Elaine Vilar Madruga, escritora: «A veces siento que la literatura es como la hormiga tratando de luchar contra el león que la aplasta. Pero mira, una hormiga puede molestar mucho al león y puede picar muchísimo»

Su nombre resuena en casi todos los círculos literarios y, probablemente, la hayan leído en casi todos los club de lectura. Su última novela, “El cielo de la selva”, fue un revuelo tanto en Latinoamérica como en Europa, y provocó una avalancha de mensajes de cariño, admiración y respeto tanto por su escritura como por su persona. Ella lo agradece y lo llama “hogar” en la vorágine de lo que muchos llaman éxito.

Sin embargo, Elaine Vilar Madruga es mucho más que una novelista. Es poeta, música, dramaturga, tallerista y lectora empedernida. Hace unas semanas estrenó una obra de teatro en México llamada “Soledad”, quiere volver a retomar la escritura de literatura infantil, y siempre está pensando su relación con el lenguaje con su mirada crítica del mundo actual.

Elaine lee demasiado y solo así puede avanzar en su escritura, una que se mueve rápido como sus propias historias, teniendo en cuenta que sus últimas publicaciones las escribió en cuestión de meses. Ahora está ad portas de publicar su nueva novela, “La piel hembra”, que dice es la cúlmine, el fin, el cierre de un ciclo. ¿Será de esa manera? No podemos esperar a comprobarlo.

–Lo primero que quería preguntarte y, bueno, contarte que por acá me imagino que tú sabes, te aman muchísimo y les encanta tu literatura. Digo tu nombre y me dicen «no, increíble, yo amo su libro». ¿Qué te pasa cuando sientes ese cariño por tus obras, por tus libros, por tu escritura, por ti? ¿qué es lo que más te comentan?

–¿Sabes qué? Me encuentro con las lectoras y con los lectores, y una de las cosas que más aprecio es esto de la proximidad y el calor humano, ¿no? Sobre todo cuando una vive una existencia media nómade porque una tiene una casa difuminada en diferentes tierras. Yo establezco casa en el momento en que piso un país o en que piso una tierra, un territorio, pues a veces paso largos periodos de tiempo allá y a veces la vida misma, el ritmo de presentaciones, giras, pues hace que el concepto casa o que el concepto territorio se vaya difuminando. Eso también da una sensación a veces un poco solitaria, no te lo niego porque una lleva la casa como en la mochila de los recuerdos con una y tiene que tirar ese campamento o desempacar en cada lugar. Una cosa que han hecho mis lectoras y mis lectores por mí es hacerme sentir en casa en los lugares donde llegan mis libros y donde mis libros son apreciados, y donde mi literatura es querida. Yo siempre digo que mi literatura son mis hijos biológicos, mis hijas biológicas.

–¿Cuáles son las reflexiones también que te llaman la atención en torno a todo ese cariño?

–Pues siento que he llegado a una casa. La casa siempre es el corazón de los lectores. A mí me ha pasado que el concepto éxito, que siempre le pongo comillas, porque ¿qué es el éxito en realidad? ¿Qué significa para uno más allá de esa luminaria que se coloca por instantes sobre la obra y sobre un libro, un fenómeno literario? Siempre me pregunto, ¿qué es el éxito? Y creo que he encontrado la respuesta que el éxito se traduce en afectos y en cuidados. Y sentir que en cualquier lugar de los territorios que he pisado he encontrado una amistad, he encontrado una lectora que me ha abierto las puertas de su corazón, pues es un poco lo que traduzco yo como esa norma de la literatura exitosa. Igual me sigue sorprendiendo mucho. Date cuenta, Ignacia, que esto ha pasado desde el año 2021 hacia acá, o sea son cuatro años, van a ser cinco años no más. Yo era una escritora que sí había publicado muchísimo en mi país, incluso en otros lugares del mundo, pero ningún libro había tenido la aceptación del público y de la crítica como La tiranía de las moscas que se publica en España en el 21 y bueno, luego El cielo de la selva obviamente siguió con la misma corriente y la verdad que es algo como muy, muy próximo todavía. El 2021 se encuentra a la vuelta de la esquina y creo que un poco todavía me estoy acostumbrando. Pero mira, a veces hablo con colegas y amigas y dicen que esta vida como de nómada les pesa, yo todavía ando como de exploradora del mundo, o sea me siento todavía con muchas energías, con muchas ganas de conocer, con muchas ganas de hablar. Siento una pasión tremendísima hacia la literatura y más aún hacia las personas que aman la literatura así que de alguna forma siento que esto es cumplir mi sueño y también cumplir el sueño de mis ancestras.

Elaine mira siempre a los ojos y cuenta que en su familia solo queda su madre, el resto se ha ido, pero que la herencia de ellos fue la primera y la “herencia más potente” por su amor por los libros. Sus tías, sus abuelos, eran personas apasionadas por los libros y todos los meses, apenas llegaba el sueldo a cada uno, entraban nuevos textos a su casa.

