las huellas de lecturas pasadas. Oates cita en su título a Didion y a su marido, John Gregory Dunne, quien tras morir motiva la escritura de El año del pensamiento mágico.
Allí apunta Didion: “No podemos conocer por anticipado la ausencia interminable que vendrá después, el vacío, que es justamente lo contrario del sentido, la sucesión implacable de momentos durante los cuales afrontaremos la experiencia del sinsentido mismo”.
El vacío y el sinsentido. ¿Por cuánto tiempo se extiende el duelo? Como si fuese un resfriado que debía pasar, un malestar que quería postergar, comencé a preguntar (con urgencia, miedo e incertidumbre) a personas cercanas que habían perdido a seres queridos.
Ocho meses… Seis meses. Nunca. Un año… Había que ingresar en la bibliografía del dolor. Leer, descartar, transcribir. Tratar de entender. El duelo del dolor. Reunir frases para armar un puzle y llegar a algo. “Vivir en duelo es esto: nunca estar sola”, escribe Cristina Rivera Garza en su libro El invencible verano de Liliana. Termina ese párrafo con la frase: “El duelo es el fin de la soledad”.
Una frase que podría ser el resumen de un libro, de una enciclopedia del dolor: El duelo es el fin de la soledad.
Si el duelo es dolor, pena, aflicción, también tiene otras acepciones. Por ejemplo: “Combate entre dos personas, consiguiente a un desafío y sometido a unas reglas establecidas”. Entonces me pregunté: ¿Contra quién me enfrento? ¿Contra el muerto? ¿La lucha es contra la pena, contra un cuerpo mutado en cadáver? ¿El desafío es contra uno mismo y la capacidad de superar el dolor? ¿Hay reglas establecidas ante el vacío de una ausencia?
Cuando aún mi madre no moría, escribí en un cuaderno: “Lunes 30 de junio, 2025. Mañana cumplirás 14 días en la UCI. 14 días entubada y durmiendo. Has envejecido más rápido en cama. ¿Un diario de un mal sueño? ¿Dónde me puedo sentir menos solo? Mamá, te quedarás pegada en mi vientre”.
***
En aquellos días resonaban en mi cabeza, como una canción repetida, los versos de Enrique Lihn de su libro Diario de muerte, y trataba de rastrear el trasfondo de su significado y su reiteración: “Nada tiene que ver el dolor con el dolor / nada tiene que ver la desesperación con la desesperación”.
Volví a revisar el libro de Francisco Goldman, Di su nombre, escrito tras la trágica partida de su esposa Aura Estrada, quien murió luego de fracturarse la columna vertebral en la playa mexicana de Mazunte, en Oaxaca. Tenía 30 años: “Todavía suelo fantasear que Aura camina junto a mí por la calle”. Volví al inicio de Kaddish, el conmovedor libro que Allen Ginsberg le dedica a su madre muerta: “Es extraño pensar en ti ahora (…) No más sufrimiento para ti. Sé adónde te fuiste, es un buen lugar”.
Seguí indagando, googleando, revisando marcas, huellas. Llegué al volumen Sobre el duelo, de Chimamanda Ngozi Adichie, escrito tras la muerte de su padre. “La pena es un tipo de enseñanza cruel”, anota. “Aprender lo poco amable que puede ser el duelo, lo lleno de rabia que puede estar. Aprendes lo insustancial que puede resultarte el pésame. Aprender lo mucho que tiene que ver la pena con el lenguaje, con la incapacidad del lenguaje y con la necesidad de lenguaje”.
El duelo es un laberinto conformado de diversos sentimientos que, según pasan los días, se torna oscuro, extraño, muta, destella, se transforma. Se siente rabia, resignación, incomprensión, pena, miedo, negación. Hay veces que dialogamos con esos lenguajes. Algo razonamos frente al sentimiento predominante. En otros momentos ingresamos a esos paisajes con ojos cerrados. Sensaciones e imágenes indescifrables. Navegamos por una gramática truncada, irracional, fragmentada, sin señales definidas.
La escritora y psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, en su libro Sobre la muerte y los moribundos, apunta las etapas o fases del duelo y la llegada inevitable de la muerte. Se refiere a la negación y al aislamiento, la ira, el pacto, la depresión, la aceptación y la esperanza. “Sería muy útil -escribe- que hubiera más gente que hablara de la muerte como de una parte intrínseca de la vida”.
***
¿Regresará? ¿Cuándo la volveré a ver otra vez? ¿Por qué cada cosa que veo lleva tu nombre? ¿Sentiste dolor en algún momento? ¿Dónde estabas antes de nacer? ¿Dónde estás ahora? Frente a estas preguntas releí una que escribe Belén Fernández Llanos en su novela Ella estuvo entre nosotros: “¿De qué forma puedo encontrarme contigo cuando te necesito, que es casi siempre?”. Belén integra los capítulos del recomendable podcast Club de duelo, conducido por las periodistas Consuelo Ferrer y Daniela Riquelme.
Hojeé el libro Vivir con nuestros muertos, de Delphine Horvilleur, donde la protagonista es una mujer que ejerce como rabina en Francia y acompaña a seres dolidos que necesitan narraciones: “Saber contar lo que se ha dicho mil veces, pero ofreciendo claves inéditas para que la persona que oye la historia por primera vez aprehenda la suya”. Y regresé a una frase de Philippe Claudel del ejemplar Bajo el árbol de los toraya: “Nuestro mundo vive de espaldas a la muerte”.