–¿Fue una decisión consciente, entonces, dedicarte a la literatura o algo más aleatorio? ¿Se fue dando en el camino?

Esto es la primera vez que lo cuento, Ignacia, me habían comprado libros cuando yo no había nacido todavía, cuando era un proyecto. Yo tengo libros que me compraron mis tías abuelas y mi madre y mi abuelo y mi abuela cuando yo ni siquiera era un proyecto de niña, cuando ni siquiera mi madre sabía si era un hecho, antes de su primer ultrasonido. Entonces, es muy bonito saber que ese papel de la herencia, del amor por la literatura, yo creo que, de alguna forma, es parte de mi ADN.
A lo mejor hubiera sido editora, a lo mejor hubiera sido bibliotecaria, pero mi vocación estaba junto a los libros porque fue lo que vi desde una infancia. Luego uno se va apasionando con las cosas, yo desde nena sentí fascinación por los libros, o sea como en mi casa se leía tanto, me parecía muy chulo, cuando no sabía leer, sentarme con un libro y fingir que leía e inventarme las historias que podían existir dentro de las páginas de esos libros, y bueno luego aprendí a leer.

–¿De dónde venía, entonces, este deseo de contar historias?

–Me fascinó de inmediato la posibilidad de esos mundos que estaban dentro de las páginas y dicen, cuenta mi familia, yo me acuerdo también no sólo los cuentos de la familia, que a los seis años dije que quería ser escritora. Esencialmente a nivel de juego, ¿no? Porque me parecía muy chulo escribir estas cosas.
Los libros en sí mismos hay, no sé si hay algo fetichista, pero hay algo profundamente hermoso en el hecho de oler un libro y sentir el libro y que te acompañe el libro y es un objeto sentimental también, ahora que hablábamos de los afectos.
Siempre he sentido esa proximidad del objeto sentimental hacia el objeto arte que es el libro, ¿no? Y luego, bueno, pues eso que dije de alguna forma, no sé si en broma, porque yo creo que toda la vida he sido muy seria con las afirmaciones que hago, pero digamos que lo dije de chica, muy chica. Eso me fue llevando por diferentes caminos. Yo estudié música, me gradué de música clásica, estudié once años de música clásica, pero siempre la literatura iba en paralelo.

“Si eres un apasionado por los libros y antes no eres un apasionado por la lectura…”, dice Elaine, al destacar la importancia de leer para construir lo que ella llama “templo” de la literatura. Aquel que se rodea de los editores, de los escritores pero sobre todo de quienes leen. Para ella la lectura precede la escritura y es tanto o más importante que todos los otros elementos del ecosistema literario.

–¿Qué libros leías cuando pequeña? ¿Cuáles eran tus favoritos? Sé que es una pregunta difícil de responder…

–Mira, era una niña súper macabra yo porque me gustaban mucho las historias de miedo. Me encanta. Me encantan las historias de miedo y luego, además de los libros, la tradición oral para mí tuvo un papel muy importante. Porque en mi familia me contaban cuentos, eran cuentacuentos. Me contaban los mitos griegos, todos estos sangrientos y terribles asesinatos y canibalismo, como si fueran cuentos de hadas, ¿vale? O sea, me lo contaban para dormir las nanas, los arroz rojo en mi infancia, y he contado esto en otras ocasiones, pero una de mis tías abuelas que era traductora de ruso vivía con nosotros en el último cuarto de la casa y ella me dejaba escoger el libro que yo quisiera leer sin pensar en si era un libro para mi edad o para otro rango de edad. Así yo leí Frankenstein de muy niña Drácula muy niña, te estoy hablando de 8 años, Casa de los Espíritus con 10 años, El Papillon con 9 años, empecé a leerme Los Miserables y no lo terminé con 10, Moby Dick, o sea, eran lecturas que quizás no eran las que uno consideraría apropiadas para una edad, pero qué demonios, la literatura es un ejercicio democrático, amiga, ¿no? O sea, y mi familia lo consideraba así. Y luego mi papá, que venía de los campos cubanos, me contaba todas estas historias de aparecidos, de caberos, de las brujas cubanas montadas en los palos de Majagua, volando por las sábanas del país, y me contaba de los jigüe, de las madres de agua, y toda esa tradición que tenía que ver con asesinatos, muertes, desapariciones, envidia familiares con todas esas tramas y herencias que nos marcan, yo creo que a toda Latinoamérica, me atrevería a decir que a toda Hispanoamérica. Y mira, de mis libros así en la infancia, en el año 1989, cuando estaba tocándose a las puertas la Perestroika, y es importante porque yo soy cubana y Cuba era una especie de satélite de la Unión Soviética en ese momento. En el Caribe yo recuerdo que los libros de mi infancia eran libros rusos, te prometo, yo conocía mejor las tradiciones rusas de los cuentos de hadas que las propias tradiciones de mi país. Eran libros preciosamente ilustrados, recuerdo uno que se llamaba La gallinita negra o Los habitantes del mundo subterráneo, una historia súper oscura y además el libro estaba totalmente ilustrado en blanco, plata y negro. Era un libro preciosísimo, con unos dibujos macabros, a la estética Tim Burton, por ponerte un ejemplo, pero no es que fuera Tim Burton. Así, dibujos oscuros.

Y recuerdo fascinarme también con ese mundo de los mitos de Rusia, un lugar tan lejano a mi cultura y tan lejano de ese Caribe caliente, acuático, en el cual yo nací. Y todo eso creo que ha ido integrando una mirada, si se quiere, hasta multicultural, porque si bien yo soy una mujer urbana, las tradiciones de mi padre, del monte cubano, están dentro de mi ADN de experiencia. Cuando me refiero a ADN de experiencia, hablo de mi ADN lector, y luego están los cuentos del Caballito Jorobadito, y de La bruja Baba Yagá, que forman también parte de mi ADN de experiencias. Siempre digo, la cultura cubana es como un ajiaco, un ajiaco donde caben casi todos los ingredientes, y luego todo se revuelve, y de esa fórmula que es casi mágica, y sin duda muy diferente, pues salen a veces maneras de escribir y maneras de pensar el mundo, que es creo donde se integra mi tradición y mi manera de pensar y de tratar de hacer literatura.

Las obras de Elaine están atravesadas por las realidades distópicas, la ficción, la no ficción, sistemas de poder, feminismo, maternidad, política cubana y latinoamericana y una conexión personal con todo aquello. Elaine confiesa que ser mujer, latinoamericana, cubana y caribeña ha marcado toda su escritura y que crecer en Cuba ha sido una gran distopía. ¿Podría Elaine haber escrito algo distinto a lo que escribe?, se pregunta y se responde que no, no le quedaba otra alternativa, estaba en su genética, en su ADN.

–Y desde el punto de vista de lo literario, yo creo que uno no elige los temas. Los temas vienen y te tocan a la puerta, los temas son los que marcan tu hacer y tu vida, y son los que te preocupan como ciudadana del mundo pero luego también como ciudadana de un territorio específico como es Latinoamérica, el Caribe, Cuba. Si vamos a lo específico, específico, sería Cuba sin dudas que está en mi ADN.

Yo creo que mi literatura también habla de las preocupaciones de un continente y habla de las preocupaciones de las mujeres, fundamentalmente, porque es que soy mujer y escribo desde lo que me aterra y desde lo que me preocupa, y también desde las grandes alegrías o las pequeñas alegrías que se nos ha permitido tener dentro de un mundo con una estructura profundamente patriarcal. En este caso, no me refiero al mundo caribeño per se o latinoamericano, me refiero al mundo como totalidad porque el patriarcado está en todo sitio. Entonces no creo que mi literatura tenía salvación hacia temas utópicos.

–¿Dirías entonces que el feminismo ha marcado tu escritura poética, narrativa y dramática?

–Siempre digo, ojalá exista en algún momento la oportunidad de hablar de temas que no sean los que nos provoquen rabia o nos provoquen furia, o nos remuevan las entrañas, o nos remuevan el cerebro, o nos den ganas de aullar como si fuéramos lobas asomadas a las ventanas de nuestras casas.

Ojalá tengamos un momento en que las mujeres podamos hablar de otros temas, pero en el justo instante en que nos ha tocado vivir y con toda la tradición ancestral de opresiones que nos acompañan y que nos marcan, sería muy injusto y sería ilógico no hablar de ellos o sea sería aceptar una mordaza en la boca y creer que nos conformamos con la mordaza. Yo soy una persona inconforme por naturaleza, no me conformo con la realidad del mundo que se vive, no me conformo con la realidad que vive mi país, no me conformo con las diferentes realidades a veces tan escabrosas que se viven en Latinoamérica, no me conformo con que nos digan que tenemos que aguantar y que resistir en silencio, no me conforma la gente tibia tampoco, la gente que no toma partido y que dice desde atrás y mirando al cerco o a la valla de los gallos. Estoy más cómodo porque así no me involucro, o sea, si de hecho te digo, en el Infierno de Dante hay un círculo específico dedicado a la gente tibia. Dante condena a los tibios, dicen ellos que no toman partido pues tienen que estar ahí abajo, tienen que estar en esos círculos. Yo creo profundamente que en tiempos de grandes decisiones mundiales y de grandes desastres mundiales, si permaneces tibio, mereces condena. Creo que son momentos de no tener miedo y de quitarnos la tibieza que durante siglos nos dijeron que era lo más cómodo y la única posibilidad, incluso para las mujeres, ahora me refiero incluso en términos femeninos. Y creo que eso, que las mujeres no podemos ser tibias, que tenemos que ser fuego y que tenemos que ser gritos.

Pero hay otro elemento que Elaine no deja de lado al escribir y es su país, Cuba. Nos cuenta que a veces es difícil encontrar un término medio para hablar de la realidad de la isla, que atraviesa un momento de desidia, abandono y tristeza, como lo califica la autora, quien pasa la mitad del año ahí y la otra mitad en Canadá, a diferencia de otros artistas cubanos y cubanas que han tenido que migrar a otros lugares del mundo. Según la Oficina Nacional de Estadística e Información de Cuba, entre 2020 y 2024, se fueron más de 1,4 millones de personas del país.