Me reí, a ratos, leyendo También esto pasará, de Milena Busquets, un intenso monólogo, donde la narradora habla y habla y tiene sexo con sus exparejas tras la muerte de su madre, la editora Esther Tusquets. Una especie de catarsis. “Hay mucha gente y falta gente”; “Lo contrario de la muerte no es la vida, es el sexo”; “Después de todo los funerales son una convención más”, anoté de aquellas páginas.
Transcribo de una libreta, que llevaba conmigo cuando visitaba a mi madre en el hospital: “Domingo 6 de julio, 2025. Ya no sé qué decirte, mamá. ¿Me oyes? ¿Dónde estás? Me pregunto frente a tus ojos cerrados. Y repito la misma pregunta que hacías cuando buscabas a Sonia, tu hermana desaparecida: ¿Dónde estás?”.

Tras la muerte de su madre, Roland Barthes escribe las páginas que conforman Diario de duelo. El libro tiene 330 entradas, desde el 26 de octubre de 1977, el día siguiente a la muerte de su madre, al 15 de septiembre de 1979. El libro se publicó recién en 2009. En su diario Barthes registra: “Todo el mundo conjetura el grado de intensidad de un duelo. Pero imposible medir hasta qué punto alguien ha sido alcanzado”.
Diario de duelo es citado por Ocean Vuong en su libro En la Tierra somos fugazmente grandiosos, una carta a su madre, donde el autor vietnamita-estadounidense repasa además su descendencia. Vuong habla de la lengua materna y se pregunta: “¿Y si la lengua materna está atrofiada? ¿Y si esa lengua no es solo el símbolo de un vacío sino un vacío en sí mismo? ¿Y si la lengua está amputada? (…) ¿Hay alguna lengua para salirse de la lengua?”.
Un epígrafe de Diario de duelo da el inicio al libro La luz de las estrellas muertas, del psicoanalista Massimo Recalcati. Subtitulado Ensayo sobre el duelo y la nostalgia, su autor señala las posibilidades a las que uno se enfrenta con el duelo: la añoranza, donde volvemos al pasado que nos hizo felices. Y la gratitud, donde intentamos proyectar el futuro, renovar nuestras vidas desde el dolor. Igualmente se refiere a la condición básica de cada duelo: “La vida de los demás discurre con toda normalidad mientras nosotros, que hemos perdido el lugar que daba sentido a la vida, nos convertimos en espectadores excluidos de la vida misma”.
Esa sensación es como si uno se convirtiera a ratos, en un fantasma, dispuesto a acompañar al muerto a su lugar definitivo, que no es sino el espacio -y la dimensión- que uno mismo le dará en sus pensamientos y recuerdos, después que el cuerpo del ser querido deja de existir.
Un libro hermoso y desgarrador es Canción de tumba, de Julián Herbert, donde narra los días de su madre agonizante. Su madre tiene leucemia. Su madre fue una prostituta. Cuando el narrador era un niño, ambos viajaban por México. “Escribo para volver al cuerpo de ella: escribo para volver a un idioma del que nací”.
En un momento cambié el rumbo. Como un adicto que quería consumir duelos ajenos, pasé de leer historias de otros a libros que reflexionaban de asuntos derivados del duelo, como el tiempo. “¿Me dejo dominar por el pasado, o lo domino yo? ¿Cómo se llega a un nuevo comienzo?”, pregunta Rüdiger Safranski en su libro de ensayos, Tiempo. Fueron semanas donde creí que todo era cuestión de tiempo. El miedo a que pasara lento el duelo. A estancarme en el dolor. El duelo del dolor.
Después, con el paso de los días, otra cosa que hice en tu ausencia, mamá, intentando traerte de regreso en cada conversación, fue informarle a cada persona que conocías: que tú ya no estabas. Esas personas que no asistieron a tu velorio, esas personas que no fueron avisadas de tu muerte, por diferentes motivos, esas personas del barrio con la que convivías en la vida cotidiana.
Uno a uno les fui diciendo, en distintas instancias, que tú ya no estabas, mamá. Que habías muerto. Necesitaba nombrarte para que regresaras. Y así fue, así ha sucedido. Te quedaste pegada para siempre en mi vientre. Detrás de las palabras que intentan comprender una ausencia, naciste otra vez para volver a nombrarte, en silencio, cada mañana, porque ha llegado, mamá, el fin de la soledad.






5 comentarios en “El duelo del dolor”
Hermosas palabras y los textos aludidos, un fuerte abrazo primo querido, la vida continua su baile, su ritmo…ahora con la fuerza de su madre en tú vientre dandole la espalda a una vida que algún día debemos enfretar.
A mi me pasa que no quiero que pasen los días o los meses, porque siento que se aleja el día en que aún vivía….abrazos Javier soy la Lilly y el 19 junio de este año murió mi papá.
A mi me pasa que no quiero que pasen los días o los meses, porque siento que se aleja el día en que aún vivía….abrazos Javier soy la Lilly y el 19 junio de este año murió mi papá.
Javier, gracias por compartir tus sentimientos, el ser humano es hecho de amor, por tanto es difícil no emocionarse con tanto sentimiento
La Rosita vive en ti y también en sus amigos , porque son amores eternos y verdaderos
Gracias por compartir y seguir adelante con fuerza y energía es para ti un gran legado
Carnen Alegre
Que bello relato al describir a tu madre de esa forma. Nos acercas delicadamente a la muerte y con finura nos dejas en este mundo entre los vivos…te conocí siendo un niño, soy hija de una de las mejores amigas de tu madre…mi querida Tia Rosa, estará siempre en mi corazon, por el gran amor que entregó a su amiga Norcka, quien la recuerda día a día.