–¿Sientes quizás un interés mayor por Cuba debido a la gran lectura que han tenido tus obras?

–Mi literatura, si bien no habla directamente de Cuba, atraviesa los ejes de los cubanos, porque mi lenguaje es cubano, mi manera de entender el mundo es cubana, yo soy cubana. Yo de alguna manera cuando me paro en un escenario y hablo, me transformo en una imagen de Cuba. Para mí es muy importante, y eso lo repito en todos sitios, quitarnos ya la idea de que Cuba es solo el caimán verde en el Caribe. Cuba se ha difuminado y ahora se encuentra en múltiples fronteras del mundo. Mis amigos escritores que escriben desde España son tan cubanos como yo que vivo dentro de Cuba. Y todos aquellos cubanos que se encuentran en todas las fronteras del mundo donde puedan ser, siguen siendo cubanos.

Tú decías, se te lee mucho en España, se te lee en Latinoamérica, y en mi país también se me sigue leyendo y eso me da una alegría tremenda, no por las vías tradicionales, o sea se piratea, claro los libros no llegan por la misma vía. Y también quiero resaltar que yo publiqué muchísimo en Cuba hasta el año 2019, aproximadamente. Es como, esto es un poco raro y a la vez es doloroso porque en la compañía de mi éxito profesional fuera de Cuba se ha sumado un silencio dentro de mi país. No se habla de las cosas que han sucedido con mi literatura, de los premios que han sido no pocos en los últimos años. Y a mí no me gustaría que se cortara nunca el hilo umbilical que me une primero a mi tierra, y luego a mis lectoras y mis lectores naturales, porque yo empecé publicando en mi país únicamente para esas personas que compartían conmigo un pedazo de territorio.

–Tú has mencionado que tu literatura es como una literatura mestiza, híbrida, mezclas géneros, pero también diferentes huellas de tus pasados. ¿De qué manera crees que se concreta ese mestizaje al momento de escribir?

–Para mí es muy importante el lenguaje como materia oral, no como transmisión escritural, sino como estos cuentos que te hacían de nena y ya entiendes por dónde va mi línea, esa huella sentimental o ese ADN sentimental que a uno lo acompaña y que tiene una relación estricta con la lengua materna, con el idioma que escuchaste de niño. Y el castellano es la lengua en la que me cantaron, en la que me hicieron historia y yo he sido siempre una gente de oído, de escuchar las historias de otros, las historias de los ancestros, los secretos de los ancestros, o bien las cosas del cotidiano, del día a día, de la supervivencia. Para mí no pasa un día en que yo no hable con mi familia sobre las cosas que les pasó, aunque estemos en diferentes lugares del mundo. Y esa relación con la realidad, para mí es importante desarrollar en la literatura. No valerme de un artificio verbal o un artificio como constructo del lenguaje, aunque siempre el lenguaje va a ser un constructo de ello, pero tratar de que esa importancia de la oralidad, ese peso de la repetición de la palabra, de ese juego con el lenguaje sucio, pero a la vez poético, que conforma la oralidad, muchas veces aparezcan mis textos, y eso lo ves en Salomé, pero obviamente de forma mucho más radical en El cielo de la selva.

–¿Y cómo lo transmites al momento de escribir?

–Para mí el lenguaje es un sujeto en movimiento, un sujeto en transformación constante y ese mestizaje del cual hablamos en mi literatura, creo que es en muchas escritoras del continente una deuda o algo que le debemos a las tradiciones orales, a las historias que escuchamos en nuestra infancia, a la manera en que aprendimos a producir historias a través de la escucha y un poco volver a los orígenes porque la literatura en sus comienzos no tenía un formato permanente entendiendo la escritura como permanencia, sino que se transmitía de voz en voz, de boca en boca, de canto en canto, porque la escritura fue antes que nada un canto.

Yo cuando, mira esto es algo que no lo converso mucho, cuando escribo leo mis textos en voz alta siempre. Me interesa que tenga una musicalidad, entiendo la literatura como música, son 11 años de profesión musical, entonces para mí el texto tiene que tener una cadencia, tiene que tener un periodo, tiene que tener un cierre, es como ver dentro de las letras pentagramas y notas, y para eso es importante la oralidad. Yo no podría leer un texto al menos mío fijamente sin enunciarlo de forma vocal. Porque cuando pronuncias el texto, el texto pasa por tu cuerpo, se adivinó de tu cuerpo y regresa a tu cuerpo transmutado porque entran en función tu organismo, tu garganta, tus cuerdas vocales, tu lengua, tu saliva, y todo lo demás que vibra dentro de uno tus pulmones que expulsan el aire cuando leen y se convierte en un proceso biológico.

Tanto el lenguaje como los personajes y voces narrativas son fascinantes a la hora de leer una obra de Elaine. Sin embargo, hay algo que llama la atención en sus novelas: siempre tienen múltiples voces contando la historia. Nos dice que no cree en una verdad única, realidad única. “Existen tantas realidades como puntos de vista”, y nos hace completo sentido al escucharla decir que sus personajes son como seres vivos de carne y hueso, con luces y sombras, tal cual somos los seres humanos: capaces de los actos más atroces y de la ternura más genuina.

– ¿Eso lo buscas, buscas que tengamos distintas miradas en una historia? ¿O cuál es esa búsqueda detrás?

–Siempre me ha gustado escribir en puntos de vista, no solo por esto que te comentaba, sino también por vocación teatral. Yo después de que estudié música, estudié teatro, estudié dramaturgia específicamente, pero cuando estudias dramaturgia pasas por la actuación, pasas por la dirección, pasas por el diseño escénico, aunque no sean tus especialidades, el teatro es una sola cosa y está compuesta de diferentes miradas y de diferentes ángulos y aprendes que tú no puedes construir una obra teatral desde un punto de vista único sino que tienes que dar vuelta entornos para intentar encontrar siempre una verdad que es difusa. Yo creo que la gran respuesta que he podido dar en mis novelas es que cuando intentas atrapar una verdad y entenderla como absoluta, esta tiende a diluirse entre tus dedos y se te escapa. Mis textos novelísticos, incluso mi poesía, están muy arraigados en la tradición teatral. Yo de hecho cuando escribo narrativa, voy a centrarme en las novelas en específico, me imagino una puesta en escena dentro de mi cabeza. Veo personajes, veo escenas dramáticas, veo escenas teatrales o escenas cinematográficas. Para mí también tiene la literatura mucho que ver con visión, con el hecho de ser veedor, el hecho de poder mirar hacia el otro lado a través de esa celosía que divide las puertas de las realidades, ese acto de contemplar por un huequito lo que existe del otro lado, intentar traducirlo para los que estamos al lado de acá con palabras, con imágenes o palabras que conforman imágenes y eso me lo ha dado el teatro. A mí lo que me gusta es como empiezo a escuchar la voz de un personaje y hago ensayos con las voces tantas veces sea necesario hasta encontrar la que yo creo que es la mejor. Su tono, su punto de vista, el narrador que va a emplear, y así mismo con los comienzos de las novelas, practicar una y otra vez hasta el momento ese que tú tienes el feeling, el erizamiento en la nuca, esa parte que tu cuerpo también se involucra y te dice, esta es la tuya y es la que tú debes encontrar.

–Quiero entrar en tu mundo creativo porque impresiona tu nivel o tu capacidad para crear mundos que son súper fascinantes, que se cohesionan y al mismo tiempo explotan, son dolorosos, macabros, están llenos de creatividad. ¿Cómo es tu proceso creativo?

–Mira, hay muchas cosas que intervienen en mí. Uno es la investigación. Mi abuelito no era historiador, pero debió haberlo sido porque era un hombre fascinado por la historia, y eso me lo contagió muy de niña, hay unas cosas que decía mi abuelo, que la historia es circular, que la historia se repite una y otra vez, y yo me he fascinado con el concepto de lo circular de la historia porque lo vemos en los pequeños ciclos familiares, pero también en los grandes ciclos de la historia de la humanidad, esa historia en mayúsculas, periodos de guerra, paz, reconstrucción, y luego la misma porquería una y otra vez se repite hasta el infinito. Y la investigación a mí me interesa muchísimo, leo mucha historia, leo mucha biografía, me interesa mucho la geopolítica, por ejemplo, es una de mis fascinaciones que no tiene que ver con la literatura. Me interesan mucho los escenarios políticos y qué es lo que consideramos políticos como sujetos de sociedades sujetos de derechos. Y luego, bueno, me fascina ver fotografía, nutrirme de la imaginación visual de otros artistas y, por último, yo debo decir que bueno, ya te comenté toda la tradición oral y de la lectura. Siempre estoy leyendo entre procesos de trabajo, leo mucho, trato de leer todo lo que puedo, suelo ser una lectora rápida, puedo consumir libros bastante rápido y no de forma superficial, sino nutrirme de ellos y continuar. Para mí, entre la escritura de uno de mis libros y otro, tiene que haber un periodo mínimo de seis meses de lectura, porque es como que tú vas a un parto y pierdes no sé cuántos litros de sangre en el parto, y luego tienes que recuperarte, para mí ese proceso de la cuarentena, vamos a decir así, es la lectura entre una concepción y otra. También algo que es muy interesante en mí, yo tengo un banco de imágenes. A mí a veces me llegan a la cabeza como situaciones o imágenes que terminan convirtiéndose en historia, a veces tengo en el documento ciento y tantas imágenes que me han llegado y no sé, algunas están ahí hace cinco o seis años y no se han convertido en una historia, pero a cada rato abro ese txt y miro la descripción de la imagen específica como me llegó y eso me conduce a veces a la escritura de un cuento o a un ensayo fallido o a un comienzo de novela. Me pasó con El cielo de la selva. El comienzo, el primer capítulo, esa era una imagen que yo había visto con esos ojos de la creación y la había anotado en ese txt. Un día lo abrí y me latió esa imagen, y fue la novela. Esa escena de la abuela caminando por los pasillos oscuros de las tablas, eso era la imagen anotada. Para mí es como una especie de garantía de tranquilidad porque la tengo ahí y sé que hay algo en mí que sigue fluyendo. La garantía de que todo está bien es saber que esas imágenes me están esperando para, en algún momento en mi vida, pues poder retomarlas o saber a qué historia me llevan o a qué puerta me conducen y que puedo ver desde el otro lado.

–Me acuerdo una vez que dijiste que este último libro era como un cierre entre todo este universo que habías creado con las últimas novelas. Estas nuevas ideas que se te ocurren de nuevos libros, ¿Vienen de la mano de las anteriores o no?

–No, son otra cosa ya, son otro mundo. La piel hembra, mi nueva novela, sí cierra un ciclo, un ciclo de lenguaje sobre todo, en manera de concebir la literatura, de temas, creo que de la maternidad alguna forma va a aparecer de otras maneras porque es un tema que me atraviesa a mí como mujer, mujer joven que quiere ser madre en algún momento. Todavía no he empezado a escribir la próxima pero sí noto que el tratamiento del tema y la manera en que quiero escribirla es completamente diferente de las anteriores.
Sé que esto que voy a escribir ahora es hacia lo minimalista, va a ser un giro del lenguaje hacia lo minimalista. O sea, me interesa ir desde el estallido hacia lo pequeño. No creo, por ejemplo, que después de que terminé en La piel hembra, que para mí fue un estallido, pudiera estallar de la misma manera una segunda vez, o por lo menos tan próximamente. Si las otras eran gritos estas van a ser susurros.

–Quiero entrar igual a tu poesía, Elaine, si me lo permites, porque, por ejemplo, en Sakura, Las tarántulas, hay temas a los que también se recurre en la prosa, quizás de forma más rítmica, más directa, y hay una experimentación distinta. Temas como el cuerpo, la maternidad, desde la memoria, desde tus miedos, ¿Por qué a veces sientes que es mejor expresarlo en poesía que en prosa?

–Cuando escribo poesía es como la herida que se está infectando y que tú das el corte. Para mí la poesía es el corte que permite que la herida no se infecte o que la infección que tenía brote hacia afuera y no se quede enquistada, y se convierta en algo maligno o gangrene. Hay temas en los que a mí no me alcanza para botar dentro de un libro, dentro una novela de 600 páginas. A lo mejor pasa toda mi vida tratando de curar esa herida una y otra vez porque cada uno de nosotros, como seres humanos, venimos con muchas heridas encima, a veces heridas heredadas de tu familia, a veces heridas de la infancia que nunca se curan, a veces injusticias con las que tienes que aprender a vivir, y mi manera de aprender a vivir con todas esas heridas es la poesía. No me alcanza la narrativa para hacerlo, mi poesía siempre digo que es dolorosa, yo no escribo un texto poético si no siento antes un dolor tremendo que necesito curar o que necesito sacar o que necesito drenar, drenar creo que es la palabra más justa. Escribo cada vez menos poesía también. Yo siento que Las tarántulas, en efecto, tiene mucho que ver con El cielo de la selva, creo que son un espejo uno de la otra. Ahora escribí un poemario que se llama Las Amnésicas, que fue una puerta a la novela que voy a escribir ahora, fíjate, ahí se hizo el proceso al inverso. Entonces, fíjate, es un mecanismo, a mí la poesía me inspira mucho respeto y mucho cuidado. Cada vez que llevo la poesía digo, ¿de qué manera toco este artilugio? Porque con la narrativa me siento como más confortable, siento que he estado más tiempo dentro de ella, siento que conozco mejor sus puertas, sus resquicios, cómo entrar, cómo salir, cómo usar herramientas dentro de la narrativa. Pero la poesía siempre es un gran misterio. Lo que aprendiste en un libro te sirve solo para ese libro en específico, no te sirve para el próximo, al menos a mí no me sirve. Hace poco, fíjate, perdí a mi abuela.

–Lo siento mucho.

–No, terrible. El último libro que escribí de poesía lo escribí ante la pérdida de mi abuelo. Y nunca más había podido escribir nada de poesía. Sí, bueno, un par de textos que salían por aquí y por allá. Y ahora falleció mi abuela y de repente pues he estado pensando en poesía. Porque sé que es la forma de… Sé que ese dolor no lo voy a poder poner en la narrativa. No lo voy a poder reflejar con palabras. Y digo, bueno, pues quizás ha llegado la hora también de escribir un nuevo libro de poesía, no lo sé, creo que tengo que procesar el duelo antes de poner eso en palabras. Pero fíjate, son hechos magnos en la vida, cosas que te atraviesan de cabo a rabo, cosas que te dan el golpe definitivo o la alegría definitiva o el agujerazo definitivo, pero tienen que ser cosas definitivas las que me llevan a la poesía.

–Hay una intención, yo veo, en tus obras de poesía y prosa, de transmitir ese mestizaje de dolores o de lo macabro y lo bello en tus personajes y en tus mundos narrativos. ¿Cómo logras esa conexión entre lo que se supone que no debería tener una conexión? Esa conexión que se nota en todos tus libros, no solamente en las novelas, también en tu poesía, por ejemplo.

–Sabes que es un poco también mi lucha contra el binarismo del mundo, donde te dicen que algo es bueno o malo, blanco, negro, feo, hermoso, es agradable o desagradable, y así no es. Todo te lo ponen en dos columnas de sentido y te dicen que son contrapuestas y que no se pueden encontrar, que son antónimas. Y eso es el gran mito de la historia que nos han vendido desde el punto de vista del lenguaje, desde el punto de vista de la historia, de la historia humana, de la antropología, de todo. Y pasando, por supuesto, por los binarismos de género, por los binarismos de todo, en sentido general. Y es un gran daño antropológico que cargamos como especie, porque hay cosas que pueden ser ambas cosas a la misma vez, o sea, hermoso y a la vez horrible, y tremendo y a la vez pasivo, y dulce y a la vez agrio. No podemos dejar que nuestras mentes sean colonizadas por ese binarismo. Mi mente, en ese sentido, ha siempre jugado un papel de la contaminación, y contaminación lo empleo como un término positivo, en el sentido de que te das cuenta de que las fronteras de la realidad no son tal y como te las han vendido históricamente o como te han dicho que funcionan. Y hay algo rebelde, pero a la vez muy redentor, en el momento en que tú cruzas ese umbral y te paras justo en el medio de los dos caminos, en esa encrucijada, donde se pueden cruzar dos o más senderos, y te das cuenta de que no hace falta elegir uno, de que puedes estar en todos a la misma vez o de que puedes cruzar un camino e irse hacia otro sitio. Y ese es un poco el pensamiento que está detrás de mi escritura, una escritura que sin duda está en contra de la tiranía, de la dictadura de lo binario, y también de la dictadura del gusto, ¿no?

–Claro, en términos de escritura y de tu experimentación con el lenguaje.

–Porque nos han dicho que hay un lenguaje soez y un lenguaje hermoso, ¿no? Y que lo soez no puede ser poético, y que lo sucio no puede ser hermoso, y que en el lodazal no puede crecer una flor, y que los huesos son asquerosos y son desechos, y que los cuerpos muertos es mejor ocultarlos bajo tierra porque no hay belleza en la descomposición, cuando todo lo que es naturaleza es hermoso. Entonces yo trato de ver esas cosas que pertenecen, entre comillas, al mundo de lo macabro y mirarlos con esa sensibilidad de lo no binario y, sobre todo, con esa sensibilidad de lo no impositivo. Hay una canción, que es una canción de mi infancia, yo creo que hay un momento donde se rompió esa puerta me limitaba de un mundo hacia otro. Si puedes buscarla después que terminemos, se llama Lo feo y es de Teresita Fernández, una trovadora cubana estupenda. Es una canción que dice, esencialmente, a las cosas que son feas ponles un poco de amor y verás que la tristeza va cambiando de color. Es una canción que habla esencialmente de las cosas que consideramos feas, lo fúnebre, y dan ganas de llorar, y ganas de llorar en el buen sentido, ¿no? De la emoción que me provoca saber de qué manera esa canción pudo influir en la manera en que pienso, en la forma en que creo actualmente.

–Definitivamente la voy a buscar. En ese sentido, muchas veces has dicho que todos tenemos una selva dentro, de ciertas realidades que nos tocaron y que también se puede relacionar con lo que estamos hablando, de salirse de estas realidades. ¿Crees que la literatura nos ayuda a escapar de esas selvas? ¿O crees que quizás nos ayuda también a salir de esos binarismos?

–Yo creo que el arte, en sentido general, y la literatura nos ayuda a entrever caminos que siempre estuvieron ahí, pero que, sin embargo, es como el ojo, ¿no? Si el ojo no fija la vista en un punto, el ojo mira el camino, pues no existirá. Iremos a las sendas ya conocidas y yo creo que en el arte en ese sentido. Juega un papel fundamental y es no sólo el papel de difusor sino el papel de apuntador y de señalador o señaladora, voy a decirlo en femenino porque así me gusta. Decir aquí hay un camino y nisiquiera es uno, no existen dos caminos como te hicieron creer, hay infinitud de caminos y puedes elegir el que quieras, incluso caminar por uno, aburrirte y volver hacia el otro. Creo que la literatura es como esa posibilidad de abrirnos ventanas, abrir los caminos, abrirnos puertas, digo literatura pero entiende, por favor, arte en sentido general. Cuestionarnos quiénes somos, cuestionarnos quiénes queremos ser, cuestionarnos las cosas que nos duelen y por qué nos duelen y nuestros daños antropológicos, nuestra cultura, me refiero a la cultura humana.

Y la literatura pues nos dice eso, no hay nada, no hay verdaderos antónimos en la naturaleza. Creo que todos somos complementarios, de hecho somos más complementarios de lo que creeríamos y nos invita también a mirarnos en las miserias y los horrores ajenos, y decirnos, hasta lo más terrible de la maldad humana, todo lo terrible de la maldad humana lo llevamos todos, cada uno de nosotros adentro, como lo más hermoso y lo más sublime de la humanidad. La literatura nos invita a mirarnos. Creo que eso es un ejercicio dificilísimo, asomarnos en la literatura y decir, este personaje yo lo odio o no me cae bien porque es que se me parece a mí o porque yo hubiera hecho esto en su lugar, y mirarte sin esa visión edulcorada que cada uno de nosotros parece padecemos. Por eso es que admiro tanto a las personas que leen porque, como quiera que sea, es el acto sublime del riesgo de abrir un libro y mirarte en él, y tratar de entender hasta dónde la realidad de ese texto se corresponde o toca a la tuya. Con presidentes cada vez más cucu uno del otro y con el gran terror de las guerras nucleares, y de los genocidios a las puertas de la esquina, a veces siento que la literatura es como la hormiga tratando de luchar contra el león que la aplasta. Pero mira, una hormiga puede molestar mucho al león y puede picar muchísimo. Confío en ese aguijonazo certero que la literatura nos puede dar.

Terminando le preguntamos a Elaine por recomendaciones de autoras cubanas y latinoamericanas y de solo pensarlo se abruma porque, dice, hay tantas buenas autoras.

–Imagínate, mira Cuba tiene tantas buenas autoras que quizás las más conocidas pues sean de Daína Chaviano, Premio Planeta, o Dulce María Loynaz, Premio Cervantes el 92, y hay otras escritoras fabulosas como, por ejemplo, Lina de Feria. Yo la recomendaría para los que aman la poesía, para mí es la poeta más importante viva cubana, con una capacidad poética increíble, muy lúcida. Recomendaría también a autoras más jóvenes como Jamila Medina, otra poeta increíble, o Legna Rodríguez Iglesias, que es poeta, dramaturga, narradora. Marta Costa, que ojalá alguna editorial se anime a publicarla porque es una gran escritora. Malena Salazar Maciá, escritora de literatura infantil, y Maielis González, que por cierto va a lanzar dos libros creo que el año que viene uno detrás de otro. Voy a agregar una más cubana, Agnieszka Hernández, no se me puede pasar, dramaturga y narradora que también es una autora indispensable de la tradición cultural cubana actual.

Y ahora pasando a autoras latinoamericanas, que me interesan muchísimo y siempre digo qué momento tan lindo para ser escritor y ser lectora el que estamos viviendo. Qué maravilla y qué gusto poder uno escribir mientras uno se contempla en las obras de las mujeres que están ahora mismo haciendo continentes de la literatura. A mí me fascina, y la encontré hace poco, y desde que la encontré no paro de leerla, de comentarle, y a estar fascinada con ella, que es Lina Maria Parra Ochoa, autora colombiana, autora de La mano que cura, es una novelaza, como de las mejores que he leído en los últimos años. Por supuesto que mi reina es Agustina Bazterrica ​, María Fernanda Ampuero, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Camila Sosa Villada, los altares para esas diosas siempre tienen que estar puesto, con sus velitas correspondientes. Clyo Mendoza, autora mexicana, y Gabriela Jáuregui, que me parecen dos autoras estupendas, con un manejo del lenguaje desde la poesía, lo performativo que es fabuloso. Uff, siempre se me van a ir un montón de autoras, pero creo que este es un panteón interesante de lecturas que siempre sigo. Y mira, sobre todo hay algo que me gusta que es invitar a los lectores a que lean libros escritos por mujeres, porque sí tenemos una deuda antropológica con tantas escritoras buenas que nos hemos perdido, y tenemos una época tan prolífera de autoras geniales que podemos encontrar, que vale la pena pues dedicar un tiempo investigar, a dar nuestras lecturas, a no quedarnos huérfanos de madres literarias.

Nos invita a leer libros escritos por mujeres porque, como ella dice, “tenemos una deuda antropológica” con ellas, por eso considera importante terminar la entrevista con esa idea: leamos a más mujeres. Y no podemos estar más de acuerdo.

Actualmente Elaine está terminando de editar su última novela, “La piel hembra”, que cuenta la historia de un pueblo enclaustrado en las montañas a la espera de un mesías. Entre una matriarca y el cura del pueblo con problemas de fe, la trama se irá desenvolviendo ante la pregunta: ¿Qué tan preparados estaríamos si ese mesías fuese mujer? ¿Estaríamos dispuestas a recibirla?

Si Elaine adivina correctamente, la tendremos en nuestras manos el segundo semestre de 2026 y no podemos esperar a leerla.

*FOTOGRAFÍA DE PORTADA DE UMAR TIMOL. FOTOGRAFÍAS AL INTERIOR DE LA ENTREVISTA, DE MAURO CANTILLO.

